El Cuento Breve de la Semana

"Sueño de Arthur Rimbaud, poeta y vagabundo"

ANTONIO TABUCCHI

La noche del veintitrés de junio de 1891, en el hospital de Marsella, Arthur Rimbaud, poeta y vagabundo, tuvo un sueño. Soñó que estaba cruzando los Ardenas. Llevaba su pierna amputada bajo el brazo y se apoyaba en una muleta. La pierna amputada estaba envuelta en papel de periódico, en el cual, en titulares de gran tamaño, estaba impresa una de sus poesías.
Era casi medianoche y había luna llena. Los prados eran de plata, y Arthur cantaba. Llegó hasta las cercanías de un caserío en el que se veía una luz encendida a través de la ventana. Se tumbó en la hierba, bajo un enorme almendro, y siguió cantando. Cantaba una canción revolucionaria y errabunda que hablaba de una mujer y un fusil. Al poco rato la puerta se abrió y salió una mujer que avanzó hacia él. Era una mujer joven, y llevaba el pelo suelto. Si quieres un fusil como el de tu canción, yo puedo dártelo, dijo la mujer, lo tengo en el granero.
Rimbaud se aferró a su pierna amputada y rió. Voy a la comuna de París, dijo, y necesito un fusil.
La mujer lo guió hasta el granero. Era una construcción de dos plantas. En el piso de abajo había ovejas, y en el piso de arriba, al que se subía por una escalera de travesaños, estaba el granero. No puedo subir hasta ahí arriba, dijo Rimbaud, te esperaré aquí, entre las ovejas. Se tumbó sobre la paja y se quitó los pantalones. Cuando la mujer bajó, lo encontró preparado para hace el amor. Si quieres una mujer como la de tu canción, dijo la mujer, yo puedo dártela. Rimbaud la abrazó y le preguntó: ¿Cómo se llama esa mujer? Se llama Aurelia, dijo la mujer, porque es una mujer de sueño. Y se desabrochó el vestido.
Se amaron entre las ovejas, y Rimbaud mantenía siempre cerca su pierna amputada. Cuando se hubieron amado, la mujer dijo: Quédate. No puedo, respondió Rimbaud, tengo que marcharme, sal fuera conmigo, para ver cómo nace el alba. Salieron a la explanada mientras empezaba a clarear. Tú no oyes esos gritos, dijo Rimbaud, pero yo los oigo, vienen de París y me llaman, es la libertad, es la llamada de la lejanía.
La mujer seguía desnuda, bajo el almendro. Te dejo mi pierna, dijo Rimbaud, cuida de ella.
Y se dirigió hacia la carretera principal. Qué maravilla, ahora no cojeaba. Caminaba como si tuviera dos piernas. Y, bajo sus zuecos, la carretera resonaba. El alba era roja por el horizonte. Y él cantaba, y era feliz.

"El arte de no sobornar"

BERTOLT BRECHT

El señor K. recomendó a un comerciante a alguien a quien consideraba insobornable. Al cabo de dos semanas, el comerciante fue a ver al señor K. y le preguntó:
–¿Qué quisiste decir con insobornable?
El señor K. respondió:
–Cuando te digo que el hombre al que das empleo es insobornable, quiero decir que no le puedes sobornar.
–¡Ajá! –exclamó, afligido, el comerciante–. Lo malo es que tengo mis motivos para pensar que el hombre que me recomendaste se deja sobornar por mis enemigos.
–Ignoro todo eso –dijo el señor K. con indiferencia.
–Lo peor de todo –explicó en tono amargo el comerciante– es que siempre abunda en lo que yo digo, es decir, que también se deja sobornar por mí.
El señor K. sonrió vanidoso.
–De mí no se deja sobornar –dijo.

"Teoría del cangrejo"

JULIO CORTÁZAR

Habían levantado la casa en el límite de la selva, orientada al sur para evitar que la humedad de los vientos de marzo se sumara al calor que apenas mitigaba la sombra de los árboles.
Cuando Winnie llegaba
Dejó el párrafo en suspenso, apartó la máquina de escribir y encendió la pipa. Winnie. El problema, como siempre, era Winnie. Apenas se ocupaba de ella la fluidez se coagulaba en una especie de
Suspirando, borró "en una especie de", porque detestaba las facilidades del idioma, y pensó que ya no podría seguir trabajando hasta después de cenar; pronto llegarían los niños de la escuela y habría que ocuparse de los baños, de prepararles la comida y ayudarlos en sus
¿Por qué a mitad de una enumeración tan sencilla había como un agujero, una imposibilidad de seguir? Le resultaba incomprensible, puesto que había escrito pasajes mucho más arduos que se armaban sin ningún esfuerzo, como si de alguna manera estuvieran ya preparados para incidir en el lenguaje. Por supuesto, en esos caso lo mejor era
Tirando el lápiz, se dijo todo se volvía demasiado abstracto; los "por supuesto" los "en esos casos", la vieja tendencia a huir de situaciones definidas. Tenía la impresión de alejarse cada vez más de las fuentes, de organizar puzzles de palabras que a su vez
Cerró bruscamente el cuaderno y salió a la veranda.
Imposible dejar esa palabra, "veranda".

"Devoción"

ALEJANDRA PIZARNIK

Debajo de un árbol, frente a la casa, veíase una mesa y sentados a ella, la muerte y la niña tomaban el té. Una muñeca estaba sentada entre ellas, indeciblemente hermosa, y la muerte y la niña la miraban más que al crepúsculo, a la vez que hablaban por encima de ella.
–Toma un poco de vino –djo la muerte.
La niña dirigió una mirada a su alrededor, sin ver, sobre la mesa, otra cosa que té.
–No veo que haya vino –dijo.
–Es que no hay –contestó la muerte.
–¿Y por qué me dijo usted que había? –dijo.
–Nunca dije que hubiera sino que tomes –dijo la muerte.
–Pues entonces ha cometido usted una incorrección al ofrecérmelo –respondió la niña muy enojada.
–Soy huérfana. Nadie se ocupó de darme una educación esmerada –se disculpó la muerte.
La muñeca abrió los ojos.

"Érase un juego de paciencia"

FRANZ KAFKA

Érase una vez un juego de paciencia, un juego sencillo y barato, no mucho más grande que un reloj de bolsillo y carente, por lo demás, de cualquier artilugio asombroso. En la superficie de madera de color caoba había tallados unos caminos laberínticos de color azul que desembocaban en un pequeño hoyo. El objetivo consistía en conducir, meneando e inclinando el tablero, la bola –que también era azul– primero a uno de los caminos y luego al hoyo. Una vez allí la bola, el juego se daba por concluido, y si uno quería recomenzarlo, debía sacar la bola del hoyo, sacudiéndola. El juego estaba cubierto por un vidrio de forma muy abombada, se podía guardar en el bolsillo y llevar a cualquier sitio, y dondequiera que uno estuviese, siempre podía sacarlo y jugar.
Cuando la bola estaba desocupada, solía deambular por la meseta con las manos en la espalda. Evitaba los caminos. En su opinión, ya la torturaban bastante durante el juego y bien podía reivindicar, por tanto, el derecho de recuperarse en el campo libre cuando no se jugaba. Caminaba abriendo exageradamente las piernas y afirmaba no estar hecha para senderos angostos. En parte era cierto, porque, en efecto, los caminos apenas tenían cabida para ella, pero era también falso, porque, de hecho, estaba minuciosamente adaptada a la anchura de los caminos; de todos modos, estos no podían ser cómodos, pues de lo contrario no se habría tratado de un juego de paciencia.

