Test de personalidad
No hallé como quien ser, en ninguno. Y me quedé, así: como ninguno.
Antonio Porchia
La imagen que nos ocupa tiene la particularidad de ser un tanto ambigua. Aprovecharemos tal condición para proponerle a Ud., estimado lector, un interesante y novedoso test de personalidad. No sin antes recomendarle la seriedad y compromiso que la ocasión amerita. Le pediremos que observe la foto con atención durante unos treinta segundos. Acto seguido, deberá Ud. gritar en voz alta el nombre del animal que cree estar viendo. No tanto como para que el vecino salte de la cama, pero si lo suficiente como para que no le quede duda alguna de su voluntad. Veamos, pues, los efectos de su elección.
Si Ud. pensó en un perro, es muy probable que sea una persona extremadamente honrada, carente de toda ambición, dadivosa y desinteresada, así como cariñosa y estrechamente ligada a las grandes causas de la humanidad. Una fuerte tendencia al liderazgo, ligada a una extrema inmadurez emocional que deberá ir trabajando conforme se sucedan, en su vida, los trabajos y las relaciones. Su color será el violeta y su piedra, el mármol.
Si en cambio, pensó en un cocodrilo, es bastante pausible que sea Ud. daltónico, por supuesto. Amén de eso, los rasgos más acentuados de su personalidad serán los siguientes: astucia y agudeza, gran capacidad para los negocios, emprendedor y oportunista. El egoísmo es su punto débil, queriendo siempre ser el factor dominante en las relaciones. Insensible e incapaz de demostrar los sentimientos, es probable que su vida sea una ruina permanente que se niega a aceptar. Su color es el amarillo y su piedra, el ónix.
Si por otra parte, Ud. pensó en una gigantesca alimaña ciega y deforme, optaremos por decirle que la gravedad de su caso y la limitación de esta columna, no nos permiten más que recomendarle una vista a su psiquiatra de confianza. Si es que tal cosa fuera posible de encontrar.
Ahora bien, para dar por concluido este novísimo examen, es necesario aclarar que el animal en cuestión es un oso polar que goza de muy buena salud. Y que la imagen fue tomada mientras nuestro amigo se zambullía ociosamente en un zoológico en Alemania, hace unos días.
En fin, que ahora puede Ud., querido lector, sentirse un poquitín engañado. Nada muy diferente de lo que uno siente al leer cualquiera de estos ligerísimos sondeos que abundan por ahí.
Aunque debemos reconocerle, si es que ha llegado al final de este texto, que es también el final de un año caótico y aberrante, una evidente tenacidad y una sensible capacidad de abstracción. Que en lo venidero, el destino, entonces, sepa apiadarse de Ud.
No acepte menos.

Capacidad de engaño
En lo que se refiere a política no me gustan las personas fanáticas.
Antonio Tabucchi
Algunas palabras tienen una mayor capacidad de engaño que otras. Esto es: poseen dentro de sí, una amplitud tal, que bien pueden significar una cosa, como otra totalmente distinta. Para ejemplificar esta situación, nos limitaremos a mencionar la palabra “quimera”. Que, en la mitología griega, hace alusión a un peligroso monstruo híbrido que escupe fuego, poseedor de tres cabezas: la principal, de león; otra que nacía desde el lomo con forma de macho cabrío; y por último, la de dragón o serpiente, que le adorna la cola.
Por otro lado, la palabra también refiere a esa ilusión propia de la imaginación humana y que se persigue a sabiendas de su improbable realización. En ese sentido, pues, podríamos considerar que la propia literatura es una de ellas, claro. Pero no nos pongamos tan filosóficos, que el espacio no sobra y las palabras, menos.
También, si hablamos de biomedicina, nos encontramos con que se llama “quimera” al organismo formado por células de distintos individuos. En otras palabras, un ser “quimérico” es aquel que combina elementos con orígenes e identidades genéticas diferentes.
Ahora bien, resulta que científicos de Estados Unidos han logrado insertar células madre humanas en embriones de cerdo durante etapas tempranas de su desarrollo. Esta clase de experimentos, podría tener potencial para comprender enfermedades humanas y proporcionar tejidos u órganos para trasplantes, según dicen los investigadores del Instituto Salk.
Figuras como las de la imagen, entonces, serán posibles más pronto que tarde, queridos lectores. Aunque algunos, sediciosos impacientes, afirman que la mayoría de las instituciones públicas de nuestro país están repletas de estos personajes. Y que poseen, como bien se sabe, una profunda capacidad de engaño que se desprende de cada una de las palabras que pronuncian a voz en cuello, mirando a las cámaras, con una sonrisa que suele –por simple costumbre, por imposibilidad de abstención–, esconder más de lo que muestra.

Ni Kafka se atrevió a tanto
Hay algunas cosas que uno sólo puede lograr mediante un salto deliberado en la dirección opuesta.
Franz Kafka
Los que probaron el pan del futuro dicen que sabe muy bien, con apenas un ligero regusto a maní, que la textura es perfecta y que el aroma despierta aquellos gratificantes recuerdos de la niñez, cuando la abuela llamaba a desayunar con los bollos recién horneados en la mesa, junto a la mermelada o la manteca y el café con leche humeando un poco. O los almuerzos familiares de domingo, con la hogaza grande en el centro desapareciendo conforme se suceden los platos y los niños se mecen en las sillas, aburridos e insoportables.
Entre otras virtudes, los creadores del pan del futuro destacan el aumento en un 133% del contenido proteico y la reducción del contenido graso en un 68%, lo cual no es poca cosa. Además, claro, de reducir considerablemente los costos de todo el proceso de preparación. El equipo de investigadores se encuentra desarrollando también, pasteles, barras de cereal y cierto tipo de aceite, aunque de momento estas opciones se encuentran en fase de diseño.
Hasta aquí el asunto pinta fenomenal, para qué negarlo. El pan del futuro está diseñado para ser un producto saludable, económico y sabroso. Un verdadero avance en la lucha contra la escasez de alimentos en un mundo superpoblado y famélico. Ahora bien, el ingrediente secreto es una nueva especie de harina fabricada con la famosa Nauphoeta Cinerea, una particular cucaracha originaria de África. Sí, leyó bien, harina de cucaracha. Esta vez, y muy a pesar nuestro, la columna habla de un asunto sujeto 100% a la realidad.
Así que ya saben, estimados lectores, la próxima vez que estén a punto de liquidar uno de estos insectos, mejor será que se lo piensan dos veces. No sea cosa que la hambruna del mundo llegue, más tarde o más temprano, a golpearles la puerta justo mientras intentan despegar esa materia viscosa de la suela de sus zapatos.
En fin, como decíamos al principio, ni Kafka se animó a tanto.

Especies convivientes
Cuanto más separado de la especie humana se encontraba, mejor se sentía.
Charles Bukowski
Algunas especies conviven magnífica, armoniosamente. Otras, no tanto. Para una perfecta ilustración de este tipo de afirmaciones, tenemos esta hermosa imagen de la fotógrafa alemana Tanja Brandt. Que a fuerza de costumbre y buenos tratos, logra capturas como la que nos ocupa. Nótese como el pequeño búho apoya su cuerpo en la cabeza del perro, como si ambos se prepararan para dormir una agradable siesta en uno de los claros del bosque. Que si no, no se entienden los ojos caídos del sabueso, la trompa descansando sobre el tronco. Todo indica que disfrutarán un buen rato a la sombra de los árboles, acunados por el sonido del viento que mece las copas y el gorjeo de los pajaritos.
Ahora bien, otros ejemplos de esta sana convivencia son los fanáticos religiosos y la psicosis. Para ilustrar este tipo de afirmación, baste con referir a los sórdidos episodios recientemente conocidos en Ecatepec de Morelos, estado de México.
Y ya en tren de comparaciones, podemos citar otros ilustres modelos que suelen repetirse conviviendo a la perfección: el cura y el abusador de niños; los policías deshonestos y los grandes delincuentes. O lo que resulta el peor de los casos: instituciones públicas inútiles y políticos corruptos. Sin duda, hablamos de lo peorcito de nuestra sociedad. Ese enfermizo ecosistema que procura atribuirse funciones simbióticas y altamente reproductivas.
Muy a nuestro pesar, no nos queda más opción que utilizar esta columna, por lo general absurda o chabacana, para escribir sobre aquello. Pues la única esperanza reside en la multiplicación del espanto y nuestra manifestación de total y absoluto rechazo. Esperando que, cómo todo organismo pluricelular, sepa afrentar el problema del cáncer mencionado. Y si ello, en última instancia, debiera ser logrado por medio de la eliminación de las células cancerígenas en favor de las sanas, pues bienvenido sea, qué tanto.
Perdonen Uds. queridos lectores si les arruino el almuerzo, el descanso vespertino o la vuelta a casa después de un largo día de trabajo. Es que a mí, para ser sinceros, esto de la convivencia, no se me da muy bien que digamos.

Famosos por jugosos
El amor, lo mismo que el horror, sucede cuando vemos fuera lo que tenemos dentro.
Juan José Millás
¿Por qué nos gusta la brevedad? Quizás por la razón de que en ella, por lo general, el sentido del texto está fuera del texto. Lo que quiere decir que lo significante, entonces, es aquello que no decimos. En otras palabras, lo que callamos es tan importante como lo que mencionamos. O escribimos, para no complicarnos las cosas, que aquí la idea es despejar y no su contrario.
Así entonces, lo que no escribimos, en vez de atormentarnos, nos indulta. Se nos perdona una deuda que no es tal, una carencia que todo llena. Huelga decir, siguiendo este razonamiento, que aún si quisiéramos escribir aquello que no escribimos, la cosa resultaría imposible y totalmente inútil. Y todo, a la vez, perdería el sentido del que hablábamos, si es que eso es lo que estamos haciendo. La pereza, la distracción y la ansiedad, por consiguiente, cobran un valor autárquico que sostiene el mecanismo funcionando a las mil maravillas. Esta complejísima estructura se nutre de simetrías y paralelismos para acabar siempre en un sinsentido, simple pero eficaz.
Y de la imagen, nada. Que el fin de semana aprovecha uno para dormir más de la cuenta y luego de hacer un par de cosillas más bien molestas, el estómago le avisa que ya es hora, que la cosa no da para más. Observemos, pues, cuantas palabras hemos necesitado para terminar no diciendo nada de nada. Pero haciendo uso de la mejor de las formas, que resulta claro, la contraria.
Para resumir: sumamos restando, callamos diciendo. El texto, entonces, está fuera del texto. La foto, fuera de la foto. No entiendo que hacemos buscándolo aquí, una tarde de domingo cualquiera.

