Ni cobardes ni caníbales

Quisiera escribir cosas divertidas para ti.
De catástrofes y pequeñas tristezas
estamos hasta el cuello.
Bolaño

El año se muere como se mueren nuestros autores más queridos, nuestros amigos más cercanos y nuestros familiares más amados.
Uno a veces quiere escribir cosas divertidas y no le sale, hay que reconocerlo. Es decir, a veces uno quiere escribir y le sale espuma (a la manera de Vallejo, claro está, pero también a la manera de Gustavo Sainz, cuya novela del mismo nombre cuenta la historia del “joven escritor sin libro publicado” que deambula por distintos puntos de la Ciudad de México: una taquería mugrienta, la colonia Cuauhtémoc, el Paseo de la Reforma, la Casa del Lago, etc.). O quiere decir muchísimo y se atolla, que es lo mismo que decir que se enreda en sus propias palabras, en sus extáticos desvaríos causados por esa trampa múltiple que suele ser el lenguaje. Y es que también a veces sucede lo que dice Sainz, en la mentada novela: “Escribía a diario para ejercitarse, como se ejercitan los deportistas, pero comprobaba a diario que en vez de escribir mejor, escribía peor”. Todo eso, entonces, hay que reconocerlo, mal que pese.
Ahora bien, sucede que a veces, sí uno se esfuerza, sí que lo consigue. Si levanta un poco el cuello –lo suficiente para darse cuenta que las catástrofes y las pequeñas tristezas siguen allí, pero además, también hay otra cosa–, se asoma un prado, el perro mueve un poco el rabo, la voz de los autores queridos sigue próxima, asequible, transmutándose en otros más antiguos o más recientes. En fin, que lo importante es lo que dice el propio Bolaño cuando habla de Juan Villoro: “¿Lo importante es que seguimos vivos? Tampoco, aunque eso no es poco. Lo importante es que tenemos memoria. Lo importante es que aún podemos reírnos y no manchar a nadie con nuestra sangre. Lo importante es que seguimos de pie y no nos hemos vuelto ni cobardes ni caníbales.”

De la prosa de Borges, a quien llama “El bibliotecario valiente”, nos dice Bolaño que es un lugar “en donde la ironía y el humor y unos pocos y esforzados seres humanos a la deriva ocupan el lugar que antes ocupara la épica”.
Retomando: el año se muere. Es lo que queda claro en estas líneas últimas del poema “Final de año”, del propio Borges:

de que a despecho de que somos,
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil,
algo que no encontró lo que buscaba.

Y es que el año ya casi se nos muere. Y uno a veces quiere escribir cosas divertidas y no le sale, hay que reconocerlo. Por fortuna, siempre nos queda Bolaño, el inmenso infrarrealista, el lector infatigable, el profundo, el agradecido, el fumador empedernido, el delirante, el memorioso Bolaño.
Y que la amnesia nunca nos bese en la boca. Que nunca nos bese.

La culpa es de la primavera

Solo a los niños y a los locos les perdonamos su franqueza: los demás, si tienen la audacia de imitarlos,
se arrepentirán tarde o temprano.
Emil Cioran