"Cadáveres de ciudades"

GIOVANNI PAPINI

Nápoles, 12 de octubre
Me hallo casi al final de un viaje a través del viejo mundo, en busca de cadáveres. Itinerario de ruinas y necrópolis. En vez de detenerme en las ciudades vivientes, habitadas por vivientes, he ido en peregrinación a todas las ciudades muertas, pobladas por sombras. En Egipto, dejando a un lado El Cairo y Alejandría, ha visitado Heliópolis y Tebas; en Asia, saturándome de Troya. He visto Pérgamo, Sardi, Ancira, Jericó; y, adentrándome en el desierto, la fabulosa Tadmor de las mil columnas, Ecbátana, la ciudad de los Magos, y finalmente, Nínive y Persépolis, montones de restos imperiales. Luego he vuelto a Europa: en Creta me he paseado por entre los palacios medio sepultados de Cnoso y de Tirinto; en Grecia he contemplado los restos de Eleusis y de Delfos; en Albania los de Butrinto. Finalmente he llegado a Italia. En Sicilia no me he detenido más que en Selinonte. Conocía Pompeya, pero he querido volver a ver Herculano; he ido al sepulcro de Crumas –encima de la caverna de la Sibila–, he llegado hasta Pestum, la antigua Posidonia. Ahora me quedan, hacia el Norte, Ostia, Norba, Velutonia y Populonia.
No puedo decir que las haya visto todas, pero sí las más famosas. Estos esqueletos sorprendentes de las antiguas colmenas humanas me atraen infinitamente más que las vulgares metrópolis donde se amontonan las carroñas de mañana. Las columnas despedazadas no sostienen ya los arquitrabes; el cielo ha sustituido la bóveda del templo. El sol ha vuelto a los sótanos y a las criptas; las casas se hallan reducidas a murallas desmanteladas; palacios y sepulcros están igualmente vacíos de habitantes: en todas partes cenizas, polvo y silencio. Sobre las piedras desconchadas de las calles no pasan ya los poderosos, los amos de las casas y de la provincia, sino únicamente los zapadores, los arqueólogos, los peregrinos, servidores y amantes de la muerte. En las habitaciones donde se reía y se amaba cae ahora libremente la lluvia; en los anfiteatros se calientan al sol las lagartijas y los escorpiones; en las salas de los reyes hacen nido los búhos y las abubillas.
A otros, estas ruinas de grandeza, estas capitales de placer y de orgullo, reducidas a murallas cubiertas de hierbajos, inspiran tal vez tristeza. A mí no. Mi gusto por la destrucción y la humillación se ve abundantemente saciado en estos laberintos de escombros. Algunos momentos disfruta mi orgullo: en medio de este desastre estoy vivo; algunos momentos goza el deseo del rebajamiento: también nuestras ciudades se harán semejantes a estas y nuestra soberbia tendrá el mismo fin. Pero siempre, de un modo o de otro, el alma sale de su estado usual. Palmira me ha conmovido bastante más que Londres.
Las ciudades desiertas y enterradas son incomparablemente más bellas que las vivas. La imaginación reconstruye, completa y obtiene un conjunto más gigantesco y perfecto. No hay nada tan verdaderamente maravilloso para mí como lo que no ha sido acabado o lo que está casi destruido. Y el olor de la muerte es un elixir potente para quien sabe que debe morir.
En día en que me hallaba en Pesto, el cielo era tempestuoso. Pero bastó que un poco de sol resucitase el templo de Neptuno, con sus potentes columnas de color de miel, corroídas por los siglos pero terriblemente vivas, casi troncos de piedra salidos de la tierra, para que volviese a ver en un momento toda la luz y la vida de Grecia. Aquella gran casa muerta de un dios muerto, colocada en medio de las hierbas y de los asfódelos floridos, entre los lejanos montes negros y el mar mugiente cercano, me pareció más viva y esplendorosa que la misma naturaleza. Se hallaba allí cerca una muchacha morena, con un cendal rojo en la cabeza y dos ojos de ángel nocturno, y parecía, junto al templo, la muerta.

"Los enemigos de la promesa"

ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Debe ser muy hermoso morir como Julio Cortázar, ese hombre que cada año crecía un par de centímetros y a cada rato publicaba un libro tan bello y fresco como un guijarro al fondo de un manantial cristalino. Julio tenía casi setenta años cuando murió y cuánta gente lo seguía considerando una joven promesa de la literatura. Deber ser muy hermoso, también, morir como Hemingway, viejo y podrido a los sesenta y pico años, habiendo amado demasiado, habiendo dado demasiado, y habiéndolo agotado todo.
Mucho antes de que Cortázar y Hemingway murieran, el escritor y crítico Cyril Connoly escribió Los enemigos de la promesa, un libro que causó revuelo en el mundo de la crítica anglosajona. Entre otras cosas, Connoly intentó advertir a los escritores acerca de los peligros que podían paralizar o hacer fracasar una vida consagrada a la aventura literaria.
Julio Cortázar me hizo leer ese libro. Y Hemingway, sin duda alguna, también lo leyó, porque bien que le dijo a un amigo, durante una cacería, que los grandes enemigos de un escritor eran las mujeres, el dinero, el alcohol, la fama, etc. Y la falta de mujeres, de dinero, de fama y de alcohol. Además, esto lo sé porque me lo comentó un día Cortázar, mientras conversábamos de Hemingway.

"La fortuna y el Fabulista"

AMBROSE BIERCE

Un Fabulista atravesaba un bosque solitario cuando se topó con la Fortuna. Muy asustado, trató de subir a un árbol, pero la Fortuna lo retuvo y lo acorraló con cruel insistencia.
–¿Por qué intentaste escapar? –dijo la Fortuna cuando los gritos y los movimientos del hombre cesaron–. ¿Por qué me miras de una manera tan hostil?
–No sé qué eres –respondió el Fabulista, muy alterado.
–Soy riqueza, soy respetabilidad –explicó la Fortuna–, soy casas elegantes, un yate y una camisa limpia todos los días. Soy ocio, soy viajes, soy vino, un sombrero con brillo y un abrigo sin brillo. Soy dinero suficiente para comer.
–Está bien –susurró el Fabulista–, pero por favor, baja esa voz.
–¿Por qué? –preguntó la Fortuna, sorprendida.
–Para no despertarme –respondió el Fabulista mientras se le dibujaba en el rostro una calma perfecta.

