El Cuento Breve de la Semana
"Ruido de pasos"
CLARICE LISPECTOR
Tenía ochenta y un años de edad. Se llamaba doña Cándida Raposo.
Esa señora tenía el deseo irresistible de vivir. El deseo se acentuaba cuando iba a pasar los días en una hacienda: la altitud, lo verde de los árboles, la lluvia, todo eso la acicateaba. Cuando oía a Liszt se estremecía toda. Había sido bella en su juventud. Y le llegaba el deseo cuando olía profundamente una rosa.
Pues ocurrió con doña Cándida Raposo que el deseo de placer no había pasado.
Tuvo, en fin, el gran valor de ir al ginecólogo. Y le preguntó avergonzada, con la cabeza baja:
–¿Cuándo se pasa esto?
–¿Pasa qué, señora?
–Esta cosa.
–¿Qué cosa?
–La cosa, repitió. El deseo de placer- dijo finalmente.
–Señora, lamento decirle que no pasa nunca.
Lo miró sorprendida.
–¡Pero yo tengo ochenta y un años de edad!
–No importa, señora. Eso es hasta morir.
–Pero ¡esto es el infierno!
–Es la vida, señora Raposo.
Entonces, ¿la vida era eso?, ¿esa falta de vergüenza?
–¿Y qué hago ahora? Ya nadie me quiere…
El médico la miró con piedad.
–No hay remedio, señora.
–¿Y si yo pagara?
–No servirá de nada. Usted tiene que acordarse de que tiene ochenta y un años de edad.
–¿Y… si yo me las arreglo solita? ¿Entiende lo que quiero decir?
–Sí –dijo el médico–. Puede ser el remedio.
Salió del consultorio. La hija la esperaba abajo, en el coche. Cándida Raposo había perdido un hijo en la guerra. Era un soldado de la fuerza expedicionaria brasileña en la Segunda Guerra Mundial. Tenía ese intolerable dolor en el corazón: el de sobrevivir a un ser adorado.
Esa misma noche se dio una ayuda y solitaria se satisfizo. Mudos fuegos de artificio. Después lloró. Tenía vergüenza. De ahí en adelante utilizaría el mismo proceso. Siempre triste. Así es la vida, señora Raposo, así es la vida. Hasta la bendición de la muerte.
La muerte.
Le pareció oír ruido de pasos. Los pasos de su marido Antenor Raposo.
"La madre"
RAFAEL BARRETT
Una larga noche de invierno. Y la mujer gritaba sin cesar, retorciendo su cuerpo flaco, mordiendo las sábanas sucias. Una vieja vecina de buhardilla se obstinaba en hacerla tragar de un vino espeso y azul. La llama del quinqué moría lentamente.
El papel de los muros, podrido por el agua, se despegaba en grandes harapos que oscilaban al soplo nocturno. Junto a la ventana dormía la máquina de coser, con la labor prendida aún entre los dientes. La luz se extinguió, y la mujer, bajo los dedos temblorosos de la vieja, siguió gritando en la sombra.
Parió de madrugada. Ahora un extraño y hondo bienestar la invadía. Las lágrimas caían dulcemente de sus ojos entornados. Estaba sola con su hijo. Porque aquel paquetito de carne blanda y cálida, pegado a su piel, era su hijo…
Amanecía. Un fulgor lívido vino a manchar la miserable estancia. Afuera, la tristeza del viento y de la lluvia. La mujer miró al niño que lanzaba su gemido nuevo y abría y acercaba la boca, la roja boca, ancha ventosa sedienta de vida y de dolor. Y entonces la madre sintió una inmensa ternura subir a su garganta. En vez de dar el seno a su hijo, le dio las manos, sus secas manos de obrera; agarró el cuello frágil y apretó. Apretó generosamente, amorosamente, implacablemente. Apretó hasta el fin.
"El revolucionario"
ERNEST HERMINGWAY
En 1919 él viajaba por los ferrocarriles en Italia, llevando un trozo de hule que le entregaron en el cuartel general del partido, escrito con tinta indeleble, en el que se decía que era un camarada que en Budapest había sufrido mucho bajo los blancos y se solicitaba a los camaradas ayudarlo en cualquier forma posible. En cambio, él lo usaba en vez de boleto. Era muy tímido y muy joven y los empleados del ferrocarril se lo pasaban los unos a los otros. No tenía dinero, y lo alimentaban detrás del mostrador en las cafeterías de las estaciones.
Estaba encantado con Italia. Era un país hermoso, decía. La gente era toda muy amable. Él había estado en muchas ciudades, caminado mucho, y visto muchos cuadros. Compró reproducciones de Giotto, Masaccio y Piero della Francesca, que llevaba envueltas en un ejemplar del Avanti. Mantegna no le gustaba.
Se me presentó en Bolonia, y lo llevé conmigo a la Rumania, donde yo debía de encontrarme con un hombre. Hicimos un lindo viaje, juntos. Era principios de septiembre y el campo estaba hermoso. Él era húngaro, un muchacho muy agradable y muy tímido. Los hombres de Horthy le habían hecho algunas cosas desagradables. Habló de eso muy poco. A pesar de Hungría, creía fervorosamente en la revolución mundial.
–Pero ¿cómo marcha el movimiento en Italia? –me preguntó.
–Muy mal –le dije.
–Pero ya mejorará –dijo él–. Lo tienen todo aquí. Es el único país donde uno se siente seguro. Va a ser el punto de partida de todo.
Yo no dije nada.
