El Cuento Breve de la Semana
"Bancarrota"
MANUEL PEYROU
Mucho antes de cerra la Bolsa comprendí que estaba arruinado. Los títulos que nos habíamos empeñado en sostener continuaban en baja y el desastre se generalizaba. Mis preocupaciones, sin embargo, no eran solamente económicas. La catástrofe financiera, ni bien llegara a oídos de Sara, produciría una catástrofe doméstica. Los diarios de la tarde anunciaban el “crac” con grandes titulares. Varios banqueros se habían arrojado desde sus altas oficinas. La gente andaba algo inquieta ante esa lluvia de millonarios menesterosos. Pasaron algunas cosas extrañas. Juan Levinsky, director del Banco Judío, optó por un suicidio económico y se arrojó desde su oficina, situada en el piso octavo. Fue a caer justamente sobre Carlos Brewster, del Consorcio Inglés, con quien en vano había buscado un entendimiento salvador. Es doloroso decir que esta conjunción póstuma no sirvió para tonificar el ambiente bursátil.
Una luna delgada luchaba con los últimos vestigios de las nubes del crepúsculo; el cielo, después de una tarde pesada, amenazante, se aclaraba. Hubiera yo deseado que una luna interior, como una inspiración salvadora, aclarara también las dudas que me agitaban. Para resolverlas había caminado diez cuadras dedicado al monólogo interior. Llegué a mi casa. Subí los ocho pisos (que para un banquero más excitable hubieran constituido una eficaz invitación al vuelo sin motor) y abrí despacio la puerta. Sara, vestida, dormía en el diván. En realidad no dormía, pues apenas cerré la puerta abrió los ojos y miró la hora. Como no era una “hora imposible”, me sonrió amablemente. Pensé que lo mejor era confesar mi situación de inmediato.
—Estoy arruinado —dije, adoptando el aire que me pareció más conveniente para enternecerla—. En la profunda oquedad de mis bolsillos sólo reside en estos instantes un puñado de monedas.
Pero ella no contestó. Su boca se distendió en un bostezo. Creía que era una de mis bromas. Me miró con esa fatiga que las mujeres serias, metidas en la realidad, experimentan siempre en estos casos.
—No es broma. Estamos arruinados. Desde hoy eres la mujer de un proletario. Concédeme la exclusividad de tus primeras impresiones.
Ella salió de su letargo. Reflexionó rápidamente y luego, repuesta de la sorpresa, dijo:
—La primera impresión va a ser tuya: si estás arruinado te abandono.
Me quedé petrificado. En rápido caleidoscopio corrieron ante mi vista las emociones cambiantes de aquella tarde. Había hecho operaciones arriesgadas. Cuando me supe en la ruina dos ideas acudieron a mi espíritu: las dos ideas que visitan siempre el espíritu del señor correcto en trance de bancarrota: suicidarse o rehacer mi fortuna. ¡Uf!, descarté de inmediato la primera con un escalofrío en todo el cuerpo. En cuanto a la segunda… En fin, ya habría tiempo de pensarlo.
Pero lo que no esperaba era que mi mujer recibiera con tanto cinismo la noticia de nuestra ruina. Resolví adoptar el aire apropiado a la situación.
—Perfectamente —contesté—; pero quiero dejar constancia de que has defraudado mis más caras ilusiones.
—¿Tus más caras ilusiones? No digas tonterías. Mis ilusiones eran más caras que las tuyas y también las has defraudado.
—¿Qué quieres decir?
—¿Y el viaje a las playas? ¿Y el tapado de “agneau rasé”?
—Este… Es que yo soy el que está “rasé”… digo, “fauché”…
—No hagas chistes. Antes de casarnos me prometiste viajes, tapados, fiestas, joyas. Yo sí que me casé ilusionada. En fin, no hagamos escenas. Nos divorciaremos sin ruido.
Se levantó con bastante ruido, arregló su costosa ondulación con un rápido toque, verificó las rubias ondas en el espejo y se asomó a la ventana. La luna, como un alfanje plateado, brillaba tras el parámetro reticular de los rascacielos. Pensé que la sugestión de su poesía acaso influyera en el corazón de Sara. Es tradicional en el amor la influencia del rayo de plata de la luna (a falta del rollo de plata).
—¡Está bien! ¡No hagamos escenas! —dije con un ardiente tono de voz y un gesto que valían por sí solos por todas las escenas más movidas del drama más movido—. ¡Está bien! —repetí casi aullando—. ¡No hagamos escenas!
Pero ella, en la ventana, era la expresión de la indiferencia absoluta. Ensayé el tono suave.
—Está bien; me llevaré mis cosas —susurré con un acento afligido. No sé por qué, me salió voz de falsete.
—¿Qué te pasa? ¿Has vuelto a la infancia?
—No —disimulé—. Estaba ensayando mi aptitud para la ventriloquia. Uno no sabe si tendrá que ganarse la vida en la escena, o en un circo.
—En un circo, puede ser, como payaso.
—Sin embargo, antes me encontrabas gracioso, buen mozo, espiritual.
—Es perfectamente claro; antes tu fortuna irradiaba un prestigio que contagiaba todos tus actos. Es lógico que cuando decías un chiste en el grill room del Astoria, entre botellas de champaña, tu gracia resultara más subida o sugerente, porque hasta el ambiente predisponía a encontrarlo así.
Me sentí derrotado. Con la cabeza entre las manos, arrugado el entrecejo, medio tirado sobre el diván, era yo una expresión física de la bancarrota.
—Ya estás otra vez tirado, arrugando la ropa. Con razón andas hecho un pordiosero. El Coco Muñoz dice eso, que pareces un pordiosero.
—¿Quién es el Coco Muñoz? ¿Ese cara de idiota que te invita siempre a tomar el té?
—No sé qué cara tiene; pero es muy atento y respetuoso. Me ha invitado como veinte veces y jamás me ha faltado el respeto…
—Con razón tiene cara de idiota…
—… porque es muy culto. Y finalmente, estamos hablando de más. Mañana me voy.
La luz de la luna entraba por la ventana. La noche era rotunda y poética. Sin embargo, yo notaba pocas manifestaciones de su influencia. Ni Sara se arrojaba en mis brazos ni profería frases como “¡mi bomboncito!”, “¡mi marroncito glacé!”, “¡mi pedacito de dulce!”, con que otras veces me había dado una idea halagadora de las posibilidades nutritivas de mi modesta persona. Su alma infracta no cedía, su corazón era perfectamente incombustible, el vértigo arrollador de las pasiones brillaba por su ausencia. Juzgué que era el momento oportuno.
—Ahora voy a decirte la verdad —pronuncié en el tono más firme. Ella se volvió extrañada—. Cuando hablé de que unas pocas monedas habitaban mis bolsillos no mentí; pero oculté que en este otro bolsillo permanece un flamante cheque de doscientos mil pesos.
Sara abrió los ojos desmesuradamente.
—Si estuvieras permanentemente asombrada lograrías un diámetro de ojos comparable con ventaja al de Joan Crawford.
—¡No digas tonterías! ¡A ver el cheque!
Extraje de mi bolsillo el cheque. Tenía mi firma: doscientos mil pesos al portador.
—¿De dónde has sacado ese cheque?
—Es un cheque mío. La casa está quebrada; pero yo reservé este cheque. Mañana salgo hacia París. Con la renta viviré modestamente. Prefiero ser un burgués que se refresca con su “gomme au kirsch” en una mesa del boulevard Poissonnière, a la ostentación del millonario que bebe champagne adulterado en el grill room del Astoria. Además allí encontraré la cuya intensidad pasional no esté directamente proporcionada al saldo deudor de mi cuenta.
—Un momento, un momento. No te dejes llevar por el entusiasmo. En Europa tropezarás con alguna esas perdidas que viven dedicadas a desplumar incautos.
—En cuanto a lo del desplume, mi vocación de pollo tiene valiosos antecedentes nacionales…
—No es lo mismo. No es lo mismo gastar su dinero en locuras que dar una vida lujosa a la propia mujer, gastar en cosas útiles, en ropas, en comidas.
—Justamente. Esta noche he tenido un monólogo interior. Me he convencido de la inutilidad de mi vida anterior: respetabilidad, conversaciones idiotas, amistades idiotas. Estoy decidido: gastaré en locuras el resto de mi fortuna. Una mujer que, en vez de devorar diez sándwiches y una copa de vermut, se toma diez copas de vermut y un sándwich. ¡Oh! ¡Una mujer que viva con un sándwich!
—Si te parece podemos bajar; en la esquina venden unos de tres pisos… —No; no gastaré un centavo más en ti. Estoy decidido.