Aquí presentamos un hermoso ejemplar de Fratercula Arctica en plena época de apareamiento. Observen Uds., queridos lectores, qué elegancia tan soberbia, qué porte tan digno, qué majestuoso peinado. Se trata del llamado Frailecillo Atlántico, un encantador espécimen que vive en Islandia, Noruega, Groenlandia y algunas islas en el norte del Océano Atlántico.
Ahora bien, si nos imaginamos que los peces que asoman del pico son simples palabras, nos meteríamos en un buen embrollo dialéctico, sin duda. Pero como aquí no le quitamos el cuerpo a los inconvenientes, y mucho menos si son imaginarios, vamos a intentar el ejercicio, a ver qué resulta.
Para empezar: nótese como el pez/palabra que cuelga del extremo superior derecho tiene los ojos desmesuradamente abiertos. Como si no entendiera muy bien que hace allí fuera y no dentro del cerebro, que es el hábitat natural de las palabras.
Los peces/palabras de la izquierda, en cambio, poseen una condición diferente: ya parecen haber aceptado su destino de pronunciamiento, su rotunda imposibilidad de volver al seno materno, a la vieja sensación de seguridad que brinda el líquido amniótico neuronal. Que si no, no se entiende que miren al piso con tamaña resignación. Podríamos decir que son ese tipo de palabras de las que uno se arrepiente apenas alcanza a pronunciarlas y a las que les sigue siempre, un profundo silencio, un vacío sempiterno.
Si seguimos observando, encontramos que hay palabras sin cabeza ni cola, que son puro cuerpo, podría decirse. Esas, podemos suponer, son las más peligrosas: uno nunca sabe de dónde vienen ni adónde van, pero como bien se aprecia en la imagen, conforman la gran mayoría.
Ahora bien, como aquí nos gusta pensar que contamos con lectores atentos y detallistas, pediremos que centren su atención en la media cabeza del pez/palabra que aflora aproximadamente a mitad del pico del Frailecillo. Estamos, claramente, ante el peor de los escenarios posibles: son las detestables medias palabras. Las que dicen un poco y callan otro tanto. Las que insinúan algo que termina siendo otra cosa muy distinta.
En fin, perdonen Uds. queridos lectores, tanto palabrerío inútil. Es que en esta clase de ejercicios, uno nunca llega a una conclusión tajante.
Aunque siempre podemos decir que la culpa, en todo caso, es de la primavera.

Hablar de muertos

¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde no se puede vivir!
Oliverio Girondo

Voy a hablar de muertos. No de uno en particular, sino de varios.
Digo hablar, pero en realidad estoy escribiendo, claro. Como ya sospecharán, se trata del mismo asunto. En la sesgada arbitrariedad de mis facultades, pensar, hablar y escribir, son casi la misma cosa.
Volviendo al tema: voy a hablar de muertos, dije. De un grupo, en particular. Nada homogéneo, por otro lado, ya que abarca niños, adolescentes y adultos, por igual. Mujeres u hombres, es indistinto.
De los conocidos, sobran nombres, fechas y puntualizaciones. Aunque no es ese el propósito de estas líneas. Que me acuerde de Ignacio, de Chory o del Chino, no es lo relevante, aclaro. También podría citar aquí cifras y estudios realizados, pero las estadísticas no suelen llenar todos los intersticios que necesitan los textos como éste. Apenas si se quedan en la frialdad de los números, en la tibieza de porcentajes más o menos preocupantes.
Voy a hablar de muertos, dije. Y no vendría al caso que cuente lo que pasó hace unos años en una presentación, allá en el Sur. Con la idea de que el público escribiera lo que se le venía en gana, hice circular unas libretas. La noche terminó en largo jolgorio, pero días después, me ocupé de sentarme a leer las anotaciones. La que más llamó mi atención fue una que decía, literalmente: “Aplacé mi suicidio para venir a esta presentación”, firmado: Silvana.
Estuve un largo tiempo dándole vueltas al asunto. Sin saber si alguien me jugaba una broma, si era un retazo de ficción o la dura realidad, sin miramientos. Me pasé la semana cavilando en el asunto, sin llegar a ninguna conclusión. Luego, el tiempo se encargó de que creyera haberlo olvidado, como pasa siempre.
Hasta hoy.
Que me enteré que Silvana, se cansó de los aplazamientos; que a otra la rescataron a punto de lanzarse de uno de los puentes de la Autovía; que otro más terminó el cigarrillo y volvió al local comercial para dejar de preocuparse por el posible cáncer, por las deudas o por las penas de amor.
Es decir: hay algo de lo que pocos hablan.
Y es que bien al Sur, la lista de muertos por mano propia –o de suicidios, vamos a decirlo con claridad– es alarmante y mayor que en el resto del país.
Porque hablar de muertos es un poco, también, hablar de uno mismo.
Porque como Oliverio, olvidamos que la muerte es ese país donde no se puede vivir. Ese páramo desolado y oscuro donde los perros ganan la calle y las sombras, los pliegues del alma.
Voy a hablar de muertos, dije. Creo que lo hice lo mejor posible.