En un par de siglos
Mi vida es un puñal de dos filos fatales: amar es sufrir. No amar es sufrir más.
Rubem Fonseca
-¿En qué piensas?
-En nada, amor. ¿Y tú?
-Me preocupa un poco la situación.
-¿Y eso? ¿Cuál situación?
-La nuestra, la de tu país y la del mío. La del mundo entero, bah.
-Carajo, tan bien que estábamos. Admiro esa profunda capacidad de arruinar los momentos perfectos, en serio.
-Perdón, pero es la verdad.
-La verdad… otra vez con la verdad. Hay demasiadas verdades ¿no te parece?
-¿A ti no te pasa lo mismo, acaso?
-Pues sí, ahora que lo dices. Pero intentaba evitarlo. Aunque es inútil ¿no?
-Lamentablemente, así parece. No es mi culpa, no te enojes conmigo.
-No, si no me enojo. Pero ahora no puedo dejar de pensar en todas nuestras deudas, en la enfermedad de tu madre, en el accidente de Juan, en la muerte de Claudio, en la caída de aquellas inversiones.
-Bueno, bueno, tampoco es para tanto, amor.
-Claro, porque ni hablar de los ganglios extraños que me están saliendo en las articulaciones, en el rotundo fracaso de las últimas publicaciones, en nuestra falta de trabajos estables y nuestros boicots cíclicos y todos nuestros miedos.
-Cálmate un poco ¿¡qué dices!?
-Tú empezaste, no es mi culpa.
-No te puedo creer, no me dejas pasar una. Déjame que te pida perdón por ser humana, por sentir.
-No, perdóname por ser tan drástico, por favor. Ya sabes que me dejo llevar y no tengo freno, a veces.
-Nos dormimos otro rato, mejor ¿no?
-Sí, mejor.
-Y que nos despierten en un par de siglos.

Que ya es bastante
Antes de negar con la cabeza, asegúrate de que la tienes.
Truman Capote
Lo monstruoso se nos revela, oportunamente, de la forma más inesperada: algún fragmento de conversación escuchada al pasar, en plena calle; un comentario hiriente de la persona amada; algún libro que ojeamos en la librería del barrio, sin razón particular; un hombre que empuja a otro a las vías mientras llega el subte y mordemos un alfajor de membrillo; y así, siempre. A lo traumático de la circunstancia debe uno añadirle el peso extra de lo imprevisible, de la absoluta falta de preparación. Cierto es que alguno podrá decir que nunca se está del todo preparado para las irrupciones de este tipo. Y de seguro, algo de razón podría tener. Pero eso es harina de otro costal, que aquí el tiempo escasea y lo nuestro son las imágenes.
Ahora bien, resulta que el hombre de la foto no tiene la culpa de haber nacido con una serpiente enrollada al cuello, como una bufanda fría y viscosa. Y eso que la imagen no alcanza a develar del todo su condición. Pues además de esta, hay otra adherida a las caderas, y otra más en cada una de sus piernas. Y si bien al principio el asunto resultó algo chocante para la familia y los doctores y enfermeras que atendieron el parto, hay que decir que la madre no dudó más que medio segundo en aceptarlo tal cual era. No así, el padre de la criatura. Que enseguida aprovechó la ocasión para mandarse a mudar y no volver nunca más. Entretanto, los médicos, preocupados por la salud del recién nacido y su desarrollo, intentaron extirpar estas extrañas añadiduras de la piel del pequeño engendro. Huelga decir que no tuvieron éxito: cada vez que una de las cabezas era cercenada, otra volvía a nacer en su lugar, un poco más enérgica, un poco más resistente que la anterior. Obsérvese, si no, la presteza con la que se ajusta al cuerpo del hombre, la increíble sutileza con la que apoya la cabeza en la mira telescópica, como queriendo ser un todo polimorfo que incluye y asemeja al hombre con el animal, a ambos con el equipo táctico defensivo.
En fin, que la existencia del hombre serpiente ha sido siempre un secreto a voces, aunque innumerablemente comprobado. Pero hasta el día de hoy, las imágenes se habían mantenido en las sombras, lejos de los grandes medios de comunicación.
Así las cosas, yo que Ustedes, queridos lectores, me andaría con sumo y extremo cuidado. Y por sobre todas las cosas, prestaría especial atención al cuello del vecino, a las orejas del taxista, a las caderas del kiosquero de enfrente.
Porque nada podremos hacer si algún día deciden dominar el Mundo, pero al menos, eso sí, no nos tomarán por sorpresa.
Que ya es bastante ¿no?

La letra chica
Advertencia: si alguna semejanza hay entre esta obra y algún hecho de nuestra historia,
no se trata de un accidente, sino de una vergüenza nacional.
Jorge Ibargüengoitia
Ciertas cosas son más fáciles de confundir que otras. Tomemos la imagen que nos ocupa, por ejemplo. No sé ustedes, pero apenas la vi pensé en una serpiente venenosa, de esas gigantescas que si no te matan con su veneno, lo hacen con un abrazo que te muele los huesos. Claro que al final resultó que se trataba de una simple tortuga, pero eso lo sabe uno después de leer la letra chica del asunto, ni modo.
Algo similar puede suceder con el progreso. Que a golpe de vista uno lo confunde con una población saturada de pantallas led, que sigue la última parodia en Netflix, que guarda en el bolsillo el último Iphone y descarga de inmediato la última red social, donde a costa de desgañitarse y acabar creyendo todo lo que circula por ahí, acaba suponiendo que contribuye a mover la inmensa rueda de la historia, que es partícipe de algún tipo de revolución política o cultural, profunda y permanente.
Pero al igual que la imagen de la tortuga/serpiente, resulta claro que ninguna sociedad toma las decisiones por sí misma. Si no que, lamentablemente, debe hacerlo a través de sus representantes. Y digo lamentablemente, porque de tipejos como estos, uno ya no sabe a ciencia cierta a quien representan. O si es que representan alguna cosa que no sea sus propios intereses. O lo que siempre es infinitamente peor: los intereses de instituciones nefastas y prehistóricas como la Iglesia Católica, ni más ni menos. Ese conjunto de trogloditas a los que les encantan hacer gala de su insensatez, esos amantes del oscurantismo expertos en el arte de la mitología y del pensamiento mágico.
Entonces, de progreso, nada de nada.
A no ser que nos tomemos la molestia de leer la letra chica que nos dejan episodios como estos. La que dice que esos esperpentos zombificados ya no deberían tener lugar en una sociedad que mira hacia el futuro. Y que sin perder de vista el pasado, se plantea cuestiones de derecho que brinden posibilidades justas, igualitarias e inclusivas.
-Ciertas cosas son más fáciles de confundir que otras- repitió la serpiente al oído de la tortuga.

Con el pasar de los años
Escritor es aquel que se enfrenta al fracaso de escribir
y hace de ese fracaso, por decirlo así, su misión.
Fabio Morábito
La imagen que nos ocupa es de hace unos días en Londres, en el puente que cruza el Támesis, el río más importante y caudaloso de Inglaterra. Y que en 1957, fue declarado por el Museo de Historia Natural “biológicamente muerto”, debido a la gran contaminación de sus aguas. Situación que, afortunadamente, pudo revertirse con el pasar de los años. Hablamos entonces, de un río que volvió de la muerte, literalmente.
Ahora bien, como mis últimas pesadillas vienen de arácnidos gigantes, y a uno le gusta creer que las historias que uno cuenta, por más diferentes que sean, son parte de un solo y mismo relato, me topé con una vieja leyenda africana que voy a intentar reproducir.
El mundo se encontraba desprovisto de historias. Nyame (que significa “el que sabe y lo ve todo”), era el dios del cielo y también el único poseedor. Pero Anansi, que a veces era humano y a veces araña, las deseaba.
Tal es así, que un buen día le dijo a Nyame, celoso guardián de todos los cuentos del mundo, que quería comprárselos. El dios se burló diciendo que era un ser insignificante y que nunca podría pagar el precio. No obstante, Anansi insistió en conocerlo. Nyame, entonces (que en el fondo quería deshacerse de aquel gran peso), habló de su coste: para hacerse con todas ellas, debía traer a la poderosa pitón Onini, al peligroso leopardo Osebo y las mortales avispas Mboro. Anansi se mostró de acuerdo y partió a cumplir lo encomendado.
Con la excusa de una discusión marital, acerca de si la pitón era más larga que una rama de palmera, logró engañar a la poderosa Onini, que accedió a tenderse para establecer la verdadera longitud. Anansi entonces, la ató a la rama y así pudo llevarla frente a Nyame.
Para atrapar a Osebo, Anansi cavó un foso en el camino que llevaba a la cueva del leopardo y lo cubrió con hojas. Cuando el felino cayó y gritó pidiendo ayuda, Anansi se ofreció a ayudarlo lanzando una cuerda y diciéndole que debía atársela a la cola. Una vez fuera, cubrió al leopardo de telarañas. Y así fue llevado ante Nyame.
Por fin, para cazar a las Mboro, Anansi cogió una vasija que llenó con agua y volcó sobre el árbol frutal donde se encontraban las avispas, diciendo que caía una fuerte lluvia y sugiriendo que se protegieran dentro de la vasija. Las avispas entraron en ella y Anansi la cubrió con una tapa. Y así fueron llevadas ante Nyame.
Resta decir que el dios de los cielos quedó asombrado por la audacia de Anansi y no tuvo más opción que cumplir con su palabra, otorgándole la custodia de todas las historias del mundo.
En fin, volviendo a la imagen y como bien puede apreciarse, la pancarta hace alusión al funesto personaje de la izquierda. Que si se lo piensa bien, también tiene algo de víbora odiosa, de asqueroso insecto endémico y sobre todo, de felino depredador.
Por simple superstición, no lo nombraremos en estas líneas, no vaya a ser que su macabra imagen termine colándose en alguna de nuestras pesadillas recurrentes. Que ya demasiado tiene uno con las viejas fábulas, con sus propios delirios y sus propias angustias. Situación que, afortunadamente, podría revertirse, en el mejor de los casos, con el pasar de los años.