En ese instante se produjo el desmayo. Yo lo veía venir hacía rato. Sara se llevó la mano a la frente, luego balbuceó cosas ininteligibles y cayó sobre el diván. Es justo reconocer su sobriedad. Debí hacer esfuerzos hercúleos para levantarla. Después de luchar con sus 65 kilos, la dejé acostada y corrí a buscar las sales. En pocos minutos reaccionaba. Comprendí que la balanza se inclinaba sensiblemente en su favor.
Un desmayo permite un cambio de frente y evita los siempre peligrosos abismos del discurso explicativo.
—¡Arturo! —exclamó con su inflexión más encogida—. ¡Arturo! Olvidemos nuestro cinismo. Podemos vivir con esa pequeña suma. Yo me arreglaré.
Caí en sus brazos como un tierno cervato.
—Me has hecho pasar un mal momento: quisiera estar en mañana— murmuró con suavidad.
—Yo quisiera estar en ayer —contesté—. Sería la única manera de cobrar ese cheque sin incurrir en las sanciones que establece el artículo 302 del Código Penal:
“Será reprimido con prisión de uno a seis meses el que dé en pago o entregue por cualquier concepto a un tercero un cheque o un giro sin tener provisión de fondos”.
Nuevamente, las sales.
(publicado en la Revista Múltiple, enero de 1939)
"La brevedad"
AUGUSTO MONTERROSO
Con frecuencia escucho elogiar la brevedad y, provisionalmente, yo mismo me siento feliz cuando oigo repetir que lo bueno, si breve, dos veces bueno.
Sin embargo, en la sátira 1, I, Horacio se pregunta , o hace como que le pregunta a Mecenas, por qué nadie está contento con su condición, y el mercader envidia al soldado y el soldado al mercader. Recuerdan ¿verdad?
Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos, largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujeción al punto y coma, al punto.
A ese punto que en este instante me ha sido impuesto por algo más fuerte que yo, que respeto y que odio.
"Lecciones de piano"
MARÍA TERESA ANDRUETTO
Cuando era chica, allá en mi pueblo, como muchas chicas de mi generación yo iba a piano. A lo de la señorita Alba Palazón. Enseñaba en su casa la señorita y su papá tenía, en la habitación de enfrente, sobre la avenida, un taller de marcos. Cuando terminaba mi clase, me quedaba para verlo trabajar; una regla y la línea trazada con esa punta de diamante, como si fuera un lápiz, y luego el vidrio abriéndose en dos en un corte limpio, perfecto. En el taller de marcos de don Palazón había también unos estantes con libros a la venta. Eran libros para niños de Sigmar y de Vigil —editoriales de mucha circulación por aquellos años—, y entre esos libros troquelados con la imagen de algún animal en la tapa había varios firmados por un tal Héctor Sánchez Puyol, que muchos años después supe que era el seudónimo que usaba Héctor G. Oesterheld para los libros para chicos. Los había también de Hans Christian Andersen, ahí leí por primera vez “El patito feo” y “La vendedora de fósforos” o “La pequeña cerillera”. Eran versiones muy lavadas, simplificadas al extremo, que habían perdido la calidad literaria del dinamarqués, pero conservaban, sin embargo, sus preocupaciones, sus asuntos.
En el cuento “La vendedora de fósforos” está la muerte por el frío, cosa que, Dios nos perdone, vemos suceder entre nosotros en un invierno que no quiere irse. La muerte por frío, por falta de abrigo y comida, es un motivo muy antiguo. En este caso, la niña ha quedado huérfana y está vendiendo sus fósforos la noche de Navidad, una Navidad europea, con nieve y soledad en las calles. Cuando la luz se ha retirado, la tarde se ha vuelto noche y la niña ve, desde su intemperie, a las familias celebrando tras las ventanas. Está casi muerta la niña, que sabe que ya no va a vender fósforos, y entonces los enciende uno tras otro, se abriga con lo único que tiene, hasta que aparece el espíritu de la madre y se la lleva consigo.
Andersen era hijo único de una mujer extremadamente pobre que vivía de lavar ropa para darle de comer a su hijo y comer ella. Era, además, muy feo, y tenía extrema necesidad de ser reconocido; con esa necesidad de reconocimiento y esa fealdad escribió “El patito feo”, un pato entre los cisnes, y “La vendedora de fósforos”, en memoria de su madre que, lavando en las aguas heladas de un río dinamarqués, empezó a beber para entrar en calor, se convirtió en alcohólica y murió de frío. Como vemos, nada de lo que un escritor crea puede escapar de lo que es.
"Mi primera maestra"
FELISBERTO HERNÁNDEZ
Cuando yo tenía seis años cruzaba, por las mañanas, una plaza inclinada – vivíamos en la falda de un cerro– y entraba a la escuela. La maestra era grandota; ponía, arrollados sobre el pupitre, sus dedos gordos y nos permitía hacer ruido. Yo hacía emes minúsculas con vueltas redondas como los dedos de ella. Una tarde, sin que mi madre supiera, crucé la plaza, llamé con el pie a la puerta de la maestra y apareció por la ventana su cabeza grande, parecida a la de una vaca buena sin cuernos.
—¿Qué quieres?
—Vengo a hacerle una visita.
—Bueno… te quedas un ratito y enseguida te vas…
Cuando abrió un poco la puerta de la calle yo pasé cerca de su pollera gris. Ella, con su mano tomó la mía y me llevó al fondo. Debajo de un paraíso había una gallina echada; empezó a cloquear y por debajo de su cuerpo –de un gris parecido a la pollera de la señorita– se asomaban pollitos amarillos. Estarían tan calentitos como mis dedos entre la mano de la maestra. Después ella me acompañó hasta la puerta y yo le dije:
—De aquí a un ratito voy a venir a hacerle otra visita.
—No, no; otro día.
Pero yo seguí pensando. Esa noche, cuando estuve solo en mi cama, me acordé de la gallina con pollos y empecé a imaginarme que vivía bajo la pollera de la maestra. Al día siguiente, a la siesta, volví a pensar lo mismo: a esa hora yo no dormía; y mis padres tenían los ojos cerrados. Suponía la maestra de pie, recostada al paraíso; y yo, debajo de sus polleras le acariciaba una pierna; o más bien las dos. Sentía su calor y veía que después de terminar las medias negras que yo conocía, las piernas eran gordas como las de mi abuela y muy blancas. Todo parecía muy natural; y mientras yo la acariciaba, la señorita se quedaba tan tranquila como la gallina de los pollos. Aunque estaba debajo de la pollera yo veía, sin embargo, la cara de la maestra; y ella miraba distraída para todos lados. A veces venía la madre: era una viejita muy buena –una vez me dio café con leche; pero yo no lo pude terminar porque ya había tomado en casa. En algunas siestas yo me quedaba pensando en la viejita o en cualquier otra cosa; y de pronto me olvidaba que debía estar debajo de la pollera; eso me daba fastidio y hacía esfuerzos para imaginar todo de nuevo. En otra siesta pensé que la viejita le había preguntado a la hija:
—¿Qué estás haciendo?
Y la maestra había respondido:
—Tengo cría.
Pero la madre sabía todo y hablaba como en los días que tenía caramelos y me decía, en broma: “No hay caramelos”. Ahora la hija le hacía una guiñada y yo la veía mientras le acariciaba las piernas. En casi todas las siestas las gallinas de casa cacareaban y yo las odiaba; no me daba cuenta que estas gallinas eran iguales a las de la maestra.
Cuando llegaron las noches de verano mis padres me dejaban jugar un ratito antes de irme a la cama; entonces yo cruzaba la plaza, entraba al zaguán de la maestra y de pronto soltaba una carcajada y la asustaba. Una noche vi, desde la vereda, que ella iba a cada momento del comedor a la cocina llevando los platos. La lámpara que estaba encima de la mesa del comedor tenía pantalla y daba luz clara nada más que en el mantel. Sin que la maestra me viera, entré al comedor y me escondí debajo de la mesa. Al ratito ella vino, con los pasos de siempre, pero traía una pollera blanca; se acercó mucho a la mesa y yo, tocando el piso con la cabeza miré hacia arriba y me asomé al interior de su pollera: todo estaba un poco oscuro; pero se aclaraba más cuando ella, para alcanzar alguna cosa que estaría al otro lado de la mesa, apoyaba un pie y levantaba el otro en el aire. Yo hice varias veces la prueba sin que mi cabeza tocara sus pies. Después de levantar la mesa ella volvió al comedor con pasos lentos; se recostó al borde de la mesa, levantó un pie y dejó el otro en el suelo. Entonces yo me asomé por el lado de afuera de la pollera y vi que tenía la cara tapada con un libro.