"La venadita"

JOSÉ REVUELTAS

Los ojos de la madre se abrieron con angustiosa intensidad, mientras aspiraba el olor de los pastizales remotos que el aire conducía justamente a ese sitio donde era posible precisar su fuego, el blanco tono de sus llamas. El viejísimo saurio muerto, con la cabeza llena de piedras, era del todo indiferente, a punto de desaparecer en definitiva, con ramas y piedras en la cabeza, nostálgico, sin embargo, por aquellas edades antiguas que no volverían más.
En los burros hay también esos ojos de pureza terrible. Los abrió para tomar con ellos toda la llanura, para tenerse de los huizaches y que éstos, humildes y furiosos como son, la protegieran, humildes y con las uñas, con los dientes de polvo duro. De aquello negro y quemado se levantarían yerbitas dulces, allá a lo lejos, donde ahora soplaba el viento, increíblemente de un color claro, yerbitas casi de agua. Los abrió con toda la desesperación que pudo encontrar en su espíritu. Iba hacia aquel sórdido animal muerto que tenía en la cabeza peñascos anteriores al diluvio. Hacia aquel animal frío e indiferente del cual acaso pudiesen partir sollozos prolongados, de compasión inmóvil, también anterior al diluvio.
–A ella. Te digo que a ella.
Los burros igualmente: una pureza sin límites, santa y pura, una pureza llena de pensamientos. Son como dos lagos donde caben tantas cosas, ríos enteros y hombres a su vez, que gritan. Igualmente el paisaje completo, sin faltar nada, como hoy mismo, sin faltar el animal viejísimo, entrando cada vez más, más próximo a cada minuto.
Abiertos hasta llegar a ese pavor callado y fino.
Pensaría el saurio en su antigua propiedad, en aquella habitación tan amplia. Hoy horriblemente viejo como era.
–Te digo que a ella hay que tirarle…
Los ojos de la madre se abrieron como para devorar el mundo. El mundo entero estaba ahí, en sus ojos, llenos de casas, de ciudades, de hombres con espuma. Las esposas aguardan ahí a tibios esposos muertos. En la ciudad había un silencio, en toda la ciudad, como una gran esfera y las madres se mostraban sin brazos.
Todo el dolor del mundo.
Pensaba el saurio en su antigüedad de ser vivo, antes de que solamente tuviese esta cresta de peñascos, cuando aún podía moverse. Había antes una turba acogedora, el primer hogar, el primer sitio. Vino entonces la muerte y todo eso lejanísimo y anterior, hasta contar mil, sólo restaban las piedras sobre su cabeza, sobre su lomo, como una memoria dura y quieta.
La madre abrió los ojos en la huida y éstos se le desparramaron por todo el cuerpo. En la huida, también, aspiró nuevamente el aire del pastizal, un aire tan grande: allá, el fuego blanco para que después crecieran las yerbitas. Por todo el cuerpo, en su sed de salvación y de encontrar refugio junto al viejo animal prehistórico. Entonces la envolvieron como una vestidura limpia.
–¡Córtale! ¡Que no se vaya para el cerro!
Tal vez el viejo saurio quiso moverse, pero no pudo, pues lo sujetaba aquel sueño que había nacido muchos siglos antes de todas las cosas. Oiría tal vez el ruido.
Los pequeños hijos danzaron un minuto en torno de ella, con flexiones graciosas, brincando, atados en su derredor por el anillo de aire, sin poder abandonarla jamás.
La creyeron dormida, aunque ya su alma estaba con los ángeles del cielo.
Entonces ellos también sintieron aquel mismo golpe acariciador, seco, brusco y dulce, del disparo.
–Sí –dijo el cazador a su compañero–, cuando mata uno en primer lugar a la venada, después puede matar a las crías, porque ahí se quedan junto a ella…
El sol caía de filo sobre sus cabezas.

"La muerte de Monte"

JOSÉ EDUARDO AGUALUSA

Magno Moreira Monte fue muerto por una antena parabólica. Cayó del tejado mientras intentaba fijar la antena. Después, el objeto cayó sobre su cabeza. Hubo quien vio en el acontecimiento una alegoría irónica de los tiempos nuevos. El antiguo agente de seguridad del Estado, último representante de un pasado que, en Angola, a pocos les gusta recordar, había sido derrumbado por el futuro; la libre comunicación había triunfado sobre el oscurantismo, el silencio y la censura; el cosmopolitismo había aplastado al provincianismo.
A María Clara le gustaba mirar las novelas brasileras. El marido, por el contrario, prestaba poca atención a la televisión. La futilidad de los programas lo enfurecía. Los noticieros lo enfurecían aún más. Veía los partidos de fútbol alentando a Primero de Agosto y a Benfica. De vez en cuando se sentaba, de pijama y chinelas, a volver a mirar alguna vieja película en blanco y negro. Prefería los libros. Había acumulado muchas centenas de títulos. Planeaba pasar los últimos años de vida releyendo a Jorge Amado, Machado de Assis, Clarice Lispector, Luandino Vieira, Ruy Duarte de Carvalho, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez.
Cuando se mudaron, dejando atrás el aire sucio y ruidoso de la capital, Monte se esforzó por convencer a la esposa de prescindir de la televisión. María Clara estuvo de acuerdo. Se había acostumbrado a estar de acuerdo con él. En las primeras semanas leyeron juntos. Todo parecía marchar bien. María Clara, sin embargo, se entristecía. Se demoraba horas en el teléfono, con las amigas. Monte decidió entonces comprar e instalar una antena parabólica.
A buen decir, murió por amor.

"Una segunda oportunidad"

LYDIA DAVIS

Si tan solo tuviera la oportunidad de aprender de mis errores, lo haría, pero hay demasiadas cosas que no haces dos veces; de hecho, la mayor parte de las cosas importantes son cosas que no haces dos veces, así que no las puedes hacer mejor la segunda vez. Haces algo mal y luego ves lo que hubiera sido mejor hacer y estás preparada para hacerlo, de presentarse la oportunidad, pero la próxima experiencia es muy diferente y tu juicio de nuevo será erróneo y aunque luego estés preparada para esta experiencia si habría de repetirse, no estás preparada para la experiencia siguiente. Si, por ejemplo, pudieras casarte a los dieciocho años dos veces, la segunda vez podrías asegurarte de que no fueras tan joven para hacerlo, porque tendrías la perspectiva de ser mayor y sabrías que la persona que te aconseja casarte con este hombre te está dando un mal consejo pues sus razones son las mismas que te dio la última vez que te aconsejo casarte a los dieciocho. Si pudieras traer un hijo de un primer matrimonio a un segundo matrimonio por segunda vez, sabrías que la generosidad puede convertirse en resentimiento si no haces las cosas bien y el resentimiento en amabilidad si las haces, a menos que el hombre con el que te cases cuando te cases por segunda vez una segunda vez tuviera un temperamento muy diferente al del hombre con quien te casaste por segunda vez la primera vez, en ese caso tendrías que casarte con ese hombre dos veces para saber cuál sería el mejor camino que tomar al casarse con un hombre de su temperamento. Si pudieras ver a tu madre morirse por segunda vez podrías estar preparada para pelear por conseguir una habitación privada donde no hubiera nadie viendo la televisión mientras ella muere, pero si estuvieras preparada para pelear por eso, y lo hicieras, tendrías que perder a tu madre de nuevo para saber lo suficiente como para decirles que coloquen bien su dentadura y no mal como lo hicieron antes en su habitación y la vieron por última vez sonriendo tan extrañamente, y luego una vez más para asegurarte que sus cenizas no fueran guardadas de nuevo en esa especie de contenedor de correos aéreos donde la mandaron al norte a un cementerio.