Esa otra munición
No lucho contra el mundo, lucho contra una fuerza mayor, contra mi hastío del mundo.
Emil Cioran
El mundo es una cloaca pestilente que se revuelve en sus propias heces. Ya no es suficiente no ver televisión, no leer diarios, no escuchar noticias en la radio. No hay refugio posible. La realidad, tan apabullante como menesterosa, está siempre dispuesta a saltarnos al yugo con su artillería de munición pesada.
La imagen que nos ocupa no es de buena calidad, pero no es lo importante. Tampoco sabemos quién la tomó. Ni mucho menos, las condiciones específicas: día, hora o lugar determinado. Pero repito, nada de eso importa en lo más mínimo.
Ahora bien, lo significativo del caso es lo siguiente: la foto fue tomada en Kabul, capital de Afganistán. La ciudad es un hervidero en permanente conflicto. Los ataques y los atentados suicidas son cosa diaria. Las armas y los muertos, mucho más todavía. Y es en ese contexto, en el que Karim Freshta y otros tres jóvenes deciden darle forma al proyecto llamado “Charmaghz”.
Se trata de una biblioteca móvil que recorre la metrópoli visitando escuelas, orfanatos y parques públicos para intentar brindar a los niños del lugar, la posibilidad de un espacio lúdico, un pequeño remanso donde lectura, comprensión y esperanza, se estrechan la mano.
Y vaya que lo logran. Casi trescientos chicos por día se suben a este ómnibus provisto de libros, cual pertrechos de guerra. Listos a sumergirse en alguna de sus lecturas favoritas, a pintar un poco, a cantar o jugar al ajedrez.
En fin, que estos jóvenes logran insuflar una diminuta grieta esperanzadora. Suficiente para permitirnos la licencia, breve pero estrictamente necesaria, de la utopía. Esa otra munición, que si bien más ligera, no por ello menos efectiva. Asunto nada desdeñable en la lucha contra el hastío del mundo.

Lo mismo sucede
La forma de gobierno más adecuada al artista es la ausencia de todo gobierno.
Oscar Wilde
Son pocas las personas que entienden todo así, de buenas a primeras, como suele decirse. Es que lamentablemente, el resto de nosotros, un poco más lentos, un poco más torpes, necesitamos un poquitín más de tiempo para procesar cierta información. Si la cuestión es verdaderamente compleja, no es extraño que el interlocutor deba servirse de ejemplos y analogías varias. Caminos alternativos que, si bien demoran un poco el arribo a la meta, acaban por terminar en el mismo punto.
Así las cosas, es bastante probable (a menos que sea Usted un entendido en la materia, claro está), que si le mencionan las Líridas, no tenga la menor idea de qué viene el asunto. Pues bien, para ser honestos, yo tampoco la tenía. O al menos hasta antes de ponerme a teclear estas líneas.
Ahora bien, que lo tuve que leer varias veces y consultar distintos artículos y fuentes. Pero por fin, me quedó bastante claro.
Se trata, simplemente, de una lluvia de estrellas provenientes de un cometa llamado Thatcher, ubicado en la constelación de Lyra (de allí el nombre del fenómeno). Por lo general, se la puede apreciar cada año en fecha muy similar: entre el 16 y el 25 de abril. La imagen que nos ocupa, es de ese período.
Por otro lado, resulta que hace unos días, mi pequeño sobrino Tomás, de seis años, me tomó por sorpresa preguntándome qué significa eso de “la Inflación”.
No estaba dispuesto a desilusionar al pequeño, así que opté por una solución alternativa, un poco más práctica si se quiere: le di un billete de $50 y le pedí que cruzara al mercadito de enfrente y trajera pan. Cuando regresó, bolsa en mano, le dije que en un papel, anotara fecha, cantidad de bollos y dinero gastado. Y le pedí que tuviera un poco de paciencia.
Cuando regresó la semana siguiente, repetimos el procedimiento.
De nuevo, le entregué un billete de $50 y le pedí que cruzara por pan. Al volver, le dije que un papel, anotara fecha, cantidad de bollos y dinero gastado. Luego, por supuesto, llegó el momento de la comparación. En lugar de 7 bollos, esta vez solo había 5.
En fin, que me olvidaba de comentar que los fenómenos espaciales como el de la imagen, pueden apreciarse sin ningún tipo de aparato especial, es decir, a simple vista.
Lo mismo sucede con la inflación, agrega mi sobrino.

Absolutamente otro cantar
A mis mejores amigos no los he visto nunca.
Raymond Chandler
Muchos dudan de la veracidad de los espectros que habitan el Castillo de Edimburgo, en Escocia. El histórico edificio es una estructura imponente que corona un volcán milenario ya extinto. Una antigua fortaleza militar devenida en sala de exposiciones y museos, pero que guarda en su interior los orígenes de una particular leyenda: la del Gaitero Solitario.
La historia dice que por debajo del castillo se extiende una amplia red de túneles que lo conectan con la ciudad. Los nuevos moradores descubrieron aquello y para cerciorarse de su funcionamiento, decidieron enviar a un joven músico, a investigar. El valiente solitario se adentró en las profundidades para nunca más regresar. Y si bien, varias expediciones recorrieron luego los túneles y pasadizos, el cuerpo del gaitero nunca fue encontrado. Cada tanto, se dice, puede escucharse el sonido de una gaita lejana que ejecuta melodías funestas, acordes sombríos que impregnan el castillo en noches aciagas.
De todos modos, hay quien afirma haber visto al espectro ingiriendo alguna bebida caliente en un descanso entre sus respectivas guardias nocturnas. Insinuando que se trataría de un simple muchacho provisto de un buen disfraz de época. Resta decir que estas alusiones echan por tierra siglos enteros de tradición fantasmática.
Ahora bien, que casualmente a Usted le ofrezcan un tour de dos horas de duración y que asegura un encuentro con El Gaitero Solitario, por apenas unos 15 euros, es sin duda, absolutamente otro cantar.

Un corto viaje a la luna
Su patria era la palabra.
José Revueltas
No sé ustedes, pero lo que es yo, siempre tengo la sensación de que lo auténtico, lo verdaderamente importante, siempre está pasando en otro lugar. Lo que digo puede parecer complejo, pero en verdad es bastante simple. Se trata de esa eterna sensación de llegar tarde a la fiesta, una especie de vacío como el que provoca una sala de hospital sin niños pero con risas y alaridos de dolor flotando en el ambiente. O una biblioteca sin libros, pero con esa fina capa de polvo que se acumula en los estantes, con papeles siempre en blanco, amarilleándose a causa del tiempo y la humedad del ambiente.
La imagen que nos ocupa es del increíble Festival llamado AfrikaBurn, que se celebra cada año en medio del desierto Tankwa Karoo National Park, en Sudáfrica, a unos 300 kilómetros al norte de Ciudad del Cabo. Un corto viaje a la luna, lo llaman los organizadores. Es que durante siete días consecutivos el desierto no es tal, sino todo lo contrario: en AfrikaBurn no hay reglas y la única premisa es el disfrute. “Baila, disfruta, grita, chilla, da volteretas, brinca desnudo y aúlla a la luna libremente y sin miedo”, dice el ticket que se le entrega en la entrada a cada “burner”. Por momentos, la ciudad temporal tiene el aspecto de un set de filmación al estilo Mad Max de George Miller: una gigantesca obra de arte por acá; algún vehículo mutante por allá; fogatas ardientes; música estruendosa; hombres y mujeres disfrazados o desnudos; performances artísticas y un largo, pero largo, etcétera. Nada se compra y nada se vende, no hay publicidad de nada en absoluto, y hasta el trueque está vedado. Toda la filosofía del evento es radicalmente inclusiva.
Ahora bien, lo cierto es que mientras este texto se termina de escribir, una tarde de viernes algo calurosa, el festival de AfrikaBurn, que inició el 23 y finaliza el 29 de Abril, se encuentra en su punto más álgido. Y eso nos lleva, como quien no quiere la cosa, al principio.
Y es que allí donde se hace evidente la ausencia, no le queda a uno más opción que inventarse un sucedáneo, un placebo, una forma difusa que oficie de tal. En fin, que este texto entonces, a medio camino entre el todo y la nada, entre las mieles de la nostalgia y los agravios del exceso, bien podría ser una de las formas.

PH: Simon O'Callaghan
Los niños santos
El hombre, en cualquier situación que se encuentre, se encuentra solo.
J. Rodolfo Wilcock
María Sabina no inventó nada. Los hongos alucinógenos que consumía eran los mismos que usaron siempre, sus antepasados. Quizás por eso los llamaba así: “niños santos”. Nombre que, si se presta atención, es una buena mezcla de cercanía y sobre todo, de respeto.
Sabí, como dicen que le decían, nació allá por 1894 en el pequeño pueblo de Huautla de Jiménez, estado de Oaxaca, en México, tierra de curanderos y chamanes de la etnia ancestral mazateca. Llevó una vida muy humilde y no conoció ningún tipo de lujo, nunca fue a la escuela, no tuvo auto, ni televisor. Enviudó dos veces, dio a luz a nueve hijos. En los lindes de su tierra cultivaba maíz y frijoles, cada tanto sacrificaba alguna gallina. Algún vecino le traía un poco de leña, otro le dejaba flores santas y velas para los rituales. María Sabina nunca cobró un centavo por sus prácticas que incluían videncia, medicina y ceremonias cantadas en altas horas de la noche. Alguno de esos cantos decía:
Soy la mujer constelación guarache
Soy la mujer constelación bastón
Porque podemos subir al cielo
Porque soy la mujer pura
Soy la mujer del bien
porque puedo entrar y salir del reino de la muerte.
En 1955, Robert Wasson la llevó a la fama mundial al publicar una entrevista en la revista Life. La comunidad hippie la acogió como símbolo, instantáneamente. Figuras como Walt Disney, Aldous Huxley, John Lennon, y Albert Hofmann (padre del LSD) la visitaron y probaron los famosos “niños santos”. Incluso se dice que Mick Jagger, Bob Dylan y Jim Morrison estuvieron ahí también, aunque no existe prueba de ello.
María Sabina murió en 1985, a la edad de 91 años. Ya en el documental de Nicolás Echevarría, grabado en 1979, se la puede ver enferma, pobre y desanimada. Sus descendientes aseguran que los “niños santos” ya no crecen en la zona.
Yo curo con lenguaje, decía María Sabina. Lo cual, si se presta atención, es una buena mezcla de cercanía y sobre todo, de respeto.

