El Cuento Breve de la Semana
"Come, hijo"
CLARICE LISPECTOR
El mundo parece plano, pero yo sé que no es plano. ¿Sabés por qué parece? Porque, siempre que lo vemos, el cielo está arriba, nunca abajo, nunca de lado. Yo sé que el mundo es redondo porque eso me dijeron, pero sólo podría parecer redondo si a veces lo miráramos y el cielo estuviera allá abajo. Yo sé que es redondo, pero para mí es plano, aunque Ronaldo sólo sabe que es redondo, a él no le parece que sea plano.
—…
—Porque yo he estado en muchos países y vi que en Estados Unidos el cielo también estaba arriba, por eso me parecía que el mundo era todo derechito. Pero Ronaldo nunca ha salido de Brasil y puede que piense que nada más aquí el cielo está allá arriba, que en otras partes no es plano, que sólo es plano en Brasil, que en las otras partes que él no ha visto se va volviendo redondo. Cuando se lo dicen, le basta con creérselo, para él nada tiene que parece. ¿Tú qué prefieres, mamá: los platos hondos o los platos planos?
—Los plan… los extendidos, querrás decir.
—Yo también. A los hondos parece que les cabe más, pero nada más en el fondo, a los planos les cabe a los lados y uno puede ver luego luego todo lo que hay. ¿No se te hace que los pepinos parecen “inreales”?
—Irreales.
—¿Por qué?
—Así se dice.
—No, ¿por qué se te hace que los pepinos parecen “inreales”? A mí también. Cuando los miras puedes ver un poco del otro lado, están llenos de dibujos muy iguales, se sienten fríos en la boca, hacen un ruido como de vidrio cuando los masticas. ¿No se te hace que los pepinos parecen inventados?
—Sí.
—¿Dónde inventaron el arroz con frijoles?
—Aquí.
—¿O en el restaurante árabe, como dijo Pedrito de otra cosa?
—Aquí.
—En la heladería Gatâo los helados son ricos porque saben igual que sus colores. ¿A ti la carne te sabe a carne?
—A veces.
—¡No te creo! ¿A poco? ¿Te sabe a la carne que está colgada en la carnicería?
—No.
—Y tampoco a la carne de la que hablamos. No sabe a cuando que la carne tiene vitaminas.
—Ya no hables tanto, come.
—Pero si me miras así no es para que coma, es porque me estás queriendo mucho, ¿adiviné?
—Adivinaste. Come, Paulito.
—Tú sólo piensas en eso. Estaba hablando mucho para que no pensaras nada más en la comida, pero tú vas y te acuerdas.
"La jaula mortal"
ALEJANDRA PIZARNIK
...des
blessures écarlates et noires
éclatent dans les chairs
superbes.
Rimbaud
Tapizada con cuchillos y adornada con filosas puntas de acero, su tamaño admite un cuerpo humano; se la iza mediante una polea. La ceremonia de la jaula se despliega así:
La sirvienta Dorkó arrastra por los cabellos a una joven desnuda; la encierra en la jaula; alza la jaula. Aparece la «dama de éstas ruinas”, la sonámbula vestida de blanco. Lenta y silenciosa se sienta en un escabel situado debajo de la jaula.
Rojo atizador en mano, Dorkó azuza a la prisionera quien, al retroceder —y he aquí la gracia de la jaula—, se clava por sí misma los filosos aceros mientras su sangre mana sobre la mujer pálida que la recibe impasible con los ojos puestos en ningún lado. Cuando se repone de su trance se aleja lentamente. Han habido dos metamorfosis: su vestido blanco, ahora es rojo y donde hubo una muchacha hay un cadáver.
"Mi padre"
JUAN RULFO
Mi padre fue un hombre bueno.
Vivió en esa época en que todo era malo. En que no se podían hacer planes para el mañana, pues el mañana era incierto v el hoy no terminaba todavía. Los tiempos eran malos: no se veía el cielo ni la tierra; ni si había sol o si el viento venía del norte o del sur. Todo era malo para el mundo. Pero mi padre era bueno y creía en la vida.
Lo mataron un amanecer, pero él no se dio cuenta cuándo murió ni por qué murió. Lo mataron y para él se acabó la vida. Siguió existiendo para los demás y poco a poco se fue tranquilizando el mundo, renovándose hasta que el agua de la lluvia era visible, distraía a los hombres y les devolvía la conciencia de la esperanza.
Mi padre murió un amanecer oscuro, sin esplendor ninguno, entre tinieblas. Lo amortajaron como si hubiera sido cualquier hombre y lo enterraron bajo la tierra como se hace con todos los hombres. Nos dijeron: "Su padre ha muerto", en esa hora del despertar, cuando no duelen las cosas; cuando nacen los niños, cuando matan a los condenados a muerte. En esa hora del sueño, cuando uno está a mitad del sueño dentro de los sueños inútiles, pero llevaderos, fatales, pero necesarios.
—Su padre ha muerto.
Yo soñaba que tenía un venado en mis brazos. Un venado dormido, pequeño como un pájaro sin alas; tibio como un corazón quieto y palpitante, pero adormecido.
—Se le acabó la vida.
Era hora del amanecer, tan sombría, tan sin color, sin ningún color. En que todo está tan lejano.
Y tuve que llorar, y tener que oprimir el corazón para que suelte su jugo. Forzarlo hasta el llanto. A un corazón que sueña casi dormido, para golpearlo con el martillo de la pena y hacerle sentir su dolor. Hice eso, sólo por llorar. Por no gemir en silencio.
"El venado ha muerto. Es sólo un animal muerto entre tus brazos."
Déjenme seguir mi sueño. Todo lo demás es mentira. Nadie puede morir mientras uno duerme.
—Ya son las tres de la mañana y hemos traído a tu padre. Lo han asesinado anoche.
Anoche. ¿Cuál noche? Mi vida no tiene una noche. No es oscura. La vida siempre vive de día. ¿Qué dices?
—Que son las tres de la mañana. Levántate. Tu padre está aquí, tendido. Lo han matado anoche.
—¿Quién? ¿Hablas de mi padre? Él no puede morir. Nadie le puede hacer nada. La justicia mataría la tierra. Secaría las manos y haría inútil ya la vida para el hombre. Él nos ha dado vida y si sentimos que hay día es por él, y si sentimos que hay vida es por él. No puede morir.
—Lo han matado.
—¿Cuándo? ¿A qué hora?
Yo no sentí nada, y el mundo lo hubiera sentido.
—Anoche. Levántate. Ven a verlo.
—Es mentira.
—Lo enterrarán hoy en la tarde.
—No enterrarán a nadie. Mi padre no puede ser un muerto. Morirá después que nosotros. Su vida no está hecha de miseria como la nuestra, ni de despojos cual la nuestra… —¿No vas a verlo? Levántate y ven a verlo antes de que lleguen los que lo han querido o conocido.
—Mi padre no ha muerto. Tú me odias. Has venido a despertarme porque me odias. Déjame acabar mi sueño.
—Como tú quieras, pero después del mediodía lo enterrarán.
—Apaga la luz. Apaga esa luz y vete. ¿Por qué ríes si dices que mi padre ha muerto? Vete. Tengo aquí a un venadito dormido. No lo despiertes. Sé quién eres. Sé que sólo el demonio madruga para asustar a los que duermen. No ha muerto, es la pura mentira. Es la mentira pura. ¡Vete!
Y mi llanto se hizo agua como la sangre. Y cuando oía allá lejano el llanto de mi madre, mi sangre se hizo como el agua.
"La plegaria del buzo"
GIOVANNI PAPINI
1
El mismo día en que cumplí dieciocho años mi padre me llamó dulcemente y me dijo con la debida gravedad:
—El Señor, Dios, quiere que todo hombre haga, en la tierra, un trabajo. Él no quiere a los que miran, sentados al borde de los campos, la obra de los sembradores y de los labradores. Es preciso, pues, que elijas sin demora un arte que dé a tu vida un sentido y una finalidad. Cualquiera que sea tu elección, te prometo no ponerte obstáculos. Así, pues, decide y habla.
Y yo, que reverenciaba profundamente al Señor, Dios, y obedecía siempre a mi padre, respondí:
—Mi elección está hecha: seré buzo.
Mi padre palideció un poco, pero contestó en seguida:
—¡Hágase tu voluntad!
2
Así, desde aquel día, fui buzo. Durante muchos y largos años he vivido, solo y en silencio, bajo las grandes aguas. He habitado en todos los mares, he explorado todos los océanos, he bajado a todos los abismos. He encontrado esqueletos de barcos, cuellos de viejas anclas despuntadas, arcones llenos de monedas de oro cuyas efigies estaban corroídas por el agua; grandes monstruos luminosos, con enormes ojos blancos, me han iluminado con su resplandor irreal; largos cuerpos verdosos, semejantes a los de las sirenas, me han acariciado; he penetrado en las bocas oscuras de los volcanes sumergidos; he pisado el suelo de las Atlántidas desaparecidas; he topado con los hinchados cadáveres de los náufragos; me he debatido entre los tentáculos de pulpos colosales; he sacado a la luz montones de maravillosas perlas, de extrañas conchas, de árboles fosforescentes, los puñales que arrojaron en la noche los tremebundos homicidas, los anillos de los Dogos y la áurea copa del Rey de Tule…
Llegó, pues, el día en que conocí todas las profundidades marinas, todos los valles de los océanos y todos los golfos más tenebrosos y los tesoros más ocultos. Llegó un día en que estuve impregnado por todos los perfumes salobres y supe todos los ritmos de las olas y todas las sinfonías de las tempestades, y entonces pensé que el Señor, Dios, podía estar ya satisfecho de mi obra y decidí volver a vivir en mi ciudad, entre los seres terrestres que había dejado desde hacía larguísimos años.
3
Pero, apenas llegué a la ciudad en donde había nacido y en donde quería morir, tuve como una sensación de terrible disgusto y de tormentoso estupor. Ya no reconocía ni amaba todo aquello que me había visto niño. Acostumbrado a las grandes soledades submarinas, iluminadas por reflejos milagrosos y por luces intensas que parecen venir de las profundidades, no podía habituarme a la angosta colmena fangosa que se llama ciudad. El cielo me parecía demasiado próximo y demasiado pálido; la ciudad se me antojaba como una especie de extraña prisión, surcada por estrechos y sucios corredores, en los que pequeños animales, cubiertos con los despojos de otros animales, corrían mirándose cruel o lascivamente. Ruidosas carcajadas móviles se arrastraban por los corredores, llevando dentro a bestezuelas aprisionadas y acurrucadas; el aire pesaba por el humo y el polvo, y pesaba a alientos infectos y a olores sofocantes. Los hombres me daban la idea de condenados a muerte, enloquecidos en la inútil espera de la gracia. Sus caras me resultaban odiosas, como las de los reptiles blanquecinos que deponen sus huevos cerca de las tumbas; sus ojos me parecían vacíos, como si el alma los hubiera abandonado; sus palabras sonaban en mis oídos como cantinelas de mendigos eternamente hambrientos o como gritos descompuestos de águilas a las que están cortando las alas. En sus casas tenebrosas y angostas vi yacijas en que se arrojaban por la noche como si fueran a morir, y mesas cubiertas de restos de cadáveres y de hojas arrancadas brutalmente a la frescura de la tierra. Habían fabricado grandes habitaciones, donde algunos simulaban amar y morir, moviéndose con vestidos de muchos colores y bordados bajo la luz falsa de lámparas redondas, y grandes salas, en donde algunos de ellos, vestidos grotescamente de negro, simulaban salvar a la patria y al mundo chillando con gran seriedad. Y otras salas, en cuyas paredes estaban colgados pedacitos de tela cubiertos de colores y de líneas, con la intención de hacer soñar un mundo mejor que aquel en que viven.
Pero yo no comprendía, acostumbrado a los deslumbrantes silencios de las profundidades, muchos de sus gestos y muchas de sus palabras. Toda aquella vida, en medio de la cual, sin embargo, había nacido y crecido, me parecía sin significado: vacía, pavorosa, torpe, soez, pútrida, como la de un cubil subterráneo habitado por bestias ciegas, débiles e inmundas. Me parecía haber caído en un pozo habitado por cadáveres ambulantes y hediondos, y por la noche no tenía fuerzas para levantar los ojos, temiendo que de aquel cielo, demasiado ciudadano, hasta las estrellas hubieran huido.
Y yo pensé entre mí: «¿Quién puede haberme reducido a este estado? ¿Quién puede haberme cambiado el alma de tan terrible modo que ahora descubre lo ridículo, lo oscuro y lo feo dondequiera que mire? La ciudad es como yo la dejé de jovencito. Es más, dicen que desde aquel tiempo ha hecho muchos e insignes progresos de todo tipo. ¿Por qué, pues, se presenta ante mí, que vuelvo de los mares, tan extraña y nauseabunda, a mí que, sin embargo, la amé siendo niño con toda el alma y la encontré más bella, más majestuosa y más hospitalaria que ninguna?»
Pero no supe contestar a tales preguntas. Un hombre, que me asistía en aquel terrible estado, me aconsejó que leyera los libros de los médicos del alma y del cuerpo para encontrar el origen y el remedio de aquella que él llamaba, con sincera tristeza, mi alienación.
Y yo leí centenares y millares de libros, día y noche, siempre despierto y siempre ansioso en busca de salud. Pero en ningún libro encontré lo que buscaba. Entonces, encerrado en mi casa paterna, pensé y sufrí durante centenares y millares de horas, siempre despierto y siempre atento a la tremenda ansiedad de la salud. Pero todavía no he encontrado lo que buscaba.
Ahora me dirijo a ti, hombre que estás ante mí con tu malvada sonrisa de verdugo ocioso y con tus ojos que nunca han mirado el cielo; me dirijo a ti, hombre de las precoces e insaciables perversidades y de los secretos bien custodiados, y te ruego, en nombre de la tierra de la que naciste, de la tierra de que te nutres, de la tierra por la que te arrastras, te ruego que me digas por qué no comprendo y no amo la vida de los hombres.
Y, si me contestas, te daré una perla que recogí un día en el valle más fantástico del mar y que ningún ojo, fuera de los míos, ha visto.
"Rumores"
CRISTINA PERI ROSSI
A finales del siglo XX se propagaron rumores sobre las ciudades. Algunos hablaban de su consunción; otros, de un raro renacimiento de los escombros. Grupos clandestinos y secretos cuchicheaban sobre ciudades todavía habitables, donde se podía caminar, ver un pájaro, recorrer un museo o contemplar el color del cielo. Pero eran las menos. Poco a poco se empezó a hablar de Berlín. No en público, ni en los diarios, ni en reuniones sociales. El nombre de Berlín empezó a circular como una clave secreta, una consigna mística, una cifra de iniciados sin sentido para los demás. Se hablaba de Berlín recogidamente, en la intimidad de la conversación luego del amor o en una habitación apartada, entre amigos escogidos. Una mujer desnuda, a la tenue luz de un cuarto privado, decía a su amiga, por ejemplo:
—He oído decir que en las calles de Berlín todavía crecen los tilos y hay cisnes en los lagos.
O:
—Los mirlos cantan entre la nieve, en Berlín, y se bebe té en tazas de porcelana, con manteles de hilo.
El hecho de que Berlín estuviera entre muros no desestimulaba a nadie: daba, a la ciudad, esa calidad de símbolo de los sueños que falta a tantas otras.
Las amigas se pasaban recetas de strüdel entre ellas, como si de raros poemas se tratara, y al atardecer, detrás de las ventanas de metal o en los ásperos andenes deletreaban «der traum in leben», a punto de comprender la lengua sólo por el deseo.
