El Cuento Breve de la Semana

"Europa y América"

HORACIO QUIROGA

Salvador Pedro, cura italiano de familia española, tuvo al llegar a Dolores de Buenos Aires una honda tribulación. Justo es creer que un espíritu más educado que el suyo hubiera previsto mejor ese golpe a la Sacra Iglesia y su justiciera intervención. Sobre todo ¡qué impiedad! La fiebre, que esa noche le tuvo en cama después de su desastre, llenose de muchachas y muchachos de su pueblo natal que iban a consultarle en diarias conturbaciones que él aplacaba, como así debía ser. Y aquí, en esta América de crimen, ¡cielo santo!
En la aventura, sin embargo, no tuvieron ellos mayor culpa. Pedro llegó a Dolores lleno de una inocencia terrible. Nadie estaba más seguro que él del santo derecho espiritual, y aunque se sabía ignorante y todo, creía, como en Dios, en la misión de su sotana negra. Muchas discordias había desenvuelto, y a más de un hogar en peligro llegó él sin que lo llamaran, para verter en aquel infierno el rocío de su celeste personificación. No es pues de extrañar lo que le pasó.
Llegó aquí sin saber adónde llegaba; y el mismo hecho —tan rápido— se adelantó a las explicaciones que no hubiera dejado de hacerle el párroco, acerca del camino más que prudente que se debe seguir aquí.
El mismo día de su instalación —teniente cura— una penitente fue en busca de su consuelo, bañada en llanto. La pobre muchacha había dado su corazón y su mano a un ingrato que el día anterior había roto el compromiso, llevándose con él la palabra dada y un largo trimestre de besos. Mucho la consoló, y el consuelo más dulce fue la promesa de que el ex novio volvería al camino de la fe y al honor familiar.
Apenas salió ella, tomó su sombrero y emprendió el camino a casa del infiel, tranquilamente, como viejo pastor que no se inquieta ya por la oveja perdida en una encrucijada habitual.
Golpeó y se anunció. Al largo rato se le hizo entrar y saludó a una persona que lo miraba con la mayor curiosidad posible.
—¿El señor Carlos Alzaga?
—Soy yo, señor.
Al no sentirse llamar padre, hizo un ligero movimiento. Pero desde que había entrado se hallaba mal, sobre todo por la curiosidad constante de aquellos ojos que no se apartaban un momento de los suyos.
Para animarse rompió:
—¿Es verdad que el señor ha dado palabra de casamiento a la señorita Lina Oggiero?
Los ojos expresaron más irónica curiosidad aún.
—Sí, señor.
—Me han dicho —¡sabe Dios si es verdad!— que el señor ha retirado su palabra sin ningún motivo.
—Sí, señor.
Pedro perdía toda serenidad; ¡aquello era tan nuevo para él! Tuvo, sí, la intuición de una enorme impiedad y deshonor que salía de esa persona y de la casa entera. Logró dominarse y comenzó a hablar de memoria al principio, luego con tesón: la llorosa criatura abandonada; la palabra que, dada aun a solas, es lo mismo que dada allá en el cielo; ¿qué vida es posible si no se empieza por cumplir, no tanto la obligación social, pero la promesa de unión que Dios ha oído?; muy alto sube la voz de una criatura engañada, y el remordimiento eterno no alcanza siempre a salvar un alma.
Le hablaba de pie, levantando los brazos, seguro ya de la situación, en el recuerdo de tantas otras a que habían seguido furiosos reconocimientos de culpabilidad. Su interlocutor lo miraba sin hacer un movimiento. Al fin cesó de hablar y se pasó el pañuelo por la frente. Cuando aquél estuvo seguro de que había acabado, le preguntó cortésmente.
—¿Concluyó el señor?
—Sí —balbuceó Pedro.
—Bueno, ahora hablo yo. Vea señor: aquí en América, sobre todo en mi casa, sobre todo yo, uno hace justamente aquello que tiene ganas de hacer, y nos parece siempre de la más mala educación dar consejos cuando no se nos pide, como el señor cura ha tenido el mal gusto de hacer. Por gracia de Dios, que está en mí, aunque usted no crea, sé desde hace muchos años lo que debo hacer, aunque lo haga mal, y el señor cura será muy feliz si recuerda siempre lo que le digo ahora, que es lo que le diría cualquiera. Bien sé que su palabra es alta y bien intencionada, y mi placer mayor sería oírle con calma; pero su alocución de hoy me ha ocasionado un fastidioso dolor de cabeza que nuevos consejos exasperarían; y como esto sería peligroso para ambos, le ruego se retire lo más pronto que le sea posible, y recuerde que estos consejos míos, sobre todo el último, valen más que todos los del señor cura.
Pedro sintió que una oleada, no de cólera sino de vergüenza, le tapaba la cara. No dijo una palabra, cogió su sombrero y se dirigió a la puerta. Al abrirla vio en el zaguán tres muchachas que le miraban curiosamente.
—Son mis hermanas —explicó Alzaga a Pedro. Y volviéndose a éstas—: El señor cura, que ha tenido la bondad de venir a darme consejos paternales.
Y al estar en la vereda ni aún tuvo Pedro el consuelo de un rayo de ira al volver los ojos, pues el cuarteto se había entrado ya tranquilamente.


*Revista Caras y Caretas, Buenos Aires, año VIII, N° 372, noviembre 18, 1905.

"Acerca de escribir"