Entre nosotros había mucha confianza; si ella me descubría debajo de su pollera, yo le diría que era jugando. Por fin me decidí a entrar. No sé si llegué a tocarle las piernas; ella soltó un grito y al bajar el pie que tenía en el aire, me pisó; también sentí que me apretaba la cabeza. En seguida vi caer todo su cuerpo, oí sonar unos vasos que había en el aparador y alcancé a ver un pedazo blanco de la pierna de ella. Cuando se levantó estaba muy enojada y creí que me pegaría; pero de pronto se echó a reír: quería hablarme y no podía; dio vuelta la cabeza, fue hasta el zaguán y miró para la cocina: la madre estaba lavando los platos y no había oído nada. La maestra volvió hacia mí y levantando un dedo me dijo que le mandaría decir a mi padre lo que yo había hecho y que ahora me fuera para mi casa. Yo pasé por delante de ella con la cabeza baja pero mirando la pollera blanca; caminaba lentamente, me daba cuenta que ella me perdonaba y me sentía feliz. Al cruzar la plaza recordé su risa y pensé: “A ella le gusta que yo me meta debajo de su pollera”.
"Fotografìa"
YASUNARI KAWABATA
Un hombre feo –es duro decirlo, pero ciertamente fue por su fealdad que se convirtió en poeta–, bien, este poeta me dijo lo siguiente:
“Odio las fotografías, y muy rara vez se me ocurre sacarme una. La única vez fue hace cuatro o cinco años con una muchacha, con motivo de nuestro compromiso. Me era muy querida. No creía que una mujer como ella volviera a aparecer en mi vida. Ahora aquellas fotografías son mi único recuerdo hermoso.
”El año pasado, una revista me pidió una foto. Corté mi parte de una fotografía en la que aparecía con mi prometida y su hermana, y la mandé a la revista. Hace poco un reportero vino a pedirme otra fotografía. Dudé por un momento. Pero al final recorté por la mitad una donde estábamos mi novia y yo, y se la entregué al reportero. Le pedí que me la devolviera, pero no creo que lo haga. De todos modos no tiene importancia.
”Dije que no tiene importancia, pero la verdad es que me sobresalté al ver la mitad de la foto donde mi prometida había quedado sola. ¿Era la misma muchacha? Déjeme contarle sobre ella. La muchacha de la foto era bella y encantadora. Tenía diecisiete años y estaba enamorada. Pero cuando miré la foto que tenía en mis manos –la fotografía de la muchacha separada de mí– me di cuenta de lo insulsa que era. Y hasta ese momento había sido la más bella fotografía que yo hubiese visto… En un instante desperté de un largo sueño. Mi precioso tesoro se había desmoronado. Y entonces…”
El poeta bajó todavía más la voz.
“Si ve mi foto en el diario, ella también pensará lo mismo. Y se sentirá mortificada por haber amado a un hombre como yo. Bueno, ésa es la historia. Pero me pregunto, ¿y si el diario difundiera la foto de los juntos, tal como fue tomada, volvería ella a mí creyéndome un hombre espléndido?”
1924
"Eveline"
JAMES JOYCE
Sentada a la ventana vio cómo la noche invadía la avenida. Reclinó la cabeza en la cortina y su nariz se llenó del olor a cretona polvorienta. Se sentía cansada.
Pasaban pocas personas. El hombre que vivía al final de la manzana regresaba a su casa; oyó los pasos repicar sobre la acera de cemento y crujir luego en el camino de ceniza que pasaba frente a las nuevas casas de ladrillo rojo. En otro tiempo hubo allí un solar yermo en donde jugaban todas las tardes con los otros muchachos. Luego, alguien de Belfast compró el solar y construyó allí casas —no casitas de color pardo como las demás, sino casas de ladrillo, de colores vivos y techos charolados. Los muchachos de la avenida acostumbraban a jugar en ese placer —los Devine, los Water, los Dunn, Keogh el lisiadito, ella y sus hermanos y hermanas. Ernest, sin embargo, nunca jugaba: era muy mayor. Su padre solía perseguirlos por el yermo esgrimiendo un bastón de endrino; pero casi siempre el pequeño Keogh se ponía a vigilar y avisaba cuando veía venir a su padre. Con todo, parecían felices por aquel entonces. Su padre no iba tan mal en ese tiempo; y, además, su madre estaba viva. Eso fue hace años; ella, sus hermanos y hermanas ya eran personas mayores; su madre había muerto. Tizzie Dunn también había muerto y los Water habían vuelto a Inglaterra. ¡Todo cambia! Ahora ella también se iría lejos, como los demás, abandonando el hogar paterno.
¡El hogar! Echó una mirada al cuarto, revisando todos los objetos familiares que había sacudido una vez por semana durante tantísimos años, preguntándose de dónde saldría ese polvo. Quizá no volvería a ver las cosas de la familia, de las que nunca soñó separarse. Y, sin embargo, en todo ese tiempo nunca averiguó el nombre del cura cuya foto amarillenta colgaba en la pared, sobre el armonio roto, al lado de la estampa de las promesas a Santa Margarita María Alacoque. Fue amigo de su padre. Cada vez que mostraba la foto a un visitante, su padre solía alargársela con una frase fácil:
—Ahora vive en Melbourne.
Ella había decidido dejar su casa, irse lejos. ¿Era esta una decisión inteligente? Trató de sopesar las partes del problema. En su casa por lo menos tenía techo y comida; estaban aquellos a los que conocía de toda la vida. Claro que tenía que trabajar duro, en la casa y en la calle. ¿Qué dirían en la tienda cuando supieran que se había fugado con el novio? Tal vez dirían que era una idiota, y la sustituirían poniendo un anuncio. Miss Gavan se alegraría. La tenía tomada con ella, sobre todo cuando había gente delante.
—Miss Hill, ¿no ve que está haciendo esperar a estas señoras?
—Por favor, miss Hill, un poco más de viveza.
No iba a derramar precisamente lágrimas por la tienda.
Pero en su nueva casa, en un país lejano y extraño, no pasaría lo mismo. Luego —ella, Eveline— se casaría. Entonces la gente sí que la respetaría. No iba a dejarse tratar como su madre. Aún ahora, que tenía casi veinte años, a veces se sentía amenazada por la violencia de su padre. Sabía que era eso lo que le daba palpitaciones.
Cuando se fueron haciendo mayores, él nunca le levantó la mano a ella, como sí lo hizo a Harry y a Ernest, porque ella era mujer; pero últimamente la amenazaba y le decía lo que le haría si no fuera porque su madre estaba muerta. Y ahora no tenía quien la protegiera, con Ernest muerto y Harry, que trabajaba decorando iglesias, siempre de viaje por el interior. Además, las invariables disputas por el dinero cada sábado por la noche habían comenzado a cansarla hasta decir no más. Ella siempre entregaba todo su sueldo —siete chelines—, y Harry mandaba lo que podía, pero el problema era cómo conseguir dinero de su padre. Él decía que ella malgastaba el dinero, que no tenía cabeza, que no le iba a dar el dinero que ganaba con tanto trabajo para que ella lo tirara por ahí, y muchísimas cosas más, ya que los sábados por la noche siempre regresaba algo destemplado. Al final le daba el dinero, preguntándole si ella no tenía intención de comprar las cosas de la cena del domingo. Entonces tenía que irse a la calle volando a hacer los recados, agarraba bien su monedero de cuero negro en la mano al abrirse paso por entre la gente y volvía a casa ya tarde cargada de comestibles. Le costaba mucho trabajo sostener la casa y ocuparse de que los dos niños dejados a su cargo fueran a la escuela y se alimentaran con regularidad. El trabajo era duro —la vida era dura—, pero ahora que estaba a punto de partir no encontraba que su vida dejara tanto que desear.