"Hogares en el Sena"

ERNEST HEMINGWAY

En vez de hacer que la gente vuelva al campo, la escasez de viviendas en París empuja a los inquilinos de pisos a vivir sobre el agua.
Un parisiense socialmente importante, al ver triplicado su alquiler cuando expiró el contrato, inauguró el nuevo movimiento negándose a firmar la exorbitante cifra y comprándose una vieja barcaza de canal, que remodeló y convirtió en una cómoda vivienda. La barcaza es grande y espaciosa, la carpintería costó una fracción del alquiler exigido y su propietario tiene un hogar que puede amarrar en el Sena, en el centro del barrio más elegante. En este apartamento flotante hay cuatro dormitorios, un salón, cocina, cuarto de baño, comedor y sala de billar, y actualmente su dueño veranea en él en Estrasburgo, después de cruzar toda Francia en un viaje muy agradable por el sistema de canales de los ríos Marne, Mosa y Mosela.
Se botan a intervalos regulares “barcos vivienda” menos pretenciosos, y ya se habla de una empresa que transforma barcos en hogares flotantes estandarizados a precios populares para aquellos parisienses que están desesperados por la escasez de viviendas.
Esta grave escasez se puso de manifiesto el otro día al producirse un revuelo cuando una portera de París anunció por canales oficiales la existencia de un piso por alquilar. La portera informó a la policía a las nueve de la mañana de que había un apartamento vacío en el edificio a un alquiler anual de mil ochocientos francos. A las cinco de la tarde ya había sido alquilado.
A la mañana siguiente apareció en el boletín oficial la noticia de que el piso estaba por alquilar. A mediodía se habían congregado casi cuatro mil personas para preguntar por el piso. Parecía una manifestación y la portera llamó a la policía, la cual dispersó a la multitud y ayudó a aquella a escribir un enorme letrero anunciando que el apartamento ya había sido alquilado.

"Lo político"

PAULO NEO

En Luppia, ciudad absurdamente desordenada, caótica y marginal, la clase política dirigente no tiene escrúpulo alguno. Los puestos y jefaturas son tantos y tan absurdos, que un simple cambio de farol público puede tardar un buen par de años. Ni hablar de pavimentar una calleja o habilitar una pequeña plaza de juegos para niños. La burocracia ha ganado todos y cada uno de los ámbitos. Por ejemplo: si algún empleado municipal tiene la improbable idea de barrer una vereda, debe llenar miles de formularios y esperar la aprobación de todas las instancias superiores, que superan el centenar.
Así entonces, los vecinos de Luppia acumulan torres inmensas de residuos frente a sus hogares, los desagües colapsan con la lluvia, las ratas se pasean a sus anchas y los perros se pelean por los restos de los cuerpos que no tienen lugar en el cementerio. Ni hablar de la constante falta de agua o energía eléctrica, pequeños detalles que no hacen más que acentuar la sensación de abandono, de desinterés.
Así son las cosas en Luppia. Donde los habitantes sueñan con que todo cambiará en las próximas elecciones. Y se juran y perjuran ya no votar a los mismos de siempre.
Del otro lado del valle, en cambio, se encuentra Kealma, ciudad estructurada y prolija, particularmente confortable. Apenas una docena de hombres comanda el funcionamiento de toda la comarca. Al revés de lo que sucede en Luppia, si algún empleado municipal comenta que es necesario barrer una calle, el mismo jefe comunal es quien se ofrece a llevar la tarea a cabo. Pues en Kealma, tener un puesto político equivale a un sincero sacrificio, a una ofrenda virtuosa en favor de la comunidad. El sistema es tan eficaz que todas las calles de la ciudad relucen, los semáforos se ajustan al paso de los vehículos, los desechos son reciclados y reutilizados, los jardines explotan multicolores con suficiente riego y abono, los vecinos pagan voluntariamente los impuestos de años venideros, y así. Pequeños detalles que no hacen más que acentuar la sensación de pertenencia, de apego sincero.
Así son las cosas en Kealma. Donde los habitantes sueñan con que nada cambie en las próximas elecciones. Y se juran y perjuran volver a votar a los mismos de siempre. Pero hay algo que no se ha podido evitar desde el principio de los Tiempos: el temible cambio.
Cierto día, la clase política de Luppia decide mudarse a Kealma, y viceversa. Los políticos corruptos de Luppia se dicen que tienen mucho trabajo por hacer (o mejor dicho, por deshacer) y ya han trazado un plan para envilecer y burocratizar todo cuanto esté a su alcance. Agregando impuestos absurdos, multiplicando sobornos, recortando las partidas presupuestarias y triplicando el número de empleados y jefaturas.
Lo mismo para los políticos honestos de Kealma, que deben trabajar más que nunca para recuperar la ciudad antes de que la desidia y la muerte la hagan desaparecer del todo.

"Escribir"

RUBEM FONSECA

El diccionario dice que escribir es representar o expresar, relatar, transmitir por medio de la lengua escrita, componer, redactar, desarrollar la obra literaria: cuento, novela, libro, etcétera.
Eso es lo que dice el diccionario. Sin embargo, escribir es algo más que eso, es urdir, tejer, zurcir palabras, no importa si es una receta médica o pieza de ficción. La diferencia es que la ficción consume cuerpo y alma. La poesía también podría incluirse aquí, si los poetas no tuvieran un pacto con el diablo.
El narrador mientras mejor es, peor le va, sufre más, después de algún tiempo no soporta el ahogo. Los más sensatos, si es que podemos llamar sensatos a esos individuos –ya dije antes que todos los escritores están locos–, los que conservan algún juicio, que son pocos, desisten en el auge de su carrera, dicen BASTA, para desesperación de sus admiradores.
Los demás, cada vez más desesperados por esa insana actividad, se tiran a las drogas o se suicidan.
¿Y yo qué voy a hacer?
Este debía ser el tema de un poema, pero no tengo pacto con el diablo.

"La abuela"

AGOTA KRISTOF

La abuela es la madre de nuestra madre. Antes de venir a vivir a su casa no sabíamos que nuestra madre aún tenía madre.
Nosotros la llamamos abuela.
La gente la llama la Bruja.
Ella nos llama “hijos de perra”.
La abuela es menuda y flaca. Lleva una pañoleta negra en la cabeza. Su ropa es gris oscuro. Lleva unos zapatos militares viejos. Cuando hace buen tiempo va descalza. Su cara está llena de arrugas, de manchas oscuras y de verrugas de las que salen pelos. Ya no tiene dientes, al menos que se vean.
La abuela no se lava jamás. Se seca con la punta de la pañoleta cuando ha comido o ha bebido. No lleva bragas. Cuando tiene que orinar, se queda quieta donde está, separa las piernas y se mea en el suelo, por debajo de la falda. Naturalmente, eso no lo hace dentro de casa.
La abuela no se desnuda jamás. La hemos visto en su habitación, por la noche. Se quita una falda y lleva otra debajo. Se quita la blusa y lleva otra blusa debajo. Se acuesta así. No se quita la pañoleta.
La abuela habla poco. Salvo por la noche. Por la noche, coge una botella que tiene en un estante y bebe directamente a morro. Al cabo de poco se pone a hablar en una lengua que no conocemos. No es la lengua que hablan los militares extranjeros, es una lengua completamente distinta.
En esa lengua desconocida, la abuela se pregunta cosas y ella misma se responde. A veces se ríe o bien se enfada y grita. Al final, casi siempre, se echa a llorar, se va a su habitación dando traspiés, se deja caer en la cama y la oímos sollozar mucho rato por la noche.

"El reportaje"

JUAN JOSÉ MILLÁS

Una revista que pagaba muy bien me encargó escribir un reportaje sobre un cuarto de baño, así que me metí en el de unos amigos que se iban quince días de vacaciones, y les pedí que cerraran por fuera hasta su regreso. Aunque llevaba un excelente equipo de supervivencia, fue uno de los retos más duros de mi vida profesional. Pero resultó apasionante ver qué clase de registros emocionales se ponen en marcha, en una situación límite, frente a dentífricos con sabor a menta, cuchillas de afeitar roñosas o compresas con alas.
Lo conté todo en ese reportaje, incluso lo de las hormigas que a última hora de la tarde transportaban enseres diminutos desde una rendija de la base del bidet a un agujero situado en la parte de atrás del retrete. Algunos lectores me reprocharon que me las hubiera comido, sin comprender que lo hice en un intento por entablar con ellas algún tipo de trato cuando ya habían fallado todos los demás sistemas de comunicación. Una soledad alicatada hasta el techo es durísima. Por las mañanas la aliviaba aplicando la oreja a la rejilla del respiradero para escuchar las conversaciones entre la asistenta del quinto y la del séptimo (yo vivía en el sexto). Las dos estaban embarazadas, así que intercambiaban diez minutos de temores a través del sistema de ventilación. Te ponía los pelos de punta escuchar los disgustos que les proporcionaban esos hijos todavía inexistentes, pues daban por supuesto que al no encontrar trabajo serían drogadictos, así que ya habían pedido plaza en un centro de desintoxicación.
El caso es que se negaron a publicar el reportaje porque el redactor jefe dijo que era un poco duro para una revista de decoración. Al final, se lo regalé a las asistentas, pensando que les haría ilusión que hablara de ellas, y consiguieron publicarlo con sus fotos en una revista parroquial, pero todavía no me han pagado.

"Historia sin retorno Nº2"

MARIO LEVRERO

Un perro, Campeón. Vivía solo con él y llegó a incomodarme. Lo llevé al bosque, lo dejé atado con una piola que pudiera romper con un poco de perseverancia y volví a casa.
En un par de días lo tuve rascando la puerta; lo dejé entrar.
Se me hizo intolerable; lo llevé a un bosque más lejano y lo até a un árbol con una piola más gruesa (sabía que el defecto no estaba en la piola sino en la fidelidad del animal; quizás tenía la secreta esperanza que esta vez no pudiera librarse y muriera de hambre).
Volvió algunos días después.
Entonces supe que el perro volvería siempre. No me atrevía a matarlo por temor a los remordimientos; y pensé que aunque lograra efectivamente perderlo, en un bosque más lejano aún, viviría con el temor constante de su regreso; atormentaría mis noches y enturbiaría mis alegrías; me ataría más a su ausencia que su presencia.
Entonces dudé apenas un instante ante la majestad del bosque compacto que se alzaba ante mis ojos –umbrío, imponente, desconocido–; resueltamente, comencé a internarme, y seguí internándome hasta que, finalmente, me perdí.

"11"

OLIVERIO GIRONDO

Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me suicido.
Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los últimos momentos y cerramos los ojos para dormir la eternidad, empiezan las discusiones y las escenas de familia.
¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué carencia absoluta de compostura! ¡Qué ignorancia de lo que es bien morir!
Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas que se producen a cada instante.
Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la tumba de enfrente. Cualquier cadáver se considera con el derecho de manifestar a gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su existencia de ciudadano, y no contento con enterarnos de sus mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre nosotros todos los habitantes del cementerio.
De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.
Aunque parezca mentira —esas humillaciones— ese continuo estruendo resulta mil veces preferible a los momentos de calma y de silencio.
Por lo común, éstos sobrevienen con una brusquedad de síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar una asperosidad a que aferrarse. La caída no tiene término. El silencio hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarifica cada vez más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica, choca y rebota en los obstáculos que encuentra, se amalgama con todos los ecos que persisten; y cuando parece que ya se va a extinguir, y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el sueño para siempre.
¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde no se puede vivir!

"Alta cocina"

AMPARO DÁVILA

Cuando oigo la lluvia golpear en las ventanas vuelvo a escuchar sus gritos. Aquellos gritos que se me pegaban a la piel como si fueran ventosas. Subían de tono a medida que la olla se calentaba y el agua empezaba a hervir. También veo sus ojos, unas pequeñas cuentas negras que se les salían de las órbitas cuando se estaban cociendo.
Nacían en tiempo de lluvia, en las huertas. Escondidos entre las hojas, adheridos a los tallos, o entre la hierba húmeda. De allí los arrancaban para venderlos, y los vendían bien caros. A tres por cinco centavos regularmente, y cuando había muchos, a quince centavos la docena.
En mi casa se compraban dos pesos cada semana, por ser el platillo obligado de los domingos, y con más frecuencia si había invitados a comer. Con este guiso mi familia agasajaba a las visitas distinguidas o a las muy apreciadas. “No se pueden comer mejor preparados en ningún otro sitio”, solía decir mi madre, llena de orgullo, cuando elogiaban el platillo.
Recuerdo la sombría cocina y la olla donde los cocinaban, preparada y curtida por un viejo cocinero francés; la cuchara de madera muy oscurecida por el uso y la cocinera, gorda, despiadada, implacable ante el dolor. Aquellos gritos desgarradores no la conmovían, seguía atizando el fogón, soplando las brasas como si nada pasara. Desde mi cuarto del desván los oía chillar. Siempre llovía. Sus gritos llegaban mezclados con el ruido de la lluvia. No morían pronto. Su agonía se prolongaba interminablemente. Yo pasaba todo ese tiempo encerrado en mi cuarto con la almohada sobre la cabeza, pero aun así los oía. Cuando despertaba, a medianoche, volvía a escucharlos. Nunca supe si aún estaban vivo, o si sus gritos se habían quedado dentro de mí, en mi cabeza, en mis oídos, fuera y dentro, martillando, desgarrando todo mi ser.
A veces veía cientos de pequeños ojos pegados al cristal goteante de las ventanas. Cientos de ojos redondos y negros. Ojos brillantes, húmedos de llanto, que imploraban misericordia. Pero no había misericordia en aquella casa. Nadie se conmovía ante aquella crueldad. Sus ojos y sus gritos me seguían, y me siguen aún, a todas partes.
Algunas veces me mandaron a comprarlos; yo siempre regresaba sin ellos asegurando que no había encontrado nada. Un día sospecharon de mí y nunca más fui enviado. Iba entonces la cocinera. Ella volvía con la cubeta llena, yo la miraba con el desprecio con que se puede mirar al más cruel verdugo, ella fruncía la chata nariz y soplaba desdeñosa.
Su preparación resultaba ser una cosa muy complicada y tomaba tiempo. Primero los colocaba en un cajón con pasto y les daba una hierba rara que ellos comían, al parecer con mucho agrado, y que les servía de purgante. Allí pasaban un día. Al siguiente los bañaban cuidadosamente para no lastimarlos, los secaban y los metían en la olla llena de agua fría, hierbas de olor y especias, vinagre y sal.
Cuando el agua se iba calentando empezaban a chillar, a chillar, a chillar… Chillaban a veces como niños recién nacidos, como ratones aplastados, como murciélagos, como gatos estrangulados, como mujeres histéricas…
Aquella vez, la última que estuve en mi casa, el banquete fue largo y paladeado.

"Nosotros, los del Tranvía de Servola"

ITALO SVEVO

Nosotros, los del Tranvía de Servola tenemos, todos, un aspecto dócil, de animales pacientes y apaleados y precisamente porque pertenecemos al Tranvía de Servola. No sólo por ese aspecto nos conocemos desde hace muchos años, nosotros, los del Tranvía de Servola, sino también por el nombre, el apellido y la familia, porque diariamente nos encontramos juntos en los diferentes puntos de la ciudad esperando el Tranvía de Servola, el que nos corresponde. Por eso, entre nosotros, los del Tranvía de Servola, son numerosísimos los matrimonios y habría que abolir pronto el Tranvía de Servola, porque, si no, pronto tendremos –y será perjudicial para la raza–matrimonios entre consanguíneos. Otros dicen que a nosotros, los del Tranvía de Servola, se nos debería permitir la bigamia, porque, cuando nos hemos casado una vez, nosotros, los del Tranvía de Servola, ya no sabemos qué hacer mientras lo esperamos. Es bueno que nuestra raza, la de los del Tranvía de Servola, se reproduzca en una época violenta como ésta para suavizar las costumbres, porque nosotros, los del Tranvía de Servola, somos tan buenos, que hasta ahora ningún vagón del Tranvía de Servola ha saltado por los aires. Las autoridades lo saben, porque a los del Tranvía de Poggioreale, gente procedente del granito, en seguida se le proporcionan camiones. Cierto es que entre los tranvías de Servola nunca ha habido un incendio. Van tan lentos, que tardarían un siglo en arder.
Y, cuando morimos nosotros, los del Tranvía de Servola, tenemos la gran sorpresa de marcharnos a la hora exacta, porque es la primera vez en nuestra vida en que no se ha encargado nuestro transporte al Tranvía de Servola. Después, al hacer el balance de nuestra vida, vemos que la mitad de ella ha estado dedicada a esperar el Tranvía de Servola y la otra mitad a desear al Tranvía de Servola que vaya por sus raíles a ese otro pueblo y, en vista de ese balance vital, no se entiende que nosotros, los del Tranvía de Servola, podamos considerarnos, sin embargo, pertenecientes al único distrito industrial de esta ciudad.

"Mecánica popular"

RAYMOND CARVER

Aquel día, temprano, el tiempo cambió y la nieve se deshizo y se volvió agua sucia. Delgados regueros de nieve derretida caían de la pequeña ventana –una ventana abierta a la altura del hombro– que daba al traspatio. Por la calle pasaban coches salpicando. Estaba oscureciendo. Pero también oscurecía dentro de la casa.
Él estaba en el dormitorio metiendo ropa en una maleta cuando ella apareció en la puerta.
¡Estoy contenta de que te vayas! ¡Estoy contenta de que te vayas!, dijo. ¿Me oyes?
Él siguió metiendo sus cosas en la maleta.
¡Hijo de perra! ¡Estoy contentísima de que te vayas! Se echó a llorar. Ni siquiera te atreves a mirarme a la cara, ¿no es cierto?
Entonces ella vio la fotografía del niño encima de la cama, y la cogió.
Él la miró; ella se secó los ojos y se quedó mirándole fijamente, y después se dio la vuelta y volvió a la sala.
Trae aquí eso, dijo él.
Coge tus cosas y lárgate, dijo ella.
Él no respondió. Cerró la maleta, se puso el abrigo, miró a su alrededor ante de apagar la luz. Luego pasó a la sala.
Ella estaba en el umbral de la cocina, con el niño en brazos.
Quiero al niño, dijo él.
¿Estás loco?
No, pero quiero al niño. Mandaré a alguien a recoger sus cosas.
A este niño no lo tocas, le advirtió ella.
El niño se había puesto a llorar, y ella retiró la manta que le abrigaba la cabeza.
Oh, oh, dijo ella mirando al niño.
Él avanzó hacia ella.
¡Por el amor de Dios!, dijo ella. Retrocedió unos pasos hacia el interior de la cocina.
Quiero al niño.
¡Fuera de aquí!
Ella se volvió y trató de refugiarse con el niño en un rincón, detrás de la cocina.
Pero él les alcanzó. Alargó las manos por encima de la cocina y agarró al niño con fuerza.
Suéltalo, dijo.
¡Apártate! ¡Apártate!, gritó ella.
El bebé, congestionado, gritaba. En la pelea tiraron una maceta que colgaba detrás de la cocina.
Él la aprisionó contra la pared, tratando de que soltara al niño. Siguió agarrando con fuerza al niño y empujó con todo su peso.
Suéltalo, dijo.
No, dijo ella. Le estás haciendo daño.
No le estoy haciendo daño.
Por la ventana de la cocina no entraba luz alguna. En la casi oscuridad él trató de abrir los dedos aferrados de ella con una mano, mientras con la otra agarraba al niño –que no paraba de chillar– por un brazo, cerca del hombro.
Ella sintió que sus dedos iban a abrirse. Sintió que el bebé se le iba de las manos.
¡No!, gritó al darse cuenta de que sus manos cedían.
Tenía que retener a su bebé. Trató de agarrarle el otro brazo. Logró asirlo por la muñeca y se echó hacia atrás.
Pero él no lo soltaba.
Él vio que el bebé se le escurría de las manos y estiró con todas sus fuerzas.
Así, la cuestión quedó zanjada.

"Compraré un rifle y cazaré un venado"