LEILA GUERRIERO

—No disfruto— dice la chica, entre la sonrisa sicótica y la desesperación—. Cuando escribo: no disfruto. Lo paso mal, me trabo, no sé para dónde ir.
—¿Y por qué pensás que tendrías que disfrutar? —le pregunto.
—Bueno, la gente que escribe dice que lo pasa bien.
Hay, con la escritura, un equívoco inexplicable: la idea de que es -o debería ser una experiencia fabulosa. Quizás porque las herramientas para hacerlo —las palabras— están más o menos al alcance de todos, escribir parece mucho más fácil que tocar la trompeta. La frase «Yo, con mi vida, tendría que escribir un libros no encuentra su correlato en otras artes: «Yo, con mi vida, tendría que componer un madrigal. La escritura parece fácil (y, en algún sentido, lo es: solo se trata de elegir palabras y de combinarlas para producir un efecto inconfundible) y, como parece fácil, se supone que es algo que deberíamos disfrutar (como tomar helados o tendernos al sol). Por eso, cuando un periodista se sienta por primera vez a escribir un artículo de varias páginas —con un clima, una voz propia, una mirada: eso que llamamos periodismo narrativo— y descubre que tiene ochenta veces más material del que puede usar y cinco estructuras posibles allí donde solo tendrá fuerzas para llevar adelante una, se desbarranca por la pendiente de la desesperación y comprende que ha sido estafado hasta las rótulas. Que todas esas peliculas en las que los periodistas teclean el artículo de la portada del domingo en la media hora que les queda libre entre un martini y un revolcón son la más abyecta mentira. La realidad es bastante más mediocre: la primavera agita sus alas ahí afuera y, adentro, sumergido en dos metros de papeles, el periodista es arrojado al vértigo primero, el pánico después, al aburrimiento más tarde y, de allí, al parque más cercano, donde, golpeándose el pecho, preguntará al sol, al cielo y a las nubes: ¿Por qué, por qué, por qué no disfruto?»
Pasarlo mal cuando se escribe no es la regla (mucha gente siente enorme placer al hacerlo y lo hace rápido y asquerosamente bien), pero, en todo caso, sucede, y no estaría de más dedicar algún tiempo a hablar del asunto para desactivar toda expectativa acerca de que escribir buen periodismo sea el arte de combinar una Mac Air con un par de horas libres. En todo caso, pasarlo mal no es la regla, pero pasarlo bien tampoco: cada quien debería encontrar su método, el punto justo de presión, encierro, asfixia o ausencia de todas esas cosas en el que la producción fluya mejor. Pero, yendo más allá, el punto es que no importa. Disfrutar o no disfrutar: no importa. Disfrutar no debería ser la aspiración de alguien que escribe. Uno escribe para ordenar el mundo, o para desordenarlo, o para entenderlo, o porque si no lo hace le da tos, o porque, como decía Fogwill, «es más fácil que evitar la sensación de sinsentido de no hacerlo». Pero no escribe para disfrutar. Disfrutar es un verbo que se lleva mejor con otras actividades. A mí, lo dije muchas veces, no me gusta escribir. Me gusta, a veces, el resultado. El periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos acaba de publicar, con enorme éxito en su país, un libro fabuloso llamado La eterna parranda (Aguilar), que recopila algunas de sus mejores crónicas. Una de ellas es la que da título a la antología: un extenso perfil del cantante de vallenatos Diomedes Díaz que le tomó años investigar y semanas escribir. Después del encierro salvaje que se impuso para terminar ese texto, Alberto Salcedo Ramos, respondiendo a una consulta por otra cuestión, me escribió un mail espeluznante —no porque contara nada espeluznante, sino por el espeluznante sentimiento de identificación que provocaba al leerlo— dándome algunos detalles muy discretos acerca de cómo había transcurrido ese encierro. El mail terminaba así: «Ahora me siento feliz de haberlo hecho, pero hace tres días me consumía la angustia. Por eso siempre cito esta frase de una escritora venezolana cuyo nombre no recuerdo ahora: odio escribir, pero amo haber escrito.» Otro periodista, el peruano Daniel Titinger, autor de un libro llamado Dios es peruano (Planeta, 2006), respondiendo a una pregunta acerca de cómo armaba la estructura de sus textos, me decía, entre otras cosas, esto: «Luego de investigar tengo (...) que pasarlo al papel. Y aquí empiezan los problemas, porque te confieso que no me gusta escribir. Odio escribir. Siento que escribir es como correr una maratón: se sufre demasiado mientras se corre, pero llegar a la meta es lo más hermoso que hay en la vida. Escribo, entonces, para terminar de escribir.»
En enero de 2011 la revista dominical del diario El País, de España, convocó a varios escritores para que respondieran a la pregunta «Por qué escribo». «Escribo —respondió el español Juan José Millás— por las mismas razones que leo, porque no me encuentro bien.» Pocas veces una respuesta ha sido más salvaje, más honesta, más noble, más sincera.

*Revista Sábado, El Mercurio, Chile, septiembre de 2011.

"Kafkería"

ENRIQUE VILA-MATAS

Cuando yo era muy joven, no encontraba un lugar en el mundo y no era precisamente porque no lo buscara. Me sentía ansioso de encontrar un lugar, siquiera humildísimo, en un Orden cualquiera, en el universo infinito, en la grisura del mundo del trabajo, en una red de espionaje, en un asilo de lunáticos, en una familia con unos padres más sensatos que los míos, en la mediocridad de una vida conyugal apetecible y vista como un mal menor en relación con la soledad.
Tenía yo mucho del triste héroe de nuestro tiempo. Pero como en aquel entonces apenas leía –estaba casi del todo desvinculado de la literatura que más adelante me atraparía, dejándome incluso enfermo de ella–, no contaba con los recursos felices e imaginativos que nos regalan las lecturas, concediéndonos escapar de las angustias que nos tienen a veces atrapados. Y, puestos a ignorar, hasta ignoraba –me habría ido de perlas ese día- que yo era eso, que yo era el clásico héroe triste de nuestro tiempo. Saberlo sin duda me habría ayudado, hasta me habría hecho sentirme, dentro de la tristeza, un joven importante; hasta le habría dado cierto sentido a mi vida, me habría ayudado a no caer en la desolación en la que caí de lleno hacia las siete de la tarde de aquel día de verano cuando, en ausencia de mi padre, me tocó a mí echar el cierre a la oficina de Palamós en la que ayudaba a mi padre a vender apartamentos.
Yo estaba a punto de cumplir los diecisiete años, y algunos días haber sido yo el que cerrara la oficina paterna me había hecho sentirme un hombre responsable. Pero aquel día de verano yo me sentía fatal. Cerré la oficina y miré al mundo, miré el mar y la montaña. Mar y montaña, montaña y mar, dormir y despertarse, despertarse y dormir. «Tanto abrochar y desabrochar», que dejó escrito en carta breve un suicida anónimo. Eché el cierre y me senté en el suelo, delante de la oficina cerrada. Me senté en el suelo porque no sabía adónde ir.
Al poco rato, pasó por allí un respetable matrimonio, muy amigo de mis padres. Me preguntaron, a modo de saludo, sin intención alguna de inmiscuirse en mi vida o de reprocharme algo, qué estaba haciendo allí en el suelo. «El negocio marcha bien», les dije, «pero no puedo hablar con los empleados, no puedo hablar con los clientes». Se quedaron un tanto perplejos. Mi padre no tenía empleados o, mejor dicho, yo era su único empleado. El matrimonio respetable me preguntó si me pasaba algo, si es que estaba enfermo. Les contesté con otra pregunta: «¿Adónde voy a ir?». Un ligero pánico se apoderó de ellos y vi que se habían quedado profundamente turbados. Vi que a ellos les ocurría lo mismo que a mí, no sabían adónde ir. Pero yo no estaba en condiciones de, encima, ayudar a aquellos amigos de mis padres.