Iba a comenzar a explorar una nueva vida con Frank. Frank era bueno, varonil, campechano. Iba a irse con él en el barco de la noche, y ser su esposa, y vivir con él en Buenos Aires, en donde le había puesto casa. Recordaba bien la primera vez que lo vio; se alojaba él en una casa de la calle mayor a la que ella iba de visita. Parecía que no habían pasado más que unas semanas. Él estaba parado en la puerta, la visera de la gorra echada para atrás, con el pelo cayéndole en la cara broncínea. Llegaron a conocerse bien. Él la esperaba todas las noches a la salida de la tienda y la acompañaba hasta su casa. La llevó a ver La muchacha de Bohemia, y ella se sintió en las nubes sentada con él en el teatro, en sitio desusado. A él le gustaba mucho la música y cantaba un poco. La gente se enteró de que la enamoraba, y, cuando él cantaba aquello de la novia del marinero, ella siempre se sentía turbada. Él la apodó Poppens, en broma. Al principio era emocionante tener novio, y después él le empezó a gustar. Contaba cuentos de tierras lejanas. Había empezado como camarero, ganando una libra al mes, en un buque de las líneas Allan que navegaba al Canadá. Le recitó los nombres de todos los barcos en que había viajado y le enseñó los nombres de los diversos servicios. Había cruzado el estrecho de Magallanes y le narró historia de los terribles patagones. Recaló en Buenos Aires, decía, y había vuelto al terruño de vacaciones solamente. Naturalmente, el padre de ella descubrió el noviazgo y le prohibió que tuviera nada que ver con él.
—Yo conozco muy bien a los marineros —le dijo.
Un día él sostuvo una discusión acalorada con Frank, y después de eso ella tuvo que verlo en secreto.
En la calle la tarde se había hecho noche cerrada. La blancura de las cartas se destacaba en su regazo. Una era para Harry; la otra para su padre. Su hermano favorito fue siempre Ernest, pero ella también quería a Harry. Se había dado cuenta de que su padre había envejecido últimamente: le echaría de menos. A veces él sabía ser agradable. No hacía mucho, cuando ella tuvo que guardar cama por un día, él le leyó un cuento de aparecidos y le hizo tostadas en el fogón. Otro día —su madre vivía todavía— habían ido de picnic a la loma de Howth. Recordó cómo su padre se puso el gorro de su madre para hacer reír a los niños.
Apenas le quedaba tiempo ya, pero seguía sentada a la ventana, la cabeza recostada en la cortina, respirando el olor a cretona polvorienta. A lo lejos, en la avenida, podía oír un organillo. Conocía la canción. Qué extraño que la oyera precisamente esa noche para recordarle la promesa que le hizo a su madre: la promesa de sostener la casa cuanto pudiera. Recordó la última noche de la enfermedad de su madre: de nuevo regresó al cuarto cerrado y oscuro al otro lado del corredor; afuera tocaban una melancólica canción italiana. Mandaron mudarse al organillero dándole seis peniques. Recordó cómo su padre regresó al cuarto de la enferma diciendo:
—¡Malditos italianos! ¡Mira que venir aquí!
Mientras rememoraba, la lastimosa imagen de su madre la tocó en lo más vivo de su ser —una vida entera de sacrificio cotidiano para acabar en la locura total. Temblaba al oír de nuevo la voz de su madre diciendo constantemente con insistencia insana:
—¡Dedevaun Seraun! ¡Dedevaun Seraun!
Se puso en pie bajo un súbito impulso aterrado. ¡Escapar! ¡Tenía que escapar! Frank sería su salvación. Le daría su vida, tal vez su amor. Pero ella ansiaba vivir. ¿Por qué ser desgraciada? Tenía derecho a la felicidad. Frank la levantaría en vilo, la cargaría en sus brazos. Sería su salvación.
* * *
Esperaba entre la gente apelotonada en la estación en North Wall. Le cogía una mano y ella oyó que él le hablaba diciendo una y otra vez algo sobre el pasaje. La estación estaba llena de soldados con maletas marrones. Por las puertas abiertas del almacén atisbó el bulto negro del barco, atracado junto al muelle, con sus portillas iluminadas. No respondió. Sintió su cara fría y pálida y, en su laberinto de penas, rogó a Dios que la encaminara, que le mostrara cuál era su deber. El barco lanzó un largo y condolido pitazo hacia la niebla. De irse ahora, mañana estaría mar afuera con Frank, rumbo a Buenos Aires. Ya él había sacado los pasajes. ¿Todavía se echaría atrás, después de todo lo que él había hecho por ella? Su desánimo le causó náuseas físicas y continuó moviendo los labios en una oración silenciosa y ferviente.
Una campanada sonó en su corazón. Sintió su mano coger la suya.
—¡Ven!
Todos los mares del mundo se agitaban en su seno. Él tiraba de ella: la iba a ahogar. Se agarró con las dos manos en la barandilla de hierro.
—¡Ven!
¡No! ¡No! ¡No! Imposible. Sus manos se aferraron frenéticas a la baranda. Dio un grito de angustia hacia el mar.
—¡Eveline! ¡Evvy!
Se apresuró a pasar la barrera, diciéndole a ella que lo siguiera. Le gritaron que avanzara, pero él seguía llamándola. Se enfrentó a él con cara lívida, pasiva, como un animal indefenso. Sus ojos no tuvieron para él ni un vestigio de amor o de adiós o de reconocimiento.
"Buenas noticias del continente"
ERNEST HEMINGWAY
Sopló del sur durante tres días, doblando las frondas de las palmeras reales hasta que se separaban en línea tangente de los troncos grises, inclinados bajo el fuerte viento. A medida que arreciaba, los tallos verde oscuro de las frondas se agitaban con violencia mientras el viento los cortaba. Las ramas de los mangos se estremecían y se rompían bajo el viento y su calor quemaba las flores de mango hasta que se volvían pardas y polvorientas y sus tallos se secaban. La hierba se secaba y ya no quedaba humedad en el suelo y había polvo en el viento.
El viento sopló día y noche durante cinco días; cuando paró, la mitad de las frondas de palmera pendía muertas contra los troncos, los mangos verdes yacían en el suelo y en los árboles y los capullos estaban muertos y los tallos secos. La cosecha de mango se había estropeado junto con todas las otras cosas que se estropearon aquel año.
La conferencia telefónica que había pedido con el continente obtuvo la conexión y el hombre dijo: «Sí, doctor Simpson», y oyó decir a la voz cascada:
—¿Señor Wheeler? Bueno, señr, este muchacho suyo nos ha dado hoy una buena sorpresa. Vaya que sí. Le administramos el habitual pentotal sódico previo al tratamiento de choque y siempre he notado que el chico ofrece una resistencia especial al pentotal sódico. ¿Nunca ha tomado drogas?
—No, que yo sepa.
—¿No? Bueno, naturalmente, nunca se sabe. Pero desde luego hoy ha dado una buena representación. Nos ha vapuleado a cinco de nosotros como si fuéramos niños. Cinco hombres adultos, nada menos. Hemos tenido que posponer el tratamiento. Claro que el choque eléctrico le inspira un temor morboso, completamente injustificado, y por esto uso el pentotal sódico, pero no era cuestión de administrárselo hoy. Pues bien, yo lo considero una señal excelente. No se ha rebelado contra nada, señor Wheeler. Ésta es la señal más favorable que he visto. El muchacho está mejorando realmente, señor Wheeler. Me he sentido orgulloso de él. Incluso le he dicho: «Vaya, Stephen,no te conocía esta faceta.» Puede usted estar satisfecho de su progreso. Justo después del incidente me ha escrito una de las cartas más interesantes y significativas. Se la envío a usted. ¿No ha recibido las otras cartas? Tiene razón. Hubo una pequeña demora en la correspondencia. Mi secretario está literalmente desbordado, ya sabe lo que pasa, señor Wheeler, y yo soy un hombre muy ocupado. Bueno, empleó el lenguaje más soez cuando se resistía al tratamiento, pero me pidió perdón de la manera más cortés. Tendría que ver ahora al muchacho, señor Wheeler. Ya cuida su aspecto. Es el típico modelo de un joven caballero universitario.
—¿Qué hay del tratamiento?
—Oh, ya le administraremos el tratamiento. Primero tendré que doblar la cantidad de pentotal sódico. Su resistencia al mismo es sencillamente asombrosa. Ya sabe usted que se trata de tratamientos extras solicitados por él mismo. Podría haber algo de masoquista en ello. Ha llegado a sugerirlo en su carta, pero yo no lo creo, tengo la impresión de que el muchacho está empezando a comprender la realidad. Le enviaré una carta. Puede sentirse muy animando respecto al muchacho, señor Wheeler.
—¿Cómo es el tiempo por ahí?