Castigo a la desmesura
En la costa se afirma que los cangrejos son animales hechizados.
Son seres incapaces de volverse para mirar sus pasos.
José Emilio Pacheco
La foto es de archivo, obviamente. Si la memoria no me falla, el de la izquierda es el “Pichi” Campana. El del medio de los tres, obviando al presentador que los observa papel en mano, es el ex-presidente argentino Carlos Menem. Sus historias, de momento, no nos interesan. La del hombre que sonríe y agacha un poco la cabeza, como obligado por el peso de la situación, sí.
Hijo de Mercedes y Felipe, ama de casa y empleado de construcción, respectivamente, Jorge nació en un pequeño pueblo formoseño llamado El Colorado. El matrimonio tuvo además otros cuatro hijos y lo cierto es que apenas si les alcanzaba para comer. La situación era tal, que Jorge tuvo que trabajar desde los nueve. Recién a los dieciséis, empezó con el básquetbol: medía cerca de 2,18 metros, pesaba casi 170 kilos y usaba calzado número 56.
Luego de pasar por varios clubes, e incluso la Selección Nacional (la imagen que nos ocupa es de ese período), Jorge se transformó en el primer jugador argentino fichado por la NBA. Pero el gran debut no llegó nunca, las exigencias eran muy altas y la posibilidad se diluía mientras otra tomaba forma: la lucha profesional.
En poco tiempo se convirtió en una de las estrellas de la NWA, donde debutó ya con el mote de “El Gigante”, llegando a pesar cerca de 200 kilos y midiendo 2,32 metros. Amasó una pequeña fortuna, visitó 30 países, se lo vio posando junto a Hulk Hogan, participando en películas y series de televisión (Baywatch con Pamela Anderson, por ejemplo), durmió en hoteles cinco estrellas, tenía chofer propio, en fin, una vida cada vez más lejos de la pobreza de los primeros años en El Colorado.
Pero la diosa fortuna suele ser caprichosa, y como la propia Némesis (aquella deidad griega que castigaba las desmesuras para mantener el equilibrio del Universo), tomó revancha más pronto que tarde. El gigante murió en el 2010, a los 44 años, en una cuasi miseria, aquejado por los dolores de un cuerpo maltrecho por la enfermedad y los golpes recibidos en el ring.
-Nunca me di cuenta que era grande, creí que el mundo se achicaba.
Poco más o menos, dicen que dijo “El Gigante” González en una entrevista tiempo antes de morir. O quizás esta frase, como todo lo que sucede en relación a él, se agranda mientras la historia va desapareciendo, de a poco, en el olvido.

Las fallas del mundo
Cuando el delito se multiplica, nadie quiere verlo.
Bertolt Brecht
La imagen que nos ocupa es de hace unos días en la fiesta llamada “Las fallas de Valencia”. El nombre proviene del antiguo valenciano, donde la palabra “falla” refería a las antorchas utilizadas para alumbrar las torres de vigilancia de los castillos de la época.
Los “ninots”, figuras con forma humana que son la mayor atracción de la fiesta, son cuidadosamente preparados por un grupo de artesanos. Estos muñecos, que llevan varios meses de trabajo, están construidos con materiales inflamables. La idea, claro está, es que ardan en una vistosa hoguera en la culminación del evento: el 19 de Marzo, día de San José. Desde hace unos años, la Unesco declaró Las fallas de Valencia, como Patrimonio Natural de la Humanidad y los turistas llegan desde distintas partes del mundo.
Cuenta la tradición que la “cremà” o ritual de la hoguera, fue implementada por los carpinteros de antaño, que en vísperas de las fiestas de su patrono San José, quemaban frente a sus propios talleres, los restos inútiles de sus trabajos, junto con los soportes de los candiles utilizados para alumbrarse durante el invierno.
Ahora bien, la cosa fue evolucionando hasta llegar a nuestros días. Donde las calles de la ciudad se colman de flores, música y color. Y donde podemos ver imágenes como la mencionada, cargadas de un sano sentido irónico.
Y donde queda al descubierto la verdadera falla de los tiempos que corren: la certidumbre de que el mundo está siendo gobernado por figuras nefastas. Por farsantes que se asemejan a personajes de ficción, por comerciantes inescrupulosos y príncipes de la tiranía capitalista. Para muestra, dicen, basta un botón. Echemósle una mirada a los Peña Nieto, sino, a los Rajoy, a los Kirchner o los Macri, y a los energúmenos de la foto, sin ir más lejos.
Para que ardan estas bestias bufonescas, no hay Infierno suficiente.

Cuerpo de domingo
Tan dispuesto se muestra el mundo a despreciar toda cosa que se presente llena de sencillez.
Edgar Allan Poe
Los domingos siento como si ocupara el cuerpo de otro. Para colmo de males, esta nueva entidad física es mucho más pesada que la original. Más perezosa y más torpe, con intenciones de quedarse todo el día echada mirando el techo o las manchas de humedad en las paredes. La odio bastante, no voy a negarlo. Es que este cuerpo de domingo no lee, no escribe, no visita amigos, no sale de paseo, nada de nada. Es una masa informe que se debate entre el sillón y la cama, entre la heladera y el baño.
Lo malo de tener un cuerpo de domingo es que la cabeza sigue siendo la misma. Y entonces la cosa se pone extraña, como podrán suponer. Ahora bien, lo peor del asunto es que no alcanzo a determinar si es que me sobra un cuerpo o me falta una cabeza.
Por suerte, los lunes ya no quedan vestigios de la momentánea ocupación corporal y mi organismo vuelve a ser el mismo de siempre. De hecho, se siente como cuando uno, ya entrada la noche, se pone esa vieja camiseta que suele usar para dormir. O ese par de zapatillas, rotosas y mugrientas, pero cómodas, bien cómodas. Ni más ni menos. La normalidad de la semana avanza como una topadora irrefrenable y uno se va olvidando de la problemática dominical de cuerpos pesados y cabezas livianas.
Imaginen ustedes mi emoción al ver la foto que nos ocupa. ¡Por fin Gucci entiende de lo que estoy hablando! ¡Por fin la industria de la moda se adapta a las necesidades del hombre común, del pobre diablo que siente la languidez dominical como un martirio!
La imagen es una captura del desfile que tuvo lugar en la Semana de la Moda en Milán, hace unos días. La nueva colección de la famosa marca italiana incluye lo que se llamó: “una procesión de cyborgs poshumanos” y “criaturas biológicamente indefinidas y culturalmente conscientes” [sic].
En fin, que a mí no me joden, lo que se aprecia aquí no es otra cosa que algunos cuerpos de domingo con sus correspondientes cabezas extra.
Muy bien vestidos, eso sí.

PH: TONY GENTILE (REUTERS)
Ajo y agua
Toda la historia del mundo es la historia de la libertad
Albert Camus
Muchas mañanas me quedo pensando un buen rato frente al armario. Sucede que nunca alcanzo a saber si este pantalón de aquí combina bien con aquella camisa de allá. O si este suéter verde agua va bien con los zapatos con cordones. O si la corbata roja es demasiado estridente, demasiado llamativa. Y así.
Por suerte la cosa se diluye pronto, como el azúcar del primer café. Son apenas unos minutos, claro, pero de una pesadez abrumadora. Y si bien podría disponer las prendas la noche anterior, lo cierto es que siempre hay algo que logra distraerme: alguna lectura apasionante, algún texto que pide corrección, alguna película recomendada, etc. Nada que hacer entonces. Ajo y agua, como dicen por ahí.
Al momento de elegir una próxima lectura, experimento algo bastante similar. Por más que confecciono listas, que apilo ejemplares a un lado del escritorio, siempre tengo momentos de indefinición, de absoluta ambigüedad. No sé si ir por un ensayo, una novela o una colección de cuentos. Es que el abanico de posibilidades, tan ilimitado, me resulta agotador. Aun así, quiero creer, esto es siempre preferible a su opuesto. Lo cierto es que bendigo entonces, mi gran fortuna. Pues si este pequeño aturdimiento es el precio, lo pago con infinito gusto.
Ahora bien, la imagen que nos ocupa fue tomada en el interior de la nueva biblioteca de Tianjin, en China. Se trata del Paraíso con el que cualquier lector sueña: más de 1 millón de libros al alcance de la mano.
Cierto es que hay quien solo aprovecha para sacarse selfies, como el hombre de abajo a la izquierda. O el que está de espaldas en el pasillo, oteando el horizonte, buscando el baño o algo parecido, al lado de la mujer que limpia uno de los estantes con el paño azul. O la mujer de joggins y zapatillas que se pasea con las manos en los bolsillos. Pero coño, que de las excepciones no se salva nadie nunca.
En fin, que mientras me abrazo a mi pequeña y querida biblioteca, le pregunto a Ud. querido lector ¿cuánta libertad está dispuesto a soportar?

PH: FRED DUFOUR (AFP)
Parecer no es ser
Y que también de las apariencias del hombre sin atributos hay que desconfiar.
Enrique Vila-Matas
La ocasión hace al ladrón. Y al fotógrafo. Y si se lo piensa un poco, también al escritor.
Mantener ciertas apariencias es un trabajo en sí mismo. Eso parece querer decirnos la imagen que nos ocupa.
En la foto vemos a uno de los participantes de la convención mundialmente reconocida llamada “Comic Con”. Y que tuvo lugar hace algunos días en Londres, Inglaterra.
El hombre (lo deducimos por los mingitorios a un costado) con disfraz de Tiranosaurio Rex, tiene claras intenciones de devorar la imagen que le devuelve el espejo. Lo evidente nos arranca, en el mejor de los casos, una leve sonrisa. Pero si pensamos en el considerable esfuerzo que le ha de requerir vaciar la vejiga o acaso los intestinos, la cosa seguro se complica y uno tiende a comparecerse del pobre sujeto. Es que no puede resultar nada fácil andar así por la vida: aparentándolo todo y devorando el propio reflejo (o la propia apariencia).
Tengan el ejemplo de mi amigo Ignacio, sin ir más lejos. Que parecía siempre un tipo alegre, con un trabajo estable y muchos amigos. Pero que un día, en la oficina, le dijo a su secretaría: ahora vengo. Y fue hasta su casa, cerró la puerta con llave, se puso el pijama y se acostó tranquilamente. Para, de inmediato, descerrajarse un tiro en el corazón y despreocuparse para siempre de tener que aparentar o ser algo.
Posiblemente, esté intentando con este artículo, dar a entender que he superado el episodio de mi amigo, aparentando incluso que soy mejor escritor de lo que suelo creer. Pues no, nada de eso, lo cierto es que extraño a ese cabrón con un horror y una intensidad tan firme como el duro espejo de la realidad. Ese que no permite degluciones de ningún tipo.
En fin, que eso de aparentar una cosa no es ser la cosa misma, uno lo advierte, a veces, demasiado tarde.