"Las putas de San Julián"

MARÍA TERESA ANDRUETTO

En noviembre de 1920, los peones agrupados en la Sociedad Obrera de Río Gallegos se unieron en huelga contra los estancieros ingleses y criollos para reclamar por una jornada de descanso semanal, un lugar limpio donde dormir y un paquete de velas. El gobierno central mandó al coronel Héctor Benigno Varela a reprimir, y así él y sus soldados fusilaron a alrededor de mil quinientos trabajadores. El 17 de febrero de 1922, después de la matanza, y antes de embarcarlos de regreso a Buenos Aires, el coronel Varela premia a sus hombres con una visita al prostíbulo. Están en el Puerto de San Julián y el prostíbulo se llama La Catalana. Los hombres hacen fila para entrar, son muchos, y las prostitutas solo cinco más la madama, Paulina Robira. Está cerrado; los hombres reclaman, sale la madama y dice que las mujeres no trabajan, se niegan a acostarse con asesinos. Los soldados lo consideran una ofensa, intentan avanzar, pero ellas los echan con escobas y con palos. Tenían entre veintiséis y treinta y un años. Una era española, una inglesa con muchos años en el país, y las otras tres argentinas. Una era casada y las otras solteras. Se llamaban Consuelo García, Ángela Fortunato, Amalia Rodríguez, María Juliache, Maud Foster y la dueña del prostíbulo, Paulina Robira.
El único repudio inmediato a esa matanza fue hecho por mujeres, mujeres prostitutas. El episodio se convirtió en leyenda, lo contó Osvaldo Bayer en Los vengadores de la Patagonia trágica, el rionegrino Juan Raúl Rithner lo llevó a una obra de teatro llamada El Maruchito y la escritora patagónica Lili Muñoz lo narró en una serie de relatos que tituló Pupilas del desierto. En 2011, cinco poetas de Córdoba, varones todos (Leandro Calle, Julio Castellanos, Néstor Merigo, Claudio Suárez y César Vargas), se sortearon los nombres de las mujeres, escribieron cada uno un poema y lo publicaron en un pequeño libro que se titula Puta patria. A César Vargas le tocó Consuelo García. Su poema termina: Enséñame a ser hombre, puta mía, dame el amor, dame la risa y quítame las armas de las manos.

"El escritor"

AGOTA KRISTOF

Lo dejé todo para escribir la obra de mi vida.
Soy un gran escritor. Nadie lo sabe aún, porque todavía no he escritor nada. Pero cuando escriba mi libro, mi novela…
Por eso dejé mi empleo de funcionario y dejé… ¿qué más dejé? Nada más. Porque amigos no he tenido nunca, y amigas todavía menos. Sin embargo, dejé el mundo para escribir mi gran novela.
Lo malo es que no sé cuál será el tema de la novela. Se ha escrito ya tanto de todo…
Lo intuyo, noto que soy un gran escritor, pero ningún tema me parece lo suficientemente bueno, lo suficientemente grande, lo suficientemente interesante para mi talento.
Así que espero. Y mientras espero, evidentemente, sufro mi soledad, y también hambre, a veces, pero por medio de ese sufrimiento espero alcanzar un estado de calma que me lleve a descubrir un tema digno de mi talento.
Por desgracia, el tema tarda en manifestarse, y mi soledad es cada vez más sofocante y pesada, el silencio me rodea, el vacío se instala por todas partes, aunque mi casa no sea muy grande.
Pero esas tres cosas horribles –la soledad, el silencio y el vacío– me hunden el tejado, lo hacen estallar hasta las estrellas, se extienden hasta el infinito y ya no sé si esto es lluvia o nieve, si es el foehn o el monzón.
Y grito:
—¡Escribiré todo lo escribible!
Y una voz me responde, irónica, pero voz, a fin de cuentas:
—Vale chaval. Todo, pero nada más, ¿eh?

"Acuérdate"

JUAN RULFO

Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquél que dirigía las pastorelas y que murió recitando el “rezonga ángel maldito” cuando la época de la influencia. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos el Abuelo por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la Arremangada, y la otra que era retealta y que tenía los ojos zarcos y que hasta se decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo. Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación soltaba un ataque de hipo, que parecía como si es­tuviera riendo y llorando a la vez, hasta que la sacaban fuera y le daban tantita agua con azúcar y entonces se calmaba. Esa acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la mezcalera que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el molino de linaza de los Teódulos.
Acuérdate que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba meti­da en líos y de cada lío salía con un muchacho. Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabó en los entierros, pues todos los hijos se le morían recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre música y coros de monaguillos que cantaban “hosannas” y “glorias” y la canción esa de “ahí te mando Señor otro angelito”. De eso se quedó pobre, porque le resultaba caro cada funeral, por eso de las canelas que les daba a los invitados del velorio. Sólo le vivieron dos, el Urbano y la Natalia, que ya nacieron pobres y a los que ella no vio crecer, porque se murió en el último parto que tuvo, ya de grande, pegada a los cincuenta años.
La debes haber conocido, pues era realegadora y cada rato andaba en plei­to con las marchantas en la plaza del mercado porque le querían dar muy caros los jitomates, pegaba de gritos y decía que la esta­ban robando. Después, ya pobre, se le veía rondando entre la basura, juntando rabos de cebolla, ejotes ya sancochados y alguno que otro cañuto de caña "para que se les endulzara la boca a sus hijos". Tenía dos, como ya te digo, que fueron los únicos que se le lograron. Después no se supo ya de ella.
Ese Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos meses más grande, muy bueno para jugar a la rayuela y para las trácalas. Acuérdate que nos vendía clavellinas y nosotros se las comprábamos, cuando lo más fácil era ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes que se robaba del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas con chile que compraba en la portería a dos centavos y que luego nos las revendía a cinco. Rifaba cuanta porquería y media traía en la bolsa: canicas ágata, trompos y zumbadores y hasta maya­tes verdes, de esos a los que se les amarra un hilo en una pata para que no vuelen muy lejos.
Nos traficaba a todos, acuérdate.
Era cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió menso a los pocos días de casa­do y que Inés, su mujer, para mantenerse, tuvo que poner un puesto de tepache en la garita del camino real, mientras Nachito se vivía tocando canciones todas desafinadas en una mandolina que le prestaban en la peluquería de don Refugio.
Y nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepache que siempre le quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos, porque todos al verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera a cobrarnos.
Quizá entonces se vio malo, o quizá ya era de nacimiento.
Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima la Arremangada jugando a marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe seco. Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre la risión de todos, pasándolo por en medio de una fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la cara levantada, amenazándolos a todos con la mano y como diciendo: “Ya me las pagarán caro”.
Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si fuera un aullido de coyote.
Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.
Dicen que su tío Fidencio, el del trapiche, le arrimó una paliza que por poco y lo deja parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo.
Lo cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta por aquí convertido en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado en la banca con la carabina entre las piernas y mirando con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a nadie. Y si uno lo miraba, él se hacía el desentendido como si no conociera a la gente.
Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito se le ocurrió ir a darle una serenata, ya de noche, poquito después de las ocho y cuando todavía estaban tocando las campanas el toque de Ánimas. Entonces se oyeron los gritos, y la gente que estaba en la iglesia rezando el rosario salió a la carrera y allí los vieron: al Nachito defendiéndose patas arriba con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso, como perro del mal. Hasta que un fulano que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín donde se estuvo tendido.
Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes estuvo en el curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura, pero que él no se la dio.
Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar llegaron a él. No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.
Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo.