Paseo de las Ánimas,
Cementerio General de la Ciudad de Mérida
México

De una buena vez

Lo de dormir siempre era un problema.
Charles Bukowski

Un hombre joven con un argumento bastante simple: Abul Bajandar pide que le amputen las manos. Que así no puede vivir, ni mucho menos, dormir. A decir verdad, tampoco puede comer, ni escribir. Ni acariciar, ni casi, pensar en otra cosa. Pide un poco de clemencia y pide auxilio en su desesperación. Y no es que no haya hecho su parte, pues ya se sometió, pacientemente, a unas veinticinco operaciones. Pero nada, la cosa empeora cada vez más. Los médicos hacen su mejor esfuerzo, eso le consta, pero tampoco alcanza.
Abul posee una extrañísima enfermedad genética llamada Epidermodisplasia Verruciforme y su petición es bastante comprensible, mal que pese. Pero su familia es de escasos recursos. Es por eso que el pedido ya ha pasado por varias de las oficinas donde los políticos de turno duermen la burocrática siesta de sus largos períodos. A todos ellos, el asunto les resbala de las manos sedosas y bien cuidadas, mucho más acostumbradas a la rugosidad de los sobres que se deslizan bajo el escritorio, o a la porosidad característica del papel moneda, que a ninguna otra cosa, claro. Y con la prontitud de las urgencias más inoportunas, lo mandan a cualquier dependencia a continuar con la peregrinación infinitamente inútil.
Pide el hombre un ligero descanso a su familia, que el tormento de jeringas y dolores, traslados y anestesias, vendas y pastillas, amaine un poco. Yo, que apoyo la moción, aprovecho y pido a Ud., señor Juez, en el mismo talante, que se proceda a extirparme esta cosa grande y molesta que es la conciencia.
A ver si esta noche, de una buena vez, podemos dormir todos: Abul, Usted, yo y nuestros queridos lectores. Que ahora mismo se están llevando las manos a la cara para llorar tranquilos y en silencio. No me cabe duda.

Ph: MUNIR UZ ZAMAN (AFP)

Excepto eso, la vida

La escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito,
y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida.
Marguerite Duras

Volver al pueblo es siempre un baño de realidad. Conforme se hunden los pies en el barro de las calles ruinosas y crujientes, uno se introduce en la aparente inmutabilidad del tiempo y de las cosas, del suave mecanismo que hace rodar la subsistencia a un ritmo único: el de la ciudad que uno ve crecer a golpes, sin casi planeamiento, sin apenas estructura.
Allí se encuentra uno con los mismos problemas de antaño: con la misma basura en las veredas, con los mismos autos mal estacionados, con las mismas caras espiando desde atrás de las cortinas, con los mismos nombres en los carteles rapiñando las sobras del poder. Aunque vale decirlo, también con las mismas alegrías que uno evoca con los amigos más queridos, con los colegas más cercanos. Que suele, por fortuna, justificarlo todo. Y eso no es poca cosa, carajo.
Y los viejos conocidos, que esta vez, le atribuyen a uno sus ligeras fantasías: vivir en el exterior, tener más hijos, aparentar menos edad, entre algunas otras. Y es que volver al pueblo supone rupturas. Obliga a uno, a la fragmentación, al constante ejercicio de la memoria y al replanteo de ciertos conceptos que a fuerza de costumbre, pueden parecernos inamovibles.
Y entonces sí, uno siente que vuelve al pueblo con la tristeza de lo que percibe inmutable, pero con la alegría de saber que todo allí es transformable, si es que existiera esa voluntad. Hablo, por supuesto, del devenir de la literatura y hablo de la vida. Hablo de la amistad y hablo de la familia. Hablo del oficio y del descanso, de la muerte que nos sopla el viento en el oído y la forma en que lo escuchamos o hacemos caso omiso de él.
Volver al pueblo es siempre un baño de realidad. Sirve, sobre todo, para contarse uno mismo ciertas cosas que nunca nadie le contó. Sabiendo que quizás son escuchadas por otro a quién nadie habló de esa manera: con la brutal sinceridad de los desplazados, con la complicidad de los cófrades dispersos por la geografía de un país a veces demasiado extenso, demasiado diferente.
Y eso nunca es poca cosa, carajo.