En Bolonia me dijo adiós antes de tomar el tren a Milán y luego a Aosta, desde donde caminaría hasta Suiza. Le hablé acerca de los Mantegna en Milán. “No”, dijo muy tímidamente: no le gustaba Mantegna. Le di un papel con lugares donde comer en Milán y las direcciones de camaradas. Me agradeció muchísimo, pero ya estaba pensando en cruzar el paso montañoso. Estaba ansioso por atravesar el paso caminando mientras durara el buen tiempo. Le encantaban las montañas en otoño. La última vez que oí acerca de él los suizos lo habían encarcelado cerca de Sion.
"Una ballena ve a los hombres"
ANTONIO TABUCCHI
Siempre tan ajetreados, y con largas extremidades que agitan con frecuencia. Y qué poco redondos son, sin la majestuosidad de las formas consumadas y suficientes, pero con una minúscula cabeza móvil en la que parece concentrarse toda su extraña vida. Llegan deslizándose sobre el mar, pero no nadando, como si fueran pájaros, e infieren la muerte con fragilidad y grácil ferocidad. Permanecen largo rato en silencio, pero luego gritan entre ellos con repentina furia, con un galimatías de sonidos que apenas varían y que carecen de la perfección de nuestros sonidos esenciales: reclamo, amor, llanto de duelo. Y qué penoso debe de resultarles amarse: e híspido, casi brusco, inmediato, sin una mullida capa de grasa, favorecido por su naturaleza filiforme que no prevé la heroica dificultad de la unión ni los magníficos y tiernos esfuerzos para conseguirla.
No les gusta el agua, y la temen, y no se entiende por qué vienen tan a menudo. También ellos van en bancos, pero no llevan hembras, y se adivina que están en otra parte, pero son siempre invisibles. A veces cantan, pero solo para ellos, y su canto no es un reclamo sino una forma de lamento desgarrador. Enseguida se cansan, y cuando cae la noche se reclinan sobre las pequeñas islas que los transportan y tal vez se duermen o contemplan la luna. Se alejan deslizándose en silencio y es evidente que están tristes.
"La basura"
ALFONSO REYES
Los Caballeros de la Basura, escoba en ristre, desfilan al son de una campanita, como el Viático en España, acompañando ese monumento, ese carro alegórico donde van juntando los desperdicios de la ciudad. La muchedumbre famularia –mujeres con aire de códice azteca– sale por todas partes, acarreando su tributo en cestas y en botes. Hay un alboroto, un rumor de charla desordenada y hasta un aire carnavalesco. Todos, parece, están alegres; tal vez por la hora matinal, fresca y prometedora; tal vez por el afán del aseo, que comunica a los ánimos el contento de la virtud.
Por la basura se deshace el mundo y se vuelve a hacer. La inmensa Penélope teje y desteje su velo de átomos, polvo de la Creación. Un barrendero se detiene, extático. Lo ha entendido todo, o de repente se han apoderado de él los ángeles y, sin que él lo sepa, sin que nadie se percate más que yo, abre la boca irresponsable como el mascarón de la fuente, y se le sale por la boca, a chorro continuo, algo como un poema de Lucrecio sobre la naturaleza de las cosas, de las cosas hechas con la basura, con el desperdicio y el polvo de sí mismas. El mundo se muerde la cola y empieza donde acaba.
Allá va, calle arriba, el carro alegórico de la mañana, juntando las reliquias del mundo para comenzar otro día. Allá, escoba en ristre, van los Caballeros de la Basura. Suena la campanita del Viático. Debiéramos arrodillarnos todos.
"La pulga en mi oreja"
AUGUSTO MONTERROSO
Durante los últimos días me he visto rondado por tres figuras que me han sido siempre atractivas: el poeta inglés John Donne, el poeta español Lope de Vega, y el insecto universal llamado Pulga; y yo mismo me pregunto ahora qué pulga me estará picando que no me deja dormir.
En realidad, hace ya muchos años que no me he encontrado con una pulga, pulga, como no sea mencionada en los libros; pero recientemente, durante una intervención mía en los Cursos de Verano que la Universidad Complutense de Madrid ofrece año con año en San Lorenzo de El Escorial, alguien surgido de pronto del público me interrogó con la mano en alto (sin duda movido por mi condición de aficionado al género de la fábula) sobre cuál era mi animal favorito.
Después de treinta segundos de sincera reflexión, resolví, y así se lo dije, que sin duda alguna tal animal era la pulga, haciendo a un lado cualquier otro que con todo su prestigio literario, como el perro o el caballo, pudiera considerarse más digno a ser elevado a la calidad de favorito en una solemne sesión académica; y la verdad es que hubo algunas risas.
Sin embargo, en aquel momento yo había recordado para mis adentros que al preparar hacía más de treinta años un libro de fábulas, cuando me vi en la necesidad de escoger el animal que según yo se pareciera más al prototipo de escritor nocturno, dubitativo e insomne, me incliné por el más humilde que pudiera encontrar, esa pulga que en mi fábula se propone ponerse desde mañana mismo al trabajo para convertirse en el gran escritor que anhela ser, siempre y cuando en el camino no se presenten las dificultades y los tropiezos que han tenido que afrontar los verdaderamente grandes; si bien termina envalentonada, como con frecuencia lo ha sido en su vida, capaz de picar y chupar la sangre de los desposeídos, pero también, a lo largo de los siglos, a reyes, papas y emperadores.