GUILLERMO FADANELLI

Camino diez pasos hasta llegar a la puerta donde un número nueve, broncíneo, oxidado, está a punto de caer al suelo. Oprimo un timbre y espero. Siento que mi estómago se abre y derrama un líquido amargo sobre el resto de las vísceras. Voy a entregar dos gramos de cocaína a un hombre que nunca antes había visto en mi vida. Sólo sé que su nombre es Arturo y que debe entregarme cuatrocientos pesos; de ese dinero me corresponde un quince por ciento. Mientras aguardo a ser recibido observo cómo las golondrinas han construido un nido muy cerca del número nueve, una de las crías estira el cuello y abre la boca, una boca inmensa; me imagino hurgando con el dedo meñique hasta su garganta cuando la puerta se abre y aparece un hombre descalzo. Podría apostar a que su cabello es artificial porque su piel es morena y… Me invita a pasar hasta donde otro hombre aguarda sentado en una silla antigua, dorada, con asiento de terciopelo. Me sonríe, dice “Pero qué joven eres, muchacho”, y hace una seña invitándome a ocupar otra silla, ésta no tan antigua. No sé quién es Arturo, pero supongo que es el tipo descalzo; lo compruebo cuando me dice que antes de pagarme van a probar la mercancía. No desconfían, pero creen que de esa manera será mejor para todos. Yo no tengo objeciones. Nadie me dio instrucciones para afirmar o negar. Sólo debo cobrar cuatrocientos pesos de los cuales me corresponderá el quince por ciento.
El que no es Arturo descuelga un cuadro de la pared y sobre el cristal forma dos líneas blancas. En otra pared sobresale la cabeza de un venado muerto; me acerco y acaricio su piel: sus ojos se parecen a los de Elizabeth Taylor. A un lado hay una placa que dice: “Cazado en Canadá por el doctor Arturo Jiménez”. Imagino al venado corriendo como saeta por una colina cubierta de nieve. Escucho sus jadeos; se están besando; el que no es Arturo está sentado sobre las piernas del que sí es: son maricones. Les pregunto si me pueden pagar pero el que no es Arturo se arrodilla y le chupa allí al otro, enfrente de mí. Me volteo para no mirar y quedo otra vez frente a frente con el venado, pero ahora me resulta imposible imaginármelo corriendo en la nieve. Después de algunos minutos Arturo me toca la espalda; es casi de mi tamaño y tiene arrugas en la frente: “Cuatrocientos pesos por la coca y cincuenta para ti, por soportarnos”, dice. Si las cuentas no me fallan los cincuenta más el quince por ciento deberán ser un poco más de cien pesos. Si ahorro, algún día podré ir a Canadá a cazar un venado. Eso haré cuando cumpla dieciocho años: me iré a Canadá, compraré un rifle y cazaré un venado.

"Los beneficios de la Luna"

CHARLES BAUDELAIRE

La Luna, que es el capricho mismo, se asomó por la ventana mientras dormías en la cuna, y se dijo: «Esa criatura me agrada.»
Y bajó muellemente por su escalera de nubes y pasó sin ruido a través de los cristales. Luego se tendió sobre ti con la ternura flexible de una madre, y depositó en tu faz sus colores. Las pupilas se te quedaron verdes y las mejillas sumamente pálidas. De contemplar a tal visitante, se te agrandaron de manera tan rara los ojos, tan tiernamente te apretó la garganta, que te dejó para siempre ganas de llorar.
Entretanto, en la expansión de su alegría, la Luna llenaba todo el cuarto como una atmósfera fosfórica, como un veneno luminoso; y toda aquella luz viva estaba pensando y diciendo: «Eternamente has de sentir el influjo de mi beso. Hermosa serás a mi manera. Querrás lo que quiera yo y lo que me quiera a mí: al agua, a las nubes, al silencio y a la noche; al mar inmenso y verde; al agua informe y multiforme; al lugar en que no estés; al amante que no conozcas; a las flores monstruosas; a los perfumes que hacen delirar; a los gatos que se desmayan sobre los pianos y gimen como mujeres, con voz ronca y suave.
«Y serás amada por mis amantes, cortejada por mis cortesanos. Serás reina de los hombres de ojos verdes a quienes apreté la garganta en mis caricias nocturnas; de los que quieren al mar, al mar inmenso, tumultuoso y verde; al agua informe y multiforme, al sitio en que no están, a la mujer que no conocen, a las flores siniestras que parecen incensarios de una religión desconocida, a los perfumes que turban la voluntad y a los animales salvajes y voluptuosos que son emblema de su locura.»
Y por esto, niña mimada, maldita y querida, estoy ahora tendido a tus pies, buscando en toda tu persona el reflejo de la terrible divinidad, de la fatídica madrina, de la nodriza envenenadora de todos los lunáticos.

"Discurso del oso"

JULIO CORTÁZAR

Soy el oso de las cañerías de la casa, subo por los caños en las horas de silencio, los tubos de agua caliente, de la calefacción, del aire fresco, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por las cañerías.
Creo que me estiman porque mi pelo mantiene limpios los conductos, incesantemente corro por los tubos y nada me gusta más que pasar de piso en piso resbalando por los caños. A veces saco una pata por la canilla y la muchacha del tercero grita que se ha quemado, o gruño a la altura del horno del segundo y la cocinera Guillermina se queja de que el aire tira mal. De noche ando callado y es cuando más ligero ando, me asomo al techo por la chimenea para ver si la luna baila arriba, y me dejo resbalar como el viento hasta las calderas del sótano. Y en verano nado de noche en la cisterna picoteada de estrellas, me lavo la cara primero con una mano, después con la otra, después con las dos juntas, y eso me produce una grandísima alegría.
Entonces resbalo por todos los caños de la casa, gruñendo contento, y los matrimonios se agitan en sus camas y deploran la instalación de las tuberías. Algunos encienden la luz y escriben un papelito para acordarse de protestar cuando vean al portero. Yo busco la canilla que siempre queda abierta en algún piso; por allí saco la nariz y miro la oscuridad de las habitaciones donde viven esos seres que no pueden andar por los caños, y les tengo algo de lástima al verlos tan torpes y grandes, al oír cómo roncan y sueñan en voz alta, y están tan solos. Cuando de mañana se lavan la cara, les acaricio las mejillas, les lamo la nariz y me voy vagamente seguro de haber hecho bien.

"La tiza"

ISIDORO BLAISTEN

De pronto vino él. Levantó la tiza blanca bien alto y dijo: “Los que tengan algo que decirse, de este lado; los que no tengan nada que decirse, de este otro lado”. Y bajó la tiza bien bajo y trazó una raya larga, larga a todo lo largo.
Los que tenían algo que decirse se pusieron de un lado, los que no tenían nada que decirse se pusieron del otro lado.
Él, mientras tanto, levantó el borde de su amplia túnica y se limpió los restos de tiza, el polvo de tiza que se le había quedado en los dedos. Después miró.
Vio a los que tenían algo que decirse. Hablaban, gesticulaban, gritaban. Nadie escuchaba a nadie. Nadie escuchaba su propia voz. Nadie se entendía con nadie.
Miró para el otro lado. Vio a los que no tenían nada que decirse. Era un silencio total, triste. Nadie hablaba. Nadie iba a hablar.
Entonces él resolvió que lo mejor era borrar la raya. Con el ruedo de su amplia túnica fue borrando la raya, borrando. Todos se volvieron a mezclar a medida que él se alejaba borrando.
Cuando terminó de borrar toda la raya se dio vuelta y miró. Entonces volvió a darse vuelta. Meneando la cabeza, con las manos metidas en los bolsillos de su amplia túnica, se fue. De pronto notó algo en el bolsillo derecho. Era otro pedacito de tiza. “No va a faltar oportunidad”, se dijo.

"Los mastines del templo de Adrano"

SILVINA OCAMPO

Los sagrados mastines, ministros y sirvientes de Adrano, son más hermosos que los perros de Molosia. El templo donde viven, en Adrano, nunca es demasiado claro ni demasiado oscuro: una luz celeste o dorada se filtra por los vidrios de la cúpula. El lujo del templo no consiste en los adornos o en las proporciones del edificio, como algunos creen, sino en sus famosos reflejos. Durante el día los mastines reciben, atienden y acompañan a la gente que visita el altar y el bosque; pero de noche guían con bondad a los que, embriagados a veces, vacilan por la senda, para llegar a sus casas; castigan, rompiéndoles los vestidos, a los que en el camino se deleitan en groseras travesuras; desmembran con ferocidad a los que se dedican a robar o a cometer otros delitos.
Más les hubiera valido a Helena y a Cristóbal, el día que visitaron el templo, no haberse enamorado. Fue a la hora del atardecer. La luz celeste que se filtra por los vidrios de la cúpula iluminaba los dos rostros conmovidos. Se amaron. Al volver, aquella noche, escoltados por los mastines, deslumbrados por las estrellas, por el amor que los unía, no sabiendo cómo expresar la alegría que les embargaba el alma, rieron como niños, con esos juegos tan cándidos y ruidosos del amor, que consiste en enojarse y desenojarse por todo y por nada. Entraron en una cabaña abandonada para echarse en los brazos el uno del otro como amantes. Los mastines, inquietos, los miraban: a ellos también, cuando estaban cansados, cualquier lugar les servía de lecho.
Pero algo insólito sucedía: la pareja no dormía: arrullaba como una horrible paloma delictuosa. Una extraña risa, que parecía un llanto, brotaba de las gargantas. Los mastines saltaron sobre los enamorados y les desgarraron las vestiduras. Con un cuchillo Cristóbal defendió a Helena. Los mastines heridos se enardecieron y los destrozaron. Siempre unidos, los dos enamorados cayeron al suelo, muertos. Entonces, como entendiendo que habían cometido un crimen, los mastines rodearon a la pareja y levantaron las cabezas hacia el cielo sin luna y aullaron hasta la hora en que salió el sol y no volvieron al templo, donde los esperaban.

"El mapa de los objetos perdidos"

JUAN JOSÉ ARREOLA

El hombre que me vendió el mapa no tenía nada de extraño. Un tipo común y corriente, un poco enfermo tal vez. Me abordó sencillamente, como esos vendedores que nos salen al paso en la calle. Pidió muy poco dinero por su mapa: quería deshacerse de él a toda costa. Cuando me ofreció una demostración acepté curioso porque era domingo y no tenía nada más que hacer. Fuimos a un sitio cercano para buscar el triste objeto que tal vez él mismo había tirado allí, seguro de que nadie iba a recogerlo: una peineta de celuloide, color de rosa, llena de menudas piedrecillas. La guardo todavía entre docenas de baratijas semejantes y le tengo especial cariño porque fue el primer eslabón de la cadena. Lamento que no le acompañen las cosas vendidas y las monedas gastadas. Desde entonces vivo de los hallazgos deparados por el mapa. Vida bastante miserable, es cierto, pero que me ha librado para siempre de toda preocupación. Y a veces, de tiempo en tiempo, aparece en el mapa alguna mujer que se aviene misteriosamente a mis modestos recursos.

"La cólera de un particular"

RODOLFO WALSH

El rey de T´sin mandó decir al príncipe de Ngan-ling: “A cambio de tu tierra quiero darte otra diez veces más grande. Te ruego que accedas a mi demanda”. El príncipe contestó: “El rey me hace un gran honor y una oferta ventajosa. Pero he recibido mi tierra de mis antepasados príncipes y desearía conservarla hasta el fin. No puedo consentir en ese cambio”.
El rey se enojó mucho, y el príncipe le mando a T´ang Tsu de embajador. El rey le dijo: “El príncipe no ha querido cambiar su tierra por otra die veces más grandes. Si tu amo conserva su pequeño feudo, cuando yo he destruido a grandes países, es porque hasta ahora lo he considerado un hombre venerable y no me he ocupado de él. Pero si ahora rechaza su propia conveniencia, realmente se burla de mí”.
T´ang Tsu respondió: “No es eso. El príncipe quiere conservar la heredad de sus abuelos. Así le ofrecierais un territorio veinte veces y no diez veces más grande, igualmente se negaría”.
El rey se enfureció y dijo a T´ang Tsu: “¿Sabes lo que es la cólera de un rey?”. “No”, dijo T´ang Tsu. “Son millones de cadáveres y la sangre que corre como un río en mil leguas a la redonda”, dijo el rey. T´ang Tsu preguntó entonces: “¿Sabe vuestra majestad lo que es la cólera de un particular?”. Dijo el rey: “¿La cólera de un particular? Es perder las insignias de su dignidad y marchar descalzo golpeando el suelo con su cabeza”. “No”, dijo T´ang Tsu, “ésa es la cólera de un hombre mediocre, no la de un hombre de valor. Cuando un hombre de valor se ve obligado a encolerizarse, como cadáveres aquí no hay más que dos, la sangre corre apenas a cinco pasos. Y, sin embargo, China entera se viste de luto. Hoy es ese día.”
Y se levantó, desenvainando la espada.
El rey se demudó, saludó humildemente y dijo: “Maestro, vuelve a sentarte. ¿Para qué llegar a esto? He comprendido”.

"El tonel del amontillado"

HORACIO QUIROGA

Poe dice que, habiendo soportado del mejor modo posible las mil injusticias de Fortunato, juró vengarse cuando éste llegó al terreno de los insultos. Y nos cuenta cómo en una noche de carnaval le emparedó vivo, a pesar del ruido que hacía Fortunato con sus cascabeles.
Frente al gran espejo de vidrio, fijo en la pared, Fortunato me hablaba de su aventura anterior –el traje aún polvoreado de cales– preguntándome si quería verle reír. La verdad de aquella identificación tan exacta con el noble Fortunato me divertía extraordinariamente, tanto como sus cascabeles, algo apagados, es verdad, por el largo enmohecimiento.
Las parejas que cruzaban bailando no nos conocía: es decir, conocían a Fortunato, pero éste fingía tan bien las risas de Fortunato y, además, estaba tan alegre, que nuestra estación frente al espejo de vidrio fue completamente inadvertida. Y del brazo, recordándome sus anteriores injusticias, pasamos al bufet, donde bebimos sin medida.
–Esto es champaña –me decía Fortunato–; reaviva las ofensas.
¡Pobre Fortunato!
–Esto es oporto. Para darle aroma lo tienen largos años encerrado en las cuevas.
Grandemente me divertían las disertaciones de Fortunato. Fortunato estaba borracho.
–Esto es vino de España. Le atribuyen la virtud de apresurar las venganzas.
¡La venganza, la venganza! le apoyaba yo a grandes gritos. Estas extravagancias de Fortunato, tan características en él, me eran muy conocidas. –Vamos –me dijo. Y descendiendo juntos la escalera, a pesar del trabajo que me motivaba su pesadez, llegamos a la cueva. En el fondo había un barril de vino y Fortunato gritó–: ¡Amontillado, amontillado! Fue de este modo.
Y cogiendo una vieja pala de albañil –las cadenas fijas en la pared– me miró tan tristemente, que, para no soltar la risa, fingí tener miedo.
–¡Fortunato! –exclamé corriendo a abrazarle.
–¡Bah –dijo. Y mientras mis ropas se humedecían de cal centenaria, me gritó clavando la puerta:
–¡Por el amor de Dios, Montresor!
–¡Sí! –me apresuré a responderle–. ¡¡Por el amor de Dios!!

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