Otros hablaban de San Francisco, pero una horrible peste anuló su prestigio: los elegidos eran también los apestados y la ciudad se hundió en un letargo de sábanas y cloroformo, convertida, de pronto, en una célula cancerosa en el redondel del mundo.
Había ciudades —como Madrid— donde cundía una breve euforia, igual que la alegría antes de morir, y ciudades, como París, ensimismadas, vueltas hacia su antiguo prestigio, ahora llenas de indolencia.
Pronto no quedó adonde ir y quienes huían hacia El Cairo, Praga, Buenos Aires o Varsovia lo hacían sin ilusión, sólo para demorar un poco más la muerte. La declinación de las ciudades se extendió como una mancha de petróleo sobre las aguas.
Quien esto escribe, en las postrimerías del siglo XX, no sabe si hay futuro, no sabe si hay ciudades, no sabe si hay lectura.
"Notas deshilvanadas sobre los gatos"
EDGAR ALLAN POE
Los gatos se inventaron en el Jardín del Edén. De acuerdo con los rabinos, Eva tenía como mascota una gata llamada Pusey, circunstancia que entre las naciones orientales dio origen al nacimiento de una secta de adoradores de gatas denominados “puseítas”, secta que, según se dice, aún existe en alguna parte. Cuando las ratas comenzaron a tornarse problemáticas, Adán le dio a la primera pareja de gatas seis lecciones sobre el arte de cazarlas, y desde entonces, ese conocimiento viene conservándose. Los griegos escribían “gata” con “k”, y los franceses ponen una “h” en la palabra; el verdadero erudito inglés no atiende a semejante muestra de ignorancia y utiliza la ortografía correcta. En la época de Chaucer la palabra “cataract” (catarata) se escribía “caterect” (literalmente, “gato erguido”), pero es difícil determinar cuál es la analogía entre una catarata y una gata erguida. La introducción de la palabra cat en cat-aplasm (cataplasma), cat-egory (categoría), etc. no fue autorizada; se produjo sin el conocimiento ni el consentimiento de las partes, y no tiene sentido. La palabra catnip (hierba gatera), sin embargo, sí tiene sentido: guarda la misma relación con la constitución física de la gata que la que guarda el dulce de marrubio de Pease con la constitución física del hombre. Se dice que un caballero que busque respuesta a cuestiones difíciles querrá saber por qué las gatas, que llevan dentro de sí aquello que contiene tan divina melodía, producen una música tan execrable. Tal vez la respuesta sea simple: las gatas son humildes; no gustan de jactarse de sus logros. Jamás oirá usted hablar de una gata educada. Son comunes los cerdos, los osos y los perros educados, que pueden decir qué hora es y cuántos espectadores hay presentes (esto último es fácil, para desgracia del hombre que conduce el espectáculo). Pero ¿quién oyó hablar alguna vez de una gata educada? Una gata no aspira a ningún conocimiento, ni siquiera a tocar el piano ni a cantar. Si se la mata, se puede preparar con ella una especie de ente físico, por llamarlo de algún modo, el que, una vez estirado y vuelto a llenar, puede producir un efecto divino. Probablemente es el espíritu de la difunta gata, que fue depurado hasta no quedar de él más que una sola cuerda y que ahora emite una melodía sencilla, mientras que, en la gata original, toda las cuerdas estaban enredadas y confundidas, por lo que forzosamente producían sonidos discordantes, por no decir que estaban vulgarmente vivas y en estado salvaje.
Esa explicación parece clara. Una gata joven o una gatita son graciosas: su principal ocupación es perseguirse la cola, pero su cola no se deja atrapar. Los niños muy pequeños adoran a las gatas muy pequeñas, pero, si son varones, cuando crecen y aprenden humanidades en la escuela, y todo lo referente a Dracón, Alejandro y César, cambian de actitud hacia las gatas y las matan cada vez que su afán de divertirse los impulsa a hacerlo. Un dicho asegura que la persecución hace florecer aquello que desea avasallar. Hay allí un pequeño error: en el caso de las ratas, que las gatas persiguen, la persecución invariablemente hace disminuir su número. Es sólo cuando la persecución queda a medio camino o se lleva a cabo con una pizca de caridad, que logra el efecto mencionado en el dicho, el que demuestra su falsedad no sólo en el caso de las ratas sino también en el de los indios. A los indios se los persiguió con el fuego, el whisky y la espada, y ya fueron casi exterminados. Una gata sólo hace el ridículo cuando está enamorada. Entonces, olvidando cualquier otra consideración por estar su corazón tan feliz, la gata, inconscientemente, juega al trovador. (Designamos a los gatos con el género y el pronombre femenino porque en inglés para todo gato se emplea el pronombre “ella”, así como a todas las perras y yeguas se aplica el pronombre “él”, un rasgo particularmente bello del inglés). La felina que canta su serenata hace un ruido semejante al de un bebé que tiene un cólico, con quien suele confundírsela. Ambos sexos tienen bigotes, más finos o más gruesos; es dudoso que los gatos que son gatas alguna vez dejen de usarlo, puesto de que esa moda ha prevalecido durante tanto tiempo. Una de las mejores páginas de los anales ingleses es la historia de Whittington y su gata. Conocemos a un niño que tiene una gata y dice que, en el futuro, se propone llegar a alcalde de Filadelfia. No tenemos la menor objeción.
"Destinitos fatales"
ANDRÉS CAICEDO
I
A un hombrecito le gusta el cine y llega y funda un cine club, y lo primero que hace es programar un ciclo larguísimo de películas de vampiros, desde Murnau y Dreyer hasta Fisher y ese film que vio hace poco de Dan Curtis. Al principio hay mucha acogida y todo: el teatro se llena. Pero semana tras semana va bajando la audiencia. Como se sabe, el público cineclubista está compuesto en su mayoría por gente despistada que acude a ver acá «el cine de calidad» que no puede ver en los teatros cuando estos sólo exhiben vaqueros y espías; imbéciles que abuchean una película de John Ford con John Wayne «porque el ejército de EE.UU. siempre mata muchos indios», que le dicen imbécil a Jerry Lewis. Esa gente cómo le va a coger la onda a los vampiros, no falta por allí uno que insulte al hombrecito del cineclub por estar exhibiendo cosas de estas, cuando los estudiantes luchan en las calles, gente que únicamente sueña de noche y que siempre duerme bien y al otro día se despiertan y pueden hablar de amor, de papitas, de viajes, de política y cuando llegue la noche se ponen a soñar de lo mismo que han hablado durante todo el día. Pues bien, el hombrecito de nuestra historia comenzó a perder grandes cantidades de dinero, porque ya al final no iban más que diez personas a sus películas de vampiros, nueve, ocho, siete, seis, cinco, los últimos cuatro sí empezaron a conversar, a contarse recuerdos, pasó el tiempo y uno de ellos se mudó de ciudad, otro amaneció un día muerto, uno se graduó de arquitectura y nunca nadie más lo volvió a ver por estas tierras.
El hecho es que el sábado 25 de septiembre de 1971, el hombrecito encontró, al ir a introducir el último film del ciclo, que no había más que un espectador en la sala, allá detrás, en un rincón, mitad luz y mitad sombra.
El hombrecito iba a comenzar a hablar de la película que amaba tanto, pero el Conde se paró de su butaca y le sonrió, y el hombrecito tuvo que bajar los ojos.
II
Un empleado público se monta a las dos del día en su bus de todos los días, paga, registra, y para su satisfacción queda un puesto por allá, se dirige al asiento vacío sin ver a nadie conocido, pero para qué conocidos a esta hora y con este calor, así que el empleado público en lo único que piensa es en el almuerzo que su mamá le tiene cuando llegue a casa, en la siestecita de cinco minutos, en el sueñito que sueñe, y por pensar en eso ni se ha dado cuenta que este bus en el que se ha montado no para cada cuatro cuadras ni para en ninguna parte, y cuando cae en la cuenta el hombrecito lo que hace es apretar las manos que le sudan pero nada más, o tal vez voltear a mirar a los pasajeros, todos hombres, una mujer en la última banca vestida de negro, todos de piel oscura y por qué será que todos están así de flacos y por qué a todos se les ve el hambre en la cara, por qué, sobre todo el chofer cuando voltea la cara y lo mira a él. Y da la señal. Entonces el bus para y todos se le van encima, y cuando al hombrecito le arrancan el primer pedazo de mejilla piensa en lo que dirán sus compañeros de oficina cuando salga mañana en el periódico.
Pero mañana no va a salir nada en el periódico.
III
Un hombrecito va por allí caminando fresco, cargando un libro de míster Edgar Allan Poe que pesa 5 kilos. De pronto un gordo lo ve pasar y se le acerca y le pregunta:
—Dígame, ¿no le molesta andar con ese libro tan pesado parriba y pabajo?
El hombrecito, que es muy bondadoso y un poco ingenuo, no se da cuenta que el gordo se quiere burlar de él, y por eso piensa antes de contestar, para darle la respuesta exacta; y ella es:
—Lo que pasa es que desde hace un tiempo para acá me di cuenta que yo vivo mi vida montado en un globo, y el libro de Edgar me sirve de lastre. Lastre para no elevarme tanto, para no ir a parar a una región desconocida, habitada por gente que a lo mejor no me gusta, que no conozco. Además la persona que más supo de globos en el mundo fue mi amigo Edgar.
Y el gordo al oír eso se le ríe en la cara. Y el hombrecito comprende ahora y se pone muy triste. Y la tristeza le dura cinco días. Hasta que se encuentra en una película una actriz americana de la que se puede enamorar fácil, y la tristeza se le pasa.
"Cuento de Navidad en Blanes"
ROBERTO BOLAÑO
En invierno algunos pueblos de la Costa Brava parecen pueblos fantasmas. Sobre todo algunos barrios, los dedicados al turismo, entran en un letargo que los asemeja a esas ciudades de los sueños o las pesadillas: ciudades de edificios altos y apartamentos pequeños en donde suelen ocurrir equívocos de los que uno siempre se arrepiente, sin saber muy bien por qué, tal vez sólo la vaga idea de que aquello que hicimos lo pudimos hacer mejor o, de plano, no hacerlo, no intentarlo, como aquellas batallas que Sun-Tzu o Clausewitz recomendaban no dar nunca, de hecho S-T o C sólo recomendaban las batallas seguras de ganar. El otro día, paseando por uno de estos conglomerados de apartamentos vacíos, creí ver a un amigo. Salía de un edificio fantasma construido en los sesenta, probablemente aquejado de aluminosis, e iba vestido de Rey Mago. Pese al disfraz y a la noche que caía veloz, lo reconocí y lo saludé. Él, por el contrario, tardó en reconocerme. Hacía mucho que no nos veíamos. Lo acompañaban, como es prescriptivo, los otros dos Reyes Magos. No sin sorpresa descubrí que ambos eran negros. Mi amigo me los presentó. Eran dos gambianos que suelen trabajar en los huertos de las afueras de Blanes y que por el momento estaban desocupados. Yo sólo necesitaba un moreno, me dijo, pero no encontré ningún blanco para hacer de Gaspar. Éramos las únicas personas en aquella calle completamente vacía. ¿Y qué hacéis aquí?, le pregunté. Vivo en uno de estos apartamentos, me dijo mi amigo. Aquí tengo la ropa de Oriente, aquí nos cambiamos. Los acompañé hasta el coche. ¿Qué pasará si un niño os hace notar que sobra un negro y falta un blanco?, le pregunté antes de que se marcharan. Mi amigo se rio y dijo que los tiempos cambian. Y los niños son los primeros en saberlo.
"Patagonia"
SYLVIA MOLLOY
Últimamente me interesan textos de viajeros a la Patagonia. Cedo a una moda de lectura, lo sé. Pero más allá de ese interés más o menos cultural, la Patagonia marca recuerdos de infancia, sobre todo uno. Mi padre, gerente de un frigorífico, viajaba de vez en cuando a Río Gallegos. Acaso mi recuerdo sea de su primer viaje, si no no entiendo tanta ceremonia. Llega un auto del frigorífico de madrugada y mi madre, mi hermana y yo acompañamos a mi padre a Aeroparque, para despedirlo. En ese entonces (hablo de mediados de los cuarenta) Aeroparque consta de una serie de galpones descuidados y, a esa hora (que no necesariamente era de madrugada, en invierno todavía es de noche a las seis), prácticamente deshabitados. Un mozo cansado, detrás de un mostrador, prepara café. Tiene la radio encendida, oigo una música que durante mucho tiempo recordaré como la música más triste que conozco. Tendré ocho años. Desayunamos, nos despedimos de mi padre, mi madre lagrimea (esto parecería confirmar que se trataba del primer viaje), le dice volvé pronto, viejo. El automóvil del frigorífico nos lleva de vuelta a casa. Empieza a clarear. Creo también que llueve, pero esto quizá sea recuerdo de un film cuyo título no necesito citar.
A este recuerdo, insólito (¿por qué saldría ese avión de madrugada, por qué habremos ido a despedir a mi padre?), se agrega otro, que también se vuelve cifra, para mí, de la Patagonia. Mi padre me cuenta al regreso de uno de sus viajes, acaso ese, el primero, que un viento brutal suele barrerla, un viento tan fuerte, dice, que suele tumbar a las ovejas y estas, impedidas por la abundante lana, no consiguen ponerse de pie y se quedan allí, tumbadas de costado, hasta que se mueren. A veces, antes de morir, los caranchos les comen los ojos. Hasta el día de hoy no entiendo por qué me contaba mi padre esta historia, sabiendo que me gustaban los animales, sabiendo que me impresionaría.
Años más tarde, ya adolescente, escuché de nuevo la música triste de aquella madrugada en Aeroparque y pregunté que era. Heartache, me contestaron.
"Freaks"
MARIA FERNANDA AMPUERO
Mirar el reloj. Ver la manecilla grande girar hasta llegar a las doce. Gritar llegaron las vacaciones. Correr a la camioneta familiar y trepar con cuidado. Esquivar los cocachos de los hermanos. Aguantar que digan marica, mariquita, maricón, maricueco, marinero, mariposa, mariposón, muerdealmohadas, soplanucas, meco, trolo, sopa, badea, puto, desviado, niña, choto, cueco, galleta, loca, hasta que se cansan. Levantar la cara y sentir el viento cambiar, hacerse más puro, más lindo. Oler el mar desde lejos y sonreír. Esquivar nuevos cocachos. Escuchar otra vez lo de por qué eres así, párate como hombre, qué es esa mano. Abrazar a la abuela. Comer el pescado recién muerto con el ojo aún brillante. Correr a la playa. Correr como un perro. Correr y correr con todo lo que dan las piernas. Lanzarse al agua. Dar grititos de alegría. Bañarse en la espuma. Sumergirse a lo más profundo. Aguantar la respiración tanto que parece que el aire ya no es necesario. Bajar y bajar. Tocar las estrellas de mar, los corales, las tortugas marinas que pastan como vaquitas acorazadas. Rogar por un rato más en el agua antes de volver a casa. Resignarse. Secarse. Comer. Hacer la siesta. Despertar colorado de sol y calor. Visitar el pueblo con su circo y su mercado. Entrar a una de las carpas y ver por primera vez al cabezón. Arrugar la nariz del espanto de la mierda. Cubrirse la boca con el pañuelo. Aguantar la náusea que sube el pescado sin digerir hasta el pecho y llena los ojos de lágrimas. Mirar al cabezón, mirarlo bien. Ser mirado por él. Preguntar qué le pasa a ese niño, por qué tienen a ese niño entre los chanchos y la porquería de los chanchos, dónde están los padres de ese niño. Agarrar la mano de mamá con miedo. Bajar los ojos ante la mirada del cabezón. Volver a subirlos para encontrarlo llorando, extendiendo los bracitos a la gente que lo mira. Controlar la arcada cuando un chancho primero olisquea al cabezón y luego se hace caca casi sobre él. Espantar las moscas y los moscardones. Escuchar a mamá decir pobrecito y a papá decir qué bestia y a los hermanos puto asco ese monstruo. Insistir que hay que ayudarlo, llamar a la policía, llevárselo de ahí. Gritar. Entender que nadie, ninguno de los adultos que mira con asco al cabezón y se tapa la nariz con la mano, va a hacer nada. Ocultar las lágrimas al ver que el cabezón, después de llorar y berrear, dormita con su pulgar mugriento metido en la boca. Rabiar por ser demasiado joven para meterse en la porqueriza, levantarlo en brazos, llevárselo primero a bañar y luego a comer. Negarse a irse. Recibir un golpe en el hombro de uno de los hermanos y un empujón del otro. Volver a escuchar durante todo el camino a casa la retahíla que empieza con marica. Soñar que los chanchos se comen al cabezón, que el cabezón muerto le grita que por qué no hizo nada para ayudarlo, que lo persigue por la playa apenas sostenido por esas piernas ridículas al lado del tamaño de su cabeza, un niño cangrejo. Despertar bañado en sudor y temblando. Esquivar a los hermanos que lanzan golpes y preguntan si la niña se asustó por una pesadilla. Verlos hacer una imitación de que lo que ellos creen que es una niña asustada. Callar. Levantarse al amanecer. Ayudar a la abuela con el desayuno. Recoger los huevos a pesar del vendaval de cacareos y plumas de las gallinas. Agradecer las monedas de la abuela. Desayunar mirando a cada uno de los miembros de la familia. Ver el pan desaparecer en segundos en las mandíbulas de sus hermanos. Ver la frente del papá, siempre tan llena de arrugas, detrás del periódico. Ver la forma tan triste con la que mamá sostiene la taza. Devolver la mirada a la abuela que sabe, que entiende, que le dice te quiero sin decir palabra. Correr al pueblo. Buscar al borracho que cuida la entrada del circo. Poner las monedas de la abuela en esa palma mugrienta. Temer a esa sonrisa negra y viciosa, a esa lengua que asoma, a esa mano rápida que lo quiere tocar. Entrar a la porqueriza donde duerme el cabezón. Espantar a los chanchos que se alejan gruñendo. Levantarlo en sus brazos. Sorprenderse de lo que poco que pesa. Acercarlo a su cuerpo. Sonreír. Huir del borracho que le grita que qué hace con el monstruo, que si le quiere hacer alguna cosa tiene que pagar más. Salir otra vez al sol con el cabezón en brazos como una madre orgullosa de su criatura. Alejarse del circo y del borracho que llama a gritos a los otros para que detengan al mariconcito que se está robando al cabezón. Correr hacia el acantilado susurrando que todo va a estar bien, que van a estar bien, que todo eso se va a acabar, lo feo, los chanchos, las miradas asqueadas de la gente, los coscorrones, el miedo. Llegar a la cima con la gente del circo pisándoles los talones, gritando qué haces, maricón estúpido. Mirar al cabezón que sonríe con su boca sin dientes y sus ojitos brillantes de pescado y que le dice sin hablar hermano, hermano. Lanzarse al mar. Sentir que durante la caída las piernas se juntan en una sola y que va creciendo, rápida y violenta, una cola que al chocar con el agua levanta una espuma iridiscente, cegadora de tan hermosa.
"El infinito en un junco"
(Capítulo 52)
IRENE VALLEJO
Quiere ser famoso a cualquier precio. Nunca ha destacado en nada pero se rebela contra la idea de ser uno más. Sueña en secreto que la gente lo reconoce por la calle, cuchichea y lo señala. Una voz interior le susurra que algún día se convertirá en una celebridad, como los campeones olímpicos o los actores que seducen al público boquiabierto.
Ha decidido que hará algo grande; solo le falta descubrir qué.
Un día trama por fin un plan. Incapaz de realizar proezas, siempre puede pasar a la historia como destructor. En su ciudad se encuentra una de las siete maravillas del mundo, que vienen a visitar reyes y viajeros desde tierras muy lejanas. En un promontorio rocoso, encaramado entre nubes, el templo de Artemisa domina todos los barrios de Éfeso. Hicieron falta ciento veinte años para construirlo. La entrada es un espeso bosque de columnas. En su interior, forrado de oro y plata, descansa la imagen sagrada de la diosa que cayó del cielo, además de las valiosas esculturas de Policleto y Fidias, y fantásticas riquezas.
La noche sin luna del 21 de julio del año 365 a. C., mientras en la remota Macedonia nacía el gran Alejandro, él se desliza entre las sombras y trepa por los escalones que llevan al Artemisio. Los guardianes nocturnos duermen. En el silencio roto por los ronquidos, se apodera de una lámpara, derrama aceite y prende fuego a las telas que adornan el interior. Las llamas lamen el tejido y suben hasta el techo. Al principio, el incendio repta lentamente pero cuando consigue herir las vigas de madera empieza la rápida danza del fuego, como si el edificio llevase siglos soñando con arder.
Él mira hipnotizado las llamaradas que rugen y se enroscan. Luego sale tosiendo del edificio para ver cómo ilumina la noche. Allí, los guardias lo capturan sin problemas. Lo arrojan encadenado a un calabozo, donde es feliz durante unas horas solitarias, aspirando el olor a humo. Cuando lo torturan, confiesa la verdad: que había planeado incendiar el edificio más bello del mundo para ser conocido en el mundo entero. Cuentan los historiadores que todas las ciudades de Asia Menor prohibieron , bajo pena de muerte, revelar su nombre, pero no lograron borrarlo de la historia. Figura en todas las enciclopedias, incluidas las virtuales. El escritor Marcel Schwob fue su biógrafo en un capítulo de las “Vidas imaginarias”. También Sartre le dedicó un relato corto. Ha prestado su nombre al trastorno psicológico de quienes, solo por aparecer unos minutos en televisión o ascender a los más vistos en YouTube, son capaces de hacer cualquier barbaridad gratuita. El exhibicionismo a toda costa no es un fenómeno exclusivamente contemporáneo.
Su nombre maldito era Eróstrato. En su memoria, el deseo patológico de popularidad ha venido a llamarse síndrome de Eróstrato.
El incendio que provocó para catapultarse a la fama dejó reducido a cenizas aquel rollo de papiro que Heráclito había regalado a la diosa. Irónicamente, el filósofo creía que de manera cíclica el fuego aniquila el universo y en su obra profetizaba una conflagración cósmica final. No sé el universo, pero los libros —que en todas sus formas arden bien— tienen un triste historial de destrucción entre las llamas.
"El patito"
ALEJANDRO SOLYENITZIN
Un pequeño patito amarillo cojea y se cae cómicamente sobre su pancita blanca en el pasto mojado. Corre delante de mí y chilla “¿dónde está mi mamá? ¿Dónde están todos?…”
Pero no es su mamá, es una gallina; le pusieron un huevo de pato y lo empolló con los suyos, sin hacer diferencia alguna.
Ahora que se aproxima el temporal pusieron su casita, un viejo canasto roto, bajo techo y la cubrieron con una bolsa. Todos están allí, salvo éste que se extravió.
Ven pequeñuelo, ven a mis manos.
¿Cómo se afirma en esto la vida? Ningún peso, ojos negros como perlitas, patitas como de gorrión. Lo estrechas y no existe más. Y sin embargo es calentito. Su piquito rosa pálido ya es ancho, las piernecitas ya lucen sus membranas, se notan las alas plumosas y es amarillo como los de su estirpe. Y ya se diferencia por el carácter, de sus hermanos adoptivos.
Nosotros pronto volaremos a Venus. Nosotros. Si todos nos pusiéramos a la obra, en veinte minutos labraríamos todo el mundo… Pero, nunca, nunca, con todo nuestro potencial atómico podremos componer en una probeta, aunque nos den plumas, carne y huesitos, este imponderable, pequeño, lastimoso patito amarillento.
"Por qué escribo/2"
EDUARDO GALEANO
Si no recuerdo mal, creo que fue Jean-Paul Sartre quien dijo:
“Escribir es una pasión inútil”.
Uno escribe sin saber muy bien por qué o para qué, pero se supone que tiene que ver con las cosas en las que más profundamente cree, con los temas que lo desvelan.
Escribimos sobre la base de algunas certezas, que tampoco son certezas full time. Yo, por ejemplo, soy optimista según la hora del día.
Normalmente, hasta el mediodía soy bastante optimista. Después, de doce a cuatro, se me cae el alma al piso. Se me acomoda en su lugar de nuevo hacia el atardecer, y en la noche se cae y se levanta, varias veces, hasta la mañana siguiente, y así…
Yo desconfío mucho de los optimistas full time. Me parece que son resultado de un error de los dioses.
Según los dioses mayas, fuimos todos hechos de maíz, por eso tenemos tantos colores diferentes como tiene el maíz. Pero antes hubo algunas tentativas muy chambonas que les salieron pésimo. Una dio como resultado el hombre y la mujer de madera.
Los dioses estaban aburridos y no tenían con quién conversar, porque estos humanos eran iguales a nosotros pero no tenían nada que decir ni cómo decirlo porque no tenían aliento. Siempre pensé que si no tenían aliento, tampoco tenían desaliento. El desaliento es la prueba de que uno tiene aliento. Así que tampoco viene tan mal que a uno se le caiga el alma al piso, porque es una prueba más de que somos humanos, humanitos nomás.
Y como humanito, tironeado por el aliento o el desaliento, según las horas del día, sigo escribiendo, practicando esa pasión inútil.
"La polilla en la llama"
TRUMAN CAPOTE
Primera Parte
Em se había pasado toda la tarde tirada en la cama de acero. Un pedazo de manta le cubría las piernas. Estaba allí tirada y pensaba. El tiempo estaba frío aun para Alabama.
George y los demás hombres del campo estaban buscando a la vieja loca de Sadie Hopkins. Se había escapado de la cárcel. Pobre vieja Sadie, pensó Em, corriendo por todos esos pantanosy campos. Solía ser una chica tan linda. Sólo que se metió con los tipos equivocados, supongo. Y se volvió completamente loca.
Em miró por la ventana de su cabaña; el cielo estaba oscuro, color gris pizarra, y en los campos los surcos parecían congelados. Tiró de la manta para taparse un poco más. El lugar era realmente solitario, no había otra granja a seis kilómetros a la redonda, campos de un lado, pantano y bosque del otro. Sintió que tal vez había nacido para estar sola, igual que cierta gente nacía ciega o sorda.
Miró la pequeña habitación, las cuatro paredes que la rodeaban. Se sentó en silencio, escuchando el reloj despertador barato, tic tac, tic tac.
De pronto, la sensación más extraña trepó por su espalda, una sensación de miedo y horror. Sintió un hormigueo en el cuero cabelludo. Supo, como en un destello de luz enceguecedora, que había alguien que la miraba, alguien parado muy cerca que la miraba con ojos fríos, calculadores, dementes.
Por un momento permaneció tan inmóvil que pudo escuchar el latido de su corazón, y el reloj sonó como una maza golpeando contra un tronco hueco. Em supo que no estaba imaginando cosas; supo que su miedo tenía una razón de ser; lo supo por instinto, un instinto tan claro y vital que le invadió todo el cuerpo.
Se levantó despacio y examinó todo el cuarto. No vio nada; y sin embargo, sentía que alguien estaba mirándola, siguiendo cada uno de sus movimientos.
—¿Quién está allí? ¿Qué quiere?
Sus preguntas tropezaron con el silencio. Pese al frío real que hacía, sintió que se acaloraba; le ardían las mejillas.
—Sé que está ahí —gritó histéricamente—. ¿Qué es lo que quiere? ¿Por qué no sale a la luz? Vamos, salga…
Entonces escuchó una voz cansada, asustada, a sus espaldas.
—Soy yo, Em. Sadie. Sadie Hopkins.
Em se dio vuelta. La mujer parada frente a ella estaba semidesnuda, y el pelo le colgaba salvaje de la cara arañada y magullada. Sus piernas estaban completamente manchadas de sangre.
—Em —suplicó—, por favor, ayúdame. Estoy cansada y hambrienta. Escóndeme en alguna parte. No dejes que me atrapen, por favor. Me lincharán; creen que estoy loca. No estoy loca y tú lo sabes, Em. Por favor —lloraba.
Em estaba demasiado impactada y perpleja para contestar. Tropezó y se sentó en el borde de la cama.
—¿Qué estás haciendo aquí, Sadie? ¿Cómo has entrado?
—Por la puerta de atrás —contestó la loca—. Tenía que esconderme en alguna parte. Vienen hacia aquí por los pantanos y pronto me encontrarán. Oh, yo no quería hacerlo; no quería hacerlo, Em. Dios sabe que no quería.
Em la miró impasible.
—¿De qué estás hablando? —preguntó.
—Ese chico Henderson —gritó Sadie—. Me dio alcance en el bosque. Me agarraba y me arañaba y llamaba a gritos a los demás. Yo no sabía que hacer. Estaba asustada. Lo hice caer; se cayó de espaldas y salté sobre él y le pegué en la cabeza con una piedra grande. Simplemente no podía parar de pegarle. Lo único que quería era desmayarlo, pero cuando miré… ¡Oh, Dios!
Sadie se apoyó contra la puerta y soltó una risita y luego empezó a reirse. Pronto su risa salvaje e histérica llenó toda la sala. Había caído la noche, y las resplandecientes llamas de la chimenea de piedra caliza dibujaban extrañas sombras en la sala. Bailaban en la negrura de los ojos de la mujer demente; parecían empujar su histeria hacia un frenesí aún más salvaje.
Em estaba sentada en la cama, horrorizada y perpleja, los ojos llenos de desconcierto y terror. Estaba hipnotizada por Sadie y su risa oscura y malvada.
—Me dejarás quedarme, ¿verdad, Em? —chilló la mujer. Entonces miró a Em a los ojos y dejó de reirse—. Por favor, Em —suplicó—. No quiero que me atrapen. No quiero morir; quiero vivir. Ellos me hicieron esto; ellos me hicieron como soy.
Miró hacia el fuego. Sabía que tendría que irse. Y enseguida preguntó:
—Em, ¿qué parte del pantano no iban a cubrir hoy?
Deliberadamente, Em se incorporó, con los ojos ardiendo en lágrimas histéricas.
—No van a cubrir el sector Hawkins hasta mañana.
Apenas dijo la mentira, sintió que el estómago se le encogía; sintió que se desmoronaba.
—Adiós, Em.
—Adiós, Sadie.
Sadie salió por la puerta del frente y Em la miró hasta que llegó al borde del pantano y desapareció en sus oscuras profundidades selváticas.
Segunda Parte
Em se derrumbó en la cama y se puso a llorar. Lloró hasta que cayó en un sueño febril. La despertó el sonido de unos hombres que hablaban. Miró hacia el patio oscuro y vio a George y a Hank Simmons y a Bony Yarber acercándose a la casa.
Se incorporó rápido, tomó un trapo húmedo y se limpió la cara. Prendió una lámpara en la cocina y estaba sentada leyendo cuando los hombres entraron.
—Hola, cariño —dijo George, dejándole un beso en la mejilla—. Dios, estás ardiendo. ¿Te sientes bien?
Asintió con la cabeza.
—Hola, Em —dijeron los otros dos hombres.
No se molestó en responder el saludo. Siguió sentada leyendo. Ellos bebieron un poco de agua del cucharón.
—El agua sabe muy bien —dijo George—, pero qué les parece algo un poco más fuerte, ¿eh? —dijo codeando a Bony.
De pronto Em posó su revista. Los miró con cautela.
—¿Ya… ya —su voz tembló un poco— encontraron a Sadie?
—Sí —contestó George—, la encontramos en uno de esos remolinos que hay en las partes fangosas de Hawkins en el pantano. Se ahogó. Se suicidó, supongo. No hablemos de eso. Fue horrible, por Dios. Fue…
Pero no terminó. Em saltó de la mesa, derribó la lámpara y se precipitó al dormitorio.
—Me pregunto qué demonios le estará pasando —dijo George.
"Los zapatos rotos"
NATALIA GINZBURG
Yo tengo los zapatos rotos y la amiga con la que vivo en este momento también tiene los zapatos rotos. Cuando estamos juntas hablamos con frecuencia de zapatos. Si le hablo del tiempo en que seré una vieja escritora famosa, ella enseguida me pregunta: «¿Qué zapatos tendrás?» Entonces yo le digo que unos zapatos de gamuza verde, con una gran hebilla dorada al costado.
Yo pertenezco a una familia donde todos llevan zapatos fuertes y en buen estado. Mi madre tuvo incluso que encargar que le hicieran un armarito especial para poner los zapatos, de tantos pares como tenía. Cuando vuelvo con mi familia, lanzan gritos de indignación y dolor al ver mis zapatos. Pero yo sé que también se puede vivir con los zapatos rotos. En la época alemana estaba sola aquí, en Roma, y no tenía más que un par de zapatos. Si los hubiese llevado al zapatero habría tenido que pasarme dos o tres días en la cama, cosa que no me era posible. Así, seguí llevándolos, y para colmo, cuando llovía, los notaba romperse lentamente, hacerse blandos e informes, y sentía el frío del empedrado bajo la planta de los pies. Es por esto por lo que incluso ahora llevo siempre los zapatos rotos, porque me acuerdo de aquellos y, en comparación, no me parecen tan rotos, y si tengo dinero prefiero gastármelo en otras cosas, porque los zapatos ya no me parecen algo muy esencial. Al principio fui mimada por la vida, siempre rodeada de afecto tierno y atento, pero ese año, aquí en Roma, estuve sola por primera vez, y por eso Roma me es querida, aunque esté para mí cargada de historia, cargada de recuerdos angustiosos, de pocas horas dulces. También mi amiga tiene los zapatos rotos, y por eso mismo nos sentimos a gusto estando juntas. Mi amiga no tiene a nadie que la regañe por los zapatos que lleva, sólo tiene un hermano que vive en el campo y se pasea con unas botas de cazador. Ella y yo sabemos lo que pasa cuando llueve, y las piernas están desnudas, y en los zapatos entra el agua, y entonces se oye ese pequeño ruido a cada paso, esa especie de chapoteo.
Mi amiga tiene el rostro pálido y varonil, y fuma con una boquilla negra. Cuando la vi por primera vez, sentada a una mesa, con las gafas de montura de carey y su cara misteriosa y altiva, con la boquilla negra entre los dientes, pensé que parecía un general chino. Entonces yo no sabía que llevaba los zapatos rotos. Lo supe más tarde.
Nos conocemos desde hace apenas unos meses, pero es como si nos conociéramos desde hace años. Mi amiga no tiene hijos; yo, en cambio, tengo hijos, y a ella le resulta extraño. Nunca los ha visto más que en foto, porque están en provincias con mi madre, y también esto es muy extraño entre nosotras, que ella no haya visto nunca a mis hijos. En cierto modo ella no tiene problemas, puede ceder a la tentación de mandarlo todo a paseo; yo, en cambio, no puedo. Mis hijos viven, pues, con mi madre, y hasta ahora no llevan los zapatos rotos. Pero ¿cómo serán de mayores? Quiero decir: ¿qué zapatos llevarán de mayores? ¿Qué camino elegirán para sus paseos? ¿Decidirán excluir de sus deseos todo aquello que es agradable pero innecesario, o afirmarán que todas las cosas son necesarias y que el hombre tiene derecho a llevar en los pies zapatos fuertes y en buen estado?
Mi amiga y yo hablamos mucho de esto, y de cómo será entonces el mundo, cuando yo sea una vieja escritora famosa, y ella recorra el mundo con una mochila al hombro, como un viejo general chino, y mis hijos vayan por su camino, con zapatos fuertes y en buen estado en los pies y el paso firme de quien no renuncia, o con los zapatos rotos y el paso largo e indolente de quien sabe lo que no es necesario.
A veces concertamos matrimonios entre mis hijos y los hijos de su hermano, el que se pasea por el campo con las botas de cazador. Hablamos así hasta altas horas de la madrugada, y tomamos té cargado y amargo. Tenemos un colchón y una cama, y todas las noches nos jugamos a pares y nones quién duerme en la cama. Por la mañana, cuando nos levantamos, nuestros zapatos rotos nos esperan sobre la alfombra.
Mi amiga dice que a veces está harta de trabajar y que le gustaría mandar todo a paseo. Quisiera encerrarse en una taberna de mala muerte y beberse todos sus ahorros, o bien meterse en la cama y no pensar ya en nada, y dejar que vengan a cortarle el gas y la luz, dejar que todo se vaya a la deriva poco a poco. Dice que lo hará cuando yo me haya ido. Porque nuestra vida en común durará poco, no tardaré en partir y volver junto a mi madre y mis hijos, a una casa donde no me estará permitido llevar los zapatos rotos. Mi madre se ocupará de mí, me impedirá utilizar alfileres en lugar de botones, y escribir hasta altas horas de la madrugada. Yo, a mi vez, me ocuparé de mis hijos, venciendo la tentación de mandarlo todo a paseo. Volveré a ser seria y maternal, como me ocurre siempre cuando estoy con ellos, una persona a la que mi amiga no conoce en absoluto.
Miraré el reloj y llevaré la cuenta de las horas, vigilante y atenta a todo, y me preocuparé de que mis hijos tengan siempre los pies secos y calientes, porque sé que así debe ser, si se puede, al menos, en la infancia. Es más, tal vez, para aprender después a caminar con los zapatos rotos, sea conveniente tener los pies secos y calientes cuando se es niño.
"Las gaitas escocesas"
ANA MARÍA SHUA
A partir de un fallo judicial de 1746, los ingleses consideraron que la gaita escocesa era un arma de guerra y la prohibieron. Sobrevivió en secreto, oculta en la casa de los más valientes, lista para reaparecer un siglo después en brazos de los gaiteros escoceses, siempre en primera línea de fuego. Durante la Primera Guerra Mundial, las bajas entre los gaiteros fueron enormes. Iban siempre al frente de las tropas, tocando durante el combate para animar a su gente, pero no podían correr, agacharse ni protegerse adecuadamente, debido al tamaño y al peso del instrumento. Por esa razón, en la Segunda Guerra Mundial el Alto Mando Británico prohibió su presencia en el frente de batalla. Un solo gaitero, el famoso Bill Millin, tocó el día D en el desembarco de Normandía, y los francotiradores alemanes no le dispararon porque creían que estaba loco.
En la Tercera Guerra Mundial los ingenieros escoceses crearon gaitas que, además de tocar la fervorosa música tradicional, eran capaces de disparar proyectiles. En la Cuarta Guerra Mundial quedaban muy pocas gaitas, la mayor parte había desaparecido con los uniformes, buena parte de las armas y el conocimiento necesario para volver a producirlos. En la Quinta Guerra Mundial, los pocos sobrevivientes que se enfrentaron eran sordos.
"La habitación perdida"
EMMANUEL CARRÈRE
Leí en otro tiempo un librito fascinante de Roger Caillois que se titula “La incertidumbre que nos dejan los sueños”. En él cuenta algo que siempre me ha obsesionado. El soñador es un hombre que camina por el barrio de Ternes. Sabe adónde va y está contento de ir allí. El trayecto desde la estación de metro en que se ha apeado es familiar para él. Podría hacerlo con los ojos cerrados, podría describirlo con una precisión extrema, y si le gusta tanto recorrerlo es porque conduce hasta una calle, hasta un edificio donde vive una mujer con la que mantiene desde hace diez años una relación absolutamente secreta, y esta relación es lo más valioso que posee en el mundo. Cada quince días, tal como han acordado, él se apea en el metro Ternes, camina cinco minutos hasta una callejuela tranquila y hasta el edificio burgués donde se encuentra la vivienda de esta mujer. Ella le abre, se besan, la puerta se cierra tras ellos, las horas siguientes solo les pertenecen a los dos. En esta burbuja de espacio y de tiempo, totalmente al abrigo del mundo exterior, todo es deseo, ternura, quietud, entendimiento de los cuerpos, conversación murmurada. Los dos saben que nada de esto sería posible si vivieran juntos, como alguna vez han pensado hacer. El amor entre los dos se desarrolla en secreto y piensan que protegido de este modo durará para siempre. Hasta que uno de los dos muera se encontrarán cada quince días en la paz de este piso hacia el cual el hombre se dirige con paso confiado. Baja, pues, por la avenida a la que da la calle que contiene su felicidad. Ha debido de distraerse, ha pasado de largo, nunca le ha ocurrido. Desanda el camino. Y no encuentra la calle. Está la calle de arriba y la calle de abajo y conoce las dos perfectamente, pero la que busca y que debería estar entre las dos ya no está. No es posible, piensa el hombre, conozco este trayecto de memoria, de la avenida a la calle, de la calle al edificio, del edificio al piso. Pero apenas lo piensa se percata de que en realidad ya no se acuerda de nada: ni de la calle que acaba de desaparecer ni del edificio ni del piso cuya superficie podría haber dibujado de memoria y que se ha tragado el olvido, ni siquiera de la cara de esa mujer que ha sido en secreto el gran amor de su vida. Ya no se acuerda de su cara, ya no se acuerda de su voz, ya no se acuerda de las palabras que ella le decía, ya no se acuerda su nombre. Ya nada de eso existe porque comprende que nada de eso ha existido nunca. Esa mujer maravillosa, esa relación encantada, todo eso no era más que un sueño y en ese momento, cuando cobra conciencia de que lo más precioso que le ha dado la vida no era más que un sueño, el hombre despierta. Y ahora sucede lo más conmovedor de este relato de Roger Callois: todo esto solo era un sueño, un sueño clásico de angustia, pero el soñador tiene en la realidad el mismo sentimiento de absoluta congoja que su doble en el sueño. Ese bien tan preciado –la mujer, la relación, el secreto compartido– solo lo ha poseído en sueños y solo se ha visto desposeído de él en el sueño, todo ha transcurrido en un segundo, pero en este segundo se han desarrollado diez años de amor loco y lo que queda es su pérdida. Es como si ese bloque de un pasado maravilloso le hubiese sido concedido para siempre y acabaran de quitárselo para siempre, dejándolo desconcertado, viudo, en el vértigo de la pérdida, y cada vez que recuerdo este sueño que ha tenido o inventado Roger Callois, como yo hago ahora en la cafetería de Saint-Anne, siento a mi vez ese desconcierto, esa viudedad, ese vértigo que me suscita el deseo no solo de morir sino de estar muerto, de no haber existido yo tampoco jamás.
"La máscara de la Muerte Roja"
EDGAR ALLAN POE
La “Muerte Roja” había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era su encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía.
Y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil robustos y desaprensivos amigos de entre los caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era esta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse o meditar. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.
Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.
Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitidme que antes os describa los salones donde se celebraba. Eran siete —una serie imperial de estancias—. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta yardas había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pesados pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un profundo color de sangre.
A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero, cuyos rayos proyectábanse a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que, a través de los cristales de color de sangre, se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies.
En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta minutos (que abarccan tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye), el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.
Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba.
El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, y su gusto había guiado la elección de los disfraces. Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico —mucho de eso que más tarde habría de encontrarse en Hermani—. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes; veíanse fantasías delirantes, como las que aman los maníacos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.
Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden —apenas han durado un instante—, y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose de aquí para allá con más alegría que nunca coloreándose al pasar ante las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquel cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.
Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesación angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzose al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia.
En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aun el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto; aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata. Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionose en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero, al punto, su frente enrojeció de rabia.
—¿Quién se atreve —preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban—, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apoderaos de él y desenmascaradlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!
Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.
Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y deliberado. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a una yarda del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente, pero con el mismo solemne y mesurado paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la rabia y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercose impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando esta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyose un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto.
Reuniendo el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.
Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre, y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.
"La hora azul"
CÉSAR AIRA
En la terraza del Gallo, E. y yo esperamos “la hora azul”; traductores experimentados los dos, ella al alemán, yo al castellano, queremos comprobar con los hechos, con el color de la realidad, si nuestras respectivas traducciones de «l’heure bleu» francesa coinciden con el azul del cielo de cristal de Buenos Aires. Me temo que no sigo bien la conversación desde hace un rato, cuando E. me hizo una cita de Kafka: “Un libro debería ser como el hacha que rompe el mar de hielo que cubre nuestro corazón”. Me pierdo en una ensoñación. La frase puede sonar un poco patética, puede parecer casi el prototipo de las intenciones con las que se hace la mala literatura. Y sin embargo me emociona y me exalta. De pronto la siento como la única verdad que estaba esperando en el centro del laberinto del oficio de escritor. Es un programa, una razón secreta, una esperanza. ¡Yo quiero escribir un libro así!
¿Pero cómo escribirlo? Para empezar, hay que ser un buen escritor, porque un libro así no se hace solo. Y un escritor llega a ser bueno cuando ha aprendido muchas cosas y ha leído muchos libros. No hay un buen escritor salvaje, de eso estoy convencido, por lo menos no lo hay en nuestros tiempos. Hay que hacer un largo camino de estudio, lectura, reflexión. Y ese camino inevitablemente nos aleja de las fuentes del sentimiento. Cada paso que se da en esa dirección agrega un centímetro a la capa de escepticismo e ironía que envuelve nuestros viejos sueños. Ése es el hielo que debe romper el hacha, pero el hacha también es de hielo. Es una paradoja insalvable. Toda la fuerza que podemos reunir en nuestro aprendizaje es una fuerza fría, la fuerza que necesitábamos para demoler creencias ingenuas o gregarias, ideas hechas, sentimentalismos. Así es como el corazón se cubre de un mar de hielo.
La prueba de que Kafka tenía razón es la paradoja misma, la trampa que hace imposible la realización del deseo. El libro hacha es un milagro, y no tenemos derecho a esperar milagros. Pero aun así podemos esperarlo. Hemos hecho tantas cosas irracionales que una más no nos va a hacer daño. Y en el fondo de la paradoja quizá hay algo real y posible, un viejo joven, un civilizado salvaje, un mentiroso que dice la verdad. ¿Por qué no? La literatura es un laboratorio del que pueden salir seres más extraños todavía. Nadie sabe cuál será el resultado final de tantas manipulaciones de la sinceridad y la ironía.
Es como si después de aprender hubiera que desaprender, o recuperar un salvajismo y una violencia que los buenos modales de la cultura nos han hecho perder.
A Kafka no le gustaban las metáforas. Sospechaba, con buenas razones, que eran un recurso más del simulacro para hacerse pasar por la realidad. Deberíamos imitarlo en esa desconfianza. Uno se deja seducir por las bellas imágenes, y termina creyéndoselas. Corremos el peligro de despertarnos un día, después de haber escrito cincuenta libros, y advertir que nunca dijimos nada de lo que nos estaba pasando sino de sus equivalentes en palabras. Pero en este caso quizá la metáfora está justificada, porque parece ser una metáfora “de vuelta”, de regreso hacia lo real. La imagen “de ida” con la que un amigo de la metáfora habría descrito ese libro ideal habría sido la del fuego que derrite el hielo, el amor que vence a la indiferencia. Ahí seguiríamos en el campo de la retórica bienintencionada, y el hielo aprovecharía ese autoengaño para seguir espesándose. El hacha de la revelación empieza abriendo un agujero por el que salir de nuestra infatuación literaria, y sólo entonces podremos empuñarla para quebrar el gran espejo polar.
Claro que también hay que preguntarse para qué serviría. Una vez que el hacha rompa el hielo, ¿qué? ¿Volver a amar? ¿Volver a encender el fuego juvenil de las ilusiones, y alimentarlo con amables metáforas? Sería un resultado bastante decepcionante, pero no nos apresuremos a decepcionarnos, porque seguimos hablando en metáforas. Hasta la palabra “amor” es una metáfora. No sabemos, ni podemos concebir siquiera, lo que pasará cuando llegue la hora azul del cielo.
"Cristo"
MARÍA FERNANDA AMPUERO
Cuando al ñañito le empezó a subir la fiebre fue cuando empezó todo esto. Dejé de ir a la escuela tantos días que empecé a sentir que nunca había ido, que desde que nací lo único que había hecho era cuidar al ñañito. Yo me quedaba en la casa mientras ella se iba a trabajar y le daba las cucharaditas de jarabe rosado cada hora y del jarabe transparente cada cuatro.
Ella me había regalado un reloj de números grandes por mi cumpleaños.
El bebé era livianito, livianito. Era como cargar papel de regalo arrugado en los brazos. No reía. Casi nunca abría los ojos.
Una noche uno de los amigos de mi mamá le hizo un hueco a la puerta del baño cansado de oírlo llorar.
—Cállalo —le decía a mamá—. Que se calle esa criatura de mierda. Calla a ese monstruo, por puta te salió monstruo, mátalo.
Repetía las malas palabras y daba con el puño.
Era mejor que le diera a la puerta del baño y no al ñañito. Y no a ella. Pero un poco le daba a ella también.
No volvimos a ver a ese amigo de mi mamá y se hizo más difícil comprar el jarabe rosado y el jarabe transparente y ella lo hacía durar con un poco de agua hervida.
Ella se apretaba las manos mientras esperaba para sacarle el termómetro a mi ñañito. Le quedaban blancas después. Y hacía un ruidito después de sacudirlo en el aire y mirarlo debajo de la lámpara. Un ruidito de lengua y dientes. Cuando no lo hacía era un día mejor del ñañito.
Algunos fines de semana me mandaba donde los abuelitos.
Mi abuelito Fernando me llevaba primero al cementerio a visitar a su mamá muerta, Rosita. Después nos íbamos a La Palma a tomar Coca-Cola con helado de vainilla. Una niña con su abuelo. Con vestido. Sin hermanos. Hija única. Consentida. Todo eso se acababa muy rápido y enseguida era lunes.
Una tarde, mientras yo veía El Pájaro Loco, el ñañito empezó a llorar. No fui. Tocaba el jarabe rosado. No fui. Quería ver El Pájaro Loco. Entero. Por una vez entero sin mirar el reloj de números grandes, sin medir el jarabe en esa cucharota de plástico blanco, sin luchar para que se lo trague y ensuciarme la ropa y apestar, como siempre, a medicina. Quería oler a niña que ve El Pájaro Loco y nada más. Me reía hasta en las partes que no daban chiste. Muy alto, muy alto, como el Pájaro, para tapar el lloro del ñañito.
Al rato se acabó el programa y empezaron Los Picapiedras. También me lo vi enterito.
Cuando fui, el ñañito ya había dejado de chillar. Lo toqué. Fue como meter los dedos en candela vivita.
Llamé a la vecina y la vecina llamó a mi mamá.
—¿Le diste el jarabe rosado?
Hice que sí con la cabeza.
El médico le mandó un jarabe verde y supositorios.
Mi mamá me enseño a ponerle los supositorios. Yo no quería. El ñañito gritaba como ese perro cafecito al que atropelló un taxi una vez frente a la casa y se quedó ahí tirado, con las tripas fuera, pero vivo. Gritaba igualito, igualito.
Rosado, transparente, verde y supositorio.
Al día siguiente dejamos al ñaño con mis abuelitos y nos fuimos al Cristo del Consuelo. Ese era el barrio negro, el barrio prohibido. Mi mamá y yo éramos ahí como las bolitas de helado de vainilla flotando en la Coca-Cola.
Una señora negra, gordísima, con un pañuelo rojo en la cabeza le dijo a mi mami que tuviera fe.
—Tenga fe, doñita. Este Cristo es milagroso.
Después le pidió plata, unas monedas. ¿Por qué no se la pedía al Cristo? Si era tan milagroso debía estar llenito de monedas, no como nosotras que a veces caminábamos porque no había para el bus.
La señora negra del pañuelo rojo le vendió a mi mamá un niñito como de juguete para que lo colgara del vestido morado del Cristo. Cuando entramos a la iglesia ¡había tantos niñitos de esos! Y corazoncitos y piernitas y bracitos y cabecitas y otras partes que no reconocí. Y fotos y cartas y billetes y dibujos. Una de esas cartas decía «alluda señor, solo tengo nuebe años y cancer».
—¿Mami? —pregunté—. ¿Cómo va a saber el Cristo cuál de todos es mi ñañito?
—Porque Él es muy inteligente.
Olía raro ahí dentro. A viejo, a polvo, a como cuando no me lavo el pelo muchos días, a caliente, a cuando se va la luz.
Antes de irnos, mi mami sacó una botella de agua de salsa de tomate Los Andes y la llenó del agua de un grifo.
—Agua buena —dijo—. Agua del Cristito, agüita santa.
Me dio un trago, pero no sabía a santa, sino a salsa de tomate y un poco a oxidado y pensé que una agua de salsa de tomate, como la que echamos al arroz blanco a fin de mes, cuando ya se está acabando la botella, no podía ser milagrosa. Tenía que saber a dulce de leche, a hamburguesa doble. No saber a probe. Con esa porquería en la boca, sentí ganas de gritarle a todo el mundo que estaba equivocado, que aquí no había más milagro que la señora del pañuelo rojo recibiendo monedas por vender trocitos de cuerpo y cuerpitos enteros para pegar a la falda de un Cristo que sabe a salsa de tomate chirle. Ahí se quedó mi hermanito, o sea, un muñequito tan deforme como él, rodeado de cientos de otros muñequitos igual de horrorosos y cabezas y brazos y piernas y corazones, como si hubiera habido una explosión.
—Él se tiene que quedar ahí —se puso furiosa mi mamá.
Y yo lloré todo el camino a la casa porque me di cuenta de que ella tampoco sabía lo que hacía.
En la casa, mi mami le dio un poco de esa agua al ñañito y se la echó por la cabeza. Él abrió los ojos y enseñó su boca, sus dientes. Por fin. Nos sonreía.
Así, con esa sonrisa, lo pusimos la semana siguiente en una caja blanca, pequeñita, que pagó el barrio con una colecta.
He vuelto a la escuela. Otra vez a cuarto grado, donde soy enorme y no tengo amigos.
Cuando me preguntan si tengo hermanas o hermanos pienso en el niñito que está colgado del manto del Cristo del Consuelo y digo que no.
Ellos no lo entenderían.
"La escopeta"
JUAN CARLOS ONETTI
No era noche cerrada cuando estiré el brazo para encender la lámpara sobre la mesa. Era necesario que terminara de escribir mi artículo antes del alba y correr para echarlo en el buzón y esperar acurrucado que volviera el cartero entre la bruma que el amanecer iba castigando con látigo del color exacto de la sangre fresca y brillante. Volvía muy gordo y tranquilo trayéndome el cheque mensual y era necesario apurarse y no fue más que encender la luz y oír el ruido de alguien tratando de forzar la cerradura y alrededor de mí la soledad de la aldea desierta, inmovilizada por la luna vertical justo en el centro geométrico del mundo tan inmenso con tantos millones de camas donde balbuceaban sus sueños personas diversas y dormidas, cada una con un hilo de baba rozando la mejilla y estirándose con dibujos raros en la blancura de las almohadas. Hasta que salté y me puse a un costado de la puerta preguntando muchas veces con un ritmo invariable quién es, qué quiere, qué busca. Y un silencio y el forcejeo rodeó la casita y continuó trabajando en una de las ventanas, no recuerdo cuál, impulsándome en dos movimientos sucesivos, casi sin pausas, a matar con la palma de la mano la luz de la mesa y abrir el armario para sacar la escopeta y luego caminando de una ventana a la otra y de una ventana a la puerta, según variaban los ruidos del ladrón, siempre preguntando hasta la ronquera qué busca, haciendo girar la escopeta, oliendo crecer desde el pecho y las axilas el olor tenebroso del miedo y la fatalidad.
Después de una pausa y un pequeño ruido de papeles, el hombre de la bata blanca habló detrás de mi nuca. Su voz era átona:
—Éste sí que es fácil. Un sueño elemental. Hasta un niño podría interpretarlo. Yo soy el ladrón que busca saber, entrar en su ego. ¿Por qué tanto miedo?
"Aniversario de Baudelaire"
CÉSAR VALLEJO
París, mayo de 1928
En el cementerio de Montparnasse se ha conmemorado el aniversario de la muerte de Charles Baudelaire. Ha sido una escena de pura riñonada estética y de una sencillez casi vegetal.
La ceremonia tuvo lugar ante el monumento del poeta, que es una de las piedras sepulcrales más hermosas de París. Su contenido es de una significación directa, y a la vez, muy original. El escultor cogió un bloque de piedra, lo abrió en dos extremidades y modeló un compás. Tal es la osamenta del monumento. Un compás. Un avión, una de cuyas alas se arrastra por el suelo, por su mucho tamaño. Como en el albatros simbólico. La otra mitad lapídea se alza perpendicularmente a la anterior y presenta en su parte superior un gran murciélago de alas extendidas. Sobre este bicho vivo y flotante, reposa una gárgola, cuyas manos sostienen un mentón cogitabundo, vigilante y casi agresivo.
Otro escultor habría cincelado, en lugar de un murciélago, el heráldico gato del aeda. El de esta piedra hurgó más hondamente y eligió el murciélago, ese binomio zoológico, entre mamífero y pájaro, esa imagen ética —entre luzbel y ángel— que tan bien encarna el espíritu de Baudelaire. Porque el autor de “Las flores del mal” no fue el diabolismo en el sentido católico de este vocablo, sino una elevada suma de dos grandes sumandos inseparables: la rebelión y la inocencia. La rebelión no es posible sin la inocencia. Se rebelan solamente los niños y los ángeles. La malicia no se rebela nunca. ¿Dadme un hombre viejo rebelándose? Sería imposible. El viejo puede únicamente despecharse y amargurarse, pero no rebelarse. Tal Voltaire. La rebelión es fruto del espíritu inocente. Y el gato lleva en todas sus patas la malicia.
En cambio, el murciélago —ese ratón alado de las bóvedas, esa híbrida pieza de plafones— tiene el instinto de la altura y, al mismo tiempo, el de la sombra. Es natural del reino tenebroso y, a la vez, es habitante de las cúpulas. Por su doble naturaleza —de vuelo y de tiniebla— se diría que posee la sabiduría en la sombra y se diría que cae para arriba…
Ha sido, pues, ante esta auténtica piedra de catedral y ante una muchedumbre reverente, que Gustave Khan ha pronunciado un discurso sobre el culto a los grandes artistas del mundo, entre los cuales, dijo, Baudelaire ocupa un lugar eminente. M. Valmi Baysse dijo luego la influencia creciente de Baudelaire en las literaturas extranjeras.
Damas particulares unas y artistas de la Comedia Francesa y del Odeón otras, recitaron versos del poeta, entonando así la escena de un inefable tinte humano y viviente y comunicándole una simplicidad de trance natural y libre, despojado de todo aire de gremio o capilla.
La voz de contralto de una artista dijo “El extranjero”. Otra recitó, con una unción realmente conmovedora, “La invitación al viaje”. M. Alexandre hizo una declamación suprema de “La danza macabra” y M. Lambert, otra no menos cautivadora, de “La muerte de los amantes”.
El grupo de la posteridad se deshizo por el lado de la estatua “Souvenir”. Entre las deshojadas avenidas, el viento se quedaba cantando en dos silencios, su silencio.
Mundial, Nº 421, Lima, 6 de julio 1928.
"Como me gustaría morirme"
ENRIQUE VILA-MATAS
Fingirse borracho en compañía de John Huston, tal vez sea esto lo que más me ha divertido en la vida. Nunca olvidaré aquellas noches en Nueva Orleans. En una de ellas, le oí decir a Huston que él deseaba morirse como su tío Alec. Desde que oí su historia deseo yo también morirme como el tío Alec.
Un día, cuando Alec estaba muy enfermo, sonó el timbre de la casa y su esposa fue a abrir. Volvió a subir las escaleras y le dijo a su marido que era una prima que había venido a verle.
—Dile que me niego a verla —respondió Alec—. Es una pesada. No voy a desperdiciar con una pelma ni un minuto del tiempo que me queda.
Al oír esto, su mujer se enfadó mucho y le dijo que su prima había hecho un largo camino para verle, y que él tenía que ser educado y dejarla entrar y verla. Pero Alec fue inflexible.
—Dile que me he muerto —le sugirió.
Su mujer se negó a ello.
—Si eso fuera cierto —dijo ella— ya se lo habría dicho cuando llegó a la puerta.
—Bueno, entonces —dijo Alec—, ¿por qué no le dices que me acabo de morir y que no te has enterado hasta haber vuelto?
Su mujer tampoco quiso saber nada de esto.
—Ella querría entonces subir y verte —predijo.
—Déjala subir —replicó Alec—. Me haré el muerto.
—No puedes. No puedes contener la respiración durante todo ese tiempo.
—Ponme a prueba —contestó Alec.
Y eso exactamente fue lo que Alec hizo. Su prima entró y él permaneció completamente inmóvil, con los ojos medio cerrados y reteniendo la respiración, y así fue como, simulando que había muerto, Alec se murió.
"Un hombre enamorado"
LEONORA CARRINGTON
Una noche, al pasar por una callejuela, robé un melón. El frutero, oculto detrás de su mercancía, me agarró del brazo.
—Señorita, hace cuarenta años que espero una oportunidad como ésta. He pasado cuatro décadas escondido detrás de esta pila de naranjas, esperando que alguien se robara la fruta. Y la razón es que quiero hablar, quiero contar mi historia. Si no me escucha, la entregaré a la policía.
—Lo escucho —contesté.
Me tomó del brazo y me llevó a la trastienda, entre frutas y legumbres. Pasamos por una puerta al fondo y llegamos a un cuarto. En él había una cama donde yacía una mujer, inmóvil, probablemente muerta. Me pareció que llevaba ahí un buen tiempo, porque la cama estaba cubierta de hierba.
—La riego todos los días —dijo el tendero, pensativo—. En cuarenta años, no he podido saber con certeza si está viva o muerta. No se ha movido ni hablado ni comido en todo este tiempo, pero, extrañamente, conserva el calor de su cuerpo. Si no me cree, mire esto.
Alzó una esquina de la colcha y alcancé a ver un gran número de huevos y algunos pollitos, recién salidos del cascarón.
—Como puede ver, así es como incubo los huevos. También vendo huevos frescos.
Nos sentamos uno en cada lado de la cama, y el tendero me contó su historia.
—La quiero mucho, créame, siempre la he querido. Era tan dulce. Tenía unos piececitos blancos y ágiles. ¿Quiere verlos?
—No —repliqué.
—En fin —prosiguió, con un hondo suspiro—. ¡Era tan hermosa! Yo tenía el pelo rubio, pero ella tenía una magnífica cabellera negra. Ahora ambos tenemos el cabello cano. Su padre fue un hombre extraordinario. Tenía una enorme casona en el campo. Coleccionaba chuletas de cordero. Así fue como nos conocimos, ya que yo tengo un pequeño don y es que puedo deshidratar carne con sólo mirarla. El señor Pushfoot, pues así se llamaba, oyó hablar de mí y me pidió que fuera a su casa para deshidratar sus chuletas y que no se echaran a perder. Agnes era su hija y nos enamoramos a primera vista.
”Nos escapamos en una barca por el Sena, yo iba remando y Agnes me decía: “Te amo tanto, que vivo sólo por ti”. Yo le contestaba con las mismas palabras. Creo que mi amor es lo que ha conservado el calor de su cuerpo hasta hoy. Sin duda está muerta, pero esta calidez se mantiene. El año que viene —continuó, con una mirada de añoramiento— voy a plantar unos tomates. Seguramente se van a dar muy bien.
El vendedor de frutas siguió con su relato.
—Se hizo de noche y no tenía idea de dónde podríamos pasar nuestra noche de bodas. Agnes estaba muy pálida, muerta de cansancio. Por fin, al dejar la ciudad atrás, vi un café en la ribera. Amarré la barca y caminamos hacia la terraza, oscura y siniestra. Había un par de lobos y un zorro merodeando el lugar, pero nadie más…
”Llamé una y otra vez a la puerta, pero seguía cerrada, en medio de un terrible silencio. “¡Agnes está cansada, muy cansada!”, gritaba con todas mis fuerzas. Finalmente, la cabeza de una viejas se asomó por la ventana y dijo: “Yo no sé nada, el zorro es el dueño de este lugar. Y déjenme dormir, ya me tienen harta”.
”Agnes se echó a llorar. No me quedaba de otra más que hablar con el zorro. “¿Hay alguna cama disponible?”, le pregunté varias veces. No me contestó. No hablaba. La cabeza de la anciana, todavía más vieja que antes, bajó desde la ventana, colgada de una cuerda.
”“Habla con los lobos. Yo no soy la encargada, déjenme dormir por favor.”
”Me di cuenta de que la vieja estaba enojada y no tenía caso seguir insistiendo. Agnes seguía llorando. Di varias vueltas a la casa y al final logré abrir una ventana para entrar. Nos encontramos en una cocina de techo muy alto, donde había una gran estufa encendida, con rojas llamas. Algunos vegetales se estaban cocinando a sí mismos, echándose unos clavados en el agua hirviente, y el juego les parecía muy divertido. Comimos bien y luego nos acostamos a dormir en el suelo. Abracé a Agnes, pero no pudimos descansar ni un momento. En esa terrible cocina había todo tipo de cosas: un tropel de ratas, sentadas en el umbral de sus madrigueras, cantando con su vocecillas chillonas y desagradables, olores inmundos que se difundían y se disipaban, uno tras otro, y extrañas ráfagas de aire helado. Creo que esas corrientes de aire acabaron con mi pobre Agnes. Nunca volvió a ser la misma. Desde ese día, habló cada vez menos…
En ese momento, el tendero quedó cegado por las lágrimas y yo aproveché para escabullirme con mi melón.
"Una historia que me contó una amiga"
LYDIA DAVIS
El otro día, una amiga me contó una historia triste sobre un vecino suyo. Él había empezado a escribirse con un desconocido a través de un servicio de citas online. El amigo vivía a cientos de kilómetros, en Carolina del Norte. Los dos hombres intercambiaron mensajes y después fotos y en poco tiempo estaban teniendo largas conversaciones, primero por escrito y después por teléfono. Descubrieron que tenían muchos intereses en común, que eran emocional e intelectualmente compatibles, se sentían cómodos el uno con el otro, y se sentían físicamente atraídos, por lo menos por Internet. Sus intereses profesionales, también, eran similares, el vecino de mi amiga era contador y su nuevo amigo en el sur, profesor adjunto de Economía en una pequeña universidad. Después de algunos meses, parecían estar realmente muy enamorados, y el vecino de mi amiga se convenció de que “este era”, como decía. Cuando le surgieron unas vacaciones, arregló para viajar al sur por unos días a conocer a su amor de Internet.
Durante el día del viaje, llamó a su amigo dos o tres veces y hablaron. Más tarde le sorprendió no recibir ninguna respuesta. Su amigo tampoco estaba en el aeropuerto para recibirlo. Después de esperar y llamar varias veces más, el vecino de mi amiga dejó el aeropuerto y fue a la dirección que le había dado su amigo. Nadie contestó cuando golpeó la puerta y tocó el timbre. Se le cruzaron por la mente todas las posibilidades.
Aquí me faltan algunas partes de la historia, pero mi amiga me dijo que lo que su vecino supo fue que ese día, mientras él iba camino al sur, su amigo de Internet se había muerto de un ataque al corazón mientras hablaba por teléfono con su médico; el viajero, habiéndose enterado ya por un vecino o por la policía, se las arregló para llegar a la morgue local; le dieron permiso para ver a su amigo de Internet, y entonces fue allí, cara a cara con un hombre muerto, que tuvo por primera vez frente a sus ojos a quien, había estado convencido, sería su compañero para toda la vida.
"Ascenzia"
GIOVANNI PAPINI
No pude permanecer más de veinticuatro horas en esta singularísima ciudad, donde todos los extranjeros son considerados espías enemigos. Un enviado del rey me acompañó sin dejarme un solo momento, ni siquiera durante las horas de sueño. En cuanto pude captar, los habitantes están divididos en seis castas, cada una de las cuales tiene un color determinado. Los sacerdotes deben vestir enteramente de blanco, los conductores del pueblo de rojo, los ricos y los comerciantes de amarillo, los maestros y los artistas de verde, los servidores y esclavos de negro. Las mujeres, de cualquier condición o estado que sean, visten de violeta hasta los cuarenta años, y después de marrón.
Todo el que viola esas normas es desnudado y expuesto en una jaula de hierro en la plaza mayor. Todo ciudadano, debe llevar en el pecho un trozo de género rectangular donde está escrito su nombre, apellido, dirección y fecha de nacimiento. Con una ojeada a la ropa y al cartelito, cualquiera puede saber la casta del que está sentado junto a sí. Nadie puede ocultar sus datos, el incógnito es juzgado como actitud culpable.
El gobierno de Ascenzia es una democracia pura, pero de una forma completamente diversa de las demás. Los nombres de los ciudadanos cuya edad oscila entre los veinticinco y los sesenta y cinco años, son insaculados en grandes urnas. Cada siete días un niño extrae un nombre, y el así designado por la suerte será rey de la ciudad durante una semana. Con el mismo sistema se extraen cien nombres más, y los agraciados desempeñan durante el mismo tiempo el oficio de parlamentarios.
Pedí explicaciones al hombre que me acompañaba acerca de tan absurdo método; me respondió que, como lo habían notado sus antepasados, en las democracias todos aspiraban a mandar y gobernar. Tal deseo era satisfecho con más generosidad que en otras partes, pues al cabo de un año eran más de cinco mil los ciudadanos que habían participado directamente en el gobierno de la ciudad. De ese modo, además, se evitaban los peligros de las camarillas y patrocinios, tan funestos para la libertad cuando el que gobierna permanece durante mucho tiempo en el poder.
Le hice notar que en esa forma se suprimía lo que se llama en otras partes “elección”, o sea, escoger a los mejores. Mi guía no se inmutó lo más mínimo por tan ingenua crítica, y me replicó:
—Debería saber que en las repúblicas, los hombres más inteligentes y honrados rehuyen ocuparse en la vida política, la que es tenida por ellos como basta e infecta, de modo que los electores se ven forzados a elegir entre las personas menos geniales y menos íntegras. Con nuestro sistema nadie puede rehuir el deber de guiar por turno la cosa pública, y sucede que son señalados por la suerte hombres estimados por su ingenio y sus virtudes. Al mismo tiempo se ahorra el gasto desenfrenado de mentiras y de dinero que se hace en las elecciones comunes.
—Pero, ¿no es demasiado breve el período de mandato?
—También esta costumbre nuestra tiene sus ventajas. En caso de que los designados por el sorteo sean imbéciles o malvados, poco es el daño que pueden hacer en el breve lapso de siete días; en cambio, si son personas rectas e inteligentes, la misma brevedad del tiempo acordado les estimula a proceder prestamente, a efectuar sin demora lo que consideran útil para el bien común.
Ese sistema de gobierno, aun siendo tan extraño, es superado en singularidad por la religión dominante en Ascenzia. Casi todos los habitantes siguen la antigua doctrina de Zaratustra, por lo cual creen en una divinidad creadora y bondadosa que lucha contra otra divinidad destructora y pésima. Mas, de esa doctrina sus seguidores deducen una consecuencia increíble y jamás pensada: su culto, las oraciones, ritos y sacrificios, son tributados únicamente a la divinidad mala, o sea al Diablo. Todos los santuarios están consagrados al Demonio, todos los sacerdotes están al servicio de Satanás. Las razones con que justifican tan diabólica adoración merecen ser consignada, aun cuando tengan sabor a paradojas infernales.
Afirman sus teólogos que Dios es un padre amoroso, y por su naturaleza eterna no puede menos que amar y perdonar. No tiene necesidad de ofrendas ni de oraciones, sabe mejor que nosotros lo que se precisa cada día y no puede menos que proteger a sus hijos. El Dios malo, por el contrario, necesita ser adulado, propiciado, implorado, a fin de que no se ensañe con nosotros. Se dedican ofrendas y tributos a los monstruos con la esperanza de que no se ensañen contra nosotros. Pues tal cosa es la que hacemos con el demonio. El mayor pecado del diablo es la soberbia, y por lo tanto nuestro culto exclusivo hacia él, nuestras alabanzas a su poder, nuestra perenne y humilde veneración logran halagarlo, dulcificarlo, ablandarlo, de tal manera que sus venganzas nos alcanzan mucho menos que a otros pueblos. El Dios Bueno, en su bondad infinita tiene compasión de nuestro miedo y debilidad, y sabe perfectamente que, aun cuando el culto externo sea para el Demonio, nuestro amor interno es para Él. El delegado del Rey, que me hizo saber todas estas cosas, no me dejó entrar en ningún templo de la ciudad, aun cuando le ofrecí una gruesa suma de oro para que me lo permitiese. Me fui de Ascenzia lleno de estupor y asaltado por la curiosidad.
"Reunión"
JOHN CHEEVER
La última vez que vi a mi padre fue en la estación Grand Central. Yo venía de estar con mi abuela en los montes Adirondack, y me dirigía a una casita de campo que mi madre había alquilado en el cabo; escribí a mi padre diciéndole que pasaría hora y media en Nueva York debido al cambio de trenes, y preguntándole si podíamos comer juntos. Su secretaria me contestó que se reuniría conmigo en el mostrador de información a mediodía, y cuando aún estaban dando las doce, lo vi venir a través de la multitud. Era un extraño para mí —mi madre se había divorciado tres años antes y yo no lo había visto desde entonces—, pero tan pronto como lo tuve delante sentí que era mi padre, mi carne y mi sangre, mi futuro y mi fatalidad. Comprendí que cuando fuera mayor me parecería a él; que tendría que hacer mis planes contando con sus limitaciones. Era un hombre corpulento, bien parecido, y me sentí feliz de volver a verlo. Me dio una fuerte palmada en la espalda y me estrechó la mano.
—Hola, Charlie —dijo—. Hola, muchacho. Me gustaría que vinieses a mi club, pero está por las calles Sesenta, y si tienes que coger un tren enseguida, será mejor que comamos algo por aquí cerca.
Me rodeó con el brazo y aspiré su aroma con la fruición con que mi madre huele una rosa. Era una agradable mezcla de whisky, loción para después del afeitado, betún, traje de lana y el característico olor de un varón de edad madura. Deseé que alguien nos viera juntos. Me hubiese gustado que nos hicieran una fotografía. Quería tener algún testimonio de que habíamos estado juntos.
Salimos de la estación y nos dirigimos hacia un restaurante por una calle secundaria. Todavía era pronto y el local estaba vacío. El barman discutía con un repartidor, y había un camarero muy viejo con una chaqueta roja junto a la puerta de la cocina. Nos sentamos, y mi padre lo llamó con voz potente:
—Kellner! —gritó—. Garçón! Cameriere! ¡Oiga usted! —Todo aquel alboroto parecía fuera de lugar en el restaurante vacío. —¿Será posible que no nos atienda nadie aquí? —gritó—. Tenemos prisa.
Luego dio unas palmadas. Esto último atrajo la atención del camarero, que se dirigió hacia nuestra mesa arrastrando los pies.
—¿Esas palmadas eran para llamarme a mí? —preguntó.
—Tranquilo, tranquilo, sommelier —dijo mi padre—. Si no es pedirle demasiado, si no es algo que está por encima y más allá de la llamada del deber, nos gustaría tomar dos gibsons con ginebra Beefeater.
—No me gusta que nadie me llame dando palmadas —dijo el camarero.
—Debería haber traído el silbato —replicó mi padre—. Tengo un silbato que solo oyen los camareros viejos. Ahora saque el bloc y el lápiz y procure enterarse bien: dos gibsons con Beefeater. Repita conmigo: dos gibsons con Beefeater.
—Creo que será mejor que se vayan a otro sitio —dijo el camarero sin perder la compostura.
—Esa es una de las sugerencias más brillantes que he oído nunca —señaló mi padre—. Vámonos de aquí, Charlie.
Seguí a mi padre y entramos en otro restaurante. Esta vez no armó tanto alboroto. Nos trajeron las bebidas y empezó a someterme a un verdadero interrogatorio sobre la temporada de béisbol. Al cabo de un rato golpeó el borde de la copa vacía con el cuchillo y empezó a gritar otra vez:
—Garçon! Cameriere! Kellner! ¡Oiga usted! ¿Le molestaría mucho traernos otros dos de lo mismo?
—¿Cuántos años tiene el muchacho? —preguntó el camarero.
—Eso no es en absoluto de su incumbencia —dijo mi padre.
—Lo siento, señor, pero no le serviré más bebidas alcohólicas al muchacho.
—De acuerdo, yo también tengo algo que comunicarle —dijo mi padre—. Algo verdaderamente interesante. Sucede que éste no es el único restaurante de Nueva York. Acaban de abrir otro en la esquina. Vámonos, Charlie.
Pagó la cuenta y nos trasladamos de aquel a otro restaurante. Los camareros vestían americanas de color rosa, semejantes a chaquetas de caza, y las paredes estaban adornadas con arneses de caballos. Nos sentamos y mi padre empezó a gritar de nuevo.
—¡Que venga el encargado de la jauría! ¿Qué tal los zorros este año? Quisiéramos una última copa antes de empezar a cabalgar. Para ser más exactos, dos bibsons con Geefeater.
—¿Dos bibsons con Geefeater? —preguntó el camarero, sonriendo.
—Sabe muy bien lo que quiero —replicó mi padre muy enojado—. Quiero dos gibsons con Beefeater, y los quiero de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre Inglaterra. Por lo menos eso es lo que dice mi amigo el duque. Veamos qué tal es la producción inglesa en lo que a cócteles se refiere.
—Esto no es Inglaterra —repuso el camarero.
—No discuta conmigo. Limítese a hacer lo que se le pide.
—Creí que quizá le gustaría saber dónde se encuentra —dijo el camarero. —Si hay algo que no soporto es un criado impertinente —declaró mi padre—. Vámonos, Charlie.
El cuarto establecimiento en el que entramos era italiano.
—Buon giorno —dijo mi padre—. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti forti. Molto gin, poco vermut.
—No entiendo el italiano —respondió el camarero.
—No me venga con esas —dijo mi padre—. Entiende usted el italiano y sabe perfectamente bien que lo entiende. Vogliamo due cocktail americani. Subito.
El camarero se alejó y habló con el encargado, que se acercó a nuestra mesa y dijo:
—Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada.
—De acuerdo —asintió mi padre—. Denos otra.
—Todas las mesas están reservadas —declaró el encargado.
—Ya entiendo. No desean tenernos por clientes, ¿no es eso? Pues váyanse al infierno. Vada all’ inferno. Será mejor que nos marchemos, Charlie.
—Tengo que coger el tren —dije.
—Lo siento mucho, hijito —dijo mi padre—. Lo siento muchísimo.
Me rodeó con el brazo y me estrechó contra sí.
—Te acompaño a la estación. Si hubiéramos tenido tiempo de ir a mi club…
—No tiene importancia, papá —dije.
—Voy a comprarte un periódico —dijo—. Voy a comprarte un periódico para que leas en el tren.
Se acercó a un quiosco y pidió:
—Mi buen amigo, ¿sería usted tan amable de obsequiarme con uno de sus absurdos e insustanciales periódicos de la tarde? —El vendedor se volvió de espaldas y se puso a contemplar fijamente la portada de una revista—. ¿Es acaso pedir demasiado, señor mío? —insistió mi padre—, ¿es quizá demasiado difícil venderme uno de sus desagradables especímenes de periodismo sensacionalista?
—Tengo que irme, papá —dije—. Es tarde.
—Espera un momento, hijito —replicó—. Solo un momento. Estoy esperando a que este sujeto me dé una contestación.
—Hasta la vista, papá —dije; bajé la escalera, tomé el tren, y aquélla fue la última vez que vi a mi padre.
"Prue"
ALICE MUNRO
Prue vivía con Gordon. Eso fue después de que Gordon hubiese dejado a su mujer y antes de que volviese con ella —un año y cuatro meses en total—. Algún tiempo después, él y su mujer se divorciaron. Después vino un período de indecisión, de vivir juntos de vez en cuando; luego la esposa se fue a Nueva Zelanda, probablemente para siempre.
Prue no volvió a la isla de Vancouver donde Gordon la había conocido cuando estaba trabajando como camarera en un hotel de temporada. Consiguió un empleo en Toronto, en una floristería. En aquella época tenía muchos amigos en Toronto, la mayoría de ellos amigos de Gordon y de su mujer. Les gustaba Prue y estaban dispuestos a sentirlo por ella, pero ella se burlaba hasta que lo dejaban. Es muy agradable. Tiene lo que los canadienses del este llaman un acento inglés, aunque nació en Canadá, en Duncan, en la isla de Vancouver. Su acento le sirve para decir las cosas más cínicas de forma simpática y despreocupada. Ella presenta su vida en anécdotas y, aunque el sentido de la mayoría de sus anécdotas sea que las esperanzas se han desvanecido, que los sueños son ridículos, que las cosas nunca resultan ser como se esperaba, que todo se altera de un modo grotesco y nunca hay una explicación, las personas siempre se sienten animadas después de escucharla; dicen de ella que es un alivio encontrarse con alguien que no se tome demasiado en serio, que sea tan poco vehemente, tan civilizada, y que nunca formule ninguna petición ni queja auténticas.
La única cosa de la que se queja fácilmente es de su nombre. Prue es de colegiala, dice, y Prudence es de doncella vieja. Los padres que le dieron aquel nombre debían de haber sido demasiado cortos de vista incluso para tener en cuenta la pubertad. ¿Qué hubiera sucedido, dice, si se hubiese desarrollado mucho de pecho, o si hubiera llegado a tener una mirada voluptuosa? ¿O era el mismo nombre una garantía para que no llegase a ello? Ahora, a sus cuarenta y muchos, delgada y agradable, atendiendo a los clientes con una respetuosa vivacidad, complaciendo a los invitados, podría no hallarse lejos de lo que aquellos padres tenían en mente: brillante y atenta, una espectadora jovial. Es difícil admitir su madurez, su maternidad, sus problemas reales.
Sus hijos ya adultos, fruto de un prematuro matrimonio en la isla de Vancouver que ella llama un desastre cósmico, vienen a verla y, en lugar de querer dinero, como los hijos de otras personas, le traen regalos, intentan arreglarle las cuentas, hacen que le pongan aislamiento en la casa. Ella está encantada con sus regalos, escucha sus consejos y, como una hija alocada, olvida responder a sus cartas.
Sus hijos esperan que no esté en Toronto por Gordon. Todo el mundo lo espera. Ella se reiría de la idea. Da fiestas y va a fiestas; a veces sale con otros hombres. Su actitud hacia el sexo es muy tranquilizadora para aquellos de sus amigos que caen en terribles estados de pasión y de celos y quieren zafarse de sus amarras. Parece considerar el sexo como un capricho saludable y algo tonto, como el bailar o la buena comida, algo que no debería interferir con que las personas sean amables y agradables las unas para con las otras.
Ahora que su mujer se ha ido para siempre, Gordon va a ver a Prue de vez en cuando, y a veces la invita a cenar fuera. A veces no van a un restaurante, a veces van a su casa. Gordon es un buen cocinero. Cuando Prue o su mujer vivían con él, era incapaz de cocinar, pero en cuanto se lo propuso se convirtió —y lo dice en serio— en mejor cocinero que cualquiera de ellas.
Hace poco, él y Prue estaban cenando en casa de Gordon. Había hecho pollo Kiev y crema quemada de postre. Como la mayoría de los cocineros recientes y serios, hablaba de comida.
Gordon es rico, comparado con Prue y con la mayoría de gente. Es neurólogo. Su casa es nueva y está construida en una colina al norte de la ciudad, donde antes había granjas pintorescas e improductivas. Ahora allí hay casas muy caras, singulares, diseñadas por arquitectos, en parcelas de medio acre. Prue, cuando describe la casa de Gordon, dice:
—¿Sabes que hay cuatro cuartos de baño? De modo que si cuatro personas quieren tomar un baño al mismo tiempo no hay problema. Parece un poco exagerado, pero está muy bien, realmente, y nunca tienes que atravesar el salón. La casa de Gordon tiene una zona de comedor elevada, una especie de plataforma rodeada de un hueco para conversar y otro para escuchar música y de un bancal con muchas plantas bajo el cristal inclinado. Desde el comedor no se puede ver el vestíbulo, pero no hay paredes intermedias, de modo que desde una zona se puede oír algo de lo que ocurre en la otra.
Durante la cena sonó el timbre. Gordon pidió disculpas y bajó las escaleras. Prue oyó una voz de mujer. La persona a quien pertenecía todavía estaba fuera, de modo que no pudo oír las palabras. Oyó la voz de Gordon, un tono bajo y cauteloso. La puerta no se cerró —parecía que no se hubiese invitado a pasar a la persona— pero las voces siguieron, sordas y enojadas. De repente se escuchó un grito de Gordon y apareció a mitad de las escaleras, haciendo ademanes con los brazos. —La crema quemada —dijo—. ¿Podrías encargarte?
Bajó corriendo mientras Prue se levantaba e iba a la cocina para salvar el postre. Cuando volvió, él estaba subiendo las escaleras más despacio, con aspecto inquieto y cansado.
—Una amiga —dijo abatido—. ¿Estaba bien?
Prue se dio cuenta de que hablaba de la crema quemada y dijo que sí, que perfecta, que había llegado justo a tiempo. Él le dio las gracias, pero no se animó. Parecía que no era el postre lo que le preocupaba, sino lo que fuera que había sucedido en la puerta. Para alejar su mente de ello, Prue empezó a hacerle preguntas profesionales sobre las plantas.
—No sé nada de eso —le dijo—. Y tú lo sabes.
—Pensé que podías haber aprendido. Como la cocina.
—Ella se encarga de las plantas.
—¿La señora Carr? —dijo Prue, nombrando a su asistenta.
—¿Quién pensabas?
Prue se sonrojó. Odiaba que pensasen que recelaba.
—El problema es que creo que me gustaría casarme contigo —dijo Gordon, sin ningún apreciable cambio en su humor. Gordon es un hombre grande, de rasgos duros. Le gusta llevar ropa gruesa, suéters abultados. Sus ojos azules están a menudo enrojecidos y su expresión indica que hay un alma indefensa y confundida retorciéndose dentro de esa formidable fortaleza.
—Qué problema —dijo Prue jovialmente, aunque conocía a Gordon lo suficiente como para saber que lo era.
El timbre sonó de nuevo, sonó dos, tres veces, antes de que Gordon pudiese llegar a la puerta. Esta vez hubo un estrépito, como de algo arrojado y que caía con fuerza. La puerta se cerró de golpe e inmediatamente después se veía de nuevo a Gordon. Vaciló en los escalones y se llevó una mano a la cabeza haciendo al mismo tiempo un gesto con la otra mano para indicar que no había sucedido nada grave, que Prue se sentase.
—Condenado maletín —dijo—. Me lo ha tirado.
—¿Te dio?
—Pasó rozando.
—Hizo mucho ruido para ser un maletín. ¿Estaba lleno de piedras?
—Probablemente de botes. Su desodorante y demás.
—Oh.
Prue le miró mientras se servía una copa.
—Me gustaría tomar un café, si es posible —dijo ella. Fue a la cocina a poner el agua y Gordon la siguió.
—Creo que estoy enamorado de esa persona —dijo él.
—¿Quién es ella?
—No la conoces. Es muy joven.
—Oh.
—Pero realmente creo que me quiero casar contigo, dentro de unos cuantos años.
—¿Cuando ya no estés enamorado?
—Sí.
—Bueno. No creo que nadie sepa lo que puede pasar en unos cuantos años.
Cuando Prue cuenta esto dice:
—Creo que tenía miedo de que me fuera a reír. No sabe por qué se ríe la gente ni por qué le arrojan sus maletines de fin de semana, pero se ha dado cuenta de que lo hacen. Realmente, es una persona muy correcta. Una estupenda cena. Entonces llega ella y le tira la maleta. Y es totalmente razonable que piense en casarse conmigo dentro de unos años, cuando ya no esté enamorado. Creo que primero pensó en decírmelo de manera que no le diera vueltas a la cabeza.
Ella no menciona que a la mañana siguiente cogió uno de los gemelos de Gordon de su cómoda. Los gemelos son de ámbar y los compró en Rusia, en las vacaciones que hicieron él y su esposa cuando volvieron a juntarse. Parecen cuadrados de azúcar cristalizada, dorados, translúcidos, y éste se aprecia rápidamente en su mano. Lo deja caer en el bolsillo de su chaqueta. Coger uno no es realmente un robo. Podría ser un recuerdo, una travesura íntima, una tontería.
Está sola en casa de Gordon; él se ha ido temprano, como siempre. La asistenta no llega hasta las nueve. Prue no tiene que estar en la tienda hasta las diez. Se podría hacer el desayuno, quedarse y tomar café con la asistenta, que es amiga suya de antaño. Pero en cuanto tiene el gemelo en el bolsillo no se detiene. La casa parece un lugar demasiado desolado como para pasar ni un sólo momento más en ella. Fue Prue, en realidad, quien ayudó a escoger el terreno para la construcción, pero ella no es la responsable de la aprobación de los planos... la esposa estaba de vuelta para entonces.
Cuando llega a su casa pone el gemelo en una vieja lata de tabaco. Sus hijos compraron esta lata de tabaco en una chatarrería y se la regalaron. En aquel tiempo ella fumaba y sus hijos estaban preocupados por ella, así que le dieron esta lata llena de toffees, de caramelos y de pastillas de gelatina, con una nota que decía: «Por favor, en vez de fumar, engorda». Eso fue para su cumpleaños. Ahora la lata tiene dentro varias otras cosas además del gemelo. Todo cosas pequeñas, no de gran valor, pero tampoco despreciables. Un pequeño plato de esmalte, una cuchara de sal de plata de ley, un pez de cristal. No son recuerdos sentimentales. Ella nunca se los mira, y se olvida a menudo de lo que tiene allí. No son botines, no tienen un significado ritual. Ella no se lleva algo cada vez que va a casa de Gordon, ni cada vez que se queda, ni para señalar lo que ella podría llamar visitas memorables. Ella no lo hace ofuscada y no parece sentir ningún apremio. Sencillamente coge algo de vez en cuando, y lo oculta en la vieja lata de tabaco, y más o menos se olvida de ello.
"Conflicto"
JUAN JOSÉ MILLÁS
Aquel tipo tenía dentro de sí un escritor bueno y un escritor malo que trabajaban a horas distintas. Aun así, en los textos del malo se percibía finalmente un aliento de bondad, mientras que en los del bueno sonaba, cuando menos hacía falta, un estertor agónico procedente de la respiración del malo. Estaban tan cerca, en fin, que no podían dejar de influirse. Los lectores, según se colocaran en uno u otro lado de la identidad de aquel tipo, pensaban que se trataba de un mal escritor con aciertos geniales, o de un genio que se estaba echando a perder. Nadie, excepto el propio sujeto, advirtió nunca que aquel conflicto era el resultado del choque entre dos individuos diferentes que vivían en el mismo cuerpo y escribían con el mismo bolígrafo.
A ambos era preciso alimentar, así que el propietario del cuerpo leía bazofia para saciar el hambre del escritor malo y proteína pura, sin grasa, para mantener la línea del bueno. De este modo, el malo estaba cada día más gordo, mientras que el bueno se transformaba en pura fibra. Eso empeoró las cosas, pues si bien el aliento de bondad empezó a resultar más patente en los escritos del malo, los del bueno llegaban al público manchados de grasa, de manera que perdió a sus lectores o los sustituyó por meros consumidores. El malo, sin embargo, conquistaba día a día lectores de verdad, interesados en el proceso místico por el que la grasa aspiraba a convertirse en músculo.
El tipo habitado por estos dos artistas incompatibles veía con tristeza declinar el lado más noble de sí mismo y se sentía fracasado. Entonces dejó de leer estupideces para matar al malo de hambre y escribir una obra maestra. Pero el bueno, al perder ese estertor agónico, cayó en profundo abatimiento y se dio a la lectura de páginas con hidratos de carbono que destruyeron su gusto. Al poco, dejó de escribir.
"Los gatos de Ulthar"
H. P. LOVECRAFT
Se cuenta que en Ulthar, una comarca situada del otro lado del río Skai, nadie puede matar un gato; orden que comprendo perfectamente cuando observo al mío ronroneando frente al fuego. El gato es misterioso y le son familiares las cuestiones que el hombre desconoce. Es el espíritu del antiguo Egipto y objeto de las historias legendarias de las olvidadas ciudades de Meroe y Ophir. Es pariente de los reyes de la selva y depositario de los arcanos de la remota y espeluznante África. Es primo de la Esfinge y recuerda lo que ella ha callado.
Un viejo campesino y su esposa, habitantes de Ulthar, se solazaban creando trampas para matar a los gatos de los alrededores, cuando todavía los diputados del lugar no habían establecido la prohibición de hacerlo. Ignoro por que lo hacían; hay personas que odian los maullidos nocturnos y se enfadan con la idea de que los gatos anden como fugitivos en los patios y jardines al anochecer. Cualquiera fuera la razón, este matrimonio de ancianos disfrutaba cazando y matando todo gato que se aproximara a su mísera vivienda; y por las estridencias que se escuchaban en la noche, varios vecinos inferían que tenían un método extraordinario para eliminarlos. Pero nunca habían hablado de esto con los ancianos, por la expresión habitual de sus rostros marchitos, y porque su casucha era demasiado pequeña y se hallaba parapetada detrás de unos vigorosos olmos, en un rincón de un patio olvidado. Ciertamente, aunque los propietarios de los gatos guardaban encono hacia estos viejos, su temor hacia ellos era mayor; y en lugar de acusarlos como asesinos salvajes, sólo ponían empeño en que ninguno de sus adorables gatos se acercara incautamente a la vivienda oscurecida debajo de los árboles. Si de todos modos alguno se extraviaba por un descuido irreparable, y por la noche se oían horribles maullidos, su propietario lloraba desconsoladamente, o se conformaba pensando que el destino no había permitido que desapareciera alguno de sus hijos de este modo. Porque la gente de Ulthar era sencilla y desconocía el origen ancestral de los gatos.
Cierto día un grupo de excéntricos errabundos procedentes del Sur ingresó por las angostas y adoquinadas callejas de Ulthar. Eran trotamundos de piel curtida, muy diferentes de aquella gente ambulante que pasaba por el pueblo dos veces al año. Decían la suerte a cambio de dinero en los mercados y compraban collares a los mercaderes. Nadie supo de dónde venían estos vagabundos, pero notaron que eran propensos a orar raras oraciones y que en los lados de sus carromatos tenían extrañas pinturas que figuraban un cuerpo humano con cabeza de gato, de halcón, de león o de ternero. El líder del grupo tenía una suerte de corona con dos cuernos, con un singular disco en el medio.
Pertenecía a este grupo un niño sin madre ni padre, que tenía únicamente un pequeño gatito negro que cuidaba. La peste no había sido generosa con él, pero le había dejado esta criatura pequeña y peluda que atenuaba su pesadumbre; cuando uno es joven puede hallar en los vivaces avatares de un gatito negro. Menes sonreía cada vez con mayor frecuencia y lloraba cada vez menos, cuando sentado en las gradas del carromato singularmente decorado se ponía a juguetear con el gracioso animal.
Una mañana, habiendo transcurrido tres días de la estadía en Ulthar, Menes no pudo encontrar a su gatito; cuando lo vieron llorando en el mercado, los vecinos le hablaron acerca del viejo matrimonio y de los horribles sonidos en la noche. Escuchando todo eso, su llanto cesó para dar lugar a la meditación y luego a una plegaria. Expandió sus brazos en dirección al sol y oró en un idioma que los aldeanos no comprendieron; ciertamente no se esforzaron mucho por entender, ya que su atención estaba puesta en el cielo y en los extraños formatos que adoptaban las nubes. Parecía muy raro, pero apenas el niño culminó su oración en lo alto se formaron figuras sombrías de unos seres estrafalarios, criaturas multiformes con una corona de dos cuernos, con un disco en el medio. La naturaleza abunda en este tipo de quimeras, para quienes son demasiado imaginativos.
Esa misma noche los trotamundos dejaron Ulthar y jamás los volvieron a ver. Y los habitantes se sintieron perplejos al comprobar que no había un solo gato en toda la comarca. En todos los hogares faltaba el gato familiar: los grandes y los pequeños, los amarillos, los negros, los grises, los rayados y los blancos. El primer magistrado del lugar, el viejo Kranon, sentenció que habían sido aquellas personas de piel curtida las que se los habían llevado en despecho por la muerte del gatito de Menes y maldijo a la caravana y al niño. No obstante, el notario, el flaco Nith, observó que aquel viejo matrimonio era más sospechoso que aquéllos; ya que era evidente su aversión a los gatos, aversión más tenaz cada vez. De todas maneras, nadie osó acusar al deleznable matrimonio, ni siquiera cuando el hijo del posadero, el pequeño Atal, aseguró haber visto a todos los gatos en aquel patio siniestro, deslizándose lenta y ceremoniosamente, formando un círculo doble alrededor de la casucha, como si llevaran a cabo un rito desconocido. Los aldeanos no supieron si dar crédito a lo que decía el niño, y a pesar de que temían que los malvados ancianos hubieran atrapado y eliminado a todos los gatos, decidieron no enfrentar al viejo campesino mientras no saliese de su terrorífico y repulsivo patio.
De esta manera, toda la comarca de Ulthar se acostó presa de la cólera y la impotencia; pero al despertar en la madrugada, ¡cada gato había vuelto a su respectivo hogar! Los grandes y los pequeños, los amarillos, los negros, los grises, los rayados y los blancos: ninguno faltaba. Todos volvieron voluminosos y relucientes, dando singulares ronroneos de placer. Los habitantes comentaban maravillados lo sucedido. El viejo Kranon volvió a afirmar que había sido la gente de piel curtida quien los había raptado, ya que ningún gato había regresado vivo de la vivienda del viejo matrimonio. Sin embargo, todos acordaron en un punto: la negativa de los gatos a comer sus respectivas raciones alimenticias era ciertamente insólita. Y por espacio de dos días, los relucientes y ociosos gatos de Ulthar no probaron bocado y se dedicaron a dormitar junto al fuego o al sol.
Una semana más tarde, los aldeanos notaron que no había luz por la noche en las ventanas de la casucha oculta debajo de los árboles. Luego, el flaco Nith comentó que nadie había visto al viejo ni a la vieja desde la noche en que habían desaparecido los gatos. Después de una semana, el primer magistrado decidió echar por tierra sus miedos y visitar la silenciosa vivienda, ya que éste era su deber, pero se aseguró de contar con la compañía del herrero Shang y el cantero Thul. Y cuando derribaron la endeble puerta no hallaron sino dos esqueletos humanos limpios, sin desechos, sobre el piso de tierra, y un millar de cucarachas que deambulaban por los rincones.
Se comentaron muchas cosas más tarde entre los habitantes de Ulthar. El alguacil, Zath, debatió muchísimo con el notario, el flaco Nith; y Kranon y Shang y Thul fueron acosados con preguntas. Respecto del niño Atal, el hijo del posadero, fue interrogado concienzudamente y le dieron un caramelo como premio. Se habló acerca del viejo campesino y su esposa, del grupo de vagabundos de piel curtida, del niño Menes, de su gatito negro, del rezo de Menes y la transformación del cielo, del proceder de los gatos la noche en que partió la caravana, y también de lo que hallaron luego en la casucha debajo de los vigorosos árboles del patio repulsivo.
Finalmente, los diputados aprobaron la célebre ley que comentan los mercaderes de Hatheg, y sobre la que debaten los viajeros de Nir; esto es, que en Ulthar, nadie puede matar a un gato.
"Agua Que Corre"
(fragmento de Eisejuaz)
SARA GALLARDO
Como estuve curado me sentaba y miraba.
Me sentaba y pensaba cómo la vieja habló de dos serpientes juntas, y cómo el hombre santo de los franciscanos dijo: un animal demasiado solitario se come así mismo, y cómo Ayó, Vicente Aparicio, el hombre anciano, dijo: cuando entregues las manos perderás la sed.
Trabajaba en el aserradero y don Pedro estaba satisfecho otra vez. Dijo su mujer: «Mi marido le habló y él se corrigió».
Yo no pensaba en esas cosas. No dije: «Curé a la hija del viejo y me curé». Trabajaba y decía al espíritu que me habita: ¿Cuál es tu nombre?
Una mañana ha venido Pocho Zavalía, Yadí, por el fondo del aserradero. «¿Tenés algo de mora? ¿Algo de cedro?» Le di un cacho de mora bueno para tenedores de mango largo, que no se queman, y fui a buscar cedro que había atrás del galpón.
Vino allí un cambio de luz.
En ese cambio de la luz vi a uno, parado, que me miraba. Era alto y enteramente serio. Le dije:
—¿Quién sos?
—Mirame bien para que me conozcas.
Y le dije otra vez:
—¿Quién sos, señor?
—Soy ese espíritu que te fue dado.
—¿Cuál es tu nombre, para que te sirva, para que sirvamos?
Y dijo ese alto en el cambio de la luz:
—Mi nombre es Agua Que Corre.
Y se fue.
He llevado aquel pedazo de cedro a Yadí, y volví a trabajar. Dije al espíritu que me habita, ese que soy yo, Éste También, ese a quien debo servir y llevar hasta el final del camino, ese que volará junto al primer mensajero y quedará libre:
—Ahora sé. He comprendido las palabras que oí. Vendrá uno que me mande el Señor. Y a ése entregaré mis manos. Yo seré cumplido de ese modo. Y él será cumplido aceptándolas. Bueno. He dicho que bueno. Ya lo sé. Digo que bueno.
Salí de allí y la Mauricia me estaba esperando.
—Hoy no te quiero ver.
Se echaba al suelo y abría las piernas. Pensé: «¿No querrá el Señor mandarme otra compañera?». Pero compañera ya había tenido, y no había más compañera para mí. Fui al suelo como ella quería y le dije:
—Ya pronto se acabará esto de vernos. Hoy conocí al espíritu que guardo, y ahora mi vida va a cambiar.
Ella no dijo nada. Y ha dicho: «¿Si tengo un hijo de vos?».
—El hijo es del padre que lo cría. Yo no tengo hijos en esta tierra.
Esa muchacha linda que no sabe querer ha dicho:
—Si mi hombre se muere podrás volver a la misión, a ser capataz; acabarían las peleas allí. Sé cómo hacerlo morir. El reverendo nos casará. Todos los días y todas las noches haremos sin miedo eso que hacemos escondidos.
Le he dicho:
—Ya te dije que esto va a cambiar. No volveré a la misión. Muchas cosas terminaron ya.
—Ser capataz es bueno, te obedecen.
—Ser capataz es una guerra y tu marido no sirve para eso. Yo sirvo, porque soy jefe. Pero no he nacido para ser jefe. Puedo arreglar las cosas de mi gente, y no he nacido para arreglar las cosas de mi gente.
Esa muchacha dijo:
—Probemos otra vez.
Le dije:
—Fue la última vez. Ahora me tengo que ir.
Bajé a un lugar, lejos de allí, tomé barro del suelo y me cubrí el cuerpo con él. Barro blanco en todo el cuerpo, y barro colorado en el pecho. Me cubrí con él y estuve así. Me puse de pie y canté al espíritu que me fue dado:
—Agua Que Corre baja y lava, ataca, salta, empuja. Agua Que Corre riega, alimenta, destruye, se alegra. No puede pensar ni remansar, no puede sonreír, no pude dormir. No puede volver. Agua Que Corre topa, dispara, se levanta, conduce, apura y rompe. Yo te vi, yo te vi, yo te vi. Yo te llevo, Eisejuaz, Agua Que Corre, para cumplir.
Caminé por el monte y llegué al Bermejo. Me bañé en ese río traicionero hasta que el barro se salió y quedé lavado. Y cuando estuve seco me vestí.
Así trabajé todo ese año en el aserradero. Y cuando ese año se cumplió baje al aserradero y dije a don Pedro:
—No voy a trabajar más, don Pedro.
Me preguntó por qué, se afligió, pero yo no podía explicar. Me dijo: «¿No hiciste nada malo? ¿No querrás escapar? ¿Tenés un trabajo mejor?». Sabiendo que no había por allí ningún trabajo mejor.
Dejé de trabajar. Y me había hecho una casa de paja colorada bien atrás de las vías del tren. Y volví a pescar, a hacer changas, preparándome. Y pasé dos años preparándome, hablando con el Señor, esperando el día escrito por él, la llegada de aquel que me anunciaron, ése a quien debía entregar las manos. Y comiendo, durmiendo, pasé cada día, así como la raza de los hombres los pasa en esta tierra, que es esperando.
"Historia de amor (I)"
ROBERT WALSER
Érase una vez un él y una ella y Dios sabe qué variopinta mezcla de personajes secundarios que, desde otro punto de vista, querían ser personajes principales; pero aquí eran secundarios, lo que sentimos en el alma y por lo que les rogamos disculpas. Por lo que se refiere a nuestras dos personas y a nuestra historia de amor, que es de las sencillas, él la adoraba, por así decirlo, de todo corazón, y quizás se hubiera casado incluso con ella, con el profundo y sentido deseo de ser feliz y hacerla feliz a ella, lo que se ha venido deseando desde que hay hombres en el mundo. Sólo había un obstáculo, y era que la mujer a quien amaba y con quien quería desposarse tenía demasiado carácter, de tal modo que por desgracia se enfadaba a la mínima, hecho que a él, y tal vez también a ella, le disgustaba a sobremanera. Parecía que era una de sus debilidades; a buen seguro le hubiera gustado transformarla en su fuerte, pero por desgracia la debilidad se confirmó, por así decirlo, como fuerte, toda vez que su fuerte se mostraba bastante débil, hecho que tanto ella como él, que la tenía por lo demás en gran estima, estaban en situación de lamentar; dicho de otro modo: tenían motivos para lamentarlo. Qué deliciosa era de cara y de figura, un esplendor verdaderamente esbelto, por servirnos de una expresión mientras no se nos ocurra otra. Las ideas escasean a menudo, y los autores tienen que contentarse con el poco ingenio que el destino tuvo la bondad de concederles. Era alta e imponente, cómo no, pero en cuanto se enfadaba se encogía y perdía su hermosura, y eso lo veía, para mayor desgracia, el que tanto la había admirado, que, equipado con semejante comprensión, le dijo un buen día, a eso de las cinco de la tarde, en tono aclaratorio y confidencial:
—Escucha, amiga mía. Me casaré contigo y te serviré toda la vida si eres capaz, durante un año, de no mostrar ningún enfado, que te eclipsa cada vez que se apodera de ti.
Lo dijo sonriendo, como quien está satisfecho del valor que ha mostrado; y el valor, en efecto, está presente en un discurso tan sincero. Todo el mundo lo sabe. ¿Y ella? ¿Se tomó a pecho lo que él le dijo? Sí, lo hizo, y uno espera que supiese contener su temperamento y que, durante un año o más, fuera de una templanza y de una indulgencia que floreciera como las flores en primavera, y que al final del período de prueba hubiera estado tan apacible y hubiera mostrado una paz interior y una salud externa tales que diera gusto verla, y esto habrá llamado bastante la atención de quien, suponemos nosotros, estará a estas horas satisfecho y se habrá dignado a mantener su palabra. No sabemos nada con seguridad; es lo que esperamos. Y con la esperanza de que las cosas acontecieran de este modo, de que funcionara a la perfección todo cuanto no suele ser el caso, si bien, en algunos puntos, pueda corresponder a la realidad, cerramos bruscamente la tapa, como si la historia fuera un cofrecillo, la guardamos –la historia– en su sitio, y nos alegramos de su, si no alto, al menos modesto valor.