"Las estatuas o la condición del extranjero"

CRISTINA PERI ROSSI

Arribé a una gran plaza vacía, cuyo pavimento, gris, parecía muy reciente. Me di cuenta de que se trataba de una plaza por la forma oval, pero no había edificios alrededor, ni casas, solo algunos penachos de árboles. Reconozco las plazas por su forma, a pesar de que algunas no tienen reloj, ni bancos de madera con patas de hierro en forma de dragón, ni siquiera una modesta iglesia, ni una mísera cárcel. Esta era una de esas plazas. Los árboles estaban casi secos, sus hojas eran grises y los troncos parecían a punto de desintegrarse. Caminé por uno de los bordes, sin dirección fija, contemplando la desvaída urdimbre de hojas. Pero la plaza estaba llena de estatuas. No pude darme cuenta si siempre habían estado allí, o solo hacía poco tiempo. Formaban corros, reunidas, en grupos de tres o cuatro. Las había sentadas, tejiendo, y sus cuerpos estaban integrados a las sillas, formando una sola pieza. Otras tenían la boca abierta, a punto de emitir un sonido, de echarse a conversar. Las últimas estaban de pie, inclinadas sobre las más antiguas, y su gesto era de desgano, o quizás de lasitud.
Me fijé en una, joven, de cuerpo blanco, lánguido, con los lacios cabellos que formaban un solo haz, bordeando la nuca. Su mirada era ausente, creo que miraba más allá de la plaza, los penachos de árboles casi secos. El último corro trazaba una curva que no llegaba a cerrarse por completo, dejaba un corto espacio vacío. Al formar la curva, estaban casi en movimiento, con las faldas torneadas, los brazos despegados del cuerpo y las cabezas inclinadas como si siguieran la dirección del viento. De un viento que con toda seguridad solo soplaba en ese lado de la plaza, en el reducido espacio donde ellas estaban instaladas, pues el resto del paisaje permanecía en quietud, calmo, estacionado. Entre los grupos, no había ningún intruso, ninguna presencia extraña. Ni un perro merodeaba los alrededores, en ese amanecer helado. Con todo, me pareció que el pavimento era muy reciente. Pero ellas no parecían notarlo. En realidad, no daban la sensación de notar nada alrededor, muy concentradas en sus corros, en su movimiento circular.
Me sentí extranjero y perturbador, aunque la clase de perturbación que provocaba solo yo pudiera advertirla. Como un intruso, busqué un sendero que me apartara de aquella reunión. Nadie me miraba, pero era aquella ausencia de contemplación precisamente lo que me hacía sentir extraño. Descubrí, entonces, que la condición del extranjero es el vacío: no ser reconocido por los que ocupan un lugar por el solo derecho de estar ocupándolo.

"Reflexiones de un justiciero"

JUAN CARLOS ONETTI

Una señora o señorita me escribe desde mi Buenos Aires querido y dice que nota una abundancia de pesimismo en artículos míos que ha leído.
Hoy quiero superar ese defecto y contarle (no sólo a ella) que la vida no es injusta ni cruel y que todos los pobres de espíritu, o simplemente los pobres, ingresaremos en la dicha de una eternidad aún no localizada y que también antes y mucho antes seremos recompensados por nuestros sacrificios y humildad en esta misma tierra que pisamos, tan al borde del abismo, tan cerca hoy de una nada nacida de estupideces y ambiciones.
En estos días de viajes y congresos cayó, o recayó, en mis manos una biografía de Van Gogh leída hace años en Buenos Aires y publicada, estoy seguro, bajo un seudónimo ilustre. El libro contiene una anécdota sin desperdicio. Luego de tres días de dieta forzosa Van Gogh, a pesar de su orgullo, visita el taller de un pintor marchand que había fingido admirarle y ser su amigo «para cuanto necesitase». El amigo, cuyo apellido es difícil de escribir y además no vale la pena, lo hace esperar un par de horas. Luego, cuando Vincent le pide veinticinco florines (para nada, para seguir vivo y pintando) le contesta: «No te los presto; lo hago por tu bien. El artista debe pasar hambre, mucha hambre, porque de ese modo se llega lejos. Necesita sufrir mucho, padecer privaciones, miseria».
Era un buen consejo, si no para crear grandes obras, útil para quemar etapas, dietas enrabadas día tras día y llegar aceleradamente al cementerio. Y otro buen amigo (también cabe aquí el olvido del apellido) le negó toda ayuda y le aconsejó abandonar la pintura «ya que él no había nacido para eso».
Vincent murió en 1890 a consecuencia de una tentativa de suicidio. Para qué seguir viviendo si tanto su obra como su existencia sólo tenían como signo el fracaso.
Pasaron algunos años y la fauna de siempre comenzó a descubrir que los cuadros del loco holandés no estaban mal del todo. Muy pronto intervinieron los buitres de siempre y se organizaron exposiciones y ventas.
Hace pocos días me enteré de que en una subasta se acaba de vender un cuadro suyo —uno de los centenares arrinconados en casa de la viuda de su hermano Theo— en veinte millones de pesetas.
Esto demostrará a mi anónima corresponsal que el mundo es bueno, aunque esta bondad demore en expresarse. Todos sabemos que la justicia, aunque tardía en algunos casos, siempre llega. En este caso sobre un viejo cadáver. La gente no es culpable de que Vincent Van Gogh tuviera más talento que sus contemporáneos y carencia suficiente como para dedicarse al pompierismo y satisfacer con regularidad las exigencias de su estómago.
Claro está que tanto mi amiga anónima como los escépticos pueden argüir que la gloria de Van Gogh demoró en llegar algo más de medio siglo, y cuando él no estaba en condiciones de enterarse y mandar hacer una oreja de plástico en sustitución de la que había separado de su cara roja de campesino holandés. Pero observemos ecuánimes lo que ocurre en este final de siglo.
Las cosas han cambiado para mayor gloria de la humanidad.
En Estados Unidos existe una mujer llamada (nombre de guerra) Judith Krantz. Una editorial acaba de pagarle tres millones doscientos mil dólares por su libro Princesa Daisy en colección de bolsillo. El genio de Miss Krantz y su reconocimiento se demuestran no sólo por los dólares mencionados sino por su persistencia en figurar en las listas de best-sellers de su país.
Y, pequeño detalle, sus personajes practican el incesto, esporádicas violaciones y reiteradas escenas pornográficas. Y su Daisy desdeña, por olvido, una herencia de diez millones de dólares para dedicarse a ser estrella de la publicidad televisiva. Luego se traslada, bien acompañada, claro, al Gran Palace de Venecia donde ejerce con envidiable pertinacia actos de eso que llaman amor. En el Bar de Harry se codea y logra otros roces con destacados miembros de esa clase que Fitzgerald denominaba «los ricos» para indignación de su amigo Hemingway.
Aquí tenemos un gran talento literario y su millonario reconocimiento. También queda reconocida la estultez del público lector de la gran democracia del norte, como dicen o decían en mi país.
No quiero saber qué ocurriría en el mundo crítico español si alguien tuviera la desvergüenza de pergeñar un bodrio semejante. Ahora me dicen que una obra de Miss Krantz acaba de ser publicada entre nosotros. Espero las reacciones, y desde ahora predigo muchas ediciones, de la comentada estupidez al feliz editor.
Al fin y al cabo Van Gogh también era un estúpido que creía en el arte y ambicionaba veinte florines.