PH: PETER NICHOLLS (REUTERS)
Otras excusas, otras atracciones
He tardado en aprender que hablar sinceramente de ciertos temas demasiado serios implica
el tono humorístico como único modo de evitar la solemne ridiculez.
Fernando Savater
Hay una frase muy vieja que dice que el dinero atrae al dinero y creo que algo de cierta debe de tener. Sobre todo teniendo en cuenta que es harto común ver como los millonarios se vuelven cada vez más millonarios. Y los pobres, por consecuencia, cada vez más pobres.
Como mi materia de interés resultan ser los libros, he llegado a pensar, que quizás ellos también estén ligados a alguna suerte de ley de atracción. Según he podido saber hay personas que besan los comprobantes de sus deudas. Bien, pues yo, con la misma intención, beso cada libro que llega a mi biblioteca. Con lo que podríamos pensar que un libro siempre llama a otro libro. O lo que es mejor: a muchos otros libros. Y el ganador es siempre uno, claro. Demás resulta decir que no es lo mismo sumarle un libro a un lector, que sumarle otro millón a ese millonario cada vez más millonario. El adinerado no notará la diferencia. El lector, sí.
Por otro lado, mientras escribo esto me entero de que en Gran Bretaña, a un muchacho de 22 años, tentado por el ángel malvado de la popularidad, se le ocurrió meter la cabeza en un microondas. Que sus amigos, luego, se encargaron de rellenar con cemento. Sí, con cemento. Que la estupidez humana no tiene límite alguno no es ninguna novedad, por supuesto. El pavoneo de esa misma estupidez, quizás sí. El joven, que tuvo la genial idea de grabar toda la secuencia y que alcanzó apenas a salvar la vida de milagro, cuenta hoy las reproducciones en su canal de youtube por millones. Sí, millones de personas que se confiesan así, atraídos por el morbo. Todo lo cual llamaría, si nos atenemos a un simple paralelismo pragmático, a la reflexión elemental de que también la estupidez atrae a la estupidez. Nada más pernicioso para una sociedad viralmente vacía, nada más cercano a la solemne ridiculez de la que hablaba Savater.
En fin, lo bueno del asunto es que entonces, si la ley de atracción no falla, este texto traerá otros textos más. Que es lo que necesita todo escritor que se haga llamar como tal ¿no es cierto?
Pues bien, que espero la cosa resulte. Que ya me parece se están acabando los temas para estos textos que no son ni cuento, ni artículo periodístico, ni relato, ni nada de nada.
Por suerte la realidad sigue ocupándose de proveer material tan inédito, tan excelente. Que si no habrá que seguir buscando otras excusas, otras atracciones.

La descostumbre
No se puede encontrar la paz evitando la vida.
Virginia Woolf
¿Han notado la facilidad con la que uno se acostumbra a ciertas cosas? ¿Y cómo, por otro lado, hay otras tantas a las que resulta casi imposible?
El verano anterior, acampamos con mis hijos en la montaña mientras el año terminaba. Quizás por la fecha, casi no había gente. El silencio era arrollador, casi una cachetada de eternidad. A los dos días la cosa cambió un poco. Es ahí que conocimos a Miguel. Cuando salimos al mediodía no estaba, cuando volvimos a la tarde parecía siempre haber estado allí. Después de saludarnos, le pregunté si ya conocía el lugar. Me dijo que no, que era la primera vez. También venía con la familia: una mujer vivaz y sonriente y unas niñas preciosas. Como dije, daba la impresión de haber vivido el último lustro en esa pequeña parcela. Incluso, nos recomendó cierta zona del río donde pescar un poco. En fin, que el hombre, en cuestión de un par de horas, se había adaptado perfectamente al entorno. Nos quedamos de una pieza, como dije. Pues a nosotros, y siendo que ya llevábamos unos cuantos días fuera de casa, todavía nos costaba un poco la rutina del protector solar, de llevar siempre una botella de agua, de no cargar con trastos inútiles, del calor, del frío y todo ese tipo de cosas.
Ahora bien, otra y un poco diferente es la historia de mi amigo Francisco. Que se casó bien joven con su novia de toda la vida. Y que una vez hecho a la costumbre del matrimonio, nunca pudo hacerse a la idea del consiguiente divorcio. Por ende, sobrellevar los tiempos que siguieron, se le tornaron un infierno. Controlado, pero infierno al fin.
Es al sol de hoy, que el sujeto sigue portando su anillo, hablando de un patético “nosotros” y proclamando a quien quiera oír que se trata de un asunto más bien temporal, una nube pasajera en el firme cielo de su convivencia con Lorena.
Pero lo gracioso del asunto es que Lorena, ya no vive en el país. Se mudó a Sevilla, se volvió a casar con un picador joven (que es una especie de ayudante del torero) y tuvo un hermoso niño al que llamó, quizás en honor a la costumbre, Francisco. Pero que, a diferencia de mi amigo, todo el mundo llama Pancho y tiene unos ojos azules de película (los de mi amigo son negros).
Pues bien, más allá de las historias de Miguel y Francisco, debo decir que extraño un poco la sensación de proyectar estos textos en mi escritorio, junto a la lámpara plateada, bajo la influencia directa del aire acondicionado y con mi taza de café comprada en el mercado de Coyoacán.
De todas maneras, viene bien este texto escrito al resguardo de los árboles, fuera de una pequeña cabaña alejada de la ciudad, con una cerveza en la mano y los pájaros y el rumor de la costa como música de fondo. Creo que cualquiera podría habituarse a esto.
En fin, que pararse a un lado de las rutinas y automatismos es lo que más enseña, quiero creer.
Y para terminar, ¿han notado la facilidad con la que uno se acostumbra a ciertas cosas?

Hablando de cosas que vuelan
Y sentía, que de algún modo, estaba trazando en el cielo un dibujo coherente y estético.
Mario Levrero
Lo bueno de una cabaña en medio del bosque es justamente eso: la desconexión total. No hay señal telefónica y nadie llamará intentando vender un plan nuevo o un seguro extra. No hay televisión y uno se ahorra eternas horas de zapping para encontrar alguna película decente o algún documental interesante. No hay internet, con lo cual uno no pierde tiempo revisando mails de empresas que ofrecen viajes imposibles o editoriales que recomiendan los libros del verano, ni nada de eso. Los grupos de wathsapp están verdaderamente silenciados y nadie más puede importunar con esas cadenas de mensajes cursis, ni ese tipo de cosas odiosas e inevitables. A quien diga que puede ser un poco aburrido le doy la razón, pero solo a medias: con algunos libros, café y alguna bebida espirituosa puedo asegurarles que el tiempo vuela. Sobre todo si uno tiene la manía de intentar escribir algún texto decoroso de vez en vez.
Hablando de cosas que vuelan, ¿han notado la cantidad de películas de terror o suspenso que suceden en un bosque? Mientras más profundo, cerrado y tenebroso, mucho mejor: el efecto se acentúa. Las escenas resultan más escabrosas y los desenlaces más trágicos, más espeluznantes.
Pues bien, la cosa es que me desperté anoche a eso de las cuatro de la mañana y ya no pude dormir. No tuve mejor idea, para no despertar a mis hijos que dormían a pierna suelta, que llevarme una vela encendida y ponerme a leer en un claro del inmenso bosque que nos rodea. Apenas me alejé unos cincuenta metros de la cabaña, pero a excepción de mi pequeña candelilla, la oscuridad era absoluta. Con decir que apenas se distinguía la forma de los árboles a dos palmos de distancia. Me traía entre manos un ejemplar de “A paso de cangrejo” de Umberto Eco que había empezado en el colectivo de camino hacia acá. Al principio no hubo ningún problema, para que les miento. Me sentía a gusto y disfrutaba bastante la situación anómala pero licenciosa. Mientras se sucedían las páginas y me imbuía en los textos del gran catedrático y pensador italiano, fui percibiendo de a poco, que no estaba tan solo como creía. Desde la copa de los árboles, percibí el aleteo de aquello que intuí bestias de la noche. Movimientos más bien pesados, como de búhos o animales brincando de rama en rama. Atrás y a los lados se sucedían roces, pisadas, resquebrajar de varillas. Al sonido poco estridente de bandadas de pájaros se le sumó otra que nunca antes había escuchado: una voz extraña, creciente y palpitante como una gárgola emergiendo de una caverna.
Tenía miedo, es verdad. Pero me resistía a dar por terminada la lectura y volver a la cabaña. En eso me encontraba, debatiendo conmigo mismo si continuar con aquella absurda resistencia o retornar a la cama a ver si el sueño llegaba, cuando una ligera brisa me sacudió. Nada violenta, de hecho, apenas perceptible. Pero suficiente para apagar la vela y lograr que mi corazón sufriera una parálisis. Y justo en ese preciso momento, lo sentí. Alguien, o más bien algo, como saberlo, me tocó la cara. Un leve rasguño, una simple rozadura en la oscuridad que minó todas mis defensas y me llevó al colapso, al ataque histérico y la corrida desesperada.
Ya en la cabaña, prendí todas las luces, desperté a los niños con gritos angustiosos y cachetadas en las mejillas y encendí la vieja radio a pilas. Tapié como pude puertas y ventanas, y elevamos rezos, a voz en cuello, a todas las deidades que pudimos recordar. Cabe aclarar que nunca he sido muy creyente, pero como entenderán, toda ayuda posible era más que bienvenida. Cantamos canciones dedicadas a la Virgen de Guadalupe, oramos al gran Buda y recitamos algunos versos del Corán que recordaba de algún libro leído hace tiempo.
Por suerte, pronto amaneció y con la luz del sol lentamente se disiparon los temores. El corazón volvió a su ritmo normal y los niños incluso se reían un poco de la situación. En ese momento, recordé el libro de Eco tirado en el bosque. Se lo comenté a los niños y fuimos por él. Lo divisamos desde lejos ya que la tapa dura es casi verde y las letras blancas sobre una ilustración rojiza. Cerca de él, uno de esos frutos que se conocen como piñas.
En fin, ¿acaso han notado la cantidad de películas de terror o suspenso que suceden en un bosque?

Las caras del verano
Cada acto de percepción, es en cierta medida un acto de creación,
y cada acto de la memoria es en cierta medida un acto de imaginación.
Oliver Sacks
Esta es mi cara cuando llego al trabajo y escucho las quejas por el aire acondicionado, por la ropa, por la radio demasiado baja o demasiado alta. Por los trastornos del viaje, por la seguridad o por la falta de seguridad. Por el cambio del dólar, por los cambios de planes y los cambios de humor. Por las colas del cajero automático o la del banco o la de la chica que atiende el kiosco del ciego. Sí, lo del ciego atendiendo un kiosco es raro, pero más raro son las cuencas de sus ojos, que parecen viejas monedas gastadas de ambos lados.
Esta es mi cara cuando me quieren contar de la posible devaluación de los alquileres temporarios, de los preparativos para antes de las fiestas y después de ellas. De a quién se le pueden dejar las mascotas, de los más tímidos de la fiesta y de los más imprescindibles, los de espíritu bullanguero y torpe.
Esta es mi cara cuando los jueves de fútbol se mal usan para hablar de política, de asesoramientos financieros y de estabilidades bancarias u organizativas. Que a fin de cuentas es fútbol, y nada más que eso: una docena de tipos sudorosos corriendo tras una pelota, qué tanto. Pero que no se entienda que eso de correr uno se lo toma en serio, y lo de sudar, más aún, eso me aburre, me hastía.
Esta es la cara también, de algunos funcionarios en sendos puestos de atención al público, a los que no les importa un carajo lo que el ciudadano piensa, quiere o necesita, sobre todo. La misma que tienen muchos diputados y no menos senadores, la vez que se dignan a cumplir con sus obligaciones, que vos y yo pagamos, religiosamente.
Esta es mi cara cuando intento escribir un texto que hable de actualidad, del hermoso verano que nos ocurre y del año intenso que vivimos. De la familia lejos y de los amigos cerca. O al revés.
En fin, que como podemos ver, la cara de la ficción suele confundirse de realidad. Y por lo general, ambas cierran los ojos mientras te sacan la lengua y te enseñan las fauces.