De la serie:
"Sordidez y encanto"
Río Gallegos (2016)

Peripecias de los muertos

Las ratas salían de debajo de la cama. Eran gordas como gatos. Primero arañaban el piso con un ruido
tenso, pausado, intermitente, como un morse de angustia que me despertaba de pronto.
Isidoro Blaisten

A nadie asusta ya la muerte. Lo supe apenas desperté y me incorporé en la camilla, que se bamboleó un poco. Era de madrugada y el contacto con el metal me recordó que me dolían del carajo las articulaciones, por la humedad. O quizás por el frío. O quizás por el reumatismo, quien sabe. Miré a los lados y todo seguía igual. En la penumbra, pude distinguir los cuerpos cubiertos por sábanas viejas casi transparentes, algunas con manchas de sangre o excrementos y orines varios. A un costado, contra la pared descascarada y mohosa, un tacho de basura repleto de vendas y jeringas usadas, no una, sino varias veces. Las trampas que los roedores evitaban me miraban con burla, los pedazos de queso pudriéndose de a poco, verdosos en su hermosura putrefacta.
Apenas un hilo de luz se colaba por debajo de las puertas. Todo era paz, fetidez y silencio y me dije que, a decir verdad, la cosa no pintaba tan mal. Muertos que ya no pagan impuestos, ni aportan para la jubilación, ni hacen reclamos en la municipalidad, ni forman parte de las encuestas de intención de voto, ni son molestados por los vendedores de seguro o de telefonía móvil. Muertos que ya no deben preocuparse por el estado del tránsito, por las multas enviadas a domicilio, por el vencimiento de las declaraciones juradas, por las filtraciones del techo y las inundaciones del edificio carcomido por los años y la desidia. Muertos que ya no tienen que decidir donde pasar las vacaciones o las fiestas, que ya no deben preocuparse por comer sano o hacer ejercicio, por cancelar préstamos o intereses punitorios, por fiestas de cumpleaños, por reuniones con editoriales o de consorcio, por el aumento de los servicios públicos, por la inflación que crece día con día o por la caída del producto bruto interno.
En fin, que a nadie asusta ya la muerte. Alguien debería decírselo a esta niña palestina de cuatro meses.

MOHAMMED ABED (AFP)

El calor de unos pocos

El estilo adecuado de la historia, es decir, su estilo verdaderamente filosófico, es el irónico.
Arthur Schopenhauer

No son cazafantasmas, ni buscadores de Pokémon, ni miembros de algún escuadrón antibombas. La imagen que nos ocupa muestra al francés Hervé Stevenin junto al alemán Matthias Maurer y ambos son parte de una singular minoría: son astronautas de pura cepa, pertenecientes a la Agencia Espacial Europea. El suelo que pisan es el de la Isla Lanzarote, en España. Las pruebas que están realizando se desarrollan sobre el Volcán de Tinguatón y son preparatorias para futuras misiones en la Luna y Marte, que tendrán lugar en la década siguiente. En otras palabras: estos muchachos dan sus primeros pasos en una realidad con el único fin de poder darlos en otra muy distinta, la lunar o la marciana.
Pues bien, que el asunto me ha recordado al jardín de infantes (guardería o kínder). Pues es allí donde uno comienza, como los astronautas de la foto, el intento de interpretar esa otra realidad: la de los compañeros y la del conjunto, la de la temprana distinción de las diferencias o de las similitudes, la de la extrañeza o acaso, la de la aceptación. Resta decir que se trata de un período traumático del que nadie sale indemne: hay quienes suelen confundir a la maestra con la madre, hay quien llora desconsoladamente y quien demuestra soltura, distención y buen ánimo.
Como en la parábola de 1851: “El dilema del erizo”, de Arthur Schopenhauer. Aquella donde los erizos, ateridos de frío, intentan acercarse para no morir, pero infringiéndose terribles heridas con sus propias púas. La experiencia, esa otra arista de la realidad, les revelaría la manera de mantenerse con vida: lograr la distancia precisa, en la que no hay demasiado daño, ni por supuesto, demasiado frío.
O como sucede con nosotros, los que malamente intentamos escribir. Que damos unos pasos torpes en nuestras ficciones –que intentan ser realistas–, solo para ver si podemos darlos en aquella otra más terrible, más mundana: la realidad nada ficticia de nuestras rutinas miserables. O en el mejor de los casos, absurda.
Y que, como los erizos o los niños del parvulario, vamos por ahí buscando el calor de unos pocos y la justa distancia de otros tantos.

PH: ELVIRA URQUIJO A. (EFE)