(Mayo de 1980)

"Pasa siempre en esta casa"

SAMANTA SCHWEBLIN

El señor Weimer está tocando la puerta de mi casa. Reconozco el sonido de su puño pesado, sus golpes cautos y repetitivos. Así que dejo los platos en la pileta y miro el jardín: ahí está otra vez, toda esa ropa tirada en el pasto. Pienso que las cosas suceden siempre en el mismo orden, incluso las más insólitas, y lo pienso como si lo hiciera en voz alta, de un modo ordenado que requiere la búsqueda de cada palabra. Cuando lavo los platos se me da bien este tipo de reflexiones, basta abrir la canilla para que las ideas inconexas finalmente se ordenen. Es apenas un lapso de iluminación; si cierro la canilla, para tomar nota, las palabras desaparecen. Los puños del señor Weimer llaman otra vez, sus golpes son ahora más fuertes, pero él no es un hombre violento, es un pobre vecino atormentado por su mujer, uno que no sabe muy bien cómo seguir adelante con su vida, pero no por eso deja de intentarlo. Uno que, cuando perdió a su hijo y pasé por el velorio a saludar, me dio un abrazo rígido y frío, y esperó unos minutos conversando con otros invitados antes de volver y decirme casi al oído «acabo de descubrir quiénes son los chicos que vuelcan los tachos de basura. Ya no hay que preocuparse por eso». Esa clase de hombre. Cuando la mujer tira la ropa del hijo muerto en mi jardín él golpea la puerta para recogerlo todo. Mi hijo, que en lo práctico sería el hombre de la casa, dice que esto es algo de locos, y se enfurece cada vez que los Weimer empiezan con este lío ya digamos quincenal. Hay que abrir, ayudar a recoger la ropa, darle al hombre unas palmadas en la espalda, asentir cuando dice que el tema está prácticamente solucionado, que nada de esto es demasiado terrible, y luego, unos cinco minutos después de que se haya ido, escuchar los gritos de ella. Mi hijo cree que ella grita al abrir el placar y encontrar otra vez la ropa del chico. «¿Me están jodiendo? —dice mi hijo en cada nuevo episodio—, la próxima quemo toda la ropa». Corro el pasador y ahí está Weimer con su palma derecha apoyada en la frente, casi tapándose los ojos, esperando mi aparición para bajar el brazo con cansancio y disculparse «no quiero importunarla, pero». Abro y pasa, ya sabe cómo llegar al jardín. Hay limonada fresca en la heladera y la sirvo en dos vasos mientras él se aleja. Por la ventana de la cocina lo veo husmear el pasto y rodear los geranios, donde suelen caer las cosas. Al salir dejo que la puerta del mosquitero golpee, porque hay algo íntimo en esta recolección que no me gusta interrumpir. Me acerco despacio. Él se incorpora con un suéter en la mano. Tiene más ropa apilada en el otro brazo, eso parece ser todo. «¿Quién podó los pinos?», pregunta. «Mi hijo», digo. «Están muy bien», asiente mirándolos. Son tres árboles enanos y mi hijo intentó una forma cilíndrica, un poco artificial pero original, hay que decirlo. «Tome una limonada», digo. Junta la ropa en un solo brazo y le doy el vaso. El sol todavía no quema, porque es temprano. Miro de reojo el banco que tenemos un poco más allá, es de cemento y a esta hora se siente tibio, casi una panacea. «Weimer», digo, porque es más cálido que «señor Weimer». Y pienso: «hágame caso, tire esa ropa. Es lo único que quiere su mujer». Pero quizá sea él el que arroja la ropa y luego se arrepiente, y entonces sea ella la pobre mujer a quien su marido atormenta cada vez que lo ve entrar con esa ropa. Quizá ya intentaron tirar todo en una gran bolsa de consorcio, y el basurero les tocó el timbre para devolvérsela como nos pasó con la ropa vieja de mi hijo, «Señora, por qué no lo dona, si lo subo al camión esto no sirve para nadie», y ahí está la bolsa en el lavadero, hay que llevarla urgente esta semana, no sé, a algún lugar. Weimer espera, me espera. La luz ilumina sus pocos pelos largos y blancos, la barba plateada apenas dibujada en la quijada, los ojos claros pero opacos, muy chicos para el tamaño de su cara. No digo nada, creo que el señor Weimer adivina lo que pienso. Baja un momento su mirada. Bebe más limonada atento ahora a su casa, detrás de la ligustrina que divide nuestros jardines. Busco algo útil que decir, algo que confirme que reconozco su esfuerzo y que sugiera algún tipo de solución, optimista e imprecisa. Vuelve a mirarme. Parece intuir hacia dónde va esta conversación que no hemos empezado, parece animarse a entender. «Cuando algo no encuentra su lugar…», digo, suspendiendo las últimas letras en el aire. Weimer asiente una vez y espera. Dios santo, pienso, estamos sincronizados. Sincronizada con este hombre que diez años atrás le devolvía a mi hijo las pelotas pinchadas, que cortaba las flores de mis azaleas si cruzaban la línea imaginaria que dividía nuestros terrenos. «Cuando algo no encuentra su lugar», retomo mirando su ropa. «Dígame, por favor», dice Weimer. «No sé, pero hay que mover otras cosas». Hay que hacer lugar, pienso, por eso me vendría tan bien que alguien se llevara la bolsa que tengo en el lavadero. «Sí», dice Weimer queriendo evidentemente decir «Continúe». Escucho la puerta de entrada, es un ruido que a Weimer no le dice nada, pero que a mí me indica que mi hijo ya está en casa, a salvo y con hambre. Doy un paso largo hacia el banco y me siento. Pienso que el cemento cálido del banco también sería una bendición para él, y hago lugar para que se sume. «Deje la ropa», le digo. Él no parece tener ningún problema con esto, mira hacia los lados buscando dónde dejarla y pienso, Weimer puede hacerlo, claro que sí. «¿Dónde?», pregunta. «Déjela sobre los cilindros», digo señalando los pequeños pinos. Weimer obedece. Deja la ropa y se sacude el césped de las manos. «Siéntese». Se sienta. Qué hago ahora con este viejo. Pero hay algo en él que me anima a seguir adelante. Algo parecido a tener las manos bajo el agua de la canilla, una calma que me permite pensar las palabras, ordenar los hechos, las cosas que suceden siempre en un mismo orden. La expectativa de Weimer parece crecer, casi se diría que espera una instrucción. Es un poder y una responsabilidad con la que no resuelvo qué hacer. Sus ojos claros se humedecen: la confirmación final de esta sincronización insólita. Lo miro descaradamente, sin dejarle ningún espacio de intimidad, porque no puedo creer que esto esté pasando ni soporto el peso que tiene sobre mí. Senté al señor Weimer y ahora quiero decir algo que resuelva este problema. Bebo el fondo de la limonada y pienso en algún conjuro sonoro y práctico, una consigna que nos beneficie a todos como «cómprele a mi hijo cuantas pelotas le haya desinflado y todo se solucionará», «si llora sin soltar su limonada ella dejará de tirar la ropa», o «deje la ropa sobre los pinos una noche y si amanece despejado es que el problema desaparecerá»; por dios, yo misma podría tirarla a la madrugada mientras me fumo mi último cigarrillo del día. Debería mezclarla con basura para que el hombre del camión no la devuelva, eso mismo hay que hacer con la de mi hijo, urgente esta semana. Decir algo que resuelva este problema, me repito para no perder el hilo. Dije cosas muchas veces y, ya pronunciadas, las palabras ejercieron su efecto. Retuvieron a mi hijo, alejaron a mi marido, se ordenaron divinamente en mi cabeza cada vez que lavé los platos. En mi jardín Weimer bebe el fondo de su vaso y los ojos terminan de llenársele de lágrimas, como si se tratara de algún efecto del limón, y yo pienso que quizá esté muy fuerte para él, que quizá hay un momento en que el efecto ya no depende de las palabras o en el que lo imposible es la pronunciación. «Sí», dijo Weimer hace unos largos segundos, un sí que era un «continúe», un «por favor», y ahora estamos anclados juntos, los dos vasos vacíos sobre el banco de cemento, y sobre el banco nuestros cuerpos. Entonces tengo una visión, un deseo: mi hijo abre la puerta mosquitero y camina hacia nosotros. Tiene los pies descalzos, pisan rápido, jóvenes y fuertes sobre el césped. Está indignado con nosotros, con la casa, con todo lo que sucede siempre en esta casa en un mismo orden. Su cuerpo crece hacia nosotros con una energía poderosa que Weimer y yo esperamos sin miedo, casi con ansias. Su cuerpo enorme que a veces me recuerda al de mi marido y me obliga a cerrar los ojos. Está a solo unos metros, ahora casi sobre nosotros. Pero no nos toca. Miro otra vez y mi hijo se desvía hacia los pinos enanos. Agarra la ropa furioso, junta todo en un único bollo y regresa en silencio por donde vino, su cuerpo ya lejano y pequeño, a contraluz. «Sí», dice Weimer, y suspira; y no es el primer «Sí» repitiéndose. Es un sí más abierto, casi ensoñador.