—¿Cómo dice? Oh, el tiempo. Bueno, se aparta un poco de lo que calificaría de típico para esta época del año. No es del todo típico. Para serle franco, tenemos un tiempo muy poco razonable. Puede llamar siempre que lo desee, señor Wheeler. Yo no estaría intranquilo ni preocupado por los progresos del muchacho en estos momentos. Le enviaré su carta. Casi podría decirse como una carta brillante. Sí, señor Wheeler. No, señor Wheeler, yo diría que todo va muy bien, señor Wheeler. No hay razón para preocuparse. ¿Le gustaría hablar con él? Me encargaré de comunicarle con el hospital. Mañana tal vez sea mejor. ¿Dice que no le hemos sometido al tratamiento? Es muy cierto, señor Wheeler. No tenía idea que ese muchacho pudiera tener tanta fuerza. Muy bien. El tratamiento se hará mañana. Me limitaré a incrementar el pentotal sódico. Recuerde que fue él mismo quien solicitó estos tratamientos adicionales. Llámele pasado mañana. Es su día libre y descansará. Exacto, señor Wheeler, exacto. No tiene motivos para estar inquieto. Yo diría que su progreso no puede ser más satisfactorio. Hoy es martes. Llámele el jueves. El jueves a cualquier hora.
El jueves volvió a soplar el viento. Ya no podía causar mucho daño a los árboles, sólo arrancar las ramas muertas de las palmeras y quemar las escasas flores de mango cuyos tallos aún no habían muerto. Pero volvió amarillas las hojas de los álamos y cubrió la piscina de polvo y hojas arrancadas. Barrió polvo dentro de la casa a través de las persianas y cubrió con él los libros y los cuadros. Las vacas lecheras yacían con los cuartos traseros contra el viento y el pienso que rumiaban contenía arena. Los vientos siempre vienen en Cuaresma, recordó el señor Wheeler. Tal era el nombre local que se les daba. Todos los vientos malos tenía nombres locales y los malos escritores siempre referían a ellos en vena literaria. Se había resistido a esto como se había resistido a escribir que las ramas de la palmera formaban una línea tangente con el tronco, como el cabello de las mujeres jóvenes se separa y despeina hacia delante cuando están de espaldas a una tormenta. Se había resistido a escribir sobre la fragancia de las flores de mango cuando pasaron juntos la noche anterior al vendaval y sobre el ruido de las abejas en ellas frente a su ventana. Ahora no había abejas y se negaba a usar el nombre extranjero de este viento. Había demasiada literatura mala sobre los nombres extranjeros de los vientos y conocía demasiados de esos nombres. El señor Wheeler escribía a mano porque no quería destapar la máquina de escribir durante el viento de Cuaresma.
El criado, que tenía la misma edad de su hijo y había sido amigo de éste mientras ambos crecían, entró y dijo:
—La conferencia con Stevie está preparada
—Hola, papá —dijo Stephen con voz ronca—. Estoy bien, papá, muy bien. Esto es definitivo, ya he conseguido conectar. No tienes idea. Ahora sí que comprendo la realidad. ¿El doctor Simpson? Oh, es estupendo, tengo verdadera confianza en él. Es un buen hombre, papá, más realista que la mayoría de esta gente. Me está aplicando unos tratamientos extras. ¿Cómo está todo el mundo? Bien. ¿Y el tiempo? Bien, magnífico. No hay ninguna dificultad con los tratamientos. No, ninguna. Todo va bien, de verdad. Me alegro de que tú estés tan bien. Esta vez tengo realmente la respuesta… Bueno, no debemos derrochar el dinero con el teléfono. Cariñosos recuerdos a todos. Adiós, papá. Hasta pronto.
—Stevie te manda recuerdos —dije al criado.
Sonrió feliz, recordando los viejos tiempos.
—Muy amable de su parte. ¿Cómo está?
—Bien —contesté—. Dice que todo va bien.
"Las hojas del ciprés"
JORGE LUIS BORGES
Tengo un solo enemigo. Nunca sabré de qué manera pudo entrar en mi casa, la noche del 14 de abril de 1977. Fueron dos las puertas que abrió: la pesada puerta de calle y la de mi breve departamento. Prendió la luz y me despertó de una pesadilla que no recuerdo, pero en la que había un jardín. Sin alzar la voz me ordenó que me levantara y vistiera inmediatamente. Se había decidido mi muerte y el sitio destinado a la ejecución quedaba un poco lejos. Mudo de asombro, obedecí. Era menos alto que yo pero más robusto y el odio le había dado su fuerza. Al cabo de los años no había cambiado; sólo unas pocas hebras de plata en el pelo oscuro. Lo animaba una suerte de negra felicidad. Siempre me había detestado y ahora iba a matarme. El gato Beppo nos miraba desde su eternidad, pero nada hizo para salvarme. Tampoco el tigre de cerámica azul que hay en mi dormitorio, ni los hechiceros y genios de los volúmenes de Las mil y una noches. Quise que algo me acompañara. Le pedí que me dejara llevar un libro. Elegir una Biblia hubiera sido demasiado evidente. De los doce tomos de Emerson mi mano sacó uno, al azar. Para no hacer ruido bajamos por la escalera. Conté cada peldaño. Noté que se cuidaba de tocarme, como si el contacto pudiera contaminarlo.
En la esquina de Charcas y Maipú, frente al conventillo, aguardaba un cupé. Con un ceremonioso ademán que significaba una orden hizo que yo subiera primero. El cochero ya sabía nuestro destino y fustigó al caballo. El viaje fue muy lento y, como es de suponer, silencioso. Temí (o esperé) que fuera interminable también. La noche era de luna serena y sin un soplo de aire. No había un alma en las calles. A cada lado del carruaje las casas bajas, que eran todas iguales, trazaban una guarda. Pensé: Ya estamos en el Sur. Alto en la sombra vi el reloj de una torre; en el gran disco luminoso no había guarismos ni agujas. No atravesamos, que yo sepa, una sola avenida. Yo no tenía miedo, ni siquiera miedo de tener miedo, ni siquiera miedo de tener miedo de tener miedo, a la infinita manera de los eleatas, pero cuando la portezuela se abrió y tuve que bajar, casi me caí. Subimos por unas gradas de piedra. Había canteros singularmente lisos y eran muchos los árboles. Me condujo al pie de un de ellos y me ordenó que me tendiera en el pasto, de espaldas, con los brazos en cruz. Desde esa posición divisé una loba romana y supe dónde estábamos. El árbol de mi muerte era un ciprés. Sin proponérmelo repetí la línea famosa: Quantum lenta solent inter viburna cupressi.
Recordé que lenta, en ese contexto, quiere decir flexible, pero nada tenían flexibles las hojas de mi árbol. Eran iguales, rígidas y lustrosas y de materia muerta. En cada una había un monograma. Sentí asco y alivio. Supe que un gran esfuerzo podía salvarme. Salvarme y acaso perderlo, ya que, habitado por el odio, no se había fijado en el reloj ni en las monstruosas ramas. Solté mi talismán y apreté el pasto con las dos manos. Vi por primera y última vez el fulgor del acero. Me desperté; mi mano izquierda tocaba la pared de mi cuarto.
Qué pesadilla rara, pensé, y no tardé en hundirme en el sueño.
Al día siguiente descubrí que en el anaquel había un hueco; faltaba el libro de Emerson, que se había quedado en el sueño. A los diez días me dijeron que mi enemigo había salido de su casa una noche y que no había regresado. Nunca regresará. Encerrado en mi pesadilla, seguirá descubriendo con horror, bajo la luna que no vi, la ciudad de relojes en blanco, de árboles falsos que no pueden crecer y nadie sabe qué otras cosas.
(extraído de "La cifra", 1981)
"El navaja"
VLADIMIR NABOKOV
Sus compañeros de regimiento tenían sus buenas razones para llamarle «El Navaja». El rostro de aquel hombre carecía de fachada. Cuando sus amigos pensaban en él sólo lograban imaginárselo de perfil, y ese perfil era extraordinario: la nariz afilada como el compás de un dibujante; la barbilla, prominente, como si fuera un codo; las pestañas, largas y suaves, características de un temperamento obstinado y también cruel. Se llamaba Ivanov.
Aquel apodo, conferido en sus años jóvenes, resultó ser extrañamente profético. No es extraño que un tipo que se llame Rubin o Rubi acabe siendo un gemólogo de prestigio. El capitán Ivanov, después de una fuga épica y tras una serie de peripecias insípidas, dio con sus huesos en Berlín, y escogió precisamente el oficio al que aludía su apodo, el de barbero.
Trabajaba en una barbería pequeña pero limpia, compartiendo su oficio con otros dos empleados, que trataban al «capitán ruso» con un respeto no exento de jovialidad. El negocio incluía asimismo al propietario, una severa masa humana que hacía girar la manivela de la caja registradora con un sonido argentino, así como a una manicura, anémica y translúcida, que parecía haberse amojamado al contacto con los innumerables dedos que, en grupos de a cinco, habían posado ante sus artes en un pequeño cojín de terciopelo.