P: CHRISTOPH SCHMIDT (AP)
Merry Krampus
La gente no se desprende así nomás de sus creencias.
-¿Aunque sepa que son mentiras?
Adolfo Bioy Casares
Noche del 5 de Diciembre en los Alpes Austríacos, cerca de la antigua Viena. La nieve es un manto que acaricia todas las cosas, casi una deidad infinita. De los techos de las cabañas, cuelgan estalactitas del tamaño de un brazo. Los árboles son estatuas que ni siquiera el viento logra remecer. La luna se refleja en los adoquines como una pesada membrana pegadiza. Algunos pequeños se esconden tras las cortinas o los marcos de la puertas.
La cercana Navidad entusiasma a algunos y atemoriza a otros. ¿La razón? Durante las dos semanas venideras, el Krampus recorrerá las calles haciendo sonar campanas estridentes y arrastrando pesadas cadenas. La endemoniada criatura tiene el aspecto de un fauno, con lengua bífida, pezuñas salientes, pelambre abundante y oscura, como el de la imagen que nos ocupa. Su tarea consiste en identificar a aquellos que se portaron mal durante el año. Al contrario de Santa Claus, que premia el buen comportamiento, el Krampus rapta a los pequeños rebeldes para atormentarlos en el Inframundo y devorarlos por completo. Para ello, se sirve de una canasta de mimbre que lleva sobre sus espaldas.
Ahora bien, lo interesante de esta leyenda es que bien podría provocarnos un pequeño ejercicio de sinceridad: ¿cuántos de nosotros merecemos ser premiados por Santa y cuántos que nos rapte el temido Krampus? La respuesta, claro está, anida en el fondo del alma de cada quien.
Por mi parte, aclaro, iré buscando el bronceador y algún anestésico local para paliar un poco las temperaturas infernales. Que el viajecito bien vale la pena y lo de terminar siendo devorado no siempre es mal asunto.
En fin, Merry Krampus para todos nosotros, lectores.

Muñecos del horror
Desgraciado el país que necesita héroes.
Bertolt Brecht
La tarde cae silenciosa en la ciudad. Un colectivo dobla en la esquina y acelera bruscamente. En la vereda, un vendedor acomoda sus trastos. Una niña de unos 8 años entra llorando al hospital con una criatura en brazos. En la guardia le toman los datos y le dicen que espere tranquila mientras le asignan una cama y preparan al crío para los estudios correspondientes. La niña sigue llorando discretamente, aunque en su rostro se empieza a dibujar algo así como un vestigio de esperanza.
La historia, simple y conmovedora, se repite cada tanto. ¿Dónde? En el Hospital de las Muñecas, en Lisboa, Portugal. Se trata de uno de los más antiguos del mundo en su especie y abrió sus puertas en el año 1830. Posee un sistema de guardias y de historial clínico pormenorizado, así como un quirófano bastante complejo. Y como su nombre lo indica, se atienden únicamente pacientes inanimados. Pero ojo que los hay de todo tipo: porcelana, tela y plástico, son los más comunes. Son consultas usuales los desmembramientos, la ceguera, el degüello y la falta de articulación o los problemas de piel y pérdida del cabello.
Puesto a escribir sobre el asunto, me topé con otra historia por demás interesante. Ya sabrán ustedes como son estas cosas: uno cree que va escribir sobre cierto tema en particular y como una cosa siempre lleva a otra, termina uno yéndose por la profundidad misma de las ramas, ni más ni menos.
Ahora bien, en la Ciudad de México, por otro lado, y más precisamente en la delegación de Xochimilco, al suroeste de la capital, se encuentra la conocida “Isla de las Muñecas”.
Allí, más de mil figuras inertes cuelgan de árboles y alambrados, dando al lugar un aspecto macabro, casi de película de terror. La historia es así: Julián Santana Barrera, dueño y único poblador de la isla, se entera de que una niña muere ahogada en los alrededores de la chinampa. Al hombre, entonces, atormentado por el hecho, se le ocurrió colgar una muñeca para ahuyentar el alma en pena. Como la cosa no funcionaba, pues en la noche seguía escuchando voces y pasos en la oscuridad, decidió reforzar las ofrendas y los sacrificios, aumentando la cantidad de muñecos, juguetes y maniquíes. Para aumentar la leyenda, se dice que Julián cayó fulminado por un paro cardíaco en el año 2001 y el cuerpo fue hallado en el mismo lugar donde se había ahogado la niña. Los que conocen dicen que para una mejor impresión es recomendable visitarla de noche, y si es posible, con luna llena.
En fin, que los verdaderos muñecos del horror no son éstos. No son los del Hospital de Lisboa, no. Tampoco los de la Isla macabra de Xochimilco. Los títeres que más dramatismo generan son los manejados por un poder mucho más lúgubre, mucho más oscuro y suntuoso. Son los que se sientan en sus cómodas bancas del Congreso, con sus trajecitos hechos a medida, con sus sonrisas impostadas y sus gestos de enojo, también impostados, por supuesto.
Y claro, como los muñecos de Julián Santana Barrera de a poco van perdiendo el alma, los ojos, la cabeza. Y así terminan: siempre de espaldas al pueblo, siempre de frente al poder.

PH: CINDY VASKO
La Gran Limpieza
Además, la práctica del peligro contribuye a formarnos hábitos de prudencia.
Roberto Arlt
Muchas culturas del Mundo coinciden en algo: el término de un ciclo es el momento ideal para realizar una buena limpieza. El hecho, que podría resultar un poco traumático para algunos, es, sin dudar, una idea renovadora.
Los aztecas daban una gran importancia al balance universal y al contacto con el entorno. La creencia de que en estas ceremonias, la limpia del alma es sumamente vital para mantener la correlación entre cuerpo y espíritu, explica un poco el trasfondo de la imagen que nos ocupa.
La foto fue tomada en pleno Coyoacán y en ella podemos apreciar que mientras la “sanadora” acerca el copal encendido al cuerpo de la mujer y recita algunas frases específicas, atrás hay un hombre tocando un instrumento de cuerda. Y también otro, un poco más acá, con el torso desnudo, se prepara para la danza. Sobre la cabeza de la mujer algo se sostiene en equilibrio: un petálo o un trozo de alguna de las ofrendas. El humo teje un manto vaporoso que se adhiere y se impregna. Todo ello sucede en un ambiente de intercambio íntegro, de reparto equitativo, de absoluta sincronía. Nada que agregar.
Por otro lado, en Japón, se realiza lo que se conoce como “Osoji”: una limpieza absoluta y profunda del hogar. Y que llega allí donde por razones de tiempo, ganas u olvido, no llegamos durante el año. Este ritual tiene un gran componente simbólico y también incluye pagar aquellas deudas contraídas en la última temporada, devolver cosas prestadas o cumplir con otros encargos pendientes. La limpieza entonces, debe llegar al alma misma de la persona, que se verá beneficiada y podrá iniciar el nuevo año de la mejor manera.
Lo curioso del asunto es que no solo se realiza en los hogares japoneses, sino que también es llevado a cabo en oficinas públicas, despachos, escuelas, tiendas y locales.
En fin, que de algo estoy seguro: en los tiempos que corren la Gran Limpieza parece más una necesidad que otra cosa. Y sobre todo: comenzar por aquellos lugares donde anidan los gobernantes de turno, no sea cosa que los parásitos se establezcan definitivamente.

El loco anda como el mundo
El portón está abierto de par en par. Los locos salen.
Ensayo sobre la ceguera, José Saramago
Llega diciembre y todos parecemos un poco ansiosos, un poco estresados, o para una usar una expresión popular: como locos, ni más ni menos.
Los unos, planeando donde pasar las fiestas: que si Navidad con la familia de uno y Año Nuevo con la del otro, que con nuestros padres o con nuestros amigos, y así.
Los otros, abocados al tema -nada menor, por cierto- de las vacaciones. Entonces nos vemos confirmando reservas en hoteles, comprando pasajes de avión, buscando información útil de la zona y todo ese tipo de cosas, que pueden resultar tan molestas como inevitables. La idea es, creo, intentar evitar disgustos de última hora, aunque siempre los hay, de todas maneras.
En fin, que hay días para beber y hay días para ir a la pileta. Con suerte, hay días en los que uno puede beber en la pileta, o puede leer un buen libro con un trago en la mano o hacer el amor en alguna piscina solitaria, pero esos no son de los más comunes, claro.
Si usted tiene por costumbre unir dos o más placeres, la ciudad japonesa de Hakone es una buena opción donde pasársela en grande. En el complejo turístico Hakone Kowakien Yunessun, a unos 90 minutos de Tokio, y por solo unos 25 dólares diarios, puede usted dar rienda suelta a sus inclinaciones.
Como bien se observa en la foto que nos ocupa, usted puede disfrutar de un buen baño de vino junto a su pareja, mientras los camareros le sirven una copa de la última cosecha de la zona. Como si todo esto fuera poco, también está disponible la opción: baño de café.
El sitio web oficial lo describe como “un verdadero paraíso de la curación mental”.
En fin, que quizás cabría definir de qué tipo de curación estaríamos hablando. Aunque si me preguntan, no rechazaría una invitación por nada del mundo.
Como les decía: ya llega diciembre y el mundo anda como loco, casi, casi, como los últimos dos mil años.

PH: FRANCK ROBICHON (EFE)
Atribución del sueño
Perdóneseme si les pareció poco esto que para mí es todo
José Saramago
Mi mujer me atribuye sus sueños. Los lindos, esos donde uno se la pasa viajando contento o haciendo el amor. Pero también los otros, los aterradores. Esos donde aparece algún familiar muerto, algún ser querido en situaciones escalofriantes o cosas por el estilo.
De momento, no logro discernir si debería considerar el asunto como algo prometedor o por el contrario, un poquitín preocupante.
También me adjudica, pertenecer a la escuela Lacaniana, por mi relativo mutismo. Lo cual es gracioso, porque de ser así, significa que lo fui toda la vida, sin saberlo.
En fin, que como esta semana no tuve ánimo para ir al analista, lo pasé para la semana próxima. Cuando lo llamé para avisarle, el analista me respondió de forma lacaniana, es decir: con un grave silencio que dejó traslucir muchas cosas.
Como intuí que estaba todo dicho, dejé el tema ahí nomás, sin dar ninguna explicación. Y así estuvimos un buen rato. Él, a un extremo de la línea con su silencio lacaniano perfecto. Y yo del otro, con mi silencio habitual. Así nos pasamos unos 45 minutos hasta que me quedé sin crédito y se cortó la comunicación silenciosa, si es que aquello podía llamarse así.
Creo que la semana que viene voy a ir a verlo. Se me ocurre que podríamos hablar de esta situación prometedora o un poquitín preocupante, como se quiera ver. Podría contarle los sueños de mi mujer, tal cual ella me los contó a mí. Y ver que resulta de todo eso. Con suerte me dirá alguna cosa que luego pueda transmitirle, llegado el caso de una nueva atribución de sueños, claro.
Lo gracioso sería que el analista haga buen uso de su excelente silencio lacaniano. Pues allí estaríamos como al principio. O un poco peor, como se quiera ver.
Ahora bien ¿qué cuernos tiene que ver la imagen que nos ocupa con todo esto? Pues absolutamente nada, esa es la verdad. Perdóneseme la disgresión, yo pensaba contar la historia del niño muerto que usaba un famoso cartel de la droga para traficar sustancias en la frontera, pero no me resultó posible.
En fin, que ahí vamos por la vida, como el sapo de la foto: cada uno con su neurosis a cuestas.