"Un niño raro con un martillo"

LEONARD COHEN

Josh dejó con cuidado el cuchillo y el tenedor al lado del plato.
—Mamá —preguntó—, mamá, ¿a ti te gusta la primavera? Quiero decir, ¿te gusta?
La señora Eliezer notó los cálidos ojos fijos en ella y se inclinó para coger la mano de su hijo.
—Sí, liebele, me gusta la primavera, me gusta mucho.
—A mí también, mamá, pero es triste.
—¿Triste?
—Sí, porque las hojas del año anterior han muerto, y nadie se acuerda de ellas. Todo el mundo se alegra tanto por los brotes nuevos que se olvida de las hojas del año anterior.
—Es cierto, Josh, pero tú sí que te acuerdas. A lo mejor con eso es suficiente.
—Sí, mamá, supongo que es suficiente. Sí, es suficiente.
—Ahora termina de cenar.
Antes de levantarse de la mesa, preguntó:
—¿Puedo llevarme un poco de vinagre a mi cuarto, mamá?
—¿Vinagre? Pero ¿para qué, hijo mío?
—Me gustaría tener un poco en mi habitación. ¿Puedo, mamá?
—Llévatelo en una copita. Ten cuidado de no derramarlo.
«Mi hijo es un niño raro —pensó ella cuando lo oyó subir las escaleras—. Trece años y tan menudo, apenas come. Y tan callado. Y siempre solo, siempre solo. Y ahora se pasa las noches tallando madera». Había empezado tres semanas antes, cuando llevó esos maderos grandes a casa.
—¿Qué vas a hacer con esa madera, Josh? —le había preguntado ella.
—Llevármela a mi cuarto, ¿puedo, mamá?
—Pues claro, pero ¿para qué la quieres, mine liebele?
—La voy a cepillar y pulir hasta que brille como el cristal. Luego la pintaré con...
—Está bien, liebele —había respondido ella.

Y ahora la primavera, las hojas y el vinagre. Es duro, muy duro no conocer a tu hijo, no entender a tu hijo. No está bien que un niño crezca tan solo. Ach, ojalá su padre estuviese todavía aquí. Él sabría qué hacer. Y el niño es muy valiente, tiene el bar mitzvá la semana que viene y ni siquiera está nervioso. El día anterior había hablado con él.
—La señora Katz me ha contado que su Israel está tan nervioso por su bar mitzvá que apenas puede dormir. ¿Tú también tienes miedo, mi kasavitza?
—A veces, mamá, pero en general no. Me sé mi parte y, además, aún falta mucho.
—Pero si es el próximo sabbat.
—Bueno, para eso falta mucho, mamá. Tú siempre dices: «Nunca se sabe lo que nos deparará el mañana».
—Ay, tu padre habría estado muy orgulloso de verte en la sinagoga, recitando la Torá. Todos estamos muy orgullosos de ti.
—Gracias, mamá —había respondido él.
Con un suspiro, la señora Eliezer se levantó de la mesa y empezó a fregar los platos.
—Ach, ya los lavaré mañana. Necesito un poco de aire fresco —dijo, casi en voz alta. En el patio trasero, los olores de la vida verde y nueva se mezclaron con sus pensamientos. Una luna cansada pendía sobre los árboles nacientes y la miró, apenas consciente de la belleza que la rodeaba—. Lo que sabe la luna —añadió en yidis, recordando lo que decía su madre—, lo que sabe la luna solo lo saben los niños. Solo los niños conocen las estrellas y saben de qué están hechas las nubes. Solo los niños pueden mirar una vela y decir que está cantando una canción. Solo los niños pueden ver unos pájaros y gritar: «¡Mira, todas las palomas tienen las patas rojas!». Y solo los niños pueden llorar por las hojas muertas del año pasado y entristecerse por la primavera. Solo los niños. Solo los niños.
La señora Eliezer se sentó en una silla de jardín y se tapó la cara con las manos. Se sentía vieja y muy cansada. Balanceándose atrás y adelante, tarareó: «Oif ’n Pripichick, brent a firerle»…*
Las lejanas campanas de la ciudad dieron las nueve; clonc, clonc, clonc: se oían los martillazos en la casa.
—¿Qué estará haciendo ahora mi niño con su martillo?, ¿qué estará haciendo ahora mi niño con su martillo? —tarareó con la misma melodía. Enseguida se quedó dormida.
Se estremeció. No entendía cómo había podido dormir tanto tiempo. Las cuatro. Se detuvo en la puerta de Josh antes de decidirse a entrar. La puerta parecía atascada cuando la empujó para abrirla. Fue a su cama y con un destello de espanto vio que no estaba en ella. Buscó desquiciada la lámpara de la mesilla. Entonces vio a Josh. Estaba colgado por una mano de una enorme cruz de madera que había clavado a la puerta. En la otra mano sostenía el martillo. Había muerto desangrado.


*Canción yidis: «En el hogar se enciende un fuego…». (N. del T.)

"Desvelo"

LEILA GUERRIERO

Yo siempre puedo dormir, pero hoy no puedo. Así que he salido del cuarto y ahora escribo, en mi estudio, mientras la ciudad, al otro lado, permanece galvanizada de indiferencia ante los que no podemos dormir, los atiborrados de angustia, los suicidas, los enfermos, los locos y los solos. Yo no estoy atiborrada de angustia, ni pienso en suicidarme, ni estoy enferma, ni —creo— loca, y sobre todo no estoy sola. Apenas me ha despertado un sueño maligno. Hubo años en los que atesoraba mis pesadillas. Eran pequeños cofres de horror que contemplaba cada tanto con regocijo. No las llevaba, como ahora, al analista, como quien lleva un feto ya descuartizado y por descuartizar. Son las cuatro de la madrugada, hace un poco de frío, nada se mueve ahí afuera. Cuando era chica, en noches quietas de invierno, me gustaba pensar en El Eternauta, la historieta en la que Buenos Aires amanece sumida bajo una nevada venenosa que mata a muchos y obliga a tantos otros a quedarse en sus casas. Fantaseaba con quedar atrapada, mi familia y yo, en nuestra casa cómoda y segura, nuestro nido de luz. Ya no quedan nidos de luz. Ni quedan nidos. No estoy triste. Es sólo que quisiera, a veces, acallar ese ruido continuo dentro de mi cabeza de dragón. Ese murmullo que no cesa. Quizás les pasa: un tironeo, una tensión que viene desde todas partes: el pasado, el futuro. Las preguntas por lo que vendrá. Porque ¿qué vendrá? ¿Estará allí siempre todo lo que está allí ahora? ¿Qué, de todo esto, será pantano, recuerdo, gajo desvaído de lo que alguna vez fue? Todos los desvelos vienen de no saber y de querer saberlo todo. Recuerdo ese poema de Louise Glück: “En una época, / sólo la certeza me daba / alegría. Imagínense... / la certeza, una cosa muerta”. Esa cosa muerta, malditamente necesaria.

"Irrupciones - 4"

MARIO LEVRERO

—¿Cómo se escribe un libro? —El hombre volvía siempre a la misma pregunta. Yo no podía contestarle, no como él quería.
—No sé —digo, confundido—. Es algo que no se puede explicar.
Me miraba con rencor, y con lástima de sí mismo. Creo que la palabra exacta es: resentimiento. Y en el fondo él tenía razón: yo no había sabido comprenderlo. Pero en esa época yo no pensaba mucho en la escritura; el escribir venía solo, desde lo profundo, y yo no me preguntaba mayormente cómo se hacían las cosas. De modo que yo también tenía razón. Ahora que no escribo, por lo menos no como antes, sigo sin poder explicar cómo se escribe, pero podría explicar fácilmente cómo escribir un libro.
Yo no había sabido comprender la diferencia entre escribir y escribir un libro; escribía lo que surgía, y eso podía ser un relato, o una novela corta, o una novela un poco más larga, o un artículo humorístico, o un poema que jamás habría de mostrar a nadie. Y otras cosas, que salían sin otra finalidad que la de nacer, como por ejemplo dibujitos. Con el tiempo se juntaban unos cuantos relatos, y cada tanto (generalmente cada tantos años), cuando venía alguien a preguntarme si tenía algo para publicar, podía ofrecerle un libro con esos relatos que se habían ido acumulando, o alguna de esas novelas que quedaban inéditas durante años. Pero hoy sé muy bien que hay gente que necesita publicar un libro, aunque no lo tenga escrito; de hecho, la mayoría de la gente que quiere publicar un libro no lo tiene escrito; algunos no lo escribirán jamás. Unos cuantos sí, lo han escrito, con sudor y lágrimas y quizás hasta con sangre, y han publicado su libro, y harán esfuerzos para escribir otro que les costará, todavía, un poco más.
Aquel hombre necesitaba imperiosamente escribir un libro. Tenía mucho dinero. Vivía en Europa, y allá había un grupo de amigos intelectuales que lo urgían, porque era inteligente, porque era sensible, y porque esos amigos estaban en situación de poder ayudarlo en el medio editorial y en los medios periodísticos; prácticamente, las críticas elogiosas ya estaban escritas. Y seguramente el libro habría merecido esas críticas elogiosas, porque el hombre era brillante. Lo traté unas pocas horas, llegué a sentirlo como un amigo, a quererlo casi y, sin duda, a admirarlo.
Creo que el problema principal para que yo pudiera comprenderlo surgía del hecho de que él era muy rico y yo era muy pobre. Supo admirar mi pobreza como a una obra de arte: cuando llegó a la cocina de casa y vio el primus apoyado sobre un cajón vacío, entre muchas otras cosas que llamaban la atención por su presencia o por su ausencia, se puso muy serio, y con una especie de envidia que no llegué a entender hasta más tarde, dijo:
—Esto es la obra de una vida.
Hoy soy un viejo cínico. Hoy probablemente le diría que sí, que puedo enseñarle a escribir un libro, porque realmente hoy sé cómo se puede escribir un libro —aunque sigo sin saber cómo se hace para escribir— y sé que la ambición de publicar un libro es una ambición tan válida como muchas otras que a mí no me van ni me vienen (no es que no tenga ambiciones; es que soy un excéntrico y mis ambiciones no siempre son compartibles).
Después conocí, en los talleres literarios, a mucha gente que quiere escribir. Curiosamente, la mayoría no piensa en escribir libros; más bien hay que empujarlos un poco para que lo intenten. Incluso hay quien, o quienes, tienen libros escritos y no se animan a publicarlos. Pero en aquella época, hace más de veinte años, yo no tenía toda esta experiencia. Y el hombre se volvió a Europa sin que yo le dijera lo que él creía que era un secreto mío, la clave del arte de escribir, pensando sin duda que yo era muy egoísta, y si no me equivoco, pensando al mismo tiempo que yo tenía razón en ser egoísta, porque él también lo era, y él sabía bien cuánto había luchado para ocupar el lugar que ocupaba. Yo, sin duda, quedé pensando que un poco del dinero de aquel hombre no me habría venido mal, y que algunos tienen mucho y otros no tienen nada.
Pocos meses después me enteré de que ese hombre había muerto. Estoy seguro de que murió de eso, de un libro no escrito. También estoy seguro de que si yo le hubiera dicho cómo escribir su libro no habría muerto, al menos no habría muerto tan pronto, tan joven.

En una reunión aparece el tema de los lentes que usamos. Un amigo agarra los míos y examina los cristales; comenta con asombro la gran diferencia que hay entre uno y otro (soy miope de un ojo, hipermétrope del otro). Al devolver los lentes, comenta:
—Ahora se explica todo.
No tuve valor para preguntarle qué quiso decir.

"Hotel Almagro"

RICARDO PIGLIA

Cuando me vine a vivir a Buenos Aires alquilé una pieza en el Hotel Almagro, en Rivadavia y Castro Barros. Estaba terminando de escribir los relatos de mi primer libro y Jorge Álvarez me ofreció un contrato para publicarlo y me dio trabajo en la editorial. Le preparé una antología de la prosa norteamericana que iba de Poe a Purdy y con lo que me pagó y con lo que yo ganaba en la Universidad me alcanzó para instalarme y vivir en Buenos Aires. En ese tiempo trabajaba en la cátedra de Introducción a la Historia en la Facultad de Humanidades y viajaba todas las semanas a La Plata. Había alquilado una pieza en una pensión cerca de la terminal de ómnibus y me quedaba tres días por semana en La Plata dictando clases. Tenía la vida dividida, vivía dos vidas en dos ciudades como si fueran dos personas diferentes, con otros amigos y otras circulaciones en cada lugar.
Lo que era igual, sin embargo, era la vida en la pieza de hotel. Los pasillos vacíos, los cuartos transitorios, el clima anónimo de esos lugares donde se está siempre de paso. Vivir en un hotel es el mejor modo de no caer en la ilusión de «tener» una vida personal, de no tener quiero decir nada personal para contar, salvo los rastros que dejan los otros. La pensión en La Plata era una casona interminable convertida en una especie de hotel berreta manejado por un estudiante crónico que vivía de subalquilar los cuartos. La dueña de la casa estaba internada y el tipo le giraba todos los meses un poco de plata a una casilla de correo en el hospicio de Las Mercedes.
La pieza que yo alquilaba era cómoda, con un balcón que se abría sobre la calle y un techo altísimo. También la pieza del Hotel Almagro tenía un techo altísimo y un ventanal que daba sobre los fondos de la Federación de Box. Las dos piezas tenían un ropero muy parecido, con dos puertas y estantes forrados con papel de diario. Una tarde, en La Plata, encontré en un rincón del ropero las cartas de una mujer. Siempre se encuentran rastros de los que han estado antes cuando se vive en una pieza de hotel. Las cartas estaban disimuladas en un hueco como si alguien hubiera escondido un paquete con drogas. Estaban escritas con letra nerviosa y no se entendía casi nada; como siempre sucede cuando se lee la carta de un desconocido, las alusiones y sobreentendidos son tantos que se descifran las palabras pero no el sentido o la emoción de lo que está pasando. La mujer se llamaba Angelita y no estaba dispuesta a que la llevaran a vivir a Trenque-Lauquen. Se había escapado de la casa y parecía desesperada y me dio la sensación de que se estaba despidiendo. En la última página, con otra letra, alguien había escrito un número de teléfono. Cuando llamé me atendieron en la guardia del hospital de City Bell. Nadie conocía a ninguna Angelita.
Por supuesto me olvidé del asunto, pero un tiempo después, en Buenos Aires, tendido en la cama de la pieza del hotel se me ocurrió levantarme a inspeccionar el ropero. Sobre un costado, en un hueco, había dos cartas: eran la respuesta de un hombre a las cartas de la mujer de La Plata.
Explicaciones no tengo. La única explicación posible es pensar que yo estaba metido en un mundo escindido y que había otros dos que también estaban metidos en un mundo escindido y pasaban de un lado a otro igual que yo y, por esas extrañas combinaciones que produce el azar, las cartas habían coincidido conmigo. No es raro encontrarse con un desconocido dos veces en dos ciudades, parece más raro encontrar en dos lugares distintos, dos cartas de dos personas que están conectadas y que uno no conoce. La casa de la pensión en La Plata todavía está, y todavía sigue ahí el estudiante crónico, que ahora es un viejo tranquilo que sigue subalquilando las piezas a estudiantes y a viajantes de comercio, que pasan por La Plata siguiendo la ruta del sur de la provincia de Buenos Aires. También el Hotel Almagro sigue igual y cuando voy por la avenida Rivadavia, hacia la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Puan, paso siempre por la puerta y me acuerdo de aquel tiempo. Enfrente está la confitería Las Violetas. Por supuesto hay que tener un bar tranquilo y bien iluminado cerca si uno vive en una pieza de hotel.