Ivanov hacía muy bien su trabajo, y eso que no había conseguido hablar bien alemán. Sin embargo, pronto ideó una forma de resolver el problema: colocar un “nicht” al final de la primera frase, un interrogativo “was” en la siguiente, y luego, de nuevo “nicht”, alternándolos de este modo al infinito. Y aunque hasta que no llegó a Berlín no aprendió a cortar el pelo, manejaba la navaja y las tijeras con extraordinaria destreza, casi como los peluqueros rusos, con su proverbial afición a hacer todo tipo de florituras con las tijeras cuyos chasquidos adoran —hay que verlos cuando se echan atrás para apuntar el próximo gesto, y cómo cortan un par de mechones para luego chascar indefinidamente las hojas de la tijera como si se vieran impelidos a ello por una especie de inercia. Precisamente, aquel ágil zumbido gratuito era lo que le había conseguido el respeto de sus colegas.
No cabe duda de que las tijeras y las navajas son armas, y había algo en su zumbido metálico que gratificaba el alma guerrera de Ivanov. Era un hombre rencoroso y de agudo ingenio. Un bufón había arruinado su patria, noble, espléndida, grandiosa, por mor de una inteligente frase escarlata, y aquello era algo que no podía olvidar. La venganza, como un muelle apretado y contenido al máximo en su alma, acechaba expectante, esperando que llegara su hora.
Una azulada y cálida mañana de verano, aprovechando que apenas había clientes por el horario de las oficinas, los dos colegas de Ivanov se tomaron una hora de descanso. Su jefe, muerto de calor y de deseo insatisfecho, había escoltado en silencio a la pálida y complaciente manicura hasta el cuarto trastero. Solo en la peluquería, agobiado de calor, Ivanov empezó a hojear un periódico y luego encendió un pitillo, salió a la puerta y se dispuso a observar a los transeúntes.
La gente cruzaba deprisa, perseguida por las sombras azulencas de sus cuerpos, que se rompían en el filo de la acera para deslizarse intrépidas bajo las relucientes ruedas de los coches cuyas huellas dejaban sobre el asfalto recalentado unas cintas de seda que se asemejaban al florido encaje de la piel de las serpientes. De repente, un caballero de baja estatura, fornido, vestido con un terno negro y un sombrero hongo, dejó la acera y se dirigió derecho hacia donde estaba Ivanov. Cegado por el sol, Ivanov parpadeó un instante, luego se hizo a un lado para permitirle entrar en la peluquería.
El rostro del recién llegado se reflejó a un tiempo en todos los espejos: se veían tres cuartos de su rostro, de perfil, y también la calva cerúlea de la coronilla donde había reposado hasta ese momento el sombrero negro que ahora colgaba de una percha. Y cuando aquel hombre se volvió para enfrentar su cara a los espejos, que se reflejaban en superficies de mármol, brillantes todas ellas con el fulgor verde y dorado de los frascos de colonia, Ivanov reconoció al punto aquel rostro móvil y carnoso, con sus ojos penetrantes y el lunar junto al lóbulo derecho de la nariz.
El caballero tomó asiento delante del espejo en silencio. Luego, murmurando entre dientes, se palpó la mejilla sucia con un dedo rechoncho. Su gesto indicaba una orden: «Aféiteme, por favor». Atónito, como en una nube, Ivanov desplegó una sábana sobre su regazo, batió un poco de espuma en un bol de porcelana, la extendió por las mejillas de aquel hombre, por su barbilla y labio superior, circunnavegó cautelosamente el lunar, y empezó a aplicar la espuma con el dedo índice. Pero todos sus movimientos eran mecánicos, tan conmocionado estaba de haber visto de nuevo a aquella persona.
Una ligera máscara de jabón blanca le cubría ya el rostro hasta los ojos, ojos minúsculos que relucían como las ruedecillas de la máquina de un reloj. Ivanov había abierto la navaja y cuando se disponía a afilarla en la correa, se recobró de su estupor y se dio cuenta de que aquel hombre estaba en su poder.
Entonces, inclinándose sobre la calva cerúlea, acercó la cuchilla azul junto a la máscara jabonosa y dijo con toda suavidad: «Mis respetos, camarada. ¿Cuánto tiempo hace que abandonó nuestra querida patria? No, no se mueva por favor, no sea que le dé un corte antes de tiempo».
Las ruedecillas resplandecientes del reloj de sus ojos empezaron a moverse cada vez más deprisa, hasta quedarse fijas, detenidas, contemplando el perfil aquilino de Ivanov. Ivanov limpió la espuma que sobraba con el perfil romo de la navaja y siguió hablando: «Lo recuerdo muy bien, camarada. Lo siento, pero me resulta desagradable pronunciar su nombre. Me acuerdo de que usted me interrogó hace seis años, en Kharkov, recuerdo su firma, querido amigo... Pero como ve, sigo vivo».
Y entonces ocurrió lo que sigue. Los ojillos empezaron a moverse de un lado al otro, luego se cerraron con fuerza, los párpados apretados como los de un salvaje que pensara que al cerrarlos se convertiría de inmediato en un ser invisible.
Ivanov movía con parsimonia la navaja a lo largo de la fría mejilla que parecía crujir con un susurro a su contacto.
—Estamos completamente solos, camarada. ¿Me entiende? Un mínimo desliz de la navaja y correrá la sangre —aquí, en este punto, noto el latir de la carótida—. Así que habrá mucha, muchísima sangre. Pero primero quiero que su cara esté decentemente afeitada; además, hay algo que tengo que contarle.
Cautelosamente, con dos dedos, Ivanov levantó la punta carnosa de su nariz y, con la misma ternura, empezó a afeitarle el labio superior.
—Sucede, camarada, que me acuerdo de todo. Me acuerdo perfectamente, y quiero que usted también recuerde... —y con un tono muy dulce de voz, Ivanov empezó su relato, mientras afeitaba sin apresurarse aquel rostro recostado, inmóvil. El relato que hizo debió de ser en verdad aterrador porque, de cuando en cuando, su mano se detenía y entonces se inclinaba hasta casi rozar al caballero que seguía sentado con los párpados cerrados, como un cadáver cubierto por el sudario de la sábana.
—Eso es todo —dijo Ivanov, con un suspiro—, ésa es la historia. Dígame ¿qué reparación le parecería justa para todo esto? ¿Con qué puedo sustituir aquella espada afilada? Y, una vez más, recuerde que estamos completamente, absolutamente solos.
—Los cadáveres siempre están afeitados —siguió Ivanov, deslizando la hoja de la navaja a lo largo de la piel estirada del cuello de aquel hombre—. También afeitan a los condenados a muerte. Y ahora soy yo el que le está afeitando. ¿Es consciente de lo que está a punto de suceder?
El hombre seguía sentado sin mover un músculo y sin abrir los ojos. La máscara enjabonada ya había desaparecido de su cara. Sólo quedaban unos restos de espuma en las mejillas y junto a las orejas. Aquel rostro grueso, tenso, sin ojos, estaba tan pálido que Ivanov se preguntó si no habría sufrido un ataque de parálisis. Pero cuando apretó la plana superficie de la navaja contra el cuello de aquel hombre, tembló con todo su cuerpo. Sin embargo, no abrió los ojos.
Ivanov secó con un gesto la cara de aquel hombre y le dispensó un poco de talco.
—Ya está listo —dijo—. Ya tengo bastante. Puede irse —con escrupulosa rapidez le quitó de un tirón la sábana de sus hombros. El otro se quedó sentado.
—Levántate, mentecato —gritó Ivanov, tirándole de la manga hasta ponerlo en pie. El hombre se quedó helado, con los ojos bien cerrados, en medio de la peluquería. Ivanov le encajó el hongo en la cabeza, le metió la cartera bajo el hombro e hizo girar su silla hasta la puerta. Sólo entonces el hombre recobró el movimiento, como en un espasmo. Su rostro, todavía con los ojos cerrados, resplandeció en todos los espejos. Atravesó como un autómata la puerta que Ivanov tenía abierta, y, con los mismos andares mecánicos, agarrando la cartera con mano petrificada, mirando la neblina soleada de la calle con los ojos vidriados de una estatua griega, desapareció.
"Las ciudades y los muertos. 2"
ITALO CALVINO
Jamás en mis viajes había llegado hasta Adelma. Oscurecía cuando desembarqué. En el muelle el marinero que atrapó al vuelo la amarra y la ató a la bita se parecía a alguien que había sido soldado conmigo, y había muerto. Era la hora de la venta al por mayor del pescado. Un viejo cargaba su carretilla con una cesta de erizos; creí reconocerlo; cuando me volví había desaparecido en una calleja, pero comprendí que se parecía a un pescador que, viejo ya siendo yo niño, no podía estar entre los vivos. Me turbó la visión de un enfermo de fiebres acurrucado en el suelo con una manta sobre la cabeza: pocos días antes de morir mi padre tenía los ojos amarillos y la barba hirsuta como él, exactamente. Aparté la mirada; ya no me atrevía a mirar a nadie a la cara.
Pensé: "Si Adelma es una ciudad que veo en sueños, donde no se encuentran más que muertos, el sueño me da miedo. Si Adelma es una ciudad verdadera, habitada por vivos, bastará seguir mirándola para que las semejanzas se disuelvan y aparezcan caras extrañas, portadoras de angustia. Tanto en un caso como en el otro, es mejor que no insista en mirarlos".
Una verdulera pesaba unas berzas en su romana y las ponía en un cesto colgado de un cordel que una muchacha bajaba desde un balcón. La muchacha era igual a una chica de mi pueblo que enloqueció de amor y se mató. La verdulera alzó la cara: era mi abuela.
Pensé: "Llega un momento en la vida en que de la gente que uno ha conocido son más los muertos que los vivos. Y la mente se niega a aceptar otras fisonomías, otras expresiones: en todas las caras nuevas que encuentra, imprime los viejos moldes, para cada una encuentra una máscara que se le adapta mejor".
Los descargadores subían las escaleras en fila, encorvados bajo damajuanas y barricas; las caras estaban ocultas por costales usados como capuchas. "Ahora las levantan y los reconozco", pensaba con impaciencia y con miedo. Pero no despegaba los ojos de ellos; a poco que recorriera con la mirada la multitud que atestaba aquellas callejuelas, me veía asaltado por caras inesperadas que reaparecían desde lejos, que me miraban como si me hubieran reconocido. Quizás yo también me pareciera para cada uno de ellos a alguien que había muerto. Apenas llegado a Adelma, ya era uno de ellos, me había pasado a su lado, confundido en aquel fluctuar de ojos, de arrugas, de muecas.
Pensé: "Tal vez Adelma sea la ciudad a la que uno llega al morir y donde cada uno encuentra a las personas que ha conocido. Es señal de que también yo estoy muerto". Pensé además: "Es señal de que el más allá no es feliz".
"El baldío"
AUGUSTO ROA BASTOS
No tenían cara, chorreados, comidos por la oscuridad. Nada más que sus dos siluetas vagamente humanas, los cuerpos reabsorbidos en sus sombras. Iguales y sin embargo tan distintos. Inerte el uno, viajando a ras del suelo con la pasividad de la inocencia o de la indiferencia más absoluta. Encorvado el otro, jadeante, por el esfuerzo de arrastrarlo entre la maleza y los desperdicios. Se detenía a ratos a tomar aliento. Luego recomenzaba doblando aún más el espinazo sobre su carga. El olor del agua estancada del Riachuelo debía estar en todas partes, ahora más con la fetidez dulzarrona del baldío hediendo a herrumbre, a excrementos de animales, ese olor pastoso por la amenaza del mal tiempo que el hombre manoteaba de tanto en tanto para despegárselo de la cara. Varillitas de vidrio o de metal entrechocaban entre los yuyos, aunque de seguro ninguno de los dos oiría ese cantito isócrono, fantasmal. Tampoco el apagado rumor de la ciudad que allí parecía trepidar bajo tierra. Y el que arrastraba, sólo tal vez ese ruido blando y sordo del cuerpo al rebotar sobre el terreno, el siseo de restos de papeles o el opaco golpe de los zapatos contra las latas y cascotes. A veces el hombro del otro se enganchaba en las matas duras o en alguna piedra. Lo destrababa entonces a tirones mascullando alguna curiosa interjección o haciendo a cada forcejeo el ha... neumático de los estibadores al reventar la carga rebelde al hombreo. Era evidente que le resultaba cada vez más pesado. No sólo por esa resistencia pasiva que se le empacaba de vez en cuando en los obstáculos. Acaso también por el propio miedo, la repugnancia o el apuro que le iría comiendo las fuerzas, empujándolo a terminar cuanto antes.
Al principio lo arrastró de los brazos. De no estar la noche tan cerrada se hubiera podido ver los dos pares de manos entrelazadas, negativo de un salvamento al revés. Cuando el cuerpo volvió a engancharse, agarró las dos piernas y empezó a remolcarlo dándole la espalda, muy inclinado hacia delante, estribando frente a los hoyos. La cabeza del otro fue dando tumbos alegres, al parecer encantada del cambio. Los faros de un auto en una curva desparramaron de pronto una claridad amarilla que llegó en oleadas sobre los montículos de basura, sobre los yuyos, sobre los desniveles del terreno. El que estiraba se tendió junto al otro. Por un instante, bajo esa pálida pincelada, tuvieron algo de cara, lívida, asustada la una, llena de tierra la otra, mirando hacer impasible. La oscuridad volvió a tragarlas enseguida. Se levantó y siguió halándolo otro poco, pero ya habían llegado a un sitio donde la maleza era más alta. Lo acomodó como pudo, lo arropó con basura, ramas secas, cascotes. Parecía de improviso querer protegerlo de ese olor que llenaba el baldío o de la lluvia que no tardaría en caer. Se detuvo, se pasó el brazo por la frente regada de sudor, escarró y escupió con rabia. Entonces escuchó ese vagido que lo sobresaltó. Subía débil y sofocado del yuyal, como si el otro hubiera comenzado a quejarse con lloro de recién nacido bajo su túmulo de basura.
Iba a huir, pero se detuvo encandilado por el fogonazo de fotografía de un relámpago que arrancó también de la oscuridad el bloque metálico del puente, mostrándole lo poco que había andado. Ladeó la cabeza, vencido. Se arrodilló y acercó husmeando casi ese vagido tenue, estrangulado, insistente. Cerca del montón había un bulto blanquecino. El hombre quedó un largo rato sin saber que hacer. Se levantó para irse, dio unos pasos tambaleando, pero no pudo avanzar. Ahora el vagido tironeaba de él. Regresó poco a poco, a tientas, jadeante. Volvió a arrodillarse titubeando todavía. Después tendió la mano. El papel del envoltorio crujió. Entre las hojas del diario se debatía una formita humana. El hombre la tomó en sus brazos. Su gesto fue torpe y desmemoriado, el gesto de alguien que no sabe lo que hace; pero que de todos modos no puede dejar de hacerlo. Se incorporó lentamente, como asqueado de una repentina ternura semejante al más extremo desamparo y quitándose el saco arropó con él a la criatura húmeda y lloriqueante.
Cada vez más rápido, corriendo casi se alejó del yuyal con el vagido y desapareció en la oscuridad.
"Jericó"
JOSÉ EMILIO PACHECO
H avanza por un camino del otoño. El mediodía parece arder, las nubes se forman y se deshacen. En un claro del bosque encuentra un sitio no alcanzado por la sequía. Observa el cielo, se tiende en ese manto de frescura, prende un cigarro y escucha resonar el viento en las frondas.
Nada interrumpe la serenidad, el orden se ha adueñado del mundo. H baja la vista y descubre entre la hierba una caravana de hormigas que transportan los restos de una araña. Otras conducen briznas, fragmentos de hojas o semillas minúsculas, se acercan a las demás y entrechocan sus antenas en algo que parece transmisión de órdenes o intercambio de noticias. La mayoría acopia miligramos de arena para levantar tenues murallas a la entrada de la ciudad subterránea.
H admira la disciplina, la unidad del esfuerzo, la energía solidaria. Quizás las esclavas comenzaron su viaje en tiempos inmemoriales, tal vez acaban de emprenderlo. Absortas en su afán, las hormigas no tratan de causarle el menor daño. Pero H no resiste el impulso de tomar una y triturarla entre los dedos. Luego, con la brasa del cigarro provoca la desbandada.
Las hormigas sueltan su presa y rompen filas. H calcina a las que intentan ocultarse. Hay un sombrío placer en exterminar a quienes no oponen resistencia. H se ha vuelto omnipotente. Un pueblo entero sucumbe al frenesí de la destrucción.
Cuando no queda hormiga viva en la superficie, H excava en pos de galerías secretas, salas, talleres, bodegas, prisiones. Es inútil hurgar la tierra mancillada: los pasadizos se han disuelto, H jamás profanará los misterios. Antes de levantarse, junta la hierba seca y prende fuego a las ruinas. El aire se impregna de un olor extraño.
Media hora después H llega a las montañas que dominan la capital. De pie en los acantilados ve por un instante el terror, el caos, las llamas que arrasan la ciudad, los edificios desplomados, el aire letal que todo lo devora mientras el hongo de humo y escombro se eleva hacia el sol fijo en el espacio.
"Malos hábitos: Levantarse temprano"
JORGE IBARGÜENGOITIA
El viernes pasado encontré en Revista de Revistas un artículo escrito por mi buen amigo Loubet que es una especie de oda a los que se levantan temprano. Además de bien escrito está bien ilustrado. Allí aparecen los panaderos, los lecheros, los barrenderos, los que van a hacer ejercicio en Chapultepec, los niños que piden aventón para llegar a clase de siete, etcétera.
Esta lectura, unida a la circunstancia de que hoy tuve que levantarme a las cinco de la mañana, me han hecho recapacitar y llegar a la conclusión de que francamente, levantarse temprano no sólo es muy desagradable, sino completamente idiota.
Ahora comprendo que los últimos veinte años los he pasado en un mundo dado a la molicie.
–Paso por ti cuando reviente el alba. Es decir, a las nueve y media de la mañana –dicen mis amigos.
Pues sí, un mundo dado a la molicie del que no pienso salir.
Los efectos de madrugar son de muchas índoles, pero todos ellos corrosivos de la personalidad. Hay quien se levanta temprano a fuerzas, se para frente al espejo a bostezar y a arreglarse el cabello y la cara con el objeto de dar la impresión de que se lavó. Este intento generalmente es patético. Si alcanza lugar sentado en el camión que lo lleva al trabajo se duerme sobre el hombro del vecino, desayuna en la esquina del lugar donde trabaja unos tamales, o bien dos huevos crudos metidos en jugo de naranja –que es una mezcla que produce cáncer en el intestino delgado– pasa la mañana sintiéndose infeliz, trabajando un poquito y quitándose las lagañas; se va de bruces en el camión de regreso, a las seis de la tarde.
Los que se levantan temprano a fuerzas constituyen un grupo social de descontentos, en donde se gestarían revoluciones si sus miembros no tuvieran la tendencia a quedarse dormidos con cualquier pretexto y en cualquier postura. En vez de revolucionar, gruñen y dicen que el destino les hizo trampa.
Los que madrugan por gusto son peores.
–Yo siento que la cama materialmente me avienta a las cinco de la mañana.
–Mal veo despuntar el sol, brinco de la cama, abro la ventana y pregunto “¿solecito, solecito, qué quieres de mí hoy?”
–Cuando me estoy rasurando oigo el canto del primer jilguero, después, un regaderazo con agua helada, me seco con una toalla especial de ixtle para que me abra el poro, y por último mi té de boldo. Quedo como nuevo.
Esta clase de gente tiene la costumbre de salir a la calle de noche y caminar con paso vivaz por el centro del asfalto –le temen a la banqueta, porque creen que hay gente agazapada en los zaguanes, lista para asaltarlos; no se dan cuenta de que los asaltantes están dormidos a esa hora– dejan a su paso una estela de agua de Colonia o talco desodorante que queda flotando en el ambiente hasta que pasa el primer autobús. Van a misa de cinco, a la Adoración Nocturna, a hacer ejercicio, a pasear un perro desmañanado, o, peor todavía, a despertar al velador del edificio para que les abra el despacho.
Son por lo general, gente de dinero y creen que la fortuna que tienen se las concedió Dios nomás por el gusto que le da verlos levantarse temprano. Aconsejan esta práctica saludable a todo el que encuentran –en realidad no tienen otro tema de conversación, inventarían refranes si pudieran, como no pueden, repiten el consabido de “al que madruga, Dios le ayuda”, que es una afirmación que carece de fundamento histórico.
Esta clase de personajes también tiene la tendencia a obligar niños a que les piquen la panza con el dedo.
–Mira niño, es como de fierro. Aprende: estoy así porque me levanto temprano. Tengo sesenta años y mírame.
Llegan a los sesenta como jóvenes, dando brinquitos y mueren de sesenta y uno, víctimas de una trombosis cuádruple.
Los que inventaron que es bueno levantarse temprano son los que determinaron que los turnos de trabajo cambien rayando el sol, que los fusilamientos de lleven a cabo al amanecer, que se reparta la leche al alba, que no se permita la entrada de carga después de las siete de la mañana, etcétera. En resumen son los únicos responsables de que la ciudad empiece a funcionar a una hora de la que nada bueno puede esperarse.
(18-vii-72)
"Historia del tiempo que fue"
EDUARDO GALEANO
Allá en el tiempo que se ha perdido en el tiempo, cuenta la abuela, el venado era más veloz que las flechas que lo buscaban.
Por toda la tierra paseaba la serpiente, cascabeleando fiestas de la cabeza a la cola, y sus cascabeles sonaban hoy y se escuchaban ayer y mañana.
Y el pavo era señor del reino de las alturas, y su grito llegaba a los últimos rincones.
Cuando el tiempo de la desventura llegó a Yucatán, el venado ya no pudo correr como viento y fue lastimado y lloró. Sus ojos de agua, que dieron de beber a los demás lastimados, quedaron por siempre húmedos y grandes.
La serpiente perdió los cascabeles de la alegría. Desde entonces sólo suenan, en su cuerpo desnudo, los cascabeles del miedo.
Y el pavo cayó a los montes bajos, donde nadie lo escucha, y nunca más pudo remontar vuelo desde la tierra donde sufren exilio los desterrados del cielo.
"11 - El cuaderno rojo"
PAUL AUSTER
Volví a París unos días en 1990. Una tarde pasé por el despacho de una amiga para saludarla, y me presentaron a una checa, más cerca de los cincuenta que de los cuarenta años, una historiadora de arte amiga de mi amiga. Me acuerdo de que era una persona atractiva y alegre, pero, como estaba a punto de irse cuando llegué, apenas si coincidimos cinco o diez minutos. Como suele ocurrir en tales situaciones, no hablamos de nada importante: una ciudad norteamericana que los dos conocíamos, el tema de un libro que estaba leyendo, el tiempo que hacía. Luego nos dimos la mano, cruzó la puerta y nunca he vuelto a verla.
Cuando se fue, la amiga que había ido a visitar se retrepó en su asiento y me preguntó:
–¿Quieres oír una buena historia?
–Desde luego –le respondí–. Las buenas historias siempre me interesan.
–Quiero mucho a mi amiga –continuó–, así que te llames a engaño. No voy a contarte chismes. Pero creo que tienes derecho a saber esto.
–¿Estás segura?
–Sí, estoy segura. Aunque debes prometerme una cosa: si escribieras alguna vez esta historia, no citarías ningún nombre.
–Te lo prometo –le dije.
Y así mi amiga me contó el secreto. De principio a fin, no tardó más de tres minutos en contarme la historia que voy a contar ahora.
La mujer que yo acababa de conocer había nacido en Praga durante la guerra. Era muy pequeña cuando hicieron prisionero a su padre, lo enrolaron a la fuerza en el ejército alemán y lo mandaron al frente ruso. Su madre y ella no volvieron a saber de él. No recibieron ninguna carta, ni noticias de si estaba vivo o muerto, nada. La guerra se lo había tragado: desapareció sin dejar rastro.
Pasaron los años. La joven creció. Acabó sus estudios en la universidad y llegó a ser profesora de historia del arte. Según mi amiga, tuvo problemas con las autoridades a finales de los sesenta, durante la invasión soviética, pero no precisó qué tipo de problemas. No son difíciles de imaginar, por las historias que conozco sobre lo que les sucedió a otros durante ese período.
Un día le permitieron volver a la enseñanza. En una de sus clases había, por un programa de intercambios, un estudiante de Alemania del Este. El estudiante y ella se enamoraron y acabaron casándose.
Poco tiempo después de la boda, llegó un telegrama que anunciaba la muerte del padre de su marido. Al día siguiente, su marido y ella viajaron a Alemania del Este para asistir al funeral. Una vez allí, no sé en qué ciudad, se enteró de que su difunto suegro había nacido en Checoslovaquia. Durante la guerra los nazis lo hicieron prisionero, lo enrolaron a la fuerza en su ejército y lo mandaron al frente ruso. Había conseguido sobrevivir milagrosamente. En lugar de regresar a Checoslovaquia después de la guerra, se había quedado en Alemania bajo un nombre nuevo, se había casado con una alemana, y allí había vivido con su nueva familia hasta el día de su muerte. La guerra le había dado la oportunidad de volver a empezar, y parece que nunca se había arrepentido.
Cuando la amiga de mi amiga preguntó cuál había sido su nombre en Checoslovaquia, comprendió que era su padre.
Esto significaba, desde luego, que, en tanto que el padre de su marido era el mismo hombre, el hombre con el que se había casado era también su hermano.