Repeticiones de repeticiones
El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu,
la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
Umberto Eco
Quien habla mucho dice poco, sin importar de qué asunto se trate. En cierto punto, todos los temas son limitados. La repetición pareciera entonces, inevitable. Los charlatanes, al igual que algunos medios de comunicación, acaban por volver sobre los mismos tópicos de siempre.
Los primeros suelen hacer foco en la vida de los demás: su aspecto físico, su desempeño laboral, su falta de actividad sexual (o su abundancia, en todo caso), su defectos (pero pocas veces sus virtudes). Sobra en estos casos, un patético menosprecio y la insidiosa vulgaridad del cotilleo. Retroalimenado de todos los prejuicios, de todos los estereotipos posibles.
Para los segundos, el asunto es bastante análogo. Más fácil resulta hoy, inventar una noticia antes que indagar, antes que proponer una investigación rigurosa, un chequeo de las fuentes. Así entonces, Internet y las redes se encargan de propagar casos tan resonantes como efímeros: las permanentes amenazas del fin del mundo, los discursos de personalidades que nunca existieron, los seres monstruosos y las fotos trucadas casi a la perfección.
Volviendo a Eco, no es en absoluto coincidencia, con estas dos posturas cada vez más presentes, que lo que alguna vez llamó: “La Invasión de los imbéciles” se encuentre en pleno auge. Es que según sus propias palabras, las redes sociales le han dado voz al “tonto del pueblo”. Y no solo voz, sino una relevancia inconcebible. Un alcance viral que ni siquiera el mismo Eco pudo imaginar.
¿Qué opción nos queda, entonces? Intentar evitar estas posturas todo lo posible. Acto seguido, nos preguntaremos: ¿Cómo? ¿Con qué clase de herramientas?
Y aquí llegamos al meollo del asunto. La solución es mil veces más simple de lo que parece: poniendo en funcionamiento el viejo arte de la prudencia, que no es otra cosa que darle a las palabras el peso que se merecen.
En fin, que no existe nada más saludable que contestar a ambos con un poco de veneno inversamente proporcional: un hermoso silencio donde caben todas las dudas, todos los discernimientos.

Los payasos no asustan
Inventamos horrores para ayudarnos a enfrentar los reales.
Stephen King
No sé qué asusta más. Si lo que vemos, o lo que creemos ver. La imagen que nos ocupa fue tomada en Filipinas. Amén de que se trate de una protesta contra la industria cárnica, el muchacho de la foto deja las cosas bien en claro. No hay de qué reírse. El cartel dice algo así como: los payasos no asustan, el matadero sí.
Pues bien, algunos payasos sí que asustan. Y más que eso, hacen que uno viva con los pelos de punta. Sin pensar mucho, me vienen algunos nombres: Trump, Rajoy, Peña Nieto, Kim Jong-Un, en fin. La lista seguro es mucho más extensa, pero como bien dice el refrán: para muestra basta un botón.
Y ya que hablamos de botones y miedo. Resulta que con mi amigo Julián se nos ocurrió participar de una charla/conferencia sobre los aspectos digitales y la monetización en la industria de la música actual. La cosa es que el disertante, un hombre entrado en carnes y de calvicie incipiente, se movía de un lado al otro, gesticulaba bastante. Me percaté de que solo utilizaba la mano derecha. Todo el brazo izquierdo le colgaba sin vida, un poco más corto, más fino.
No dejé de observarlo en las casi dos horas que estuvimos allí sentados. Me hizo recordar a otro pobre payaso que se dedica a la política y en seguida se me vinieron algunas bromas muy pesadas a la cabeza. Como soy un hombre políticamente correcto, las reprimí hasta tanto estuviéramos solos.
Al cabo de un rato, la charla terminó y mientras caminábamos hacia el subte, no pude aguantarme más. Le dije a mi amigo:
-¿Notaste lo del brazo?
-¿Qué brazo? -contestó.
Me aseguró que no había absolutamente nada extraño en aquel hombre. Que ya lo había visto antes y no hay nada singular en él, nada que llame demasiado la atención. Que muy probablemente se trataba de mi imaginación inflamada de tanto cuento, de tanta novela, de tanto Lovecraft, de tanto Poe. Me quedé helado un buen rato. Me dije que después, en casa, sentado frente a la máquina, todo iba a adquirir algún sentido.
No funcionó.
En fin, que no sé qué asusta más. Si lo que vemos, o lo que creemos ver.

Ph: AARON FAVILA (AP)
Pegado al techo
El tiempo es líquido.
Kurt Vonnegut
Ya tengo más de un año en la misma oficina. Y más de nueve en el mismo trabajo, cumpliendo la misma función. Los lunes, sobre todo, me siento como el niño de la foto. Invertebrado, con una cefalea crónica que me hace sentir la cabeza más cerca del piso que de mi propio cuello.
La capacidad de este jovencito no es, como podría esperarse, la de contorsionar el cuerpo como si se tratara de una figura elástica (como la del tiempo). Si no otra muy diferente: la de observar el mundo así, siempre al revés. Pues dicen los que saben, es la única forma verdadera de mirar la vida.
El muchacho palestino de la imagen tiene apenas doce años, pero de seguro, ya se imagina lo que le espera en un mundo que camina siempre del mismo lado, que se sirve de la costumbre y la repetición como norma insoslayable, como rictus de muertos vivientes de lunes en oficinas públicas, de burócratas insensibles que se escudan en el sistema de turno.
Porque el dilema no radica en el hecho de que Yousef Al-Bahtini haya entrado en el libro Guiness por caminar 20 metros de esa manera, ni en que a mí me cueste un par de horas adaptarme a la rutina de escritorios, teléfonos, papeles urgentes y reuniones programadas. La verdadera cuestión es esa otra. La capacidad de sostener esa mirada antagónica, la imprudencia de desafiar ese orden establecido de antemano.
En fin, que mientras acomodo el lapicero a la izquierda, tacho un día más en el calendario a la derecha y agrego un expediente sobre la pila de enfrente, no tengo más remedio que envidiar al joven de la foto. El que tiene el cuerpo como el tiempo, el que piensa que cuando caes, en realidad te estás pegando al techo.

Ph: MOHAMMED ABED (AFP)
Cada quien lee como puede
Perderse también es camino.
Clarice Lispector
La señora de la foto podría ser mi madre. Pero no. Mi madre nunca estuvo en Alemania y según el diario, la imagen es de hace unos días en la Feria del Libro de Frankfurt, la más grande del mundo. Aunque mi madre, que ya pasó los sesenta, apenas si tiene alguna cana: su cabello se le arremolina a los lados, abundante y oscuro.
La biblioteca podría ser la mía. Pero tampoco. Ya quisiera disponer de todo ese lugar y no tener que amontonarlos en los pasillos, en el descanso de la escalera, en el vanitory del cuarto de baño. Aunque la idea le gustaría a mi madre, que siempre prefirió las situaciones más insólitas para entregarse a la lectura.
Tampoco mi madre usaría unos tacos como la mujer de la imagen, después de la operación en el tobillo izquierdo prefiere un calzado más cómodo, más liviano.
Hace unos días fui a esperarla al aeropuerto. Resultó que había mucha niebla y el avión nunca aterrizó. Al menos no en Buenos Aires, cabe aclarar. Sí lo hizo en Córdoba, a unos 700 km. al noroeste.
Siguió una larga espera, una preocupación grande y la insistencia para hablar con la gente de la línea aérea. Que luego de algunas idas y vueltas, me anotició de los detalles. Al fin, pude hablar con ella, unas horas más tarde.
Después de cerciorarme de que estaba bien, le pregunté qué solución le daba la aerolínea, qué pensaba hacer. Me dijo que viajaría por tierra a lo que era, su destino final: Mendoza. Acto seguido, hice algún comentario acerca de la suma impensada de horas de viaje. A lo que mi madre, concluyó:
-Mejor hijito. Así aprovecho a terminar el libro que me regalaste.
En fin, que cada quien lee como puede ¿no?

Ph: RALPH ORLOWSKI (REUTERS)
Lo relativo del arte
Todo será olvidado y nada será reparado.
La broma, Milan Kundera
Un par de muchachos recorren el Museo de Arte Moderno de San Francisco. Sin mucho entusiasmo, atraviesan pasillos a media sombra y salas a media luz. Entre otras cosas, se detienen ante un oso de peluche sobre una colcha vieja. Por supuesto, piensan. Y luego de pensar un buen rato, coinciden en que hay algo que se les escapa, que no logran entender del todo. O mejor dicho: llegan a la conclusión de que no entienden absolutamente nada del asunto. Para divertirse un poco, alguno propone dejar sus gafas en el piso junto a la pared, en el espacio intermedio entre dos grandes obras de arte. El resultado: la gente se detiene a contemplarlo, lo alaban, se escuchan palabras como “deconstructivo”, “innovador”, “simbólico” y muchas más. Algunos, incluso, le toman fotografías que después compartirán en redes sociales y grupos.
Lo de Léo Caillard, el artista de las obras como la que apreciamos en la foto, no es tan disímil. La gran diferencia, quiero creer, es la falta de ingenuidad, la intención más que evidente. Detengámonos un instante en la foto: al guerrero helénico que suele pasear por palacios imponentes, consultar el oráculo de Delfos, recorrer la polis blandiendo su espada montado en un gran carro tirado por caballos, combatiendo contra el dominio Persa unos 300 antes de Cristo; nuestro “artista” superpone, nada más ni nada menos que, unos anteojos Ray Ban, una camiseta Nike y un iPhone 7 o similar.
El joven, se tomó el trabajo de “revisitar” algunas de las estatuas más famosas del Museo del Louvre, para dar forma a la serie llamada “Hipsters in Stone”. La serie, entonces, muestras a los antiguos dioses griegos transformados en modelos de pasarela, en referentes de una vacía cultura estética, publicitaria, que causan furor en redes como Instagram o parecidas. Ningún publicista lo podría haber hecho mejor, algunas marcas (vaya casualidad) ya se pelean el esponsoreo del muchacho, que no deja de conceder entrevistas, posar para diarios, revistas y portales de moda de todo el mundo.
Que el mundo cambia y los artistas con él, no hay cómo negarlo. Que el valor de toda obra reside sólo en el ojo del que mira, no tengo la menor de las dudas. Que todo artista tiene sus propias condiciones, sus propios referentes a los que recurre es un secreto gritado a voces, de sobra conocido. Somos siempre el resultado de una progenie variable, de un linaje siempre amorfo.
“Señoras y Señores, éste es el nuevo arte. Prepárense a contemplarlo y adorarlo como a nuestros propios productos”. Es lo que nos dicen las grandes empresas que hacen girar la rueda monetaria del mundo. ¿Lo bueno del caso? Algunos pocos no levantaremos las narices de los libros, los pies seguirán pisando viejas bibliotecas y museos, los dedos continuarán sobre algún pincel, sobre algún instrumento de cuerda. Quiero creer.

