Contagio - JAVIER MARIAS
No hace falta decir que hablo por mí mismo: Escribir novelas es la asunción de una anomalía. Publicarlas es el intento de imponer a otros esa anomalía. El novelista tiene la visión deformada, también la lengua, quizá el gusto. Pero no es sólo eso: se ha dicho muchas veces que quien vive no escribe, quien escribe no vive. Creo más bien que quien escribe lleva a cabo continuamente una selección de la vida. Elige lo que le interesa vivir, y por tanto elige su propia muerte. O, dicho de otro modo, muere numerosas veces, cada vez que lo quiebra lo que no puede sino ser un continuum para los que no padecen su anomalía.
El novelista lo soporta todo si confía en poder contarlo, o, en palabras de Isak Dinesen, sabe que «todas las penas pueden soportarse si se meten en una historia o se cuenta una historia acerca de ellas». Soporta incluso su propia tarea de fragmentación, la constante jerarquización a que somete a las cosas del mundo, el esfuerzo y el cansancio que supone discernir hasta en los menores detalles: un color, un gesto, un diálogo. En eso consiste su anomalía: en la enfermedad de elegir y ordenar cuanto su ojo imagina o capta y su lengua puede silenciar o nombrar.
Pero el novelista quiere influir y tener partidarios, aunque en la actualidad rara vez se confiesen tales pretensiones por parecer ingenuas y estar desprestigiadas las altas metas. Pretende, además, un cambio duradero, y obra solapadamente, pensando en el tiempo. No tiene prisa, pero aspira a contagiar su anomalía particular y a que lo que él ve deformado y muestra por vez primera sea, sin embargo, reconocido como propio por quien cae en la tentación de pasar sus páginas una detrás de otra. Para ello, a diferencia del así llamado pensador y del así llamado poeta tiene que disimular, y hacer saber de qué habla sólo cuando ya es demasiado tarde para que el lector pueda seguir pretendiendo ignorarlo.
Sin embargo el novelista no es un iluso, porque lo que aspira a contagiar puede ser, en efecto, contagioso.


Patagonia. El último lugar del mapa – ROBERTO BOLAÑO
Durante mucho tiempo, primero en el imaginario sudamericano y luego en el de algunos europeos y norteamericanos, en parte debido a los libros de ciertos viajeros meticulosos, sobre todo ingleses, sobre todo Chatwin, la Patagonia fue algo semejante a lo que ha sido y sigue siendo el vasto y movedizo territorio de la frontera mexicano-noteamericano. En vez de desierto, pampa; en lugar de pueblos dormidos al sol, caseríos batidos por el viento y por las lluvias australes; en vez de una masa de gente extraña que entona canciones extrañas, unos pocos habitantes y un silencio casi ininterrumpido. En cualquier caso, tanto la frontera mexicana como las provincias que conforman el territorio de la Patagonia constituían, junto con la selva, el último lugar, el lugar sagrado del individuo, el sitio adonde se va únicamente a morir o a dejar que el tiempo pase, que viene a ser casi lo mismo. La selva, tal vez por la profusión de mosquitos y por las enfermedades inherentes, ha pasado de moda: los viajeros, incluso los viajeros terminales, quieren morir pero quieren morir en paz, es decir quieren morir mecidos y arrullados por una estética determinada que excluye, demás está decirlo, el dengue, las fiebres, las molestas picadas y las, aún más molestas, diarreas. La frontera y la Patagonia, en este sentido, exhiben ofertas inmejorables: tequila, cocaína y mujeres en la frontera norte; mate, buena carne a la brasa y unas temperaturas dignas de cualquier filósofo escolástico en el extremo sur. Uno va a la Patagonia pero también uno huye a la Patagonia. La literatura sobre este tipo de huidas no sólo es anglosajona. El protagonista de Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sabato, al final de la novela, cuando todos los sueños han caído y parece abocado a la destrucción, decide subirse a un camión y emprender el viaje al sur. Otros escritores han seguido la indicación de Sabato.
De hecho, el viaje a la Patagonia ya hace tiempo que trascendió los márgenes de la literatura. Hay cuadros en donde los pintores, con más buena voluntad que oficio, ofrecen sus visiones del llano, de los glaciares, de la tierra desocupada. Hay piezas musicales en donde la palabra patagonia rima con Celedonia. Incluso hay una película, de cuyo director no recuerdo el nombre, pero interpretada por Daniel Day Lewis, que cuenta la historia de un dentista —no sé si inglés o canadiense— que viaja por la Patagonia en moto en una cruzada personal contra las caries.
Durante un cierto tiempo la Patagonia reemplazó al trópico en la provisión de paisajes adaptables al realismo mágico. E incluso, según recuerdo, hubo una propuesta, de esto ya hace mucho, de ceder no sé si a la Sociedad de Naciones o a las Naciones Unidas [creo que a la primera] una porción considerable de territorio desocupado para instalar allí una república judía o, tal vez, una patria para un pueblo asiático errante, probablemente refugiados chinos huidos de la agresión japonesa, propuesta que indignó a los argentinos de la época y que, de haber progresado, constituiría hoy, sin duda, el país más civilizado y próspero de toda Sudamérica.
RAÍZ NOMINAL
¿De dónde viene el nombre de Patagonia? Pues de sus primitivos pobladores, los patagones, quienes fueron descritos por los descubridores españoles como gigantes, añadiendo que estos gigantes, además, tenían unos pies enormes, mayores que los de cualquier europeo, algo no del todo absurdo si previamente se ha dicho que son gigantes. Los primeros en verlos (y se dice que no sólo los primeros sino también los últimos) fueron los bravos marinos de Magallanes, empeñados en dar la vuelta al mundo, algo que finalmente y tras muchas penalidades consiguieron, dejando tras de sí más de la mitad de la tripulación muerta por enfermedades, falta de comida y de agua, e insolaciones varias. Un cronista del viaje, el italiano Pigafetta, los describe de tres metros de altura. Probablemente exageraba. En el siglo XIX, viajeros menos imaginativos afirman haber visto patagones de dos metros. Hoy, los pocos que quedan no miden más de un metro 60.
La frontera de la Patagonia no es algo que todo el mundo, menos aún los argentinos, sepa especificar con total nitidez. Según el novelista Rodrigo Fresán, a quien le hice la pregunta, la Patagonia empieza al cruzar el Río Negro. Por su parte, algunos choferes de autobuses porteños que hacen la ruta sur, la Patagonia empieza justo al acabar la provincia de Buenos Aires. Según una amiga argentina la Patagonia empieza en la provincia de Chubut, bastante más al sur de lo que el común de la gente cree. Según otra amiga argentina la Patagonia no existe. Pensaba hacerle la misma pregunta a Alan Pauls, uno de mis escritores argentinos favoritos, pero me dio miedo.
LÍNEA FRONTERIZA
Lo que sí está fuera de discusión es que la Patagonia es enorme y que, a su manera, está llena de fantasmas. Visitar toda la región no está al alcance de cualquiera, en parte debido a que la Argentina no es barata y en parte a lo extenso del territorio, que exige por lo menos seis meses para recorrer, ya sea de forma superficial, aquello que los guías turísticos llaman sorpresas.
Por ejemplo, Neuquén. La provincia de Neuquén es no sólo la única provincia patagónica sin salida al mar, pero fronteriza con Chile, lo que la convierte en una especie de Bolivia en el imaginario geoestratégico de los militares chilenos, tan prusianos ellos. Neuquén es como Jurassic Park, la patria perdida de los dinosaurios de Sudamérica. Allí uno se topa con tiranosaurios y pterodáctilos en cada esquina. Los estancieros de Neuquén ya no hablan de cabezas de ganado sino de velociraptors. Las romerías de paleontólogos son notables en los meses de primavera y verano. El turista generalmente se desplaza en avión y hace bien. Pero lo más recomendable para viajar a la Patagonia es hacerlo pidiendo autostop. Digamos, uno puede viajar en autobús hasta Choele Choel o en avión hasta Bahía Blanca, pero a partir de ese momento hacer autostop. Así, al menos, viajaron los argentinos pobres de la década de los sesenta que no pudieron hacerlo a Europa y así viajan todavía algunos indios patagones cuya curiosidad o alguna diligencia inaplazable los llevó a la capital o a esa ciudad siniestra que Bioy ponderó en su ancianidad, llamada La Plata. Desde Choele Choel el viajero suele hacerse una pregunta crucial: ¿adónde voy? Para internarse en la Patagonia hay dos rutas que ofrecen dos paisajes bien distintos. O uno va hacia Bariloche o uno va hacia Puerto Madryn. En Bariloche lo que el desprevenido turista encontrará será la cordillera de Los Andes y una legión de esquiadores, fanáticos de la nieve con la piel perfectamente bronceada y graves problemas de orden psicológico y sexual que se alojan en el hotel Llao-Llao, un establecimiento de los años 40 con un vago aire a hotel de aguas termales. En Puerto Madryn, por contra, verá el océano Atlántico, que en esas latitudes tiene un color (aunque esto depende de la fecha, claro) decididamente horroroso, como de animal o pellejo de animal descompuesto, como de curtiduría abandonada, aunque el mar, como siempre, huele bien. Y desde allí uno puede visitar la península Valdés, que cierra por el norte el golfo Nuevo, o, aún mejor, salir de Puerto Madryn y dirigirse a Trelew y a Rawson, que están muy cerca y en donde se puede escuchar de madrugada, si uno se encarama a cierta roca en el campo llamada «La roca de Yanquetruz», los gritos que trae el viento de ambas ciudades y que vagamente hablan de jóvenes reclutas, de jóvenes prisioneros, de mareos y de piaras de cerdos.
CRUCE DE CAMINOS
Después de escuchar esto lo mejor es largarse en el primer autobús de Trelew y también de Rawson. Aquí al infatigable viajero, sin embargo, se le presenta otra disyuntiva. O coger la ruta hacia el oeste, hacia la cordillera, hacia Trevelin y Esquel, y visitar Leleque y El Maitén, los pueblos cordilleranos de la provincia de Chubut, pasando por el Parque Nacional de Los Alerces o por el Parque Nacional del Lago Puelo e incluso, si el viajero es más curioso de lo usual, cruzando el Paso Cochamo y asomándose, sin saber muy bien por qué ni para qué, a Chile, o bien seguir la ruta hacia el sur, en dirección a Comodoro Rivadavia y hacia los Bosques Petrificados. Al sur de los Bosques Petrificados puede pasar cualquier cosa. La carretera que corre junto a las estribaciones cordilleranas y la carretera que corre junto al Atlántico ciñen un inmenso territorio intermedio, el último lugar, el territorio hacia donde se dirigen los patagones autoestopistas, cruzado de tanto en tanto por carreteras secundarias o por pistas de tierra que primero desalientan al viajero y luego lo extravían y finalmente lo llevan a una suerte de delirio místico que el hambre y la buena educación consiguen atenuar. Ambas carreteras confluyen en Río Gallegos, la última ciudad de la Patagonia. Más abajo, cruzando el estrecho de Magallanes, se encuentra la Tierra del Fuego argentina y chilena, pero eso ya es otra historia.
Antes del fin - ERNESTO SABATO
Una novela profunda surge frente a situaciones límites de la existencia, dolorosas encrucijadas en que intuimos la insoslayable presencia de la muerte. En medio de un temblor existencial, la obra es nuestro intento, jamás del todo logrado, por reconquistar la unidad inefable de la vida. A través de la angustia, en una máquina portátil comencé a escribir de manera afiebrada la historia de un pintor que desesperadamente intenta comunicarse.
Extraviado en un mundo en descomposición, entre restos de ideologías en bancarrota, la escritura ha sido para mí el medio fundamental, el más absoluto y poderoso que me permitió expresar el caos en que me debatía; y así pude liberar no sólo mis ideas, sino, sobre todo, mis obsesiones más recónditas e inexplicables.


Varios consejos - ERNEST HEMINGWAY
1. Escribe frases breves. Comienza siempre con una oración corta. Utiliza un inglés vigoroso. Sé positivo, no negativo.
2. La jerga que adoptes debe ser reciente, de lo contrario no sirve.
3. Evita el uso de adjetivos, especialmente los extravagantes como “espléndido, grande, magnífico, suntuoso”.
4. Nadie que tenga un cierto ingenio, que sienta y escriba con sinceridad acerca de las cosas que desea decir, puede escribir mal si se atiene a estas reglas.
5. Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación del cuarto de hotel en el que empecé a escribir. Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro. Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte. Trabaja todo el día hasta que estés tan agotado que todo el ejercicio que puedas enfrentar sea leer los diarios. Entonces come, juega tenis, nada, o realiza alguna tarea que te atonte solo para mantener tu intestino en movimiento, y al día siguiente vuelve a escribir.
6. Los escritores deberían trabajar solos. Deberían verse solo una vez terminadas sus obras, y aun entonces, no con demasiada frecuencia. Si no, se vuelven como los escritores de Nueva York. Como lombrices de tierra dentro de una botella. A veces la botella tiene forma artística, a veces económica, a veces económico-religiosa. Pero una vez que están en la botella, se quedan allí. No quieren sentirse solos. Les da miedo estar solos en sus creencias.
7. A veces, cuando me resulta difícil escribir, leo mis propios libros para levantarme el ánimo, y después recuerdo que siempre me resultó difícil y a veces casi imposible escribirlos.
8. Un escritor, si sirve para algo, no describe. Inventa o construye a partir del conocimiento personal o impersonal.
La peste del lenguaje - ITALO CALVINO
A veces tengo la impresión de que una epidemia pestilencial azota a la humanidad en la facultad que más la caracteriza, es decir, en el uso de la palabra; una peste del lenguaje que se manifiesta como pérdida de fuerza cognoscitiva y de inmediatez, como automatismo que tiende a nivelar la expresión en sus formas más genéricas, anónimas, abstractas, a diluir los significados, a limar las puntas expresivas, a apagar cualquier chispa que brote del encuentro de las palabras con nuevas circunstancias.
No me interesa aquí preguntarme si los orígenes de esta epidemia están en la política, en la ideología, en la uniformidad burocrática, en lo homogeneización de los mass-media, en la difusión escolar de la cultura media. Lo que me interesa son las posibilidades de salvación. La literatura (y quizá sólo la literatura) puede crear anticuerpos que contrarresten la expansión de la peste del lenguaje.
(fragmento de "Exactitud")


La alegría y la tristeza - UMBERTO ECO
No creo que haya más que decir sobre la manera en que escribo mis novelas. Salvo que es necesario que me lleven años. No entiendo a los que escriben una novela al año (pueden ser grandísimos, los admiro, pero no los envidio). Lo bueno de escribir una novela no es lo bueno de la transmisión en directo, sino lo bueno de la transmisión en diferido.
Siempre quedo contrariado cuando me doy cuenta de que una de mis novelas toca a su fin, es decir que, según su lógica interna, es hora de que ella (él) acabe, y yo lo deje. Cuando me doy cuenta de que, si siguiera aún, lo empeoraría. Lo bueno, la alegría verdadera es vivir durante seis, siete, ocho años (posiblemente hasta el infinito) en un mundo que te estás construyendo poco a poco, y que se vuelve tuyo.
La tristeza empieza cuando la novela está acabada.
Ésta es la única razón por la que desearías escribir otra inmediatamente. Pero si no está ahí, esperándote, es inútil acelerar los tiempos.
Sobre el escribir en primera persona - ERNEST HEMINGWAY
Cuando empiezas a escribir en primera persona, si las historias resultan tan reales que la gente se las cree, los lectores pensarán casi siempre que esas historias te sucedieron de verdad. Y es natural porque, al inventarlas, hiciste que le sucedieran a la persona que las contaba. Si lo logras, consigues que el lector crea que estos hechos le sucedieron también a él. Y si eres capaz de hacerlo, empiezas a conseguir lo que pretendías, que es construir algo que se convertirá en parte de la experiencia del lector y en parte de su memoria. Habrá cosas que no notó al leer la historia o la novela, pero que, sin que se dè cuenta, penetrarán en su memoria y su experiencia, de modo que pasarán a formar parte de su vida. Conseguirlo no es sencillo.


Escribir - MARGUERITE DURAS
Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escritor.
No existe diferencia - AUGUSTO MONTERROSO
Para quien en un momento dado, de pronto o gradualmente, decide que va a ser escritor, no existe diferencia alguna entre nacer en cualquier punto de Centroamérica, en Dublín, en París, en Florencia o en Buenos Aires. Venir a este mundo al lado de una mata de plátano o a la sombra de una encina puede resultar tan bueno o tan malo como hacerlo en medio de un prado, en la pampa o en la estepa, en una aldea perdida de provincia o en una gran capital. Enfrentar el mosquito anófeles del paludismo en una aislada población del trópico o los bacilos de Koch en Praga, puede, es verdad, determinar el curso que seguirá su vida, acortar ésta o hacerla insoportable y melancólica, pero no impedirle concebir ideas originales y formularlas en frases brillantes o, para el caso, salvarlo de pensar tonterías y exponerlas en frases torpes. El pequeño mundo que uno encuentra al nacer es el mismo en cualquier parte en que se nazca; sólo se amplía si uno logra irse a tiempo de donde tiene que irse, físicamente o con la imaginación.


El maestro - JULIO RAMÓN RIBEYRO
Yo he tenido muchos profesores de literatura. Pero he tenido solamente un maestro. Y ese maestro fue mi padre. Me acuerdo que un día me dijo: «Tú sabes que hay un escritor que es mejor que Dumas, y que se llama Balzac. Y hay un escritor que es mejor que Balzac, y que se llama Flaubert. Y un escritor mejor que Flaubert, y que se llama Stendhal. Y un escritor mejor que Sthendal, y que se llama Proust.» De este modo abría para mí un panorama de lecturas verdaderamente ilimitado. Esta yo creo que fue una de las circunstancias principales que forjó y fomentó mi vocación de escritor.
¿Cómo se escribe? - CLARICE LISPECTOR
Cuando no estoy escribiendo, yo simplemente no sé cómo se escribe. Y si no sonara infantil y falsa esta pregunta que es de las más sinceras, yo elegiría a un amigo escritor y le preguntaría: ¿cómo se escribe?
Porque, realmente, ¿cómo se escribe? ¿qué se dice? ¿cómo se dice? Y ¿cómo se empieza? Y ¿qué se hace con el papel en blanco que nos enfrenta tranquilo?
Sé que la respuesta, por más que intrigue, es esta única: escribiendo. Soy la persona que más se sorprende al escribir. Y todavía no me habitué a que me llamen escritora. Porque, salvo las horas en las que escribo, no sé en absoluto escribir. ¿Será que escribir no es un oficio? ¿No hay aprendizaje, entonces? ¿Qué es? Sólo me consideraré escritora el día en que yo diga: sé cómo se escribe.


Mundo escrito y mundo no escrito - ITALO CALVINO
Cuando me aparto del mundo escrito para reencontrar mi lugar en el otro, en lo que solemos llamar el mundo, hecho de tres dimensiones, cinco sentidos y poblado por miles de millones de seres como nosotros, esto equivale para mí a repetir, cada vez, el trauma del nacimiento, a dar forma de realidad inteligible a un conjunto de sensaciones confusas y a elegir una estrategia para enfrentar lo inesperado sin que me destruya.
El escritor y los viajes - ERNESTO SABATO
Para bien y para mal, el escritor verdadero escribe sobre la realidad que ha sufrido y mamado, es decir sobre la patria; aunque a veces parezca hacerlo sobre historias lejanas en el tiempo y en el espacio. Creo que Baudelaire dijo que la patria es la infancia. Y me parece difícil escribir algo profundo que no esté unido de una manera abierta o enmarañada a la infancia. Por eso aún los grandes expatriados, como Ibsen o Joyce, siguieron tejiendo y destejiendo esa misma y misteriosa trama. Viajar es siempre un poco superficial. El escritor de nuestro tiempo debe ahondar en la realidad. Y si viaja debe ser para ahondar, paradojalmente, en el lugar y los seres de su propio rincón.
