El cenicero que no se usó como tal
Porque en cada elección hay siempre un reverso, es decir, un renunciamiento;
y así no hay diferencia entre el acto de escoger y el acto de renunciar.
(Italo Calvino)
Apenas si recuerdo algo de esta foto. Quisiera, lo intento, pero no funciona. Solo sé que es en Ciudad de México, que es cerca del mediodía, que el rostro de la mujer, que era hermoso, se perdió de la imagen y por tanto, de mi memoria, esfumándose como otros muchos rostros de otras tantas mujeres.
Tenía calor. Descubrir sus pies desnudos me asombró e inmediatamente percibí un aliado, otro caminante cansado, hambriento y sudoroso. Cierto es que me limité a fotografiarla de lejos, semioculto tras una bicicleta estacionada, pero no por eso el hallazgo resultaba menor.
El calzado denota mucho uso, las uñas desprolijas y mal cortadas, sobre el tobillo hay algunas marcas. En la mano derecha, la del anillo, tiene un cigarro ya casi consumido, más un adorno que otra cosa. Y el gesto que se completa con la otra mano, como próxima a buscar algo en la pequeña cartera. ¿Una lapicera?¿Un arma?¿Dinero?¿Drogas?
Sobre la mesa, una taza grande de café, el cenicero que no se usó como tal, el encendedor, una azucarera y pocas cosas más. Entre ellas, el papel. La carta de suicidio escrita en casa y que solo falta firmar una vez terminado el útlimo cigarro. Un telegrama de despido o de renuncia, dejando el trabajo para viajar al otro lado del mundo a buscar la fortuna, el amor, la amistad. Una nota de su amante, ese hombre casado que le promete dejar a su mujer y nunca lo hace. Una esquela de su amiga que le dice que la extraña, que lo de aquella vez en la cama, las dos solas, debe quedar en el olvido, que la relación debe seguir tal cual viene los últimos años.
Quise quedarme, quizás intentar un diálogo. Pero me fue imposible: uno de los mozos del bar me pidió amablemente que me retirara o llamaría a la policía. Supe entonces que allí, sobre la mesa, descansaba la verdadera historia de esta foto. Y por lo tanto, todas las opciones anteriores son ciertas. O más que probables, al menos.

De la serie:
Sordidez y encanto
Ciudad de México, febrero 2016
El verdadero héroe
El verdadero héroe es
héroe por error.
Sueña con ser un cobarde honesto como todo el mundo.
(Umberto Eco)
La Ciudad de México tiene mucho de Ciudad Gótica. Las cúpulas de los viejos edificios manchadas por el smog y la tiranía del tiempo. Las paredes repletas de grafitis de bandas callejeras. Las gárgolas que custodian las residencias, los palacios públicos. Pasajes semiocultos que se convierten en verdaderos pasadizos, donde no es difícil imaginar escenas de crimen, violaciones y atracos. En fin: la presencia siempre sórdida de lo corrupto, de lo infame, de las alimañas que se alimentan de la noche y el miedo.
En eso pensaba mientras caminaba aquella noche. Miento si digo que había visto a Batman. Mi idea era retratar el edificio que se ve atrás y a lo lejos. Recién después de disparar y ver el resultado, me percaté de la presencia de los policías, de la niña bajo el semáforo, del superhéroe que la mira como preguntándose qué sucede. Porque si miramos bien, el puesto de diarios que vende el Sol de México está cerrado, uno de los uniformados juega con su teléfono y el otro mira a la calle, la señora vuelve de las compras con su bolsa al hombro, mientras la pareja de la mano, da un último paseo antes de terminar bajo las sábanas, uno al abrigo del otro. Pero no podemos imaginar que ha sucedido entre la niña que se acomoda los anteojos y el Caballero de la Noche. Quizás el hombre bajo la máscara dijo algo inadecuado, algo que no era de esperarse del personaje. Quizás la niña se desilusionó de antemano, quizás esperaba encontrar a la Mujer Maravilla o al Capitán América. Difícil saberlo ¿no?
Como dice la frase de Eco, no tuve el valor de sacarme una foto con mis superhéroes favoritos: los honestos cobardes y los niños.