Duplicidades simétricas
La ironía es la forma más alta de sinceridad.
Enrique Vila-Matas
Voy a ser sincero: cuando miro la foto de Maxwell Day, siento un cosquilleo a la altura de la ingle. Muy parecido al que solía sentir de niño en los columpios o ya de grande, en los aviones. O como la que dejan algunos sueños incómodos, de esos que suelen mezclar un poco de vértigo con una profunda impresión incierta.
Volvamos a la foto. Los que piensen que existe algún tipo de truco, encontrarán en la red un video que demuestra lo que este muchacho del Reino Unido es capaz de hacer: rotar sus rodillas unos 150 grados (poco más o menos). La particular hazaña lo hizo entrar en el Libro Guinness, como se aprecia en el diploma que sostiene bajo el brazo izquierdo. Lo que supone, vale decirlo, un reconocimiento mundial. Ahora bien, amén de eso, el crío tiene una ventaja valiosa. Como yo lo veo, es la única persona del mundo capaz de disputar un partido de fútbol jugando para ambos equipos a la vez. De la cintura para arriba, para un bando. De la cintura para abajo, para el otro. Una especie de goleador defensivo. O un defensa definidor. Un crack ambivalente, experto en antagonismos, en duplicidades simétricamente opuestas, en fin.
Nada que algunos políticos y ciertos falsos amigos, no puedan entender. Y hablo de aquellos que viven dándose vuelta como medias. O mejor dicho, y para aprovechar la imagen que nos ocupa: como las piernas de Maxwell.
Voy a extremar mi sinceridad y decir que, cuando la vida me cruza con alguno de estos, siento un dolor agudo en la ingle.

El vecino despreciable
Los vecinos que uno nunca ve de cerca son los vecinos ideales y perfectos.
Aldous Huxley
Un inocente observador casual podría pensar que se trata de alguna publicidad novedosa, de otro ocurrente truco de creativos y publicistas. Y que acaso, los hombres de verde contemplan para intentar dilucidar, pues no hay palabras, ni insignias, ni lemas visibles. Que mientras dan su paseo matinal se topan con la imagen en los alrededores de alguna fábrica, de algún centro cultural. Pero no.
Lejos de eso, se trata de una gigantesca obra de arte que el artista francés JR instaló en el lado mexicano de la frontera con Estados Unidos, en Baja California. Sobre la reja que marca el límite estadounidense/mexicano, vemos un pequeño niño de apenas un año (poco más o menos) observando a quienes ahora sabemos guardianes de la muralla. Y si bien no podemos ver el rostro de estos oficiales de la Border Patrol, es fácil imaginar sus expresiones matizadas de repugnancia, de una cierta aversión indefinible producida por los rasgos faciales agigantados, por la mugre que se adivina bajo las uñas, por el pelo desaliñado, por las ropas harapientas. No es accidental que sus manos descansen sobre las armas, que presencien el montaje como si se tratara de un acto vandálico o incluso, terrorista.
En fin, que de los vecinos odiosos, nadie se salva. Que me lo digan a mí, que vivo en un primer piso y pierdo el sueño cada vez que alguno entra al edificio de madrugada y azota la reja de entrada como si se tratara de un concurso de fuerza y el premio lo esperara al cruzar el umbral. Y cada vez que pasa, ya nos desvelamos, mi mujer y yo, y nos quedamos así, en plena oscuridad, mirándonos las caras sin vernos, sin necesidad de decir nada. A veces, por suerte, me pongo a escribir algo y ella repasa la lista de pacientes del día. En fin, que las vecindades son tema harto complejo. Casi, casi, tanto como el del sueño.
Volviendo a la foto, si observamos bien, podemos distinguir a la izquierda de los jóvenes montados en el andamio, una casa a medio pintar, entre arbustos secos y un poco de basura dispersa por aquí y allá.
Nada más discordante con el llamado “sueño americano” ¿no les parece?

Una historia del futuro
No hay negador que no esté sediento de algún catastrófico sí.
Emil Cioran
Algún tipo de positivista encubierto vive muy dentro de mí. Y es que tengo cierta tendencia alarmista que me lleva a creer que la vida, el universo, la humanidad, absolutamente todo, se sostiene en permanentes vacíos carentes de significado. Por lo que me cuesta bastante encontrar algo bueno en las noticias. Cada día, me sumerjo en ellas rastreando alguna pequeña revelación, algún suceso particular que me haga pensar que la esperanza de nuestra sociedad no marcha indefectiblemente hacia su propia destrucción, hacia su propia ruina. La mayoría de las veces, lamentablemente, esto no sucede. Lo contrario, en cambio, sí. Sangrientos policiales, declaraciones de políticos desquiciados, datos de macro y micro economía espeluznantes, huracanes furiosos y terremotos siderales. Llenando todas las páginas impresas, ocupando todas las señales televisivas, todas las sintonías radiales. No tengo más remedio entonces, que reforzar mi creencia planteada en las primeras líneas.
No obstante, existen contadas ocasiones que se oponen a la regla.
Al parecer, en el mundo suceden cosas como lo que podemos apreciar en la foto. Y entonces el regodeo catastrófico del negador es total: un pequeño absoluto en medio de la nada dispersa del cosmos, unos segundos de sinfonía en el mutismo existencial.
Resulta que en los Alpes Berneses, el artista francés Saype utilizó unos 600 litros de pintura (especial, biodegradable) para cubrir gran parte de la ladera de la montaña Les Rochers-de-Naye ¿El objetivo? Dar vida a la obra que tituló “Una historia del futuro”. La montaña, como bien se aprecia, tiene más de 2000 metros de altura y se encuentra próxima al lago Lemán, en el margen sur de Suiza. El marco es imponente, las nubes rondan cerca y el terreno se percibe recubierto de sombras y claroscuros exquisitos.
La niña, sentada en una alfombra verde y perfectísima que recuerda a una mesa de billar, tiene un libro entre sus pequeñas piernas. De cada página brota una pequeña margarita. Que quizás resulte un poquitín cursi, eso es seguro. Aunque dadas las circunstancias de escasez ya mencionadas, es un asunto que bien podríamos pasar por alto.
En fin, que resulta imposible saber que diría Sartre o algún otro existencialista acerca de mi pesimismo agrietado, de mi sensación derrotista que se deja atravesar y poner en duda cada tanto. Pero de algo estoy seguro: si hay una historia mejor en el futuro, vendrá de la mano de los libros. No de las noticias.

La tradición no quita la idiotez
La vida es una creación brutal, hermosa y cruel.
Jack Kerouac
Algunas tradiciones dan un poquito de asco. Sobre todo si tienen que ver con los padres ¿no? Resulta que en la “Noble y Leal Villa” llamada Lekeitio (lo de “Noble y Leal” es un título que alguien le adjudicó, pero no sabemos quién; ya que la Villa no es otra cosa que un pequeño municipio con menos de 8 mil habitantes en las orillas del golfo de Vizcaya), en España, cada año y durante los primeros días de septiembre, se celebran las fiestas patronales de San Antolín. Los turistas copan todas las reservas y un numeroso público se congrega en las pequeñas calles y en los vestíbulos de los hoteles, a la espera del inicio del jolgorio.
Los vecinos, entonces, se preparan para varios días de festejo, de música, de platos típicos, de actividades al aire libre, en fin. Lo cierto es que hasta aquí, todo suena relativamente ordinario. Lo que llama la atención del asunto es la foto que nos ocupa. Tomada en pleno desarrollo de lo que se conoce como “La Fiesta de los Gansos”.
Pero ¿exactamente qué sucede en la imagen?
La cosa es así: el desafío es colgarse de un ganso previamente asegurado a una cuerda que cruza todo el embarcadero e intentar resistir la mayor cantidad de “alzadas” posibles. En uno de los extremos, un grupo de hombres tira de la cuerda a intervalos regulares y cada vez más potentes. El competidor entonces, entra y sale del agua, plumífero bajo el sobaco, hasta que los brazos resistan o se quiebre el cuello del animal (cosa que suma unos cuantos puntos extra al contendiente).
La tradición, que ya lleva más de 300 años, manda utilizar un ganso vivo. Pero como el progreso no conoce de fronteras, de a poco, los organizadores han consentido en que se utilicen animales sacrificados con anterioridad. E incluso, algunas novedosas réplicas hechas de plástico. En el extremo de la idiotez, un grupo de vecinos fanáticos de la competencia, se manifiesta en contra de tales innovaciones. Sosteniendo que se pierde así, parte importantísima del significado de los ritos heredados, del legado que los “nobles y leales” antepasados legaron a la historia del pueblo.
Preguntado acerca del asunto, un vecino manifestó con una convicción que no permitía fisuras: “La tradición es la tradición”.
Como si el día en que pensamiento y tradición se den la mano, se encontrara todavía demasiado lejano, demasiado improbable. Y pensar que algunos todavía la llaman Madre Patria. Lo digo con un poquito de asco. Se nota ¿no? Es la idea.

El luminoso pesimista
Yo no soy pesimista. Es el mundo el que es pésimo.
José Saramago
A golpe de vista, la imagen no dice mucho. Situada en contexto, quizás sí. O un poco, al menos. Miremos bien: la expresión de la muchacha es sonriente, la boca semiabierta, los ojos fijos en la linterna de papel (llamada Khom Loy), el pelo suelto, el pendiente colgando en el pecho (a un lado del dibujo de Minnie). Del muchacho no vemos el rostro, pero sí el anillo en el dedo, reloj y pulsera en la muñeca izquierda, un poