El Cuento Breve de la Semana
"Última vuelta"
SAMANTA SCHWEBLIN
Julia me sonríe desde el otro caballo. Cuando el animal sube, las luces le iluminan el pelo; cuando baja, ella se toma del mástil y se arquea hacia atrás, sin dejar de mirarme. Somos indias hermosas. En la calesita, montamos nuestros caballos hasta el infinito, huimos de terribles amenazas y rescatamos de la muerte a animales en peligro. Si algo sale mal, si necesitamos duplicar nuestras fuerzas, chocamos los rubíes de nuestros anillos y una energía cósmica nos da superpoderes. Julia estira hacia mí su mano y yo la tomo de los dedos, apenas alcanzamos a mantenernos agarradas. Pregunta si la quiero. Digo que sí. Pregunta si vamos a vivir juntas para siempre. Le digo que sí. Pregunta si algún día tendremos un castillo, si va a ser inmenso y si las indias viven en castillos así, inmensos. Le digo que sí, por supuesto, que eso es lo que hacen las indias hermosas. Mamá está entre la gente que espera en el banco. La busco pero no la veo. Me abrazo a la crin dorada de mi caballo. Julia me imita y esperamos a mamá para saludarla. La calesita gira y mamá sigue sin aparecer. Dos hermanos nos miran desde uno de los bancos. Hay más gente también, otros chicos con sus padres esperando el turno de la boletería. Cuando completamos otra vuelta el menor de los hermanos nos señala. Están sentados junto a una mujer muy vieja, que también nos mira. Tiene un chal plateado, el pelo blanco y la piel oscura; parece cansada. Donde está mamá, dice Julia. Busco a mamá. El boletero que sacude la llave no es el hombre de siempre. El carrusel se detiene, tenemos que bajar. Los hermanos dejan su banco y vienen hacia nuestros caballos. De todos los que hay, ellos quieren estos, y vamos a tener que dárselos. Julia se aferra a su caballo, mira a los chicos que ya suben. Hay que bajar, digo. Me mira asustada, quieren nuestros caballos, dice, los rubíes, choquemos los rubíes, dice estirando su mano hacia mí. Pienso en darle el gusto pero los hermanos se trepan y me preocupa no ver a mamá. El mayor se acerca y le da dos palmadas al morro de mi caballo. El otro le hace un gesto a Julia para que se baje. Ella tiene los cachetes inflados y colorados, parece que está por llorar. Acaricio la piel cálida, fuerte, de mi caballo. Apenas alcanzo a bajar y siento al chico tomar con fuerza la montura y subirse. Taconea y grita, trata al caballo como a un animal de guerra. La calesita empieza a moverse y descubro que Julia ya no está en su caballo, ni cerca de mí. Tengo que bajar pero no la encuentro. Tampoco a mamá. La abuela de los hermanos camina hacia mí y me hace un gesto para ayudarme a saltar. Sus manos me dan miedo. Me toma de los dedos. Está helada y es tan flaca que es como si le tocara los huesos. La calesita sigue girando. Me tiro y tropezamos. Caigo al piso de tierra y creo que ella cae conmigo. Trato de levantarme pero no puedo. Algo pasa. Siento un dolor profundo, en todo el cuerpo, algo que se comprime, o se aplasta, algo muy delicado. Los brazos y las piernas tardan en responderme, se mueven lento, ya no soportan su propio peso. Siento frío y, con esfuerzo, apenas logro girar para volverme hacia la calesita. Entonces los hermanos aparecen por la derecha, dos soldados erguidos sobre los corceles. Cuando el mayor me ve señala asustado y enseguida empiezan a bajar. Algunos padres se acercan y me ayudan a incorporarme. Les cuesta levantarme, me mueven con cuidado. Entre varios me acompañan hasta un banco. El mayor de los hermanos me acaricia el pelo y acomoda sobre mis hombros un chal, el menor se sienta a mi lado y me mira asustado. Descubro el anillo, el rubí brillante en mi piel vieja y oscura, y me quedo así, inmóvil, los dedos sobre los huesos de las rodillas, atenta al movimiento de los caballos vacíos. Que suben y bajan. Suben y bajan. Y detrás, infinitas, las praderas verdes que me separan del castillo.
"Del diario de un ayudante contable"
ANTÓN CHÉJOV
1863, mayo, 11. Nuestro sexagenario contable Sórbov bebió leche con cogñac con motivo de la tos y se enfermó con le mismo motivo de delirium tremens. Los doctores, con esa seguridad en sí mismos que les es propia, afirman que mañana morirá. ¡Por fin seré contable! Ese puesto me lo prometieron ya hace tiempo.
El secretario Ácarov serpa procesado por agredir a un solicitante que lo llamó burócrata. Eso, por lo visto, está decidido.
He tomado una decocción contra la gastritis.
1865, agosto,3. El contable Sórbov otrea vez se enfermó del pecho. Tiene tos y toma leche con cogñac. Si muere, el puesto será mío. Abrigo una esperanza, aunque débil, ya que, por lo visto, ¡el delirium tremens no siempre es mortal!
Ácarov le arrebató un pagaré a un armenio y lo rompió. Parece que el asunto irá a juicio.
Una viejecita (Gúrievna) dijo ayer que lo mío no es gastritis sino hemorroides internas. ¡Es muy probable que así sea!
1867, junio, 30. En Arabia, escriben, hay cólera. Quizás llegue a Rusia, y entonces habrá muchas vacantes. Quizás el viejo Sórbov muera y yo obtenga el puesto de contable. ¡Es resistente el hombre! Vivir tanto, para mí, es incluso censurable.
¿Qué puedo tomar contra la gastritis? ¿Semillas de santónico?
1870, enero, 2. En el patio de Sórbov toda la noche estuvo aullando un perro. Mi cocinera Pelaguéia dice que es una señal inequívoca, y me quedé con ella hasta las dos de la madrugada hablando de que, cuando sea contable, me compraré un abrigo de mapache y una bata. Y quizás me case. Por supuesto, no con una muchacha –ya no tengo edad para eso–, sino con una viuda.
Ayer Ácarov fue sacado del club porque contó en voz alta un chiste indecente y se burló del patriotismo del miembro de la diputación comercial, Poniújov. Este último, según se comenta, le hará juicio.
Quiero ir a ver al doctor Borkin por lo de la gastritis. Dicen que cura bien…
1878, junio, 4. En Vetlianka, escriben, hay peste. La gente cae muerta sin más, escriben. Sórbov, con motivo de ello, toma vodka con pimienta. Aunque a este viejo de poco le servirá el vodka con pimienta. Si llega la peste, casi seguro seré contable.
1883, junio, 4. Se está muriendo Sórbov. Lo fui a visitar y con lágrimas en los ojos le pedí perdón por haber esperado su muerte con impaciencia. Me perdonó con lágrimas de generosidad y me aconsejó tomar café de bellotas para la gastritis.
Y Ácarov otra vez estuvo a punto de ir a juicio: el empeñó a un judío un pianoforte tomado en alquiler. Y a pesar de todo eso ya tiene la Orden de Stanislav y el rango de asesor colegiado. ¡Es increíble lo que sucede en este mundo!
10 gramos de jengibre, 15 gramos de cincoenrama, 5 gramos de vodka picante, 20 gramos de coral insoluble; mezclar todo, macerar en un litro de vodka y tomar una copita en ayunas para la gastritis.
El mismo año, junio, 7. Ayer enterraron a Sórbov. ¡Ay! ¡La muerte de ese viejo no me hizo bien! Se me aparece en sueños por las noches con una clámide blanca y llamándome con el dedo. Y ¡ay de mí, ay de mí, desgraciado!: el contable no soy yo, sino Chálikov. El puesto no lo recibí yo, sino un joven que tiene la protección de una tía esposa de un general. ¡Todas mis esperanzas están perdidas!
1886, junio, 10. A Chálikov se le escapó la esposa. Está triste el pobre. Quizás se suicide de la pena. Si lo hace seré contable. Sobre eso ya hubo una conversación. Quiere decir que mi esperanza aún no está perdida, que se puede vivir y, quizás, el abrigo de mapache no está tan lejos. En cuanto a casarme, no tengo nada en contra. ¿Por qué no casarme si se presenta una buena ocasión? Solo que debería pedir consejo a alguien, es un paso importante.
Ácarov confundió sus chanclos con los del consejero secreto Lirmans. ¡Qué escándalo!
El portero Paísi me aconsejó tomar sublimado corrosivo para la gastritis. Probaré.
"La obra"
ERNESTO SABATO
Supe de él, por primera vez en el año 1929. Me habló un amigo común, me explicó que trabajaba en una obra; no me pudo explicar bien en qué consistía, pero parece que era algo literario o cosa por el estilo; también podía ser un Tratado de Estética.
Durante dos años no tuve más noticias, hasta que me encontré nuevamente con el amigo en un tren suburbano. Me comunicó que la obra continuaba; iba a ser algo muy importante, pero había detalles, elementos, en fin, que faltaban.
Poco a poco, a lo largo del tiempo, fui conociendo a otros amigos del autor y así tuve oportunidad de ir teniendo noticias más frecuentes. Todos hablaban con mucho entusiasmo de la obra. Pregunté en cierta ocasión si era vasta.
–Es vasta. Hace veinte años que trabaja –me respondieron.
¿Era literatura, filosofía, crítica? No la habían leído, no era fácil responder, era compleja, no se podía explicar en cuatro palabras, iba a revolucionar mucas cosas; los amigos estaban entusiasmados.
Durante varios años oí hablar de la obra. Llegué a tener verdadera curiosidad por conocer al autor. Por fin, una noche me llevaron a su casa. Tuve una considerable impresión. Permaneció toda la noche en la penumbra, mientras los amigos discutían acaloradamente sobre cosas; a veces, cuando se lo consultaba, respondía con una leve inclinación de la cabeza: una vez movió una mano. Cuando salimos, todos hablaron con entusiasmo de él.
El año pasado volví a encontrarme con uno de los amigos y pregunté por él.
–Murió el último invierno –respondió sombríamente.
–Caramba –comenté.
Luego pregunté por la obra.
–Ha quedado inconclusa –me respondió pensativamente–. Era una gran obra.
"El pichón municipal"
ITALO CALVINO
Los itinerarios que las aves siguen en sus migraciones, hacia el sur o hacia el norte, en otoño o en primavera, rara vez atraviesan la ciudad. Las bandadas surcan el cielo altas sobre los estriados lomos de los campos y a lo largo del lindero de los bosques, y ora parecen seguir la ondulante línea de un río, o el surco de un valle, ora los invisibles caminos del viento. Pero cambian el rumbo en cuanto las hileras de tejados de una ciudad se les ponen delante.
Sin embargo, en cierta ocasión un vuelo de becadas otoñales apareció en la tajada de cielo de una calle. Y lo advirtió sólo Marcovaldo, pues no en vano andaba siempre con la cabeza llena de pájaros. Iba en un motocarro de reparto, y al ver las aves pedaleó más fuerte, como si fuera acosándolas, preso de una fantasía de cazador, si bien es cierto que jamás se había echado al hombro más fusil que el del servicio militar.
Y andando de esa suerte, puestos los ojos en las aves que volaban, se encontró en mitad de un cruce, con el semáforo en rojo, entre los coches, y faltó un pelo para que no le atropellaran. Mientras un guardia con la cara al rojo vivo le tomaba nombre y dirección, Marcovaldo siguió buscando con la mirada aquellas alas en el cielo, pero habían desaparecido.
En la empresa, la multa le valió agrios reproches.
–¿Ni siquiera entiendes los semáforos? --le chilló el jefe de sección, el señor Viligelmo--. ¿Pero qué estabas mirando, cabeza de chorlito?
–Una bandada de becadas, eso es lo que miraba… –dijo el otro.
–¿Cómo? –y al señor Viligelmo, que era un viejo cazador, le brillaron los ojos.
Y Marcovaldo se explicó.
–¡El sábado salgo con perro y escopeta! –dijo el jefe de sección, todo avispado, sin acordarse más del rapapolvo--. Ha comenzado ya su paso, allá en las colinas. Sin duda se trataba de una bandada ahuyentada por los cazadores, que se ha desviado a la ciudad…
Durante el resto del día el cerebro de Marcovaldo estuvo dale que dale como un molino. «Si el sábado, como es probable, las colinas se llenan de cazadores, no serán pocas las becadas que bajen a la ciudad; y si me doy maña, el domingo como becada asada.»
La casa de vecindad en que vivía Marcovaldo era de las que tienen azotea, con alambres para tender la ropa. Marcovaldo subió a la misma en compañía de tres de sus hijos, con un bidón de liga, un pincel y un saco de maíz. Mientras los chicos esparcían el maíz por todas partes, él untaba de liga el antepecho, los alambres, la caperuza de las chimeneas. Tanto la prodigó que Fillippetto, jugando, casi se queda pegado.
Aquella noche Marcovaldo soñó con una azotea cubierta de becadas presas en el pegamento. Su mujer, Domitilla, más voraz y comodona, soñó con ánades asados en lo alto de las chimeneas. La hija, Isolina, romántica ella, soñaba con colibríes para adornarse el sombrerito. Michelino soñó que encontraría una cigüeña.
Al día siguiente, cada hora, uno de los niños subía de inspección a la azotea: atisbaba furtivamente desde el tragaluz, para que si estaban a punto de posarse no se fueran a espantar, y se volvía abajo a dar el parte. Las noticias no acababan de ser buenas. Hasta que, al filo del mediodía, Pietruccio bajó gritando:
–¡Ya están! ¡Papá! ¡Sube!
Marcovaldo voló arriba con un saco. Atrapado en el visco estaba un pobre pichón, uno de esos grises palomos de ciudad, acostumbrados al gentío y al bullicio de las plazas. Revoloteando a su alrededor, otros pichones lo contemplaban tristemente, mientras él intentaba despegar las alas de aquel légamo en el que tan torpemente se había posado.
La familia de Marcovaldo estaba mondando los huesecillos de aquel flaco y estropajoso pichón asado cuando llamaron a la puerta.
Era la criada de la casera:
–¡La señora quiere hablar con usted! ¡Venga en seguida!
Muy preocupado, pues debía seis meses de alquiler y se temía el desahucio, Marcovaldo fue al piso de la propietaria, en la planta noble.
Nada más entrar al salón vio que había ya una visita: el guardia de la cara roja.
–Venga acá, Marcovaldo –dijo la señora--. Me han llamado la atención con que en nuestra azotea alguien se dedica a cazar las palomas del municipio. ¿Sabe algo de eso usted?
Marcovaldo se quedó helado.
–¡Señora! ¡Señora! –gritó en aquel momento una voz de mujer.
–¿Qué sucede, Guendalina?
Entró la lavandera.
–He subido a tender a la azotea, y se me queda apelmazada toda la ropa. ¡Venga a estirar para soltarla, pero se rasga! ¡Toda echada a perder! ¿Por qué será?
Marcovaldo se pasaba una mano sobre el estómago como si le costara digerir.
"Sobre las aves del aire"
J. M. COETZEE
En otro tiempo la pequeña franja de tierra que hay frente a las Torres perteneció a las aves, que hurgaban en el lecho del riachuelo y partían las piñas para extraer los píñones. Hoy se ha convertido en un espacio verde, un parque público frecuentado por animales bípedos. Han enderezado el curso del riachuelo, lo han revestido de hormigón y ha pasado a formar parte de la red de conductos de agua.
Desde que empezaron a aparecer esos recién llegados, las aves se mantienen a prudente distancia. Todas salvo las urracas. Todas salvo la urraca jefe (así es como la considero), el más viejo, por lo menos el más majestoso y maltrecho de los pájaros, del que imagino que es macho hasta el tuétano. Cuando estoy sentado en el banco, camina trazando lentos círculos a mi alrededor. No me está inspeccionando. No siente ninguna curiosidad por mí. Me está advirtiendo, me advierte que me vaya. También está buscando mi punto vulnerable, por si tiene necesidad de atacarme, por si llegamos a esa situación.
Al final del camino (así es como lo concibo), está dispuesto a contemplar la posibilidad de un compromiso: por ejemplo, un compromiso en el que me retiro a una de las jaulas protectoras que los animales humanos hemos levantado al otro lado de la calle, mientras él conserva este espacio como propio; un compromiso por el que accedo a salir de mi jaula solo durante unas horas determinadas, pongamos entre las tres y las cinco de la tarde, cuando a él le gusta echarse una siestecita.
Una mañana oí un tamborileo repentino e imperioso en la ventana de mi cocina. Allí estaba él, aferrado al alféizar con las garras, aleteando, mirando furibundo al interior, advirtiéndome: ni siquiera dentro de casa podría estar seguro.
Ahora, a finales de primavera, él y sus esposas se pasan la noche entera cantándose unos a otros en las copas de los árboles. No les importa lo más mínimo que no pegue ojo en toda la noche.
La urraca jefe no tiene una idea definida de cuánto viven los seres humanos, pero cree que no es tanto como las urracas. Cree que me moriré en esa jaula mía, me moriré de viejo. Entonces él podrá echar abajo la ventana, entrar pavoneándose y arrancarme los ojos a picotazos.
En ocasiones, cuando el tiempo es muy caluroso, se digna beber en la pila de la fuente pública. En el momento en que alza el pico para dejar que el agua le baje por el gaznate, resulta vulnerable al ataque, y lo sabe. Por eso procura mantener una expresión especialmente severa. Atrévete a reír, dice, e iré por ti.
Nunca vacilo en concederle el pleno respeto, la plena atención que exige. Esta mañana ha atrapado un escarabajo y estaba muy orgulloso de sí mismo, visiblemente contento. Con el escarabajo impotente en su pico, las alas maltrechas y desplegadas a los lados, se acercó a saltitos hacia mí, deteniéndose al final de cada brinco, hasta que no estuvo a más de un metro de distancia. «Bien hecho», le murmuré. Él ladeó la cabeza para escuchar mi breve canto de tres sílabas. Me pregunté si me reconocía. ¿Había ido ahí con suficiente frecuencia para que, a sus ojos, constituyera parte de su entorno?
También hay visitas de las cacatúas. Una de ellas se posa apaciblemente en un ciruelo silvestre. Me mira y sujeta un hueso de ciruela con las garras, como diciendo: «¿Quieres un bocado?». Deseo decirle: «Esto es un parque público. Aquí eres tan visitante como yo, no deberías ofrecerme comida». Pero lo público, lo privado, no significan nada para ella. «Es un mundo libre», me dice.
"Historia del Necronomicon"
H. P. LOVECRAFT
El título original era Al-Azif. Azif era el término utilizado por los árabes para designar el ruido nocturno, producido por los insectos que, se suponía, podía identificarse con el murmullo de los demonios.
Fue compuesto en tiempos de los califas omeyas, hacia el año 700, por Abdul Alhazred, un poeta loco de Sanaa, Yemen. Tras visitar las ruinas de Babilonia y los subterráneos secretos de Menfis, pasó diez años en la soledad del gran desierto que se extiende al sur de Arabia, el roba el-Khaliyeh, “o espacio vacío” de los antiguos, y el Dahna, o desierto Escarlata de los árabes modernos. Quienes afirman haber penetrado en este desierto refieren de él muchas cosas maravillosas, extrañas e sobrenaturales, como que está habitado por espíritus malignos y monstruos tenebrosos. Durante los últimos años de su vida, Alhazred vivió en Damasco, donde escribió el Necronomicon (Al-Azif), y sobre su muerte o desaparición en 738 circulan terribles y contradictorios rumores. Su biógrafo del siglo XII, Ebn-Khallikan, cuenta que fue asesinado por un monstruo invisible en pleno día y devorado de un modo horrible en presencia de numerosos aterrorizados testigos. Sobre su demencia se cuentan muchas cosas. Pretendía haber visto la famosa Irem, la Ciudad de los Pilares, y haber encontrado bajo las ruinas de una innominada ciudad del desierto, los anales secretos de una raza más antigua que la humanidad. La fe musulmana le resultaba indiferente y adoraba a unas desconocidas entidades a las que él denominaba Yog-Sothoth y Cthulhu.
Hacia el año 950, el Azif, que había circulado en secreto entre los filósofos de la época, fue traducido secretamente al griego por Theodorus Philetas de Constantinopla, bajo el título de Necronomicon. Durante un siglo, y debido a su influencia, tuvieron lugar ciertos hechos horribles, por lo que fue prohibido y quemado por el patriarca Miguel. Desde entonces sólo se menciona subrepticiamente, aunque en 1228, Olaus Wormius encuentra una traducción al latín que fue impresa dos veces, una en el siglo XV, en letras negras (con toda seguridad en Alemania), y otra en el siglo XVII (probablemente en España). Ambas ediciones carecen de marcas de identificación, de forma que sólo su tipografía permite suponer la fecha y el lugar de impresión. La obra, tanto en su versión griega como en latina, fue prohibida por el papa Gregorio IX, en 1232, poco después de que su traducción al latín constituyese un poderoso foco de atención. La edición árabe original se perdió en tiempos de Wormius, tal y como se dijo en la nota introductoria. No hay rastros de la versión griega, impresa en Italia entre 1500 y 1550, después del incendio que tuvo lugar en la biblioteca de cierto habitante de Salem, en 1692. Una traducción al inglés efectuada por el Dr. Dee nunca fue impresa y sólo existe en fragmentos recuperados del manuscrito original. De los textos latinos que aún subsisten, uno (del siglo XV) está guardado en el Museo Británico, y el otro (del siglo XV) en la Biblioteca Nacional de París. Una edición del siglo XVII se encuentra en la Biblioteca Wiedener de Harvard y otra en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic, en Arkham; mientras que hay una más en la Biblioteca de la Universidad de Buenos Aires. Probablemente existían más copias secretas, y se rumoreaba persistentemente que una copia del siglo XV fue a parar a la colección de un célebre millonario norteamericano. Existe otro rumor que asegura que una copia del texto griego del siglo XVI es propiedad de la familia Pickman de Salem; pero es casi seguro que esta copia desapareció, al mismo tiempo que el artista R. U. Pickman, en 1926. El libro está estrictamente prohibido por las autoridades de la mayoría de los países y por todas las iglesias organizadas. Su lectura puede acarrear consecuencias nefastas. Se cree que R. W. Chambers se basó en este libro para componer su obra temprana El rey en amarillo.
Cronología:
1. Al-Azif es escrito en Damasco en el 730 por Abdul Alhazred.
2. Traducción al griego con el título de Necronomicon, a cargo de Theodorus Philetas, en el 950.
3. El patriarca Miguel lo prohíbe en 1050 (texto griego). El texto árabe se ha perdido.
4. En 1228, Olaus traduce el texto griego al latín.
5. Las ediciones latina y griega son destruidas por Gregorio IX en 1232.
6. Alrededor de 1400, aparece una edición en letras góticas en Alemania.
7. Alrededor de 1500, el texto griego es impreso en Italia.
8. Alrededor de 1600, aparece la traducción al castellano del texto latino.
1927
"La quinta historia"
CLARICE LISPECTOR
Esta historia podría llamarse «Las estatuas». Otro nombre posible es «El asesinato». Y también «Cómo matar cucarachas». Entonces haré por lo menos tres historias verdaderas, porque ninguna de ellas desmiente a la otra. Aunque una sola serían mil y una, si me dieran mil y una noches.
La primera, «Cómo matar cucarachas», comienza así: me quejé de las cucarachas. Una señora oyó mi queja. Me dio la receta de cómo matarlas. Que mezclase en partes iguales azúcar, harina y yeso. La harina y el azúcar las atraerían, el yeso les quemaría lo de adentro. Así hice: murieron.
La otra historia es justamente la primera, y se llama «El asesinato». Comienza así: me quejé de las cucarachas. Una señora me oyó. Sigue la receta. Y entonces entra el asesinato. La verdad es que sólo en abstracto me había quejado de las cucarachas, que ni mías eran: pertenecían a la planta baja y escalaban las cañerías del edificio hasta nuestro hogar. Sólo a la hora de preparar la mezcla fue cuando se volvieron también mías. En nuestro nombre, entonces, comencé a medir y pesar ingredientes en una concentración un poco más intensa. Un vago rencor me había invadido, un sentido de ultraje. De día las cucarachas eran invisibles y nadie creería en el mal secreto que roía una casa tan tranquila. Pero si ellas, como los males secretos, dormían de día, allí estaba yo preparándoles el veneno de noche. Meticulosa, ardiente, preparaba el elixir de la larga muerte. Un miedo excitado y mi propio mal secreto me guiaban. Ahora yo sólo quería fríamente una cosa: matar cada cucaracha que existe. Las cucarachas suben por las cañerías mientras una, cansada, sueña. Y he aquí que la receta estaba lista, tan blanca. Como para cucarachas astutas como yo, esparcí hábilmente el polvo hasta que éste más parecía formar parte de la naturaleza. Desde mi cama, en el silencio del departamento, las imaginaba subiendo una a una hasta el patio de servicio donde la oscuridad dormía, sólo un mantel despierto en la cuerda de la ropa. Desperté horas después en un sobresalto de atraso. Ya era de madrugada. Atravesé la cocina. Allí en el piso del patio estaban ellas, tiesas, grandes. Durante la noche yo las había matado. En nombre nuestro, amanecía. En el morro, un gallo cantó.
La tercera historia que ahora se inicia es la de «Las estatuas». Comienza diciendo que yo me había quejado de las cucarachas. Después viene la misma señora. Prosigue hasta el punto en que, de madrugada, me despierto y todavía soñolienta atravieso la cocina. Más soñoliento que yo está el patio en su perspectiva de azulejos. Y en la oscuridad de la aurora, un tinte violáceo que distancia todo, distingo a mis pies sombras y blancuras: decenas de estatuas se desparraman rígidas. Las cucarachas que se habían endurecido de dentro hacia afuera. Algunas con la barriga para arriba. Otras a la mitad de un gesto que no se completaría jamás. En la boca de unas un poco de comida blanca. Soy el primer testimonio del amanecer en Pompeya. Sé cómo fue esta última noche; sé de la orgía en la oscuridad. En algunas el yeso se habrá endurecido tan lentamente como en un proceso vital, y ellas, con movimientos cada vez más penosos, habrán intensificado ávidamente las alegrías de la noche, tratando de huir de dentro de sí mismas. Hasta que se vuelven de piedra, en un espanto de inocencia, y con tal, tal mirada de afligida censura. Otras, súbitamente asaltadas por el propio interior, sin siquiera haber tenido la intuición de un molde interno que se petrificaba: ésas de pronto se cristalizan, así como la palabra es cortada de la boca: yo te... Ellas que, usando el nombre de amor en vano, en la noche de verano cantaban. Mientras aquella otra, la de antena marrón, sucia de blanco, habrá adivinado demasiado tarde que se había momificado justamente por no haber sabido usar las cosas con la gracia gratuita del en vano: «Es que miré demasiado hacia adentro de mí; es que miré demasiado hacia adentro de...», desde mi fría altura de gente miro la destrucción de un mundo. Amanece. Una que otra antena de cucaracha muerta tiembla seca con la brisa. De la historia anterior canta el gallo.
La cuarta narración inaugura una nueva era en el hogar. Comienza como se sabe: me quejé de las cucarachas. Va hasta el momento en que veo los monumentos de yeso. Muertas, sí. Pero miro hacia las cañerías, por donde esta misma noche ha de renovarse una población lenta y viva en fila india. ¿Renovaría entonces todas las noches el azúcar letal?, como quien ya no duerme sin la avidez de un rito. ¿Y todas las madrugadas me conduciría sonámbula hasta el pabellón?, en el vicio de ir al encuentro de las estatuas que mi noche sudada levantaba. Me estremecí de placer ruin ante la visión de aquella doble vida de hechicera. Y me estremecí también ante el aviso del yeso que seca: el vicio de vivir que haría estallar mi molde interno. Áspero instante de elección entre dos caminos que, pensaba, se dicen adiós, y segura de que cualquier elección sería la del sacrificio: yo o mi alma. Elegí. Y hoy ostento secretamente en el corazón una placa de virtud: «Esta casa fue fumigada».
La quinta historia se llama «Leibniz y la trascendencia del amor en la Polinesia». Comienza así: me quejé de las cucarachas.
"De la simetría interplanetaria"
JULIO CORTÁZAR
Apenas desembarcado en el planeta Faros, me llevaron los farenses a conocer el ambiente físico, fitogeográfico, zoogeográfico, político-económico y nocturno de su ciudad capital que ellos llaman 956.
Los farenses son lo que aquí denominaríamos insectos; tienen altísimas patas de araña (suponiendo una araña verde, con pelos rígidos y excrecencias brillantes de donde nace un sonido continuado, semejante al de una flauta y que, musicalmente conducido, constituye su lenguaje); de sus ojos, manera de vestirse, sistemas políticos y procederes eróticos hablaré alguna otra vez. Creo que me querían mucho; les expliqué, mediante gestos universales, mi deseo de aprender su historia y costumbres; fui acogido con innegable simpatía.
Estuve tres semanas en 956; me bastó para descubrir que los farenses eran cultos, amaban las puestas de sol y los problemas de ingenio. Me faltaba conocer su religión, para lo cual solicité datos con los pocos vocablos que poseía –pronunciándolos a través de un silbato de hueso que fabriqué diestramente–. Me explicaron que profesaban el monoteísmo, que el sacerdocio no estaba aún del todo desprestigiado y que la ley moral les mandaba ser pasablemente buenos. El problema actual parecía consistir en Illi. Descubrí que Illi era un farense con pretensiones de acendrar la fe en los sistemas vasculares («corazones» no sería morfológicamente exacto) y que estaba en camino de conseguirlo.
Me llevaron a un banquete que los distinguidos de 956 le ofrecían a Illi. Encontré al heresiarca en lo alto de la pirámide (mesa, en Faros) comiendo y predicando. Lo escuchaban con atención, parecían adorarlo, mientras Illi hablaba y hablaba.
Yo no conseguía entender sino pocas palabras. A través de ellas me formé una alta idea de Illi. Repentinamente creí estar viviendo un anacronismo, haber retrocedido a las épocas terrestres en que se gestaban las religiones definitivas. Me acordé del Rabbi Jesús. También el Rabbi Jesús hablaba, comía y hablaba, mientras los demás lo escuchaban con atención y parecían adorarlo.
Pensé: «¿Y si éste fuera también Jesús? No es novedad la hipótesis de que bien podría el Hijo de Dios pasearse por los planetas convirtiendo a los universales. ¿Por qué iba a dedicarse con exclusividad a la Tierra? Ya no estamos en la era geocéntrica; concedámosle el derecho a cumplir su dura misión en todas partes».
Illi seguía adoctrinando a los comensales. Más y más me pareció que aquel farense podía ser Jesús. «Qué tremenda tarea», pensé. «Y monótona, además. Lo que falta saber es si los seres reaccionan igualmente en todos lados. ¿Lo crucificarían en Marte, en Júpiter, en Plutón…?».
Hombre de la Tierra, sentí nacerme una vergüenza retrospectiva. El Calvario era un estigma coterráneo, pero también una definición. Probablemente habíamos sido los únicos capaces de una villanía semejante. ¡Clavar en un madero al Hijo de Dios…!
Los farenses, para mi completa confusión, aumentaban las muestras de su cariño; prosternados (no intentaré describir el aspecto que tenían) adoraban al maestro. De pronto, me pareció que Illi levantaba todas las patas a la vez (y las patas de un farense son diecisiete). Se crispó en el aire y cayó de golpe sobre la punta de la pirámide (la mesa). Instantáneamente quedó negro y callado; pregunté y me dijeron que estaba muerto. Parece que le habían puesto veneno en la comida.
1943
"Postrimerías"
ADOLFO BIOY CASARES
Cuando entró en el edificio, buscó las escaleras, para subir. Encontrarlas era difícil. Preguntaba por ellas, y algunos le contestaban: «No hay». Otros le daban la espalda. Acababa siempre por encontrarlas y por subir otro piso. La circunstancia de que muchas veces las escaleras fueran endebles, arduas y estrechas, aumentaba su fe. En un piso había una ciudad, con plazas y calles bien trazadas. Nevaba, caía la noche. Algunas casas –eran todas de tamaño reducido– estaban iluminadas vivamente. Por las ventanas veía a hombres y mujeres de dos pies de estatura. No podía quedarse entre esos enanos. Descubrió una amplia escalinata de piedra, que lo llevó a otro piso. Éste era un antecomedor, donde mozos, con chaqueta blanca y modales pésimos, limpiaban juegos de té. Sin volverse, le dijeron que había más pisos y que podía subir. Llegó a una terraza con vastos parques crepusculares, hermosos, pero un poco tristes. Una mujer, con vestido de terciopelo rojo, lo miró espantada y huyó por el enorme paisaje, meciéndose la cabellera, gimiendo. Él entendió que cuantos vivían ahí estaban locos. Pudo subir otro piso. En una arquitectura propia del interior de un buque, en la que abundaban maderas y hierros pintados de blanco, halló una escalera de caracol. Subió por ella a un altillo donde estaban los peroles que daban el agua caliente a los pisos de abajo. Dijo: «Sobre el fuego está el cielo» y seguro de su destino, se agarró de un caño, para subir más. El caño se dobló; hubo un escape de vapor, que le rozó el brazo. Esto lo disuadió de seguir subiendo. Pensó: «En el cielo me quemaré». Se preguntó a cuál de los horribles pisos inferiores debería descender. En todos él se había sentido fuera de lugar. Esto no probaba que no fuesen la morada que le correspondía, porque justamente el infierno es un sitio donde uno se cree fuera de lugar.
"Murciélagos"
ANA MARÍA SHUA
Si el plan consiste en arrojar desde bombarderos un millón de murciélagos provistos de bombas incendiarias sobre las ciudades japonesas, si se prevee que los murciélagos buscarán refugio bajo los tejados de las casas de madera, si se cuenta con detonar las bombas a control remoto a la hora señalada, si se adjudican dos millones de dólares para llevar adelante ese plan, si se empieza por colocar unos mil murciélagos vivos en heladeras para inducir una hibernación artificial, si en el primer experimento en Muroc Dry Lake los murciélagos, aletargados, se estrellan contra el suelo, si en el segundo experimento los murciélagos escapan y prenden fuego las instalaciones del ejército de los Estados Unidos, ¿debe culparse a los murciélagos? ¿A los etólogos o veterinarios especialistas en manejarlos? ¿Al inventor del plan? ¿Al comité que decide otorgar los fondos? ¿Debe culparse a los japoneses, al nazismo, a la humedad ambiente? ¿Debe culparse a los hongos alucinógenos, a la humanidad, a la guerra?
"Los funámbulos"
SILVINA OCAMPO
Vivían en la obscuridad de corredores fríos donde se establecen corrientes de aire producidas por las plantas de los patios. Tenían almas de funámbulos jugando con los arcos en los patios consecutivos de la casa. No sentían esa pasión desesperada de todos los chicos por tirar piedras y por recoger huevos celestes de urraca en los árboles. Cipriano y Valerio —Cipriano y Valerio los llamaba sin oírlos la planchadora sorda, que rompía la mesa de planchar con sus golpes—. Cipriano y Valerio eran sus hijos, y cada vez se volvían más desconocidos para ella; tenían designios obscuros que habían nacido en un libro de cuentos de saltimbanquis, regalado por los dueños de casa.
Cipriano saltaba a través de los arcos con galope de caballo blanco, y Valerio de vez en cuando hacía equilibrio sobre una silla rota y escondía cuidadosamente su afición por las muñecas. No comprendía por qué los varones no tenían que jugar con muñecas. No había sabido que era una cosa prohibida hasta el día en que se había abrazado de una muñeca rota en el borde de la vereda y la había recogido y cuidado en sus brazos con un movimiento de canción. En ese momento lo atravesaron cinco risas de chicas que pasaban —y su madre lo llamó, y con el mismo gesto de tirar la basura le arrancó la muñeca. Cipriano había aumentado ampliamente su vergüenza con sus lágrimas.
La planchadora Clodomira rociaba la ropa blanca con su mano en flor de regadera y de vez en cuando se asomaba sobre el patio para ver jugar a los muchachos que ostentaban posturas extraordinarias en los marcos de las ventanas. Nunca sabía de qué estaban hablando y cuando interrogaba los labios una inmovilidad de cera se implantaba en las bocas movibles de sus hijos. Era una admirable planchadora; los plegados de las camisas se abrían como grandes flores blancas en las canastas de ropa recién planchada, y planchaba sin mirar la ropa, mirando las bocas de sus hijos. Detrás de las cabezas se elaboraba algún extraño proyecto que largamente trató de adivinar en el movimiento de los labios, hasta que acabó por acostumbrarse un poco a esa puerta cerrada que había entre ella y sus hijos. Por las mañanas los dos chicos iban al colegio, pero las tardes estaban llenas de juegos en el patio, de lecturas en los rincones del cuarto de plancha, de pruebas en imaginarios trapecios que la madre empezaba a admirar.
Cipriano había ido al circo un día con su madre. Durante el entreacto fueron a visitar los animales. Cuando volvieron, al cruzar delante de la pista Cipriano sintió el vértigo de altura que había sentido en la azotea de la casa adonde raras veces lo habían dejado subir. Soltó la mano de su madre y corrió hacia adentro del picadero, dio vueltas de caballo furioso, dio vueltas de carnero de pruebista, se colgó de un alambre de trapecista, se dio golpes de clown. Y todo eso con una rapidez vertiginosa en medio de una lluvia de aplausos. Todo el público lo aplaudía. Cipriano, deslumbrado en las estrellas de sus golpes, era el caballo blanco de la bailarina, el pruebista de saltos mortales con diez pruebistas encima de su cabeza, el trapecista de puros brazos con alas que atraviesan el aire para luego caer en la red elástica sobre un colchón enorme, donde duermen los trapecistas. Su madre lo llamaba por entre el tumulto de aplausos: ¡Cipriano, Cipriano! y se creyó muda, con su hijo perdido para siempre. Hasta que un acomodador se lo trajo lleno de moretones y bañado en sudor. El público sonreía por todas partes y Clodomira sintió su terror furioso transformarse súbitamente en admiración que la hizo temer un poco a su hijo como a un ser desconocido y privilegiado.
Cuando llegaron de vuelta a la casa, Valerio, que estaba enfermo con la cabeza tapada dentro de las sábanas, asomó los ojos y vio todo el espectáculo glorioso del circo desenrollarse como una alfombra en los cuentos de Cipriano. Cipriano llevaba un nimbo alrededor de su cara del color de la arena de la pista, sus moretones adquirían formas extrañas de tatuajes sobre sus brazos. Cipriano vivió desde ese día para volver al circo, Valerio para que Cipriano volviera al circo. Era a través de su hermano que Valerio gozaba todas las cosas, salvo su afición por las muñecas.
El fervor acrobático sin cesar crecía en el cuerpo de Cipriano; llegaron a inventar un traje de saltimbanqui hecho con medias de mujer y camisetas viejas del portero.
Un día no sentían ya el frío de la tarde sobre los brazos desnudos. Parados en el borde de una ventana del tercer piso, dieron un salto glorioso y envueltos en un saludo cayeron aplastados contra las baldosas del patio. Clodomira, que estaba planchando en el cuarto de al lado, vio el gesto maravilloso y sintió, con una sonrisa, que de todas las ventanas se asomaban millones de gritos y de brazos aplaudiendo, pero siguió planchando. Se acordó de su primera angustia en el circo. Ahora estaba acostumbrada a esas cosas.
"Los merengues"
JULIO RAMÓN RIBEYRO
Apenas su mamá cerró la puerta, Perico saltó del colchón y escuchó, con el oído pegado a la madera, los pasos que se iban alejando por el largo corredor. Cuando se hubieron definitivamente perdido, se abalanzó hacia la cocina de kerosene y hurgó en una de las hornillas malogradas. ¡Allí estaba! Extrayendo la bolsita de cuero, contó una por una las monedas –había aprendido a contar jugando a las bolitas– y constató, asombrado, que había cuarenta soles. Se echó veinte al bolsillo y guardó el resto en su lugar. No en vano, por la noche, había simulado dormir para espiar a su mamá. Ahora tenía lo suficiente para realizar su hermoso proyecto. Después no faltaría una excusa. En esos callejones de Santa Cruz, las puertas siempre están entreabiertas y los vecinos tienen caras de sospechosos. Ajustándose los zapatos, salió desalado hacia la calle.
En el camino fue pensando si invertiría todo su capital o sólo parte de él. Y el recuerdo de los merengues –blancos, puros, vaporosos– lo decidieron por el gasto total. ¿Cuánto tiempo hacía que los observaba por la vidriera hasta sentir una salvación amarga en la garganta? Hacía ya varios meses que concurría a la pastelería de la esquina y sólo se contentaba con mirar. El dependiente ya lo conocía y siempre que lo veía entrar, lo consentía un momento para darle luego un coscorrón y decirle:
–¡Quita de acá, muchacho, que molestas a los clientes!
Y los clientes, que eran hombres gordos con tirantes o mujeres viejas con bolsas, lo aplastaban, lo pisaban y desmantelaban bulliciosamente la tienda.
Él recordaba, sin embargo, algunas escenas amables. Un señor, al percatarse un día de la ansiedad de su mirada, le preguntó su nombre, su edad, si estaba en el colegio, si tenía papá y por último le obsequió una rosquita. Él hubiera preferido un merengue pero intuía que en los favores estaba prohibido elegir. También, un día, la hija del pastelero le regaló un pan de yema que estaba un poco duro.
–¡Empara!– dijo, aventándolo por encima del mostrador. Él tuvo que hacer un gran esfuerzo a pesar de lo cual cayó el pan al suelo y, al recogerlo, se acordó súbitamente de su perrito, a quien él tiraba carnes masticadas divirtiéndose cuando de un salto las emparaba en sus colmillos.
Pero no era el pan de yema ni los alfajores ni los piononos lo que le atraía: él sólo amaba los merengues. A pesar de no haberlos probado nunca, conservaba viva la imagen de varios chicos que se los llevaban a la boca, como si fueran copos de nieve, ensuciándose los corbatines. Desde aquel día, los merengues constituían su obsesión.
Cuando llegó a la pastelería, había muchos clientes ocupando todo el mostrador. Esperó que se despejara un poco el escenario pero no pudiendo resistir más, comenzó a empujar. Ahora no sentía vergüenza alguna y el dinero que empuñaba lo revestía de cierta autoridad y le daba derecho a codearse con los hombres de tirantes. Después de mucho esfuerzo, su cabeza apareció en primer plano, ante el asombro del dependiente.
–¿Ya estás aquí? ¡Vamos saliendo de la tienda!
Perico, lejos de obedecer, se irguió y con una expresión de triunfo reclamó: ¡veinte soles de merengues! Su voz estridente dominó en el bullicio de la pastelería y se hizo un silencio curioso. Algunos lo miraban, intrigados, pues era hasta cierto punto sorprendente ver a un rapaz de esa cabaña comprar tan empalagosa golosina en tamaña proporción. El dependiente no le hizo caso y pronto el barullo se reinició. Perico quedó algo desconcertado, pero estimulado por un sentimiento de poder repitió, en tono imperativo:
–¡Veinte soles de merengues!
El dependiente lo observó esta vez con cierta perplejidad pero continuó despachando a los otros parroquianos.
–¿No ha oído? –insistió Perico excitándose–. ¡Quiero veinte soles de merengues!
El empleado se acercó esta vez y lo tiró de la oreja.
–¿Estás bromeando, palomilla?
Perico se agazapó.
–¡A ver, enséñame la plata!
Sin poder disimular su orgullo, echó sobre el mostrador el puñado de monedas. El dependiente contó el dinero.
–¿Y quieres que te dé todo esto en merengues?
–Sí –replicó Perico con una convicción que despertó la risa de algunos circunstantes.
–Buen empacho te vas a dar –comentó alguien.
Perico se volvió. Al notar que era observado con cierta benevolencia un poco lastimosa, se sintió abochornado. Como el pastelero lo olvidaba, repitió: –Deme los merengues –pero esta vez su voz había perdido vitalidad y Perico comprendió que, por razones que no alcanzaba a explicarse, estaba pidiendo casi un favor.
–¿Va a salir o no? –lo increpó el dependiente.
–Despácheme antes.
–¿Quién te ha encargado que compres esto?
–Mi mamá.
–Debes haber oído mal. ¿Veinte soles? Anda a preguntarle de nuevo o que te lo escriba en un papelito.
Perico quedó un momento pensativo. Extendió la mano hacia el dinero y lo fue retirando lentamente. Pero al ver los merengues a través de la vidriería, renació su deseo, y ya no exigió sino que rogó con una voz quejumbrosa:
–¡Deme, pues, veinte soles de merengues!
Al ver que el dependiente se acercaba airado, pronto a expulsarlo, repitió conmovedoramente:
–¡Aunque sea diez soles, nada más!
El empleado, entonces, se inclinó por encima del mostrador y le dio el cocacho acostumbrado pero a Perico le pareció que esta vez llevaba una fuerza definitiva.
–¡Quita de acá! ¿Estás loco? ¡Anda a hacer bromas a otro lugar!
Perico salió furioso de la pastelería. Con el dinero apretado entre los dedos y los ojos húmedos, vagabundeó por los alrededores.
Pronto llegó a los barrancos. Sentándose en lo alto del acantilado, contempló la playa. Le pareció en ese momento difícil restituir el dinero sin ser descubierto y maquinalmente fue arrojando las monedas una a una, haciéndolas tintinear sobre las piedras. Al hacerlo, iba pensando que esas monedas nada valían en sus manos, y en ese día cercano en que, grande ya y terrible, cortaría la cabeza de todos esos hombres, de todos los mucamos de las pastelerías y hasta de los pelícanos que graznaban indiferentes a su alrededor.
(Lima, 1952)
"En la galería"
FRANZ KAFKA
Si una artista ecuestre frágil y tísica fuera obligada durante meses, sin interrupción, por un director despiadado que blandiera el látigo ante un público incansable, a dar vueltas sobre un caballo vacilante en la pista de un circo, vibrando sobre el caballo, lanzando besos, cimbreando la cintura, y si esta actuación se prolongara bajo el estruendo incesante de la orquesta y los ventiladores hacia un futuro gris que no parara nunca de abrirse, acompañada por oleadas de aplausos que se extinguieran y volvieran a elevarse, producidos por manos que en realidad son martinetes de vapor…, tal vez entonces algún joven espectador de la galería bajaría muy deprisa la larga escalera atravesando todo el graderío, se precipitaría en la pista del circo y gritaría ¡alto! entre las fanfarrias de la orquesta siempre dispuesta a acompañar.
Pero como no es así, como una hermosa dama, blanca y roja, entre etérea a través de los cortinajes que descorren ante ella unos altivos criados en librea, como el director, buscando fervorosamente sus ojos, le echa su aliento posición animal, le sube con cuidado al caballo tordo, como si fuera su nieta predilecta a punto de emprender un peligroso viaje, no logra decidirse a dar la señal con el látigo y al final, dominándose a sí mismo, la da con un restallido, echa a correr junto al caballo con la boca abierta, sigue los saltos de la amazona con mirada penetrante, apenas puede comprobar su habilidad, intenta prevenirla con exclamaciones en inglés, exhorta furioso a los palafreneros que sostienen los aros a prestar una atención extremada, antes del gran salto mortal suplica a la orquesta, con los brazos en alto, que guarde silencio, y por último baja a la pequeña del tembloroso caballo, la besa en ambas mejillas y no considera suficiente ningún homenaje del público, mientras ella misma, sostenida por él, irguiéndose de puntillas, rodeada de polvo, con los brazos estirados y la cabecita echada hacia atrás, quiere compartir su dicha con todo el circo…; como esto es así, el espectador de la galería apoya el rostro en la barandilla y, hundiéndose en la marcha final como en un profundo sueño, rompe a llorar sin saberlo.
"La casta del sol"
SARA GALLARDO
En Chivilcoy, hacia 1942, había una mujer muy consultada. Para litigios, enfermedad, finanzas, robos, tenía consejos de oro. Nunca aceptó pago. De modo que la gente le llevaba huevos o corderos, y a veces confitura casera.
Vivía en las afueras del pueblo. Había que dejar los medios de transporte bajo un aguaribay.
Asombraba su enorme cabellera, anudada en rodete, de un color amarillo. Observadora como es, la gente notó que era peluca.
En una especie de escritorio atendía las cuitas. Se retiraba dejando solos a los clientes por una puerta chica pero doble. Al rato volvía con el consejo.
Así, corrió la voz de que había un espíritu a sus órdenes, y aumentó su prestigio.
Se la veía pasar en un sulky tirado por un alazán. Alguien, para alegría general, descubrió que la peluca estaba hecha con cerdas de la cola del alazán. La noticia cundió, pero sin llegar a sus oídos.
Cuando murió, se atrevieron a abrir la pequeña puerta doble. Comunicaba con un establo, donde tenía su caballo.
"Teología"
ELENA GARRO
Como ustedes no lo ignoran, yo he viajado mucho. Esto me ha permitido corroborar la afirmación de que siempre el viaje es más o menos ilusorio, de que nada nuevo hay bajo el sol, de que todo es uno y lo mismo, etcétera, pero también paradójicamente, de que es infundada cualquier desesperanza de encontrar sorpresas y cosas nuevas: en verdad el mundo es inagotable. Como prueba de lo que digo bastará recordar la peregrina creencia que hallé en Asia Menor, entre un pueblo de pastores, que se cubren con pieles de ovejas y que son los herederos del antiguo reino de los Magos. Esta gente cree en el sueño. “En el instante de dormirte, me explicaron, según hayan sido tus actos durante el día, te vas al cielo o al infierno”. Si alguien argumentara: “Nunca he visto partir a un hombre dormido, de acuerdo con mi experiencia, quedan echados hasta que uno despierta”, contestarían: “El afán de no creer en nada te lleva a olvidar tus propias noches –¿Quién no ha conocido sueños agradables y sueños espantosos? –y a confundir el sueño con la muerte. Cada uno es testigo de que hay otra vida para el soñador; para los muertos es diferente el testimonio: ahí quedan, convirtiéndose en polvo”.
"Quiromancia"
RODOLFO WALSH
Yo he vuelto a mi país. Mis ojos no vieron el cielo desgarrado por la artillería, mis oídos no escucharon el silbido de las bombas. Vivo en una casa tranquila, con un jardín donde a veces cantan los pájaros. Todo esto me lo predijo Quigley una noche casi olvidada del todo, pero que imagino presidida por aquella atmósfera de magia que Quigley llevaba a su alrededor. No sé por qué lo recuerdo siempre multiplicado por los espejos, innumerable y uno en los espejos, alto y rubio y vestido de negro en el misterio de los espejos de los cálidos salones, donde a veces había grandes candelabros, y hombres solemnes de monóculo, y mujeres de sonrisa indefinible.
Después lo encontré una tarde cargada de símbolos y premoniciones, una tarde que voy reconstruyendo hace años con paciente devoción. Hombre de overall gris estaban subidos a los árboles, hasta donde abarcaba la vista, y podaban los árboles que a la luz grisácea del atardecer parecían ya grandes manos atormentadas o raros candelabros.
En las calles céntricas empezaban a construirse los primeros refugios antiaéreos. Los obreros trabajaban desganados, como si no creyeran en ellos. Alzaban las vías de los tranvías, y debajo de los adoquines y el pavimento aparecía la tierra parda y fea como un cadáver. Los habitantes de la ciudad se detenían a trechos, recordando con sorpresa que debajo las calles y las casas, debajo de los monumentos y los cines y los teatros estaba siempre la gran devoradora, la insaciable e indiferente.
¿Fui yo, fue Quigley quien formuló esas vanas precisiones? Él marchaba a mi lado, desdeñoso, indiferente. El cielo, ahora de un azul muy oscuro y metálico, estaba espolvoreado a lo lejos de tenues nubecillas rosadas.
Yo –cuan inevitable es repetirlo–he vuelto a mi país. No he visto la guerra. No habría creído en ella si Quigley no hubiera equivocado su última profecía. Pero Quigley se esquivocó, y entonces es preciso resignarse.
Algunos rumores, algunas incertidumbres me llegaron a través de la humareda de la gran hecatombe. No sé si bastan para recrear los últimos días afiebrados de Quigley. Pero de algún modo quisiera retribuir esta temerosa felicidad que él me vaticinó. De algún modo quisiera sacar su nombre de entre las ruinas y las cenizas.
Francis Quigley –ahora puedo decirlo, ahora que todos lo han olvidado– fue un famoso quiromántico. Manos de príncipe, de artistas, de adorables mujeres, de asesinos, le habían revelado sus secretos. El futuro de los hombres se deslizaba indudable ante él por aquellos mínimos ríos de las manos, y él lo descifraba.
Pero luego la guerra hizo perder todo interés en su arte. El temor crispaba las manos. Al anochecer los grandes aviones cruzaban el río a baja altura. Por la noche danzaban como mariposas de plata en la luz de los reflectores. La gente los oía acercarse y contaba en voz baja los segundos, mientras las bombas punteaban el silencio.
Francis Quigley ambulaba, loco, por las calle de Londres, por las ruinas, se paraba de noche a mirar el cielo florecido de granadas, se sentaba de día en los bancos de las plazas, con su levita negra, con su mirada triste, con su soledad irremediable.
Nadie lo reconocía. Hombres graves pasaban de prisa a su lado, niños taciturnos le huían. Pensaba que si pudiera, una vez más, ejercitar su arte, ahondar en un destino inescrutable, sacar a la superficie la hechura del futuro, recrear el pasado, volvería a ser quien había sido. Entonces, sí, entonces, podría morir; o por lo menos no le importaría seguir viviendo.
La noche del veinte de noviembre de 1941 una bomba destrozó una casa próxima. Llevado por una fuerza irresistible, Quigley corrió hacia los escombros humeantes. Sus brazos empezaron a remover ciegamente las ruinas. Quigley, grotesco, reía entrecortadamente, reía a gritos, y el viento acre publicaba su risa por oscuras callejuelas ya sin nombre.
Sus manos se hundían en las cenizas calientes y una ternura indecible le poblaba el corazón. Estaba allí –lo sabía– entre esos despojos, la meta de su búsqueda. Al fin la encontró. Era una mano cortada a cercén, separada del cuerpo mutilado, horrible, ensangrentada, una mano de adolescente de blancos y delicados dedos. A la luz de los incendios, Quigley vio grabados en la línea de aquella mano todos los detalles ciertos, inevitables del futuro.
Los fue enumerando, enajenado, delirante, comprendiendo luminosamente que nada importaban el horror y la muerte si él podía reiterar el milagro, afirmar el milagro:
–Vivirás muchos años, muchos años –murmuró secreto, conmovido–. Tendrás mujer, tendrás hijos, tendrás una casa en el campo donde a veces cantarán los pájaros. Todo en tu vida es paz. Paz…
Aullaban las sirenas.
Lo encontraron llorando, sentado en una piedra.
"El gaucho invisible"
RICARDO PIGLIA
El tape Burgos era un troperito que se había conchabado en Chacabuco para un arre de hacienda hasta Entre Ríos. Salieron a la madrugada y a las pocas leguas se les vino encima una tormenta. Burgos trabajó a la par de todos para que no se desparramaran los animales y al final salvó a un ternero guacho que se había quedado clavado en un costado, con las patas abiertas en medio del viento y de la lluvia. Lo levanto sin bajarse del caballo y lo acomodó en la montura. El animal se debatía y Burgos lo sujetó con una sola mano y después se metió entre la tropa y lo dejó a salvo en el piso. Lo hizo para demostrar su destreza, casi como una compadrada, y enseguida se arrepintió porque ninguno de los hombres lo miró ni hizo el menor comentario. Olvidó el incidente, pero lo fue ganando la extraña sensación de que los otros tenían algo contra él. Sólo le hablaban si tenían que darle una orden y nunca lo incluían en las conversaciones. Actuaban como si él no estuviera. A la noche se iba a dormir antes que nadie y tirado entre las mantas los veía reír y hacer chistes cerca del fuego; le parecía vivir un mal sueño. En sus dieciséis años de vida no se había encontrado nunca en una situación igual; había sido maltratado, pero no ignorado y desconocido. La primera parada larga fue en Azul, a donde llegaron bien entrada la tarde de un sábado. El capataz dijo que iban a pasar la noche en el pueblo y que seguirían viaje a mediodía. Metieron a los animales en un campito, al que todos llamaban el corral de la iglesia, en la entrada del pueblo. Se decía que antiguamente se levantaba una capilla en ese lugar, pero que los indios la habían destruido en el malón grande de 1867. Quedaban unas paredes al aire que servían de tapia para el corral donde se encerraba a los animales. A Burgos le pareció ver la forma de una cruz entre los ladrillos donde crecían los yuyos. Era un hueco de luz en la pared, marcado por la claridad del sol. Se la mostró entusiasmado a los otros, pero ellos siguieron de largo como si no lo hubieran oído. La cruz se veía nítida en el aire mientras caía la noche. Burgos se santiguó y se besó los dedos cruzados. En el almacén de la estación había baile. Burgos se acomodó en una mesa aparte y vio a los hombres reírse juntos y emborracharse y los vio salir para la pieza del fondo con las mujeres que estaban sentadas en fila cerca del mostrador. Habría querido elegir una él también, pero tuvo miedo de que no le hicieran caso y no se movió. Igual imaginó que elegía a la rubia vistosa que tenía enfrente. Era alta y parecía la mayor de todas. La llevaba a la pieza y cuando estaban tendidos en la cama le explicaba lo que le estaba pasando. La mujer tenía una cruz de plata entre los pechos y la hacía girar mientras Burgos le contaba su historia. A los hombres les gusta ver sufrir, le dijo la mujer, lo vieron al Cristo porque los atrajo con su sufrimiento. Si la historia de la Pasión no fuera tan atroz, dijo la mujer, que hablaba con acento extranjero, nadie se habría ocupado del hijo de Dios. Burgos escuchó que la mujer le decía eso y se movió para sacarla a bailar, pero pensó que ella no lo iba a ver y fingió que se había levantado para pedir una ginebra. Esa noche los hombres se acostaron al alba y todos durmieron hasta bien entrada la mañana; cerca del mediodía empezaron a arrear los animales del corral para volver al camino. El cielo estaba oscuro y Burgos no vio la cruz en la pared de la iglesia. Galoparon hacia la tormenta; las nubes bajas se confundían con el campo abierto. Al rato empezaron a caer unas gotas pesadas como monedas de veinte. Burgos se cubrió con el ponche encerado y cabalgó al frente de la tropa. Sabía hacer su trabajo y ellos sabían que él sabía hacer su trabajo. Ese era el único orgullo que le quedaba, ahora que era menos que nada. La tormenta arreció. Arrimaron los animales a una hondonada y los mantuvieron ahí toda la tarde, mientras duró la lluvia. Cuando aclaró los paisanos salieron a campear animales perdidos. Burgos vio que un ternero se estaba ahogando en la laguna que se había formado en un bajo. Debía de tener rota una pata, porque no alcanzaba a trepar la ladera y se volvía a hundir. Lo enlazó desde arriba y lo sostuvo del cogote en el aire. El animal se retorcía y pateaba el vacío con desesperación. Se le soltó y cayó al agua. La cabeza del ternero boyaba en la laguna. Burgos volvió a enlazarlo. El ternero agitaba las patas y boqueaba. Los otros peones se habían acercado al pie de la barranca. Esta vez Burgos lo sostuvo un buen rato colgado y después lo dejó caer. El animal se hundió y tardó en salir. Los paisanos hacían comentarios en voz alta. Burgos lo enlazó y lo levantó en el aire y cuando el ternero estaba arriba lo volvió a soltar. Los otros hombres festejaron la ocurrencia con gritos y risas. Burgos repitió varias veces la operación. El animal trataba de eludir el lazo y se hundía en el agua. Nadaba queriendo escapar y los hombres incitaban a Burgos para que volviera a pescarlo. El juego duró un rato, entre bromas y chistes, hasta que por fin lo enlazó cuando estaba casi ahogado y lo levantó despacio hasta las patas de su caballo. El animal boqueaba en el barro, con los ojos blancos de terror. Entonces uno de los paisanos se largó del caballo y lo degolló de un tajo.
–Hecho, pibe –le dijo a Burgos–, esta noche comemos asado de pez.
Todos se largaron a reír y por primera vez en mucho tiempo Burgos sintió la hermandad de los hombres.
"El último cliente de la noche"
MARGUERITE DURAS
La carretera atravesaba la Auvernia y el Cantal. Habíamos salido de Saint-Tropez por la tarde, y condujimos hasta entrada la noche. No recuerdo exactamente qué año era, fue en pleno verano. Lo conocía desde principios de año. Lo había encontrado en un baile al que había ido sola. Es otra historia. Quiso parar antes del amanecer en Aurillac. El telegrama había llegado con retraso, había sido enviado a París, y luego reenviado de París a Saint-Tropez. El entierro debía tener lugar al día siguiente, a última hora de la tarde. Hicimos el amor en el hotel «Aurillac», y luego volvimos a hacerlo. Por la mañana lo hicimos de nuevo. Creo que fue allí, durante este viaje, cuando el deseo se esclareció en mi cabeza. Por él. Creo. Pero, estoy menos segura. Pero por él, sin duda, sí, desde el momento que se unía a mí en este deseo. Pero él, como otro, como el último cliente de la noche. Apenas dormimos, y reemprendimos el viaje muy pronto. Era una carretera muy bonita y terrible, interminable, con curvas cada cien metros. Sí, fue durante este viaje. Esto nunca se ha vuelto a repetir en mi vida. El lugar ya estaba allí. Sobre el cuerpo. En estas habitaciones de hotel. Sobre las orillas arenosas del río. El lugar era oscuro. Estaba también en los castillos, en sus muros. En la crueldad de las cacerías. De los hombres. En el miedo. En los bosques. En el desierto de las alamedas. De los estanques. Del cielo. Tomamos una habitación al borde del río. Volvimos a hacer el amor. No podíamos hablarnos más. Bebíamos. En la sangre fría, golpeaba. El rostro. Y ciertos lugares del cuerpo. No podíamos acercarnos ya el uno al otro sin tener miedo, sin temblar. Me llevó hasta lo alto del parque, a la entrada del castillo. Estaban los de Pompas Fúnebres, los guardianes del castillo, el ama de mi madre y mi hermano mayor. A mi madre no la habían metido todavía en el ataúd. Todo el mundo me esperaba. Mi madre. Besé la frente helada. Mi hermano lloraba. En la iglesia de Onzain éramos tres, los guardianes se habían quedado en el castillo. Yo pensaba en este hombre que me esperaba en el hotel al borde del río. No me daban pena, ni la mujer muerta ni el hombre que lloraba, su hijo. Nunca más he tenido. Después vino la cita con el notario. Consentí a las disposiciones testamentarias de mi madre, me desheredé.
Él me esperaba en el parque. Dormimos en este hotel al borde del Loira. Después, nos quedamos varios días junto al río, dando vueltas por allí. Permanecimos en la habitación hasta entrada la tarde. Bebíamos. Salíamos para beber. Volvíamos a la habitación. Luego, volvíamos a salir por la noche. Buscábamos cafés abiertos. Era la locura. No podíamos marcharnos del bar, de este lugar. De lo que buscábamos, no se hablaba. A veces, teníamos miedo. Sentíamos una profunda pena. Llorábamos. La palabra no se pronunciaba. Lamentábamos no amarnos. Ya no sabíamos nada. Existía sólo lo que se decía. Sabíamos que esto no volvería a ocurrir en nuestra vida, pero de esto no se decía nada, ni que éramos los mismos frente a esta disposición de nuestro deseo. Esto siguió siendo la locura durante todo el invierno. Después, fue menos grave, una historia de amor. Posteriormente aún escribí Moderato Cantabile.
"Acuérdate"
JUAN RULFO
Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquel que dirigía las pastorelas y que murió recitando el “rezonga ángel maldito” cuando la época de la influencia. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos el Abuelo por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la Arremangada, y la otra que era retealta y que tenía ojos zarcos y que hasta se decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo. Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación soltaba su ataque de hipo, que parecía como si se estuviera riendo y llorando a la vez, hasta que la sacaban afuera y le daban tantita agua con azúcar y entonces se calmaba. Ésa acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la mezcalera que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el molino de linaza de los Teódulos.
Acuérdate que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba metida en líos y de cada lío salía con un muchacho. Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabó en los entierros, pues todos los hijos se le morían de recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre músicas y coros de monaguillos que cantaban “hosannas” y “glorias” y la canción esa de “ahí te mando, Señor, otro angelito”. De eso quedó pobre, porque le resultaba caro cada funeral, por eso de las canelas que les daba a los invitados del velorio. Sólo le vivieron dos, el Urbano y la Natalia, que ya nacieron pobres y a los que ella no vio crecer, porque se murió en el último parto que tuvo, ya de grande, pegada a los cincuenta años.
La debes haber conocido, pues era la realegadora y cada rato andaba en pleito con las marchantas en la plaza del mercado porque le querían dar muy caro los jitomates, pegaba de gritos y decía que la estaban robando. Después, ya de pobre, se le veía rondando entre la basura, juntando rabos de cebolla, ejotes ya sancochados y alguno que otro cañuto de caña “para que se les endulzara la boca a sus hijos”. Tenía dos, como ya te digo, que fueron los únicos que se le lograron. Después no se supo ya de ella.
Ese Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos meses más grande, muy bueno para jugar a la rayuela y para las trácalas. Acuérdate que nos vendía clavelinas y nosotros se las comprábamos, cuando lo más fácil era ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes que se robaba del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas con chile que compraba en la portería a dos centavos y que luego nos la revendía a cinco. Rifaba cuanta porquería y media traía en la bolsa: canicas ágatas, trompos y zumbadores y hasta mayates verdes, de esos a los que se les amarra un hilo en una pata para que no vuelen muy lejos.
Nos traficaba a todos, acuérdate.
Era cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió menso a los pocos días de casado y que Inés, su mujer, para mantenerse, tuvo que poner un puesto de tapache en la garita del camino real, mientras Nachito se vivía tocando canciones todas desafinadas en una mandolina que le prestaban en la peluquería de don Refugio.
Y nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepache que siempre le quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos, porque todos, al verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera a cobrarnos.
Quizá entonces se volvió malo, o quizá ya era de nacimiento.
Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima la Arremangada jugando a marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe seco. Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre la risión de todos, pasándolo por en medio de una fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la cara levantada, amenazándonos a todos con la mano y como diciendo: “Ya me las pagarán caro.”
Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si fuera un aullido de coyote.
Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.
Dicen que su tío Fidencio, el del trapiche, le arrimó una paliza que por poco y lo deja parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo.
Lo cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta por aquí convertido en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado en una banca con la carabina entre las piernas y mirando con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a nadie. Y si uno lo miraba, él se hacía el desentendido como si no conociera a la gente.
Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito se le ocurrió ir a darle una serenata, ya de noche, poquito después de las ocho y cuando todavía estaban tocando las campanas el toque de Ánimas. Entonces se oyeron los gritos, y la gente que estaba en la iglesia rezando el rosario salió a la carrera y allí los vieron: al Nachito defendiéndose panza arriba con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso, como perro del mal. Hasta que un fulano que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín donde se estuvo tendido.
Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes estuvo en el curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura, pero que él no se la dio.
Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar llegaron a él. No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.
Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo.
"Espantos de agosto"
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.
–Menos mal –dijo ella– porque en esa casa espantan.
Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.
Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.
–El más grande –sentenció– fue Ludovico.
Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.
El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.
Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.
Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.
Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.
Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. “Qué tontería –me dije–, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos”. Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.
"Sin testigos"
CÉSAR AIRA
Las circunstancias me habían reducido a la mendicidad callejera. Como el pedido directo y sincero no rendía, tuve que recurrir a la estafa, al engaño, siempre en pequeña escala, por ejemplo hacerme pasar por paralítico, ciego, enfermo de alguna terrible enfermedad. No era nada agradable hacerlo. Una vez se me ocurrió que podía hacer algo más ingenioso, más fino, que aunque sirviera para una sola vez y no me diera gran cosa, al menos me dejaría la satisfacción de haber hecho algo pensado, casi artístico según lo veía yo. Necesitaba que un incauto cayera, y preferiblemente que cayera en un sitio donde no hubiera testigos. Caminé un poco, sobre mis pies doloridos (de verdad) por las callejuelas que tan familiares me eran, ya que vivía y dormía en ellas, hasta encontrar un rincón por el que estaba seguro de que no pasaría nadie. Ahí me tiré, al lado de un gran cubo de basura, a esperar a mi presa. Quedé recostado en la pared, a medias oculto por el cubo, en las manos la caja chata que había encontrado tirada y había recogido: era la que me había dado la idea de hacer el truco que me reportaría algún dinero. Debo aclarar que todavía no sabía qué truco sería ése. Lo improvisaría a último momento. De pronto se hizo de noche. Ese rincón estaba muy oscuro, pero acostumbrado como estaba yo a lugares tenebrosos, veía bastante bien. Y tal como lo había previsto, por ahí no pasaba nadie. Era lo que yo necesitaba: un sitio solitario y sin testigos. Pero también necesitaba una víctima, y con el paso de las horas empecé a convencerme de que no caería nadie. Debo de haberme dormido y vuelto a despertar, varias veces. Se había hecho un gran silencio. Sería la medianoche, calculo, cuando oí pasos: venía alguien. No me moví. Era un hombre, fue todo lo que pude decir; no había iluminación suficiente para los detalles. Y antes de que yo pudiera ponerme en movimiento, o llamarlo o chistarlo, vi que se dirigía al cubo y se ponía a hurgar. Era un mendigo, un buscavidas, como yo. Mal podía hacerlo víctima de un truco ingenioso para sacarle dinero. Aun así, lo habría intentado, aunque más no sea para extraerle una moneda y no sentir que había perdido la noche. Pero antes de que yo hiciera el menor movimiento, el desconocido alzaba algo pesado de adentro del cubo y soltaba una exclamación ahogada. Miré, con mi penetrante vista nocturna: era una bolsa llena de monedas de oro. Pasó por mi mente como un relámpago la sensación más amarga de mi vida: era una fortuna, que había estado al alcance de mi mano durante horas, horas perdidas en la espera de un inocente al que sacarme mediante engaños una cantidad ínfima de dinero. Y ahora ese inocente aparecía y se alzaba con mi tesoro, delante de mis narices. Miró para ambos lados, para asegurarse de que nadie lo había visto, y echó a correr. No había advertido mi presencia ahí abajo. Yo no soy de reacciones rápidas, nunca lo fui, pero en esta ocasión, que se me antojó suprema e irrepetible, actué, movido por algo que se parecía a la desesperación. Simplemente estiré una pierna y lo hice tropezar. Él estaba tomando velocidad, su pie se enganchó en mi pierna y cayó cuan largo era; tal como yo había previsto, la bolsa de monedas cayó con él y las monedas se desparramaron por el piso, por el empedrado desparejo de ese callejón, con gran ruido metálico y brillos prometedores. Yo contaba con que el apuro a él lo llevara a recoger cuantas monedas pudiera y salir corriendo, mientras yo por mi parte también juntaba monedas, que él no me negaría; su caída, el desparramo de las monedas, nos ponía a los dos en la misma situación de apropiadores clandestinos. Pero, para mi sorpresa y horror, no fue así. El hombre se levantó, ágil como un gato, y sin terminar de ponerse de pie, a medio levantar, se arrojó sobre mí al tiempo que sacaba un cuchillo enorme del bolsillo. A pesar de mi vida precaria en la calle, yo no me había endurecido. Seguía siendo un tímido, que escapaba a toda clase de violencia. En esta ocasión no pude soñar siquiera con escapar. Él ya estaba sobre mí y levantó el cuchillo y lo descargó con tremenda fuerza sobre mi pecho. Me penetró casi hasta salir por el otro lado, y debía de ser muy cerca del corazón. Sentí la muerte, con una absoluta convicción. Pero cuál no sería mi sorpresa al ver que al mismo tiempo que me hería, le aparecía a él, en el pecho, una herida igual en el mismo lugar, y empezaba a manar sangre. Su corazón también había sido herido. Él se miró el pecho, perplejo. No entendía, y no era para menos. Me había apuñalado a mí, y la herida aparecía también en él. Extrajo el cuchillo de mi pecho, y, ya con la mirada turbia por la muerte, como la mía, volvió a clavar, al lado, como si quisiera comprobar fehacientemente el hecho extraño. Y en efecto, en su pecho apareció la segunda herida. Empezó a manar sangre. Fue lo último que vi (o vio).
"Perdiendo velocidad"
SAMANTA SCHWEBLIN
Tego se hizo unos huevos revueltos, pero cuando finalmente se sentó a la mesa y miró el plato, descubrió que era incapaz de comérselos.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
Tardó en sacar la vista de los huevos.
—Estoy preocupado —dijo—, creo que estoy perdiendo velocidad.
Movió el brazo a un lado y al otro, de una forma lenta y exasperante, supongo que a propósito, y se quedó mirándome, como esperando mi veredicto.
—No tengo la menor idea de qué estás hablando —dije—, todavía estoy demasiado dormido.
—¿No viste lo que tardo en atender el teléfono? En atender la puerta, en tomar un vaso de agua, en cepillarme los dientes… Es un calvario.
Hubo un tiempo en que Tego volaba a cuarenta kilómetros por hora. El circo era el cielo; yo arrastraba el cañón hasta el centro de la pista. Las luces ocultaban al público, pero escuchábamos el clamor. Las cortinas terciopeladas se abrían y Tego aparecía con su casco plateado. Levantaba los brazos para recibir los aplausos. Su traje rojo brillaba sobre la arena. Yo me encargaba de la pólvora mientras él trepaba y metía su cuerpo delgado en el cañón. Los tambores de la orquesta pedían silencio y todo quedaba en mis manos. Lo único que se escuchaba entonces eran los paquetes de pochoclo y alguna tos nerviosa. Sacaba de mis bolsillos los fósforos. Los llevaba en una caja de plata, que todavía conservo. Una caja pequeña pero tan brillante que podía verse desde el último escalón de las gradas. La abría, sacaba un fósforo y lo apoyaba en la lija de la base de la caja. En ese momento todas las miradas estaban en mí. Con un movimiento rápido surgía el fuego. Encendía la soga. El sonido de las chispas se expandía hacia todos lados. Yo daba algunos pasos actorales hacia atrás, dando a entender que algo terrible pasaría –el público atento a la mecha que se consumía–, y de pronto: Bum. Y Tego, una flecha roja y brillante, salía disparado a toda velocidad.
Tego hizo a un lado los huevos y se levantó con esfuerzo de la silla. Estaba gordo, y estaba viejo. Respiraba con un ronquido pesado, porque la columna le apretaba no sé qué cosa de los pulmones, y se movía por la cocina usando las sillas y la mesada para ayudarse, parando a cada rato para pensar, o para descansar. A veces simplemente suspiraba y seguía. Caminó en silencio hasta el umbral de la cocina, y se detuvo.
—Yo sí creo que estoy perdiendo velocidad —dijo.
Miró los huevos.
—Creo que me estoy por morir.
Arrimé el plato a mi lado de la mesa, nomás para hacerlo rabiar.
—Eso pasa cuando uno deja de hacer bien lo que uno mejor sabe hacer —dijo—. Eso estuve pensando, que uno se muere.
Probé los huevos pero ya estaban fríos. Fue la última conversación que tuvimos, después de eso dio tres pasos torpes hacia el living, y cayó muerto en el piso.
Una periodista de un diario local viene a entrevistarme unos días después. Le firmo una fotografía para la nota, en la que estamos con Tego junto al cañón, él con el casco y su traje rojo, yo de azul, con la caja de fósforos en la mano. La chica queda encantada. Quiere saber más sobre Tego, me pregunta si hay algo especial que yo quiera decir sobre su muerte, pero ya no tengo ganas de seguir hablando de eso, y no se me ocurre nada. Como no se va, le ofrezco algo de tomar.
—¿Café? —pregunto.
—¡Claro! —dice ella. Parece estar dispuesta a escucharme una eternidad. Pero raspo un fósforo contra mi caja de plata, para encender el fuego, varias veces, y nada sucede.
"El asesino"
JUAN JOSÉ ARREOLA
Ya no hago más que pensar en mi asesino, ese joven imprudente y tímido que el otro día se me acercó al salir del hipódromo, en un momento en que los guardias lo habrían hecho pedazos antes de que alcanzara a rozar el borde mi túnica.
Lo sentí palpitar cerca de mí. Su propósito se agitaba en él como una cuadriga furiosa. Lo vi llevarse la mano hacia el puñal escondido, pero le ayudé a contenerse desviando un poco mi camino. Quedó desfalleciente, apoyado en una columna.
Me parece haberlo visto ya otras veces, rostro puro, inolvidable entre esa muchedumbre de bestias. Recuerdo que un día salió corriendo un cocinero de mi palacio, en pos del muchacho que huía robando un cuchillo. Juraría que ese joven es el asesino inexperto y que moriré bajo el arma con que se corta la carne en la cocina.
El día en que una banda de soldados borrachos entró en mi casa para proclamarme emperador después de arrastrar por la calle el cadáver de Rinometos, comprendí que mi suerte estaba echada. Me sometí al destino, abandoné una vida de riqueza, de molicie y de vicio para convertirme en complaciente verdugo.
Ahora ha llegado mi turno. Ese joven, que trae mi muerte en su pecho, me obsede con su leve persecución. Debo ayudarlo, decidir su cautela. Hay que apresurar nuestra cita, antes de que surja el usurpador que lo traicione, dándome una muerte ignominiosa de tirano.
Esta noche pasearé solo por los jardines imperiales. Iré lavado y perfumado. Vestiré una túnica nueva y saldré al paso del asesino que tiembla detrás de un árbol.
En el rápido viaje de su puñal, como en un relámpago, veré iluminarse mi alma sombría.
"Un cruzamiento"
FRANZ KAFKA
Tengo un animal muy singular, mitad gato, mitad cordero. Lo heredé de mi padre, pero no empezó a transformarse hasta estar en mi posesión; antes era mucho más cordero que gato, pero ahora tiene aproximadamente lo mismo de cada cosa. De gato tiene la cabeza y las garras, de cordero el tamaño y la forma, y de ambos los ojos, que son ardientes y tiernos, el pelaje, que es suave y tupido, y los movimientos, pues le gusta tanto brincar como merodear sigilosamente; se tumba hecho un ovillo al sol en el alféizar de la ventana y ronronea, cuando está en la hierba corre como loco y es casi imposible de atrapar; huye de los gatos e intenta atacar a los corderos, a la luz de la luna su recorrido predilecto es el canalón del tejado; no sabe maullar y le dan asco las ratas, pero puede pasarse horas acechando junto al gallinero, aunque hasta ahora nunca ha aprovechado ninguna ocasión de matar; lo alimento con leche azucarada, que es lo que mejor le sienta, y la sorbe a largos tragos por entre sus dientes de depredador. Por supuesto, es un gran espectáculo para los niños. Los domingos por la mañana es hora de visita, yo me pongo con el animalito en el regazo y los niños de toda la vecindad me rodean. Me hacen las preguntas más singulares, imposibles de responder, aunque tampoco me esfuerzo en ello, simplemente me conformo con enseñar lo que tengo, sin dar más explicaciones. A veces los niños traen gatos, en una ocasión incluso trajeron dos corderos, pero, al contrario de lo que esperaban, no se produjeron escenas de reconocimiento mutuo; los animales se quedaron mirándose con serenos ojos de animal, como si cada uno asumiera el destino del otro como un decreto divino.
Cuando lo tengo en mi regazo, el animal no siente ni miedo ni ganas de perseguir. Arrebujado contra mí es como más a gusto se encuentra. Siente apego por la familia que lo ha criado. Seguramente no se trata de ninguna fidelidad extraordinaria, sino del instinto normal de un animal que tiene en la tierra incontables parientes políticos, pero quizá ni uno solo consanguíneo, y que, por lo tanto, sabe valorar el amparo que ha encontrado entre nosotros. A veces, cuando me olisquea, se me cuela por entre las piernas y se empeña en pegarse a mí, no puedo evitar reírme. No le basta con ser cordero y gato: parece como si quisiera ser también perro. De hecho, creo que hay algo de cierto en eso. En su interior conviven dos inquietudes muy diferentes, la del gato y la del cordero, pero quizá debajo de su piel no hay espacio para todo eso. Tal vez para este animal sería el cuchillo del carnicero una redención, pero debo negársela, porque al fin y al cabo es un recuerdo de familia.
"Otro cuento ruso"
ROBERTO BOLAÑO
En cierta ocasión, después de discutir con un amigo acerca de la identidad peregrina del arte, Amalfitano le refirió una historia que a él le contaron en Barcelona. La historia versaba sobre un sorche de la División Azul española que combatió en la Segunda Guerra Mundial, en el frente ruso, más concretamente en el Grupo de Ejércitos Norte, en una zona cercana a Novgorod.
El sorche era un sevillano bajito, delgado como un palillo y de ojos azules que por esas cosas de la vida (no era un Dionisio Ridruejo ni siquiera un Tomás Salvador, y cuando había que saludar a la romana saludaba, pero tampoco era propiamente un fascista o un falangista) fue a parar a Rusia. Allí, sin que sepa quién empezó, alguien le dijo sorche ven para acá o sorche haz esto o lo otro y al sevillano se le quedó en la cabeza la palabra sorche, pero en la parte oscura de la cabeza, y en ese lugar tan grande y desolador con el paso del tiempo y los sustos diarios se transformó en la palabra chantre. No sé cómo ocurrió, supongamos que se activó un mecanismo infantil, un recuerdo feliz que esperaba su oportunidad para volver.
De modo que el andaluz pensaba sobre sí mismo en los términos y obligaciones de un chantre aunque conscientemente no tenía idea del significado de esta palabra que designa al encargado del coro en algunas catedrales. Pero de alguna manera, y esto es lo notable, a fuerza de pensarse chantre se convirtió en chantre. Durante la terrible navidad del 41 se hizo cargo del coro que cantaba villancicos mientras los rusos machacaban a los del Regimiento 250. En su memoria estos días están llenos de ruido (ruidos secos, constantes) y de una alegría subterránea y un poco fuera de foco. Cantaban, pero era como si las voces llegaran después o incluso antes, y los labios, las gargantas, los ojos de los cantores muchas veces se deslizaban por una suerte de fisura de silencio, en un viaje brevísimo pero igualmente extraño.
Por lo demás, el sevillano se comportó como un valiente, con resignación, aunque el humor se le fue agriando con el paso del tiempo.
No tardó en probar su cuota de sangre. Una tarde, como al descuido, lo hirieron y durante dos semanas permaneció internado en el Hospital Militar de Riga al cuidado de robustas y sonrientes enfermeras del Reich incrédulas ante el color de sus ojos y de algunas feísimas enfermeras españolas voluntarias, probablemente hermanas, cuñadas o primas lejanas de José Antonio.
Cuando lo dieron de alta sucedió algo que para el sevillano tendría graves consecuencias: en vez de recibir un billete con el destino correcto le dieron uno que lo llevó a los cuarteles de un batallón de las SS destacado a unos trescientos kilómetros de su regimiento. Allí, rodeado de alemanes, austríacos, letones, lituanos, daneses, noruegos y suecos, todos mucho más altos y fuertes que él, intentó deshacer el equívoco utilizando un alemán rudimentario, pero los SS le dieron largas y mientras se aclaraba el asunto lo pusieron con una escoba a barrer el cuartel y con un cubo de agua y un estropajo a fregar la oblonga y enorme instalación de madera en donde retenían, interrogaban y torturaban a toda clase de prisioneros.
Sin resignarse del todo, pero cumpliendo con su nueva tarea a conciencia, el sevillano vio pasar el tiempo desde su nuevo cuartel, comiendo mucho mejor que antes y sin exponerse a nuevos peligros, ya que el batallón de las SS estaba destinado en la retaguardia, en lucha contra aquellos a quienes llamaban bandidos. Entonces, en el lado oscuro de su cabeza volvió a hacerse legible la palabra sorche. Soy un sorche, se dijo, un recluta bisoño y debo aceptar mi destino. La palabra chantre, poco a poco, desapareció, aunque algunas tardes, bajo un cielo sin límites que lo llenaba de nostalgias sevillanas, resonaba aún por allí, perdida quién sabe dónde. Una vez escuchó cantar a unos soldados alemanes y la recordó, otra vez escuchó cantar a un niño detrás de unas matas y la volvió a recordar, esta vez de forma más precisa, pero cuando dio la vuelta a los arbustos el niño ya no estaba.
Un buen día ocurrió lo que tenía que ocurrir. El cuartel del batallón de las SS fue asaltado y tomado por un regimiento de caballería ruso, según unos, por un grupo de partisanos, según otros. El combate fue corto y se decantó en seguida en contra de los alemanes. Al cabo de una hora los rusos encontraron al sevillano escondido en el edificio oblongo, vestido con el uniforme de auxiliar de las SS y rodeado de las no tan pretéritas infamias allí cometidas. Como quien dice, con las manos en la masa. No tardó en ser atado a una de las sillas que los SS usaban en los interrogatorios, una de esas sillas con correas en las patas y en los reposos y a todo lo que los rusos preguntaban él respondía en español que no entendía y que allí sólo era un mandado. También intentó decirlo en alemán, pero en este idioma apenas conocía cuatro palabras y los rusos ninguna. Éstos, tras una rápida sesión de bofetadas y patadas, fueron a buscar a uno que sabía alemán y que se dedicaba a interrogar prisioneros en otra de las celdas del edificio oblongo. Antes de que regresaran el sevillano escuchó disparos, supo que estaban matando a algunos de los SS y perdió las esperanzas de salir bien librado que aún tenía; no obstante, cuando los disparos cesaron volvió a aferrarse a la vida con todo su ser. El que sabía alemán le preguntó qué hacía allí, cuál era su función y su grado. El sevillano, en alemán, intentó explicarlo, pero en vano. Los rusos entonces le abrieron la boca y con unas tenazas que los alemanes destinaban para otras partes de la anatomía empezaron a tirar y a apretar su lengua. El dolor que sintió lo hizo lagrimear y dijo, o más bien gritó, la palabra coño. Con las tenazas dentro de la boca el exabrupto español se transformó y salió al espacio convertido en la ululante palabra kunst.
El ruso que sabía alemán lo miró extrañado. El sevillano gritaba kunst, kunst, y lloraba de dolor. La palabra kunst, en alemán, quiere decir arte y el soldado bilingüe así lo entendió y dijo que aquel hijo de puta era un artista o algo parecido. Los que torturaban al sevillano retiraron la tenaza con un trocito de lengua y esperaron, momentáneamente hipnotizados por el descubrimiento. La palabra arte. Lo que amansa a las fieras. Y así, como fieras amansadas, los rusos se dieron un respiro y esperaron alguna señal mientras el sorche sangraba por la boca y tragaba su sangre mezclada con grandes dosis de saliva y se ahogaba. La palabra coño, metamorfoseada en la palabra arte, le había salvado la vida. Cuando salió del edificio oblongo el sol estaba ocultándose pero le hirió los ojos como si hubiera sido mediodía.
Se lo llevaron con el resto escaso de prisioneros y poco después otro ruso que sabía español pudo escuchar su historia y el sevillano fue a parar a un campo de prisioneros en Siberia mientras sus accidentales compañeros de iniquidades eran pasados por las armas. En Siberia estuvo hasta bien entrada la década del cincuenta. En 1957 se instaló en Barcelona. A veces abría la boca y contaba sus batallitas con muy buen humor. Otras abría la boca y mostraba a quien quisiera verlo el trozo de lengua que le faltaba. Apenas era perceptible. El sevillano, cuando se lo decían, explicaba que la lengua con los años le había crecido. Amalfitano no lo conoció personalmente, pero cuando le contaron la historia el sevillano todavía vivía en una portería de Barcelona.
"La esfinge"
EDGAR ALLAN POE
Durante el espantoso reinado del cólera en Nueva York acepté la invitación de un pariente a pasar quince días en el retiro de su confortable cottage, a orillas del Hudson. Teníamos allí todos los habituales medios de diversión veraniegos; y vagabundeando por los bosques con nuestros cuadernos de diseño, navegando, pescando, bañándonos, con la música y los libros hubiéramos pasado bastante bien el tiempo, de no ser por las temibles noticias que nos llegaban todas las mañanas de la populosa ciudad. No transcurría un día sin que nos trajeran nuevas de la muerte de algún conocido. Por lo tanto, como la mortalidad aumentaba, aprendimos a esperar diariamente la pérdida de algún amigo. Al fin temblábamos ante la cercanía de cada mensajero. El mismo aire del sur nos parecía impregnado de muerte. Este paralizante pensamiento se apoderó de mi alma toda. No podía hablar, ni pensar, ni soñar en nada. Mi huésped era de temperamento menos excitable y, aunque su ánimo estaba muy deprimido, se esforzaba por confortar el mío. En ningún momento lo imaginario afectaba su intelecto, bien nutrido de filosofía. Estaba suficientemente vivo para los terrores concretos, pero sus sombras no lo atemorizaban.
Sus intentos por sacarme del estado de anormal melancolía en que me hallaba sumido fueron frustrados en gran medida por ciertos volúmenes que yo había encontrado en su biblioteca. Por su índole, tenían fuerza suficiente para hacer germinar cualquier simiente de superstición hereditaria que se hallara latente en mi pecho. Había estado leyendo estos libros sin que él lo supiese, y, por lo tanto, le resultaba imposible explicarse a veces las violentas impresiones que habían hecho en mi fantasía.
Uno de mis tópicos favoritos era la creencia popular en presagios, creencia que en esa época de mi vida yo estaba seriamente dispuesto a defender. Teníamos largas y animadas discusiones sobre este punto, en las que él sostenía la absoluta falta de fundamento de la fe en tales cosas, y yo replicaba que un sentimiento popular nacido con absoluta espontaneidad —es decir, sin aparentes huellas de sugestión— tiene en sí mismo inequívocos elementos de verdad y es digno de mucho respeto.
El hecho es que, poco después de mi llegada a la casa, me ocurrió un incidente tan absolutamente inexplicable y que tenía en sí tanto de ominoso, que bien se me podía excusar si lo consideraba como un presagio. Me aterró y al mismo tiempo me dejó tan confundido y tan perplejo, que transcurrieron varios días antes de que me resolviera a comunicar la circunstancia a mi amigo.
Casi al final de un día de calor abrumador, estaba yo sentado con un libro en la mano delante de una ventana abierta desde la cual dominaba, a través de la larga perspectiva formada por las orillas del río, la vista de una distante colina cuya ladera más cercana había sido despojada por un desmoronamiento de la mayor parte de sus árboles. Mis pensamientos habían errado largo tiempo desde el volumen que tenía delante, a la tristeza y desolación de la vecina ciudad. Levantando los ojos de la página, cayeron éstos en la desnuda ladera de la colina y en un objeto, en una especie de monstruo viviente de horrible conformación, que rápidamente se abrió camino desde la cima hasta el pie, desapareciendo por fin en el espeso bosque inferior. Al principio, cuando esta criatura apareció ante la vista, dudé de mi razón o, por lo menos, de la evidencia de mis sentidos, y transcurrieron algunos minutos antes de lograr convencerme de que no estaba loco ni soñaba. Sin embargo, cuando describa el monstruo (que vi claramente y vigilé durante todo el período de su marcha), para mis lectores, lo temo, será más difícil aceptar estas cosas de lo que lo fue para mí.
Considerando el tamaño del animal en comparación con el diámetro de los grandes árboles junto a los cuales pasara —los pocos gigantes del bosque que habían escapado a la furia del desmoronamiento—, concluí que era mucho más grande que cualquier paquebote existente. Digo paquebote porque la forma del monstruo lo sugería; el casco de uno de nuestros barcos de guerra de setenta y cuatro cañones podría dar una idea muy aceptable de sus líneas generales. La boca del animal estaba situada en el extremo de una trompa de unos sesenta o setenta pies de largo, casi tan gruesa como el cuerpo de un elefante común. Cerca de la raíz de esta trompa había una inmensa cantidad de negro pelo hirsuto, más del que hubieran podido proporcionar las pieles de veinte búfalos; y brotando de este pelo hacia abajo y lateralmente surgían dos colmillos brillantes, parecidos a los del jabalí, pero de dimensiones infinitamente mayores. Hacia adelante, paralelo a la trompa y a cada lado de ella, se extendía una gigantesca asta de treinta o cuarenta pies de largo, aparentemente de puro cristal y en forma de perfecto prisma, que reflejaba de manera magnífica los rayos del sol poniente. El tronco tenía forma de cuña con la cúspide hacia tierra. De él salían dos pares de alas, cada una de casi cien yardas de largo, un par situado sobre el otro y todas espesamente cubiertas de escamas metálicas; cada escama medía aparentemente diez o doce pies de diámetro. Observé que las hileras superior e inferior de alas estaban unidas por una fuerte cadena. Pero la principal peculiaridad de aquella cosa horrible era la figura de una calavera que cubría casi toda la superficie de su pecho, y estaba diestramente trazada en blanco brillante sobre el fondo oscuro del cuerpo, como si la hubiera dibujado cuidadosamente un artista. Mientras miraba aquel animal terrible, y especialmente su pecho, con una sensación de espanto, de pavor, con un sentimiento de inminente calamidad que ningún esfuerzo de mi razón pudo sofocar, advertí que las enormes mandíbulas en el extremo de la trompa se separaban de improviso y brotaba de ellas un sonido tan fuerte y tan fúnebre que me sacudió los nervios como si doblaran a muerto; y, mientras el monstruo desaparecía al pie de la colina, caí de golpe, desmayado, en el suelo.
Al recobrarme, mi primer impulso fue, por supuesto, informar a mi amigo de lo que había visto y oído; y apenas puedo explicar qué sentimiento de repugnancia me lo impidió.
Por fin, una tarde, tres o cuatro días después de lo ocurrido, estábamos juntos en el aposento donde había visto la aparición, yo ocupando el mismo asiento junto a la misma ventana y él tendido en un sofá al alcance de la mano. La asociación del lugar y la hora me impulsaron a referirle el fenómeno. Me escuchó hasta el final; al principio rió cordialmente y luego adoptó un continente excesivamente grave, como si sobre mi locura no cupiese ninguna duda. En ese momento tuve otra clara visión del monstruo, hacia el cual, con un grito de absoluto terror, dirigí su atención. Miró ansiosamente, pero afirmó que no veía nada, aunque yo le señalé con detalle el camino de la bestia mientras descendía por la desnuda ladera de la colina.
Entonces me alarmé muchísimo, pues consideré la visión, o como un presagio de mi muerte, o, peor aún, como anuncio de un ataque de locura. Me eché violentamente hacia atrás y durante unos instantes hundí la cara en las manos. Cuando me destapé los ojos, la aparición ya no era visible.
Mi huésped, sin embargo, había recobrado en cierto modo la calma de su continente y me interrogaba con minucia sobre la conformación de la bestia. Cuando le hube dado cabal satisfacción sobre este punto, suspiró profundamente, como aliviado de alguna carga intolerable, y siguió conversando con una calma que me pareció cruel sobre varios puntos de filosofía que habían constituido hasta entonces el tema de discusión entre nosotros. Recuerdo que insistió muy especialmente (entre otras cosas) en la idea de que la principal fuente de error de todas las investigaciones humanas se encontraba en el riesgo que corría la inteligencia de menospreciar o sobrestimar la importancia de un objeto por el cálculo errado de su cercanía.
—Para estimar adecuadamente —decía— la influencia ejercida a la larga sobre la humanidad por la amplia difusión de la democracia, la distancia de la época en la cual tal difusión puede posiblemente realizarse no dejaría de constituir un punto digno de ser tenido en cuenta. Sin embargo, ¿puede usted mencionarme algún autor que, tratando del gobierno, haya considerado merecedora de discusión esta particular rama del asunto?
Aquí se detuvo un momento, se acercó a una biblioteca y sacó una de las comunes sinopsis de historia natural. Pidiéndome que intercambiáramos nuestros asientos para poder distinguir mejor los menudos caracteres del volumen, se sentó en mi sillón junto a la ventana y, abriendo el libro, prosiguió su discurso en el mismo tono que antes.
—De no ser por su extraordinaria minucia —dijo— en la descripción del monstruo quizá no hubiera tenido nunca la posibilidad de mostrarle de qué se trata. En primer lugar, permítame que le lea una sencilla descripción del género Sphinx, de la familia Crepuscularia, del orden Lepidóptera, de la clase Insecta o insectos. La descripción dice lo siguiente: «Cuatro alas membranosas cubiertas de pequeñas escamas coloreadas, de apariencia metálica; boca en forma de trompa enrollada, formada por una prolongación de las quijadas, sobre cuyos lados se encuentran rudimentos de mandíbulas y palpos vellosos; las alas inferiores unidas a las superiores por un pelo rígido; antenas en forma de garrote alargado, prismático; abdomen en punta. La Esfinge Calavera ha ocasionado gran terror en el vulgo, en otros tiempos, por una especie de grito melancólico que profiere y por la insignia de muerte que lleva en el corselete».
Aquí cerró el libro y se reclinó en el asiento, adoptando la misma posición que yo ocupara en el momento de contemplar «el monstruo».
—¡Ah, aquí está! —exclamó entonces—. Vuelve a subir la ladera de la colina, y es una criatura de apariencia muy notable, lo admito. De todos modos, no es tan grande ni está tan lejos como usted lo imaginaba; pues el hecho es que, mientras sube retorciéndose por este hilo que alguna araña ha tejido a lo largo del marco de la ventana, considero que debe de tener la decimosexta parte de un pulgada de longitud, y que a esa misma distancia, aproximadamente, se encuentra de mis pupilas.
"Las flores del argelino"
MARGUERITE DURAS
Es domingo por la mañana, las diez, en el cruce de las calles Jacob y Bonaparte, en el barrio de Saint-Germain-des-Prés, hace diez días. Un joven que viene del mercado de Buci avanza hacia este cruce. Tiene veinte años, viste muy miserablemente, y empuja una carretilla llena de flores: es un joven argelino, que vende flores a escondidas, como vive. Avanza hacia el cruce Jacob-Bonaparte, menos vigilado que el mercado, y se detiene allí, aunque bastante inquieto.
Tiene razón. No hace aún diez minutos que está allí —no ha tenido tiempo de vender ni un solo ramo— cuando dos señores «de civil» se le acercan. Vienen de la calle Bonaparte. Van a la caza. Nariz al viento, husmeando el aire de este hermoso domingo soleado, prometedor de irregularidades, como otras especies, el perdigón, van directo hacia su presa.
¿Papeles?
No tiene papeles de autorización para entregarse al comercio de flores
Así, pues, uno de los dos señores se acerca a la carretilla, desliza debajo su puño cerrado y —¡eh!, ¡qué fuerte es!— de un solo puñetazo vuelca todo el contenido. El cruce se inunda de las primeras flores de la primavera (argelina).
Ni Eisenstein, ni nadie, están ahí, para captar la imagen de las flores por el suelo, que mira el joven argelino de veinte años, escoltado a uno y otro lado por los representantes del orden francés. Los primeros coches que transitan por allí, y esto no puede impedirse, evitan destrozar las flores, esquivándolas instintivamente mediante un rodeo.
Nadie en la calle, excepto, sí, una mujer, una sola:
—¡Bravo!, señores —exclama—. Ven ustedes, si se hiciera eso cada vez, nos libraríamos pronto de esta chusma. ¡Bravo!
Pero viene del mercado otra mujer, que iba tras ella. Mira, tanto las flores como al joven criminal que las vendía, y a la mujer jubilada, y a los dos señores. Y sin decir palabra, se inclina, recoge unas flores, se acerca al joven argelino, y le paga. Después de ella, llega otra mujer, recoge y paga. Después de ésta, llegan otras cuatro mujeres, se inclinan, recogen y pagan. Quince mujeres. Siempre en silencio. Aquellos señores patalean. Pero ¿qué hacer? Esas flores están en venta y no se puede impedir que se quiera comprarlas.
Apenas han pasado diez minutos. No queda ni una sola flor por el suelo.
Después de esto, los citados señores pudieron llevarse al joven argelino al puesto de policía.
France-Observateur ©1957
"El pozo"
RICARDO GÜIRALDES
Sobre el brocal desdentado del viejo pozo, una cruz de palo roída por la carcoma miraba en el fondo su imagen simple.
Todo una historia trágica.
Hacía mucho tiempo, cuando fue recién herida la tierra y pura el agua como sangre cristalina, un caminante sudoroso se sentó en el borde de piedra para descansar su cuerpo y refrescar la frente con el aliento que subía del tranquilo redondel.
Allí le sorprendieron: el cansancio, la noche y el sueño; su espalda resbaló al apoyo y el hombre se hundió, golpeando blandamente en las paredes hasta romper la quietud del disco puro.
Ni tiempo para dar un grito o retenerse en las salientes, que le rechazaban brutalmente después del choque. Había rodado llevando consigo algunos pelmazos de tierra pegajosa.
Aturdido por el golpe, se debatió sin rumbo en el estrecho cilindro líquido hasta encontrar la superficie. Sus dedos espasmódicos, en el ansia agónica de sostenerse, horadaron el barro rojizo. Luego quedó exánime, sólo emergida la cabeza, todo el esfuerzo de su ser concentrado en recuperar el ritmo perdido de su respiración.
Con su mano libre tanteó el cuerpo, en que el dolor nacía con la vida.
Miró hacia arriba; el mismo redondel de antes, más lejano, sin embargo, y en cuyo centro la noche hacía nacer una estrella tímidamente.
Los ojos se hipnotizaron en la contemplación del astro pequeño, que dejaba, hasta el fondo, caer su punto de luz.
Unas voces pasaron no lejos, desfiguradas, tenues; un frío le mordió del agua y gritó un grito que, a fuerza de terror, se le quedó en la boca.
Hizo un movimiento y el líquido onduló en torno, denso como mercurio. Un pavor místico contrajo sus músculos, e impelido por pesa nueva y angustiosa fuerza, comenzó el ascenso, arrastrándose a lo largo del estrecho tubo húmedo; unos dolores punzantes abriéndole las carnes, mirando el fin siempre lejano como en las pesadillas.
Más de una vez, la tierra insegura cedió a su peso, crepitando abajo en lluvia fina; entonces suspendía su acción tendido de terror, vacío el pecho, y esperaba inmóvil la vuelta de sus fuerzas.
Sin embargo, un mundo insospechado de energías nacía a cada paso, y como por impulso adquirido maquinalmente, mientras se sucedían las impresiones de esperanza y desaliento, llegó al brocal, exhausto, incapaz de saborear el fin de sus martirios.
Allí quedaba, medio cuerpo de fuera, anulada la voluntad por el cansancio, viendo delante suyo la forma de un Aguaribay como cosa irreal...
Alguien pasó ante su vista, algún paisano del lugar seguramente, y el moribundo alcanzó a esbozar un llamado. Pero el movimiento de auxilio que esperaba fue hostil. El gaucho, luego de santiguarse, resbalaba del cinto su facón, cuya empuñadura, en cruz, tendió hacia el maldito.
El infeliz comprendió, hizo el último y sobrehumano esfuerzo para hablar; pero una enorme piedra vino a golpearle en la frente, y aquella visión de infierno desapareció como sorbida por la tierra.
Ahora, todo el pago conoce el pozo maldito; y sobre su brocal, desdentado por los años de abandono, una cruz de madera semipodrida defiende a los cristianos contra las apariciones del malo.