De la serie:
Sordidez y encanto
Ciudad de México, febrero 2016
La suma de todas las opciones
Ese
beso nos cuesta la vida –conlcuye la voz–, y lo sabemos.
Cuando se ha muerto una vez de amor, se debe morir de nuevo.
(Más allá, Horacio Quiroga)
Parafraseando a Wallace podríamos decir que casi todas las historias de fantasmas son historias de amor. Pensándolo bien, ¿a qué tememos de estas apariciones? ¿A su incorporeidad, acaso? ¿A su condición de no existencia, a su tufillo de recuerdo perpetuo, a su sombra melancólica? ¿A la suma de todas las opciones? Resulta imposible saberlo.
Lo que recuerdo de la foto es que sucedió jueves o viernes en Sao Paulo, a la vuelta de mi días en México. Era una tarde particularmente gris, con una inminencia de lluvia que se extendió hasta bien entrada la noche y que por suerte, nunca llegó. Acababa de tomarle una foto a una joven que emergía de una plaza enorme, en pleno centro de la ciudad. La imagen no era gran cosa, pero la vegetación era tan frondosa y arrojaba unas sombras tan intensas, que su figura parecía materializarse de a poco, hasta presentarse irradiando juventud, simpleza, enajenación.
Caminé unos pocos metros y entonces “vi” la foto (que es lo mismo que decir que los vi a ellos, así, en esa misma posición). La mano derecha del hombre sobre la oreja de la mujer; la izquierda, sosteniendo la bolsa de compras. Los ojos de ella, cerrados, están cubiertos por la visera del hombre; el pelo, largo, deslizándose sobre la espalda. Recuerdo también que en esos momentos leía “El viajero más lento” de Enrique Vila-Matas, recuerdo no haber visto el sol en todo el día, recuerdo la horrible sensación de no poder comunicarme, pero no recuerdo mucho más de sus cuerpos, de sus gestos.
Aunque ciertas cosas de aquella tarde permanecen en la bruma pegajosa del olvido, hay algo de lo que estoy absolutamente seguro: no había nadie más. Seguí caminando y recién en la cuadra siguiente pude ver el resultado del disparo: la imagen borroneada que no permite adivinar si es hombre o mujer.
De todas formas, casi todas las historias de fantasmas son historias de amor ¿no?

De la serie:
Sordidez y encanto
São Paulo, marzo 2016
Jugar a ser otro
Lás máscaras de Carnaval suponen la materialización de un deseo común a la mayoría: disimular algunas falencias. O más bien: jugar a ser otro. Al menos por un día, por algunas horas, y siempre y cuando uno se esfuerce lo suficiente, el deseo puede verse cumplido. Mientras la música suena ensordecedora, mientras los reflectores alumbren las pasarelas, conforme la espuma corre, los vasos se vacían y se vuelven a llenar, los papelitos vuelan por el aire, mientras el velo de la noche (que tiene algo de sórdido, de brutalmente mágico) los apaña, todo es posible.
En lo alto de la foto se puede ver a la mujer que, sentada a la mesa, observa algo que sucede más allá. Seguramente debido a que en las tablas del escenario se suceden bailarinas semidesnudas; un paralítico lee un discurso que pretende ser alegre pero resulta deprimente; algunas niñas emperifolladas para el concurso de ocasión; el “rey de los feos” bufonea y chilla como pez fuera del agua; todo sucediendo casi al unísono. Incrementando la sensación de desorden, de caos predispuesto, de frenesí general. A la mujer todo le parece distante, o eso es lo que comunica su expresión: aburrimiento, lejanía, dispersión.
El mozo, en cambio, de quien solo vemos medio cuerpo cubierto en parte por el uniforme, está más atareado que de costumbre: hay mesas dispuestas en la calle, más horas de trabajo, más altercados con los clientes y más dolores de cabeza. Pero también de seguro más propinas, un dinerito extra que no viene nada mal, quizás piense para darse un poco de fuerzas. Todo eso mientras espera el próximo pedido que no tarda en llegar, bien cerca de la barra y con dos chavales esperando a sus espaldas.
Lo intrigante de la foto es la pareja de jóvenes. La muchacha está sentada en el piso, casi de espaldas. Pero su hombro izquierdo apunta al muchacho. La actitud es sugerente, ligeramente provocativa. El muchacho, en apariencia más relajado, apoya la mano en el vaso que “casualmente” ha colocado sobre la otra mujer y ella. A quien suponemos corteja o pretende pero de forma más bien tímida. La mujer, que ha buscado su collar de perlas, sus aretes haciendo juego, y que ha elegido ese vestido que le deja la espalda al descubierto, lo mira directo a los ojos, quizás esperando que el joven se decida de una vez, que aproveche la amnistía ridícula pero eficaz de esa noche de Carnaval.
Y ya la música se apaga, los reflectores apenas alumbran, solo quedan restos de espuma en los vasos sucios, los barrenderos amontonan los papelitos, mientras el velo de la noche, que tiene mucho de sórdido, de brutalmente mágico, los apaña.

De la serie:
Sordidez y encanto
Xochitepec, febrero 2016
El oficio del recuerdo
La imagen transmite desolación, una especie de nostalgia profunda que se adhiere al observador casual, al lector desprevenido. El organillo despintado por el tiempo o por tanto uso ininterrumpido; la gorra en la mano, suplicante, vacía como una fosa común dispuesta a ser llenada; el ruedo del pantalón sobre el zapato (que, o bien es un error del sastre o en todo caso, una ligera malformación de las extremidades); el pequeño y escuálido árbolito; la ausencia total de público; la pared manchada aquí y allá. Todas señales de un oficio que tiende a desaparecer y cuyas postales pronto caerán en el olvido. Ese cajón inasible donde siempre terminan los oficios pasados de moda, los amores perdidos, los amigos muertos.
Pero si se lo piensa bien, la foto también comunica entereza, gravedad de espíritu. Hay una firme convicción que sostiene a este hombre tras su organillo. Y no son las monedas o los pocos billetes que le quedan a la hora de volver a casa, con los pies cansados y un brazo entumido por darle vueltas a la manivela y el otro por sostener el sombrero. Quizás sea el recuerdo de otros tiempos, tiempos mejores que éste, sin duda. Donde las melodías sonaban en cada casa, en cada colonia de un país alegre, siempre bien predispuesto al festejo, al derroche. Y entonces volverá en sus ensoñaciones este organillero a contar como hacía sonar su instrumento toda la noche, sin ningún descanso. Como las bellas mujeres lo animaban, cantando y bailando a su alrededor y los hombres le convidaban tragos, le deslizaban fajos enteros bajo la manga del saco. Y a la madrugada, camino a casa, con los bolsillos llenos a reventar ya no de monedas, sino de gruesos billetes, se le iluminará el semblante, se le henchirá el pecho. Y no podrá espera a decirle a su mujer y a sus hijos que el negocio anda bien, cada vez mejor. Que el futuro es siempre de esperanza. De ensueño, bah.

De la serie:
Sordidez y encanto
Ciudad de México, febrero 2016
El colchón más pesado del mundo
La condición de insomne se adquiere más pronto que tarde en la vida. Incluso en épocas de buen sueño, el insomne recuerda su pasado en vela y tiembla un poco. O bastante.
La foto es de un jueves de febrero en las pirámides de Teotihuacan, en México. Un vaho seco, caliente, desciende sobre todas las cosas. La tierra es áspera, la roca parece latir. Si bien es invierno, la temperatura es bastante cálida. Un sol fuerte se trepa al cielo límpido y eso lo prueban los lentes negros de la señora en la parte inferior de la imagen. Es cerca del mediodía, la sombra escasea y todos llegan buscando el fresco.
Lo más parecido entonces, es este pequeño lugar al pie del acceso a una de las reconstrucciones más pequeñas. Vaya uno a saber porqué, la entrada está vedada. Tal cual puede verse en el cartel de la parte superior de la foto.
La pirámide del Sol, la de la Luna, recorrer la gran calzada de los Muertos con esa temperatura es una travesía agotadora, pero no tanto como para quedarse dormido en una escalera de rocas que se te clavan en la espalda. El hombre tiene algo de faquir, eso hay que reconocerlo. Es envidiable esa capacidad de abstracción, de insensibilidad, si se quiere. De anulación del mundo exterior, del ruido o del calor. Nótese que además de la camisa a rayas, lleva otra prenda debajo, jeans y unos auriculares conectados al teléfono.
Quizás lo que lo tiene tan tranquilo es que sueña con un mundo diferente. Un mundo donde lo extraño ya no son las pirámides, si no la propia humanidad que descansa sobre el colchón más pesado del mundo.

De la serie:
Sordidez y encanto
Teotihuacan, febrero 2016
Lo que empieza cuando se acaba
Mientras más lee uno, más entiende
que lo que sabe es demasiado poco, que siempre lo ignorado es más que lo conocido.
El desafío al intentar acortar esa brecha, no tiene fin. Y quizás sea eso lo
que vuelve más interesante el asunto. Lo mismo sucede con la escritura: no
existirá nunca el texto perfecto, el que nos haga sentir la satisfacción total,
la obra acabada que ya no deba corregirse ni retocarse en lo más mínimo.
En la foto vemos el interior del estadio Azteca: tiene una capacidad para 87
mil espectadores. El predio en el que se construyó la gran mole de acero y
cemento, no es un accidente natural del terreno, sino que debió abrirse a base
de dinamita. Según dicen, un error de cálculo hizo volar más de la cuenta y el
terreno libre sobrepasó los planes originales. Para no reconocer tamaño error y
poner en peligro la millonaria construcción, se decidió ampliar los márgenes del
estadio. La obra, entonces, tomó las dimensiones que hoy apreciamos. La grandeza
que admiramos, por consiguiente, deviene de un simple equívoco, de una
exageración impensada.
En fin, volviendo a la foto de aquella
tarde, podemos ver a dos muchachos abocados a la tarea de limpiar las butacas,
repasándolas una por una. El de la derecha, estruja el trapo sucio sobre el
balde, usa cuello ortopédico, un aro en la oreja derecha y sobre los labios le
asoma una pelusa oscura que no llega a ser bigote, propia de su juventud. Hay algo
en la expresión que transmite la idea de agobio, de aburrimiento. Como si luego
de mirar a los lados, sopesara la inutilidad de la tarea, lo absurdo del
empeño. Debe rondar los veinte y quizás sueñe con ser futbolista y aquel
trabajo sea la excusa de mantenerse cerca del lugar soñado, quien sabe. Al de
la izquierda, en cambio, no alcanzamos a verle el rostro, pero lo notamos más
corpulento, los músculos tensionados al inclinarse en plena acción.
Como sea, nunca sabremos mucho más de estos muchachos, pero hay algo que nos
queda claro: las butacas deben limpiarse, a como de lugar. Así como los libros tienen que leerse y los textos deben escribirse. No importa entonces
cuanto nos falte, por algún punto hay que comenzar y ya.
Con cada lectura y con cada texto entonces, todo empieza cuando se acaba. De
nuevo y cada vez. No pidamos más que eso.

De la serie:
Sordidez y encanto
Estadio Azteca, febrero 2016
El danzante, la sombra y la bicicleta
En la foto puede verse a los danzantes en pleno centro de Coyoacán: una abuelita que apenas parece poder con sus articulaciones bailotea junto a una joven que usa calzas con garabatos y zapatillas y un hombre que parece suspendido en pleno acto de levitación. Alrededor hay otros tantos que, formando parte del gran círculo, se miran enfrentados por la danza.
Lo que no puede verse es quizás, lo más interesante: el pequeño altar improvisado hacia los cuatro puntos cardinales y los frutos que se ofrecen a los dioses, el humo que desdibuja los rostros en las limpiezas, la profundidad del gesto en la entrega de los bailarines principales, el contraste de colores en los atuendos, la muchedumbre expectante, en fin: el magnífico ambiente de fiesta que se percibe desde lejos. Niños, jóvenes y viejos desdoblándose entre la caída del sol y la llegada de la noche.
Como toda fiesta que se precie, es posible dividirla en, al menos, dos grandes grupos: los que gozan y los que observan gozar. No vale la pena aclarar que mi gozo se hallaba en la contemplación de la imagen en su conjunto. El hombre de la izquierda, en cambio, el de la capucha, corresponde a un tipo distinto. Llegó casi al terminar la ceremonia en una bicicleta con el canasto lleno: algo de ropa, unas flores, un diario. Todavía lleva puesto un delantal manchado y los zapatos sucios. Sin mucho margen de duda, intuimos que acaba de dejar su puesto y va camino a casa.
La foto tiene más de año y medio, pero en vistas de aprovechar este feriado al máximo, vuelvo sobre la serie completa y me detengo en ella. Algo me golpea. Escarbo entre los recuerdos y aparece. Como por arte de magia. Como una asistencia de esos mismos dioses a los que ofrecían sacrificios.
Es que quiero creer que los que trabajamos con las palabras, funcionamos exactamente de la misma manera. No importa lo que un largo día nos proponga: siempre acabamos bailando solos y contemplando nuestras propias sombras en la pared.

De la serie:
Sordidez y encanto
Coyoacán, febrero 2016
Lo peor de todo es el silencio
Voy a contar esto como si fuera un sueño. De hecho, ni siquiera estoy seguro de que sea tan real como lo siento. Pero ahí está la foto, que miro constantemente para convencerme de que sí, de que es tan real como las piernas de Alma o el vaso que sostengo.
Kari debe tener unos nueve. Guada, no más de tres. Sus voces resuenan entre los ruidos de la calle como el soplido de las fieras en el bosque. O como imagino que debe serlo, porque lo cierto es que nunca he escuchado algo así. Camino solo por la ciudad como un niño perdido. La cámara me cuelga en el pecho. No sé dónde estoy pero no me preocupa. La ciudad de México es demasiado grande, demasiado sórdida, demasiado encantadora como para preocuparse de algo o de nada.
No conozco la canción que cantan, pero las escucho desde lejos y me voy acercando de a poco, con la máquina preparada. Me paro a unos metros, les sonrío con dientes y todo. Intuyo que desconfían. Y tienen razón, claro. Soy la personificación del pinche gringo turista que les han enseñado a odiar. Si hasta yo mismo me estoy odiando un poco. Hay algo mal en el mundo si no podemos estremecernos ante situaciones como esta, me digo. Llego hasta donde están sentadas, la mayor apoyada contra la pared, y me acomodo a un lado. La más pequeña intenta una sonrisa, pero inmediatamente la mayor la mira con crudeza. Les pregunto sus nombres. No contestan y siguen cantando la misma canción que cada vez me parece más triste, más desesperada. Hay algo mal en mí si no logro comunicarme, pienso además. Pregunto si puedo fotografiarlas. Y ahí, pero solo ahí, se detiene la música, cesan las melodías, la canción se interrumpe. Lo peor de todo es el silencio, siempre. Y sus miradas cargadas de manifestaciones mudas. Comprendo que de alguna manera las insulté. Y mi lado payasesco entra en acción: me quito el sombrero, les pido la guitarra, intento recordar una alguna canción alegre. Tengo un espíritu de compensación algo atroz, y está claro que no es mi mejor día. Cierto es que no tienen problema en prestarme el instrumento, pero también lo es que mis maniobras no las divierten en lo absoluto. Que miran con impaciencia, que se sienten invadidas. Hasta que caigo en cuenta de lo que pasa: mi canción es mucho más triste que la de ellas, mucho más desesperada. Es la canción que arrastro donde voy, no importa cuánto tiempo pase o que lejos esté de mi lugar de origen. Es la única que conozco.
Soy perezoso, torpe y obsesivo. Me marcho en silencio y desde la esquina, disparo. A quemarropa, sin vacilar, pienso. Sé que voy a escribir acerca de estas dos niñas para las cuales no tengo nombre cierto y que entonces debo nombrar, para exorcizar la sensación.
Por fin todo esto está sucediendo, entonces me siento de nuevo frente a la pc. Es de noche ahora, estoy en el sur de Chile y sigo pensando en ellas. Me digo, a modo de final imprevisto, de justificación iluminada, que si algo puede salvarlas de la muerte, es la música. Y es que si me concentro lo suficiente, aún puedo escuchar su canción.
Ojalá el mundo no los maltrate tanto. Ojalá no paren nunca de cantar. Lo peor de todo es el silencio, siempre.

De la serie:
Sordidez y encanto
Ciudad de México, febrero 2016