En los primeros segundos que me concedí antes de responder la pregunta, invoqué en silencio a esta pulga, que llamaré la mía; pero en los pocos instantes que me quedaban mi memoria saltó a otras dos de mis predilectas: la pulga –”átomo viviente” la llama– del soneto de Lope de Vega, y la pulga –comparada aquí con el azabache– del poema de John Donne, compañeras de siglo, de costumbres y de destino: la de Lope, que muere tras la felicidad de picar “los blancos pechos de Leonor hermosa”; y la de Donne, que mezcla en su diminuto cuerpo metafísico, con la sangre que ha chupado a ambos, tres vidas: la de ella misma, y la del poeta y la de su amada, lo que tampoco la salva de morir triturada por las uñas de ésta, en forma igual a como lo fue la de Lope, uñas que para éste pasan a ser, no faltaba más, “dos puntas de marfil luciente”.
Y en el último momento alcancé todavía a ver el tétrico fantasma de la pulga de William Blake, el cual por fortuna se me apareció en compañía de la pulga de Goethe transfigurada por la música de Modesto Musorsky en la voz de Feodor Chaliapin, que aún resonaba en mis oídos cuando finalmente respondí, decidido, que la pulga, entre –como decía– algunas risas y vagas explicaciones mías acerca de mi pulga escritora, atrapada una noche más por la incertidumbre y el insomnio.
"Tragarse el móvil"
UMBERTO ECO
La semana pasada leí en el periódico esta noticia extraordinaria: “Un inmigrante magrebí se traga un móvil en Roma y la policía lo salva”. Es decir, que la policía pasa por allí ya entrada la noche, ve a un tipo tirado por los suelos escupiendo sangre, rodeado de compatriotas, lo sube al coche, lo lleva al hospital y allí le extraen un Nokia de la garganta.
Pues bien, me parece imposible que (aparte del hallazgo publicitario de Nokia) un ser humano, por muy alterado que esté, se pueda tragar un móvil. El periódico avanzaba la hipótesis de que el episodio se produjo durante un ajuste de cuentas entre traficantes, y por lo tanto es más verosímil que el móvil se lo metieran en la boca a la fuerza, no como delicatesen sino como castigo (quizá el castigado había llamado a alguien y no debía hacerlo).
La piedra en la boca es un ultraje de origen mafioso y se suele hundir en las fauces del cadáver de alguien que ha revelado secretos a extraños (hay una película de Giuseppe Ferrara con ese título, Il sasso in bocca), y no hay nada sorprendente en que la práctica haya pasado a otros grupos étnicos. Por otra parte, la mafia es un fenómeno tan internacional que hace unos años, en Moscú, alguien le preguntó a mi traductora rusa cómo se decía “mafia” en italiano.
Ahora bien, esta vez no se trata de una piedra sino de un móvil y esto me parece extremadamente simbólico. La nueva criminalidad ya no es rural, sino urbana y tecnológica; es natural que los rituales mafiosos se “cyborgicen”. No solo eso, sino que hundirle a alguien el móvil en la boca es como si le metieran los testículos, es decir, lo más íntimo y personal que posee, el complemento natural de su corporeidad, extensión de la oreja, del ojo y a menudo también del pene. Sofocar a alguien con su móvil es como estrangularlo con sus mismas vísceras. Toma, te ha llegado un mensaje.
"Señas de identidad"
ENRIQUE VILA-MATAS
Nada recuerdo de ese año salvo que hubo elecciones y que alguien, en una noche que me pareció infinita, juró y perjuró que yo era catalán. Seguí mi camino. Doblé una esquina. Soplaba con fuerza la tramontana, y recordé que en mi juventud yo deseaba ser muchas personas y ser de muchos lugares al mismo tiempo, pues ser sólo una persona me parecía muy poco. Al doblar otra esquina y azotarme con más fuerza que nunca el viento, constaté algo que hacía ya tiempo que sospechaba. Somos demasiado parecidos a nosotros mismos, y el riesgo estriba en que acabemos pareciéndonos demasiado. A medida que uno vive, progresivamente, se afianza el mismo maniático, el mismo nimio personaje. Doblé otra esquina y desde entonces aún no he despertado de esa pesadilla de despertar de una pesadilla y ver que sigo en el circo de Oklahoma, y no hay salida.
"¿Qué hay en un nombre?"
RUBEM FONSECA
No voy a decir mi nombre de pila. A los quince años quise adoptar el nombre de Goldie, pero desistí cuando vi que había un montón de mujeres raras llamadas Goldie. Entonces tuve una idea brillante: adopté el nombre de Alma. Alma es un término derivado del hebreo nephesh, que significa vida o criatura, y también del latín animu, que significa “lo que anima”.
Es un nombre bonito, dudo que a alguien le parezca feo. Feo era mi nombre anterior. No voy a decir cuál era, de ninguna manera.
Cuando adopté el nombre de Alma, me pinté el pelo de rubio. El dorado anima, simboliza vibración elevada, vigor, inteligencia superior y nobleza. Es el color de la opulencia, de la luz y de la prosperidad. Trae carisma y construye confianza, da poder, persuasión, energía e inteligencia. Sentí todo eso al mirar mi rostro en el espejo.
Pero a los clientes no les gustaba.
-¿Alma?- dijo uno de ellos-. ¿Te puedo decir Mimi?
-¡¿Mimi, Mimi?!- grité-. Lárguese de aquí.
Doña Erotildes me llamó.
-Genoveva- me dijo.
-Por Dios, doña Erotildes, no me llame con ese nombre- le pedí.
-Pero si es tu nombre.
-No, no, no, ya lo abandoné hace mucho.
-Quiero saber por qué te peleaste con el cliente.
-Me dijo Mimi.
-No es posible, Alma, no puedes trabajar aquí con ese nombre. ¿Alma? No es nombre de gente. Además, eres una mujer bonita, la más bonita de todas, pero la que menos clientes tiene. Cuando oyen el nombre de Alma, desisten. Mira, Genoveva, tenemos que cambiarte el nombre.
-Por el amor de Dios, no me diga Genoveva.
-Está bien. Ándale, vamos a escogerte un nombre.
Pasaron media hora revisando nombres. Ninguno fue aprobado por ninguna de las dos.
Finalmente, doña Erotildes dio un golpe en la mesa.
-Ya decidí. Te vas a llamar Mimi. Es un nombre bonito, agradable, sensual, fácil de memorizar. Mimi, te vas a llamar Mimi.
-Mimi no, por favor.
-Será Mimi, o si no te corro.
Mimi lloró mucho. Hasta se le hincharon los ojos.
Pero acabó conformándose.
Entonces, en el lupanar de doña Erotildes, Mimi empezó a ser la más solicitada.
¿Por el nombre? ¿Qué hay en un nombre?
"Ondina"
ABELARDO CASTILLO
La Sirenita viene a visitarme de vez en cuando. Me cuenta historias que cree inventar, sin saber que son recuerdos. Sé que es una sirena, aunque camina sobre dos piernas. Lo sé porque dentro de sus ojos hay un camino de dunas que conduce al mar. Ella no sabe que es una sirena, cosa que me divierte bastante. Cuando ella habla yo simulo escucharla con atención pero, al mínimo descuido, me voy por el camino de las dunas, entro en el agua y llego a un pueblo sumergido donde hay una casa, donde también está ella, sólo que con escamada cola de oro y una diadema de pequeñas flores marinas en el pelo. Sé que mucha gente se ha preguntado cuál es la edad real de las sirenas, si es lícito llamarlas monstruos, en qué lugar de su cuerpo termina la mujer y empieza el pez, cómo es eso de la cola. Sólo diré que las cosas no son exactamente como cuenta la tradición y que mis encuentros con la sirena, allá en el mar, no son del todo inocentes. La de acá, naturalmente, ignora todo esto. Me trata con respeto, como corresponde hacerlo con los escritores de cierta edad. Me pide consejos, libros, cuenta historias de balandras y prepara licuados de zanahoria y jugo de tomate. La otra está un poco más cerca del animal. Grita cuando hace el amor. Come pequeños pulpos, anémonas de mar y pececitos crudos. No le importa en absoluto la literatura. Las dos, en el fondo, sospechan que en ellas hay algo raro. No sé si debo decirles cómo son las cosas.
"La felicidad"
ANDRÉS NEUMAN
Me llamo Marcos. Siempre he querido ser Cristóbal.
No me refiero a llamarme Cristóbal. Cristóbal es mi amigo; iba a decir el mejor, pero diré que el único.
Gabriela es mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal.
Él es inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo. Domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo diría que Gabriela es su plato predilecto.
Algún desprevenido podrá pensar que mi mujer me traiciona: nada más lejos. Siempre he querido ser Cristóbal, pero no vivo cruzado de brazos. Ensayo no ser Marcos. Tomo clases de baile y repaso mis manuales de estudiante. Sé bien que mi mujer me adora. Y es tanta su adoración, tanta, que la pobre se acuesta con él, con el hombre que yo quisiera ser. Entre los fornidos pectorales de Cristóbal, mi Gabriela me aguarda ansiosa con los brazos abiertos.
A mí me colma de gozo semejante paciencia. Ojalá mi esmero esté a la altura de sus esperanzas y algún día, pronto, nos llegue el momento. Ese momento de amor inquebrantable que ella tanto ha preparado, engañando a Cristóbal, acostumbrándose a su cuerpo, a su carácter y sus gustos, para estar lo más cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo.
"Viernes Santo"
JORGE IBARGÜENGOITIA
El Viernes Santo más devoto que recuerdo, lo pasé en Guanajuato cuando tenía yo seis años. Mi madre y yo acabábamos de llegar a esa ciudad para una visita de varios días. Fuimos a la casa de unas tías que eran ratas de sacristía y las encontramos entusiasmadas: el programa que había en la parroquia para conmemorar la muerte de Cristo era de primera. Habían contratado tres predicadores de los más famosos para que echaran sermones con motivo de la tradición de San Pedro, el Aposentillo, las Tres Caídas y las Siete Palabras. Mis tías terminaron la descripción recomendándole a mi madre:
–¡No te lo pierdas!
Y no se lo perdió, ni yo tampoco. Lo que dijeron los predicadores me entró por una oreja y me salió por la otra, pero el olor de los fieles, y la manera como cambiaba el aspecto de las cortinas moradas conforme el sol se movía es algo que no he olvidado. Son las horas de tedio más perfectas que he pasado en mi vida.
Hemos de haber estado a la mitad de las Siete Palabras cuando empecé a ponerme histérico. Di señales que hicieron a mi madre comprender que la resistencia de su hijo había llegado a su límite y decidió que saliéramos de la iglesia. Nos levantamos de la banca y empezamos a caminar en un mar de gente, hacia la puerta.
En aquella época mi cara quedaba a la altura de las barrigas y las nalgas de la mayoría de la gente; las barrigas se separaban para dejarnos paso y a nuestra espalda se cerraba el muro de nalgas.
Cuando estábamos a un metro de la puerta ocurrió el desastre. Apareció frente a mí un obstáculo infranqueable: eran las piernas flacas y las caderas estrechas de dos señoritas ya viejas que estaban platicando, de espaldas al púlpito, y no se daban cuenta que mi madre y yo veníamos forzando el paso. Traté de empujarlas; no pude; volví a intentar; no pude, y al tercer intento –lo recuerdo con placer– empecé a patear piernas de solterona.
La conversación se suspendió y dos caras flacas, con expresión de dolor y asombro se inclinaron para ver al energúmeno de un metro que las seguía pateando. También recuerdo la expresión que mi madre hizo, al decir en ese momento una de las mentiras más gordas de su vida:
–¡No fue él, no fue él!
Salimos de la iglesia y nos fuimos a cenar filete de sol en el hotel Luna.
Esta desesperación me dio a pesar de que entonces ignoraba lo que ocurrió en otro Viernes Santo, en Guanajuato, hace más de un siglo, durante otro sermón de las Siete Palabras, precisamente: la cúpula de la Compañía se vino abajo y aplastó al predicador y a trescientos feligreses.
–¡Qué bonito! –decía la anciana que me contó ese suceso–. ¡Morir aplastado en la casa de Dios! ¡Se va uno al cielo con todo y zapatos!
"Cóndor y cronopio"
JULIO CORTÁZAR
Un cóndor cae como un rayo sobre un cronopio que pasa por Tinogasta, lo acorrala contra una pared de granito, y dice con gran petulancia, a saber:
Cóndor. —Atrévete a afirmar que no soy hermoso.
Cronopio. —Usted es el pájaro más hermoso que he visto nunca.
Cóndor. —Más todavía.
Cronopio. —Usted es más hermoso que el ave del paraíso.
Cóndor. —Atrévete a decir que no vuelo alto.
Cronopio. —Usted vuela a alturas vertiginosas, y es por completo supersónico y estratosférico.
Cóndor. —Atrévete a decir que huelo mal.
Cronopio. —Usted huele mejor que un litro entero de colonia Jean-Marie Farina.
Cóndor. —Mierda de tipo. No deja ni un claro donde sacudirle un picotazo.
"Senos. Las criadas"
RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA
Los senos de las criadas son senos que dan origen a sentimientos sordos y enconados.
Son como animales domésticos, que corren por la casa, que andan sueltos por ella y la alegran un poco.
Eso que es visible, una urbanidad y una política hipócrita hace como que no lo ve. Animan la mañana sobre todo, y dan a la casa más ambiente casero, más sabor humano.
Parece que cantan en la criada de otra manera que canta su boca, y son la gracia rústica de su trajín.
Son senos silvestres y retozones. Son como la cebolla que condimenta el aire de la casa, la cebolla humana y sensual, la cebolla barata.
Sobre todo el empaque que tiene la casa se destaca el que son verdaderamente, indudablemente senos de mujer. Las señoras de la casa evitarían que se viese eso, pero no pueden. Es demasiado elocuente su presencia y tiene derechos más fuertes que todo el señorío que domina aún el mundo. Su rebeldía es manifiesta y no puede menos de admitirse teniéndose que tragar la píldora la señora. Los señoritos y el señorío ven demasiado, y a veces los buscan, aunque son senos ingratos y sucios, de una imaginación roma, senos que no comprenden, senos descarados que abusan de su condescendencia sombría o que sufren el vilipendio del hombre más espantosamente desleal que es el señorito que niega a la luz del día sus cosas de la sombra.
"El poeta"
J. RODOLFO WILCOCK
Cuenta la leyenda que las aves emprendieron una larga peregrinación a través de bosques y montañas, hacia una meta divina que sería al mismo tiempo una consumación y una integración. Muchas murieron durante el viaje, torturadas por la sed, despedazadas por águilas enemigas, traspasadas por las flechas de los cazadores, dispersadas por las tempestades. Pero muchas otras lograron llegar al lugar predestinado, donde con sus propios cuerpos formaron el cuerpo unánime de su dios. Este dios era muy liviano, casi un estremecimiento del aire: sus miembros tejidos de alas y de plumas tibias resplandecían al sol con todos los colores del arco iris; sus cabellos eran plumas de cuervo; sus ojos, alas de golondrinas, y sus labios, rojas crestas de cardenales. Era el dios de las aves, que asumía la figura humana para poder enfrentarse con otro dios, enemigo de las aves. El dios hostil envió a su encuentro a la diosa de las serpientes, cuyo cuerpo escamoso estaba hecho de víboras entrelazadas. En lugar de destruirse, las dos divinidades se unieron en la carne sin interrupción durante un siglo entero, y al final tuvieron un hijo que fue el primer poeta, el que tiempo después enseñaría a los hombres el arte de hablar en sentido figurado.
"La pequeña Lucía Zárate"
ANA MARÍA SHUA
En su edad adulta, la mexicana Lucía Zárate llegó a medir cincuenta centímetros. Pesaba dos kilos y medio y era perfectamente normal en cualquier otro aspecto. Fue la enana de circo mejor pagada de la historia. En 1880 ganaba nada menos que veinte dólares la hora. Murió una noche por congelamiento, cuando el tren en el que viajaba quedó varado en las Montañas Rocallosas.
Aquellos que van en peregrinación hasta el lugar de su deceso, la consideran una intercesora ante la divinidad. Instalada a los pies del Trono del Señor, sólo ella en toda la jerarquía de santos sería capaz de resolver los pequeños problemas que los demás desdeñan. Se ruega a la mínima Lucía para que nos libre de los callos, el mal aliento, las visitas inoportunas, la gente que habla en el cine, las manchas de comida en la ropa buena y la picazón por alergia de contacto.
"La fotogenia del fantasma"
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
Los fantasmas, acomodándose a las nuevas circunstancias, empiezan a aficionarse a la mecánica. En el domicilio del marqués de Ely, en Hove, cerca de Brighton, Londres, ha hecho su misteriosa aparición un fantasma que no es tan misterioso por ser fantasma como por ser un fantasma exclusivamente fotogénico. En su departamento particular, el joven marqués -25 años- tomó con luz artificial la fotografía de una amiga, convencido de que estaba solo con ella. Pero la fotografía reveló que el marqués se equivocaba: además de ellos, había un fantasma en la habitación. Un fantasma que nadie ha conocido personalmente sino en fotografía, y que por consiguiente nadie puede decir cómo es en realidad, pues no hay testimonio de que el conflictivo, original y modernizado espectro sea igual o por lo menos parecido a sus retratos.
"1542, río Iguazú"
EDUARDO GALEANO
Echando humo bajo su traje de hierro, atormentado por las picaduras y las llagas, Álvar Núñez Cabeza de Vaca se baja del caballo y ve a Dios por primera vez.
Las mariposas gigantes aletean a su alrededor. Cabeza de Vaca se arrodilla ante las cataratas del Iguazú. Los torrentes, estrepitosos, espumosos, se vuelven desde el cielo para lavar la sangre de todos los caídos y redimir a todos los desiertos, raudales que desatan vapores y arcoiris y arrancan selvas del fondo de la tierra seca: aguas que braman, eyaculación de Dios fecundando la tierra, eterno primer día de la Creación.
Para descubrir esta lluvia de Dios ha caminado Cabeza de Vaca la mitad del mundo y ha navegado la otra mitad. Para conocerla ha sufrido naufragios y penares; para verla ha nacido con ojos en la cara. Lo que quede de vida será de regalo.
"La salvación."
ADOLFO BIOY CASARES
Esta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones técnicas y disfrutaba de la embriaguez del triunfo, el artista advirtió en el hermoso rostro de su protector una sombra amenazadora. Comprendió la causa.
«¿Cómo un ser tan ínfimo» —sin duda estaba pensando el tirano— «es capaz de lo que yo, pastor de pueblos, soy incapaz?».
Entonces un pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado por el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría.
«Por humildes que sean» — dijo indicando al pájaro— «hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros».
"Del que no se casa."
ROBERTO ARLT
Yo me hubiera casado. Antes sí, pero ahora no. ¿Quién es el audaz que se casa con las cosas como están hoy?
Yo hace ocho años que estoy de novio. No me parece mal, porque uno antes de casarse “debe conocerse” o conocer al otro, mejor dicho, que el conocerse uno no tiene importancia, y conocer al otro, para embromarlo, sí vale.
Mi suegra, o mi futura suegra, me mira y gruñe, cada vez que me ve. Y si yo le sonrío me muestra los dientes como un mastín. Cuando está de buen humor lo que hace es negarme el saludo o hacer que no distingue la mano que le extiendo al saludarla, y eso que para ver lo que no le importa tiene una mirada agudísima.
A los dos años de estar de novio, tanto “ella” como yo nos acordamos que para casarse se necesita empleo, y si no empleo, cuando menos trabajar con capital propio o ajeno.
Empecé a buscar empleo. Puede calcularse un término medio de dos años la busca de empleo. Si tiene suerte, usted se coloca al año y medio, y si anda en la mala, nunca. A todo esto, mi novia y la madre andaban a la greña. Es curioso: una, contra usted, y la otra, a su favor, siempre tiran a lo mismo. Mi novia me decía:
-Vos tenés razón, ¿pero cuándo nos casamos, querido?
Mi suegra, en cambio:
-Usted no tiene razón de protestar, de manera que haga el favor de decirme cuándo se puede casar.
Yo, miraba. Es extraordinariamente curiosa la mirada del hombre que está entre una furia amable y otra rabiosa. Se me ocurre que Carlitos Chaplín nació de la conjunción de dos miradas así. El estaría sentado en un banquito, la suegra por un lado lo miraba con fobia, por el otro la novia con pasión, y nació Charles, el de la dolorosa sonrisa torcida.
Le dije a mi suegra (para mí una futura suegra está en su peor fase durante el noviazgo), sonriendo con melancolía y resignación, que cuando consiguiera empleo me casaba y un buen día consigo un puesto, qué puesto… ¡ciento cincuenta pesos!
Casarse con ciento cincuenta pesos significa nada menos que ponerse una soga al cuello. Reconocerán ustedes con justísima razón, aplacé el matrimonio hasta que me ascendieran. Mi novia movió la cabeza aceptando mis razonamientos (cuando son novias, las mujeres pasan por un fenómeno curioso, aceptan todos los razonamientos; cuando se casan el fenómeno se invierte, somos los hombres los que tenemos que aceptar sus razonamientos). Ella aceptó y yo tuve el orgullo de afirmar que mi novia era inteligente.
Me ascendieron a doscientos pesos. Cierto es que doscientos pesos son más que ciento cincuenta, pero el día que me ascendieron descubrí que con un poco de paciencia se podía esperar otro ascenso más, y pasaron dos años. Mi novia puso cara de “piola”, y entonces con gesto digno de un héroe hice cuentas. Cuentas claras y más largas que las cuentas griegas que, según me han dicho, eran interminables. Le demostré con el lápiz en una mano, el catálogo de los muebles en otra y un presupuesto de Longobardi encima de la mesa, que era imposible todo casorio sin un sueldo mínimo de trescientos pesos, cuando menos, doscientos cincuenta. Casándose con doscientos cincuenta había que invitar con masas podridas a los amigos.
Mi futura suegra escupía veneno. Sus ímpetus llevaban un ritmo mental sumamente curioso, pues oscilaban entre el homicidio compuesto y el asesinato simple. Al mismo tiempo que me sonreía con las mandíbulas, me daba puñaladas con los ojos. Yo la miraba con la tierna mirada de un borracho consuetudinario que espera “morir por su ideal”. Mi novia, pobrecita, inclinaba la cabeza meditando en las broncas intestinas, esas verdaderas batallas de conceptos forajidos que se largan cuando el damnificado se encuentra ausente.
Al final se impuso el criterio del aumento. Mi suegra estuvo una semana en que se moría y no se moría; luego resolvió martirizar a sus prójimos durante un tiempo más y no se murió. Al contrario, parecía veinte años más joven que cuando la conociera. Manifestó deseos de hacer un contrato treintanario por la casa que ocupaba, propósito que me espeluznó. Dijo algo entre dientes que me sonó a esto: “Le llevaré flores”. Me imagino que su antojo de llevarme flores no llegaría hasta la Chacarita. En fin, a todas luces mi futura suegra reveló la intención de vivir hasta el día que me aumentaran el sueldo a mil pesos.
Llegó el otro aumento. Es decir, el aumento de setenta y cinco pesos.
Mi suegra me dijo en un tono que se podía conceptuar de irónico si no fuera agresivo y amenazador:
-Supongo que no tendrá intención de esperar otro aumento.
Y cuando le iba a contestar estalló la revolución.
Casarse bajo un régimen revolucionario sería demostrar hasta la evidencia que se está loco. O cuando menos que se tienen alteradas las facultades mentales.
Yo no me caso. Hoy se lo he dicho:
-No, señora, no me caso. Esperemos que el gobierno convoque a elecciones y a que resuelva si se reforma la constitución o no. Una vez que el Congreso esté constituido y que todas las instituciones marchen como deben yo no pondré ningún inconveniente al cumplimiento de mis compromisos. Pero hasta tanto el Gobierno Provisional no entregue el poder al Pueblo Soberano, yo tampoco entregaré mi libertad. Además que pueden dejarme cesante.
"Parábola."
WISLAWA SZYMBORSKA
Ciertos pescadores sacaron del fondo una botella. Había en la botella un papel, y en el papel estas palabras:
"¡Socorro!, estoy aquí. El océano me arrojó a una isla desierta. Estoy en la orilla y espero ayuda. ¡Dense prisa. Estoy aquí!"
-No tiene fecha. Seguramente es ya demasiado tarde. La botella pudo haber flotado mucho tiempo, dijo el pescador primero.
-Y el lugar no está indicado. Ni siquiera se sabe en qué océano, dijo el pescador segundo.
-Ni demasiado tarde ni demasiado lejos. "Aquí" está en todos lados, dijo el pescador tercero.
El ambiente se volvió incómodo, cayó el silencio. Las grandes verdades tienen ese problema.
"La Atlántida."
JUAN RODOLFO WILCOCK
Cuando aquella vasta isla que los antiguos llamaban Atlántida comenzó a hundirse en el océano, los más sagaces de sus habitantes decidieron embarcarse y mudarse a otro continente. Lamentablemente sus barcos eran pequeños y bastó una sola tempestad para tragarse a todos los emigrantes. Pero la gran mayoría de los atlánticos se habían quedado en la isla; de hecho, todas las profecías preveían un gradual reelevamiento del nivel de las tierras, y los isleños, como sucede a menudo, creían más en las profecías que en la realidad de lo que veían con los ojos y tocaban con la mano. Por eso, inundadas las llanuras costeras y amenazadas por las olas las primeras colinas, los periódicos atlánticos continuaban alentando a la población: “Hemos tenido una nueva confirmación, venida de las más altas esferas científicas de la isla, de que está prevista la progresiva elevación de la plataforma continental atlántica, cuyo movimiento parece haber sido tan repentino que ha arrastrado consigo las aguas del océano; esto explica el hecho de que éstas hayan alcanzado en algunas localidades un nivel falsamente preocupante. En la espera del retorno, sin duda inminente de las aguas geológicamente impelidas, los habitantes y animales sobrevivientes se han refugiado en las montañas que rodean a la capital. El gobierno ha tomado las medidas apropiadas para evitar este temporario peligro, mediante oportunos diques y barreras, mientras los sacerdotes amorosamente se ocupan de bendecir los restos flotantes”.
Más subían las aguas, más optimistas se volvían los comunicados distribuidos por las agencias de noticias, más inminente era declarado el reflujo de la marea, con la consiguiente adquisición por parte del patrimonio nacional de nuevas e ilimitadas extensiones de tierra enriquecida por el fértil humus de milenios de vida submarina. Por eso nadie hizo nada, y cuando el último habitante, que era justamente el presidente del consejo, se encontró en la cima de la más alta montaña del país, con el agua al pecho, se oyó decir a los ministros que flotaban en torno suyo, cada uno aferrado a su propio escritorio: “Valor, excelencia, lo peor ya pasó”.
"Escribir a la contra."
JUAN JOSÉ MILLÁS
Cuando me pregunto si tuve buenos educadores, los imagino a ellos, a mis educadores, preguntándose si tuvieron buenos alumnos. En general, creo que fuimos muy malos los unos para los otros, pero ya no tiene remedio. Entre los que recuerdo, hay un profesor de literatura que nos mandaba hacer unas redacciones curiosísimas. Por ejemplo, si una película nos había gustado mucho, teníamos que decir lo contrario, pero argumentándolo de tal manera que ningún lector fuera capaz de descubrir si mentíamos o decíamos la verdad. Haciendo aquellas redacciones, me di cuenta de que muchas películas que creía que me habían gustado me parecían en realidad detestables. También aprendí que con un poco de talento y práctica se pueden defender las posturas más insostenibles. Todavía utilizo el método de aquel profesor, pues muchos de mis artículos están escritos directamente contra mí. Desconfío tanto de lo que pienso que sólo tengo la impresión de acertar cuando me contradigo.
Cierto día, aquel profesor nos mandó hacer una redacción sobre nuestros padres. Nos pidió que imagináramos que uno de los dos tenía que morir y nosotros debíamos decidir cuál. Durante el recreo, no se habló de otra cosa.
–Yo elegiría a mi padre –decía uno–, pero es el que trae el sueldo a casa.
–No te preocupes –replicaba otro–, que tu madre cobrará la pensión.
–¿Qué es la pensión? –preguntaba el de más allá.
Yo no sabía a cuál de los dos liquidar. Fantaseé con ambas posibilidades y elegí la que me producía más culpa, pues ya era un experto, o eso creía, en escribir en contra de mis intereses. Maté a mi padre, pues, y obtuve una nota de 9, la más alta de las conseguidas en toda mi vida. Gracias a ella, no suspendí por primera vez en todo el curso la literatura de ese mes. Mi padre me felicitó y me dio un beso. Me parecieron la felicitación y el beso de un condenado a muerte.
Arrastré la culpa durante años, hasta que el azar y los síntomas me llevaron al diván del psicoanalista y averigüé que todo niño desea matar a su padre para poseer en exclusiva a su madre. De lo que me culpo ahora es de haber hecho lo previsible. No dejo de preguntarme si, en el caso de haber acabado con mamá, me habrían dado un 10, incluso una matrícula de honor.
"El niño que no sabía jugar."
ANA MARIA MATUTE
Había un niño que no sabía jugar. La madre le miraba desde la ventana ir y venir por los caminillos de tierra, con las manos quietas, como caídas a los dos lados del cuerpo. Al niño, los juguetes de colores chillones, la pelota, tan redonda, y los camiones, con sus ruedecillas, no le gustaban. Los miraba, los tocaba, y luego se iba al jardín, a la tierra sin techo, con sus manitas, pálidas y no muy limpias, pendientes junto al cuerpo como dos extrañas campanillas mudas. La madre miraba inquieta al niño, que iba y venía con una sombra entre los ojos. “Si al niño le gustara jugar yo no tendría frío mirándole ir y venir.” Pero el padre decía, con alegría: “No sabe jugar, no es un niño corriente. Es un niño que piensa”.
Un día la madre se abrigó y siguió al niño, bajo la lluvia, escondiéndose entre los árboles. Cuando el niño llegó al borde del estanque, se agachó, busco grillitos, gusanos, crías de rana y lombrices. Iba metiéndolos en una caja. Luego, se sentó en el suelo, y uno a uno los sacaba. Con sus uñitas sucias, casi negras, hacía un leve ruidito, ¡crac!, y les segaba la cabeza.
"La migala."
JUAN JOSÉ ARREOLA
La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.
El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.
Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a mi casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.
La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.
Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la araña sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.
Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.
Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.
Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero. Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.
"El juguete del pobre."
CHARLES BAUDELAIRE
Quiero dar idea de una diversión inocente. ¡Hay tan pocos entretenimientos que no sean culpables!
Cuando salgáis por la mañana con la decidida intención de vagar por la carretera, llenaos los bolsillos de esos menudos inventos de a dos cuartos, tales como la polichinela sin relieve, movido por un hilo no más; los herreros que martillan sobre el yunque; el jinete de un caballo, que tiene un silbato por cola; y por delante de las tabernas, al pie de los árboles, regaládselos a los chicuelos desconocidos y pobres que encontréis. Veréis cómo se le agrandan desmesuradamente los ojos. Al principio no se atreverán a tomarlos, dudosos de su ventura. Luego, sus manos agarrarán vivamente el regalo, y echarán a correr como los gatos que van a comerse lejos la tajada que les disteis, porque han aprendido a desconfiar del hombre.
En una carretera, detrás de la verja de un vasto jardín, al extremo del cual aparecía la blancura de un lindo castillo herido por el sol, estaba en pie un niño, guapo y fresco, vestido con uno de esos trajes de campo, tan llenos de coquetería.
El lujo, la despreocupación, el espectáculo habitual de la riqueza, hacen tan guapos a esos chicos, que se les creyera formados de otra pasta que los hijos de la mediocridad o de la pobreza.
A su lado, yacía en la hierba un juguete espléndido, tan nuevo como su amo, brillante, dorado, vestido con traje de púrpura y cubierto de penachos y cuentas de vidrio. Pero el niño no se ocupaba de su juguete predilecto, y ved lo que estaba mirando:
Del lado de allá de la verja, en la carretera, entre cardos y ortigas, había otro chico, sucio, desmedrado, fuliginoso, uno de esos chiquillos parias, cuya hermosura descubrirían ojos imparciales, si, como los ojos de un aficionado adivinan una pintura ideal bajo un barniz de coche, lo limpiaran de la repugnante pátina de la miseria.
A través de los barrotes simbólicos que separaban dos mundos, la carretera y el castillo, el niño pobre enseñaba al niño rico su propio juguete, y éste lo examinaba con avidez, como objeto raro y desconocido. Y aquel juguete que el desharrapado hostigaba, agitaba y sacudía en una jaula, era un ratón vivo. Los padres, por economía, sin duda, habían sacado el juguete de la vida misma.
Y los dos niños se reían uno de otro, fraternalmente, con dientes de igual blancura.
Gracias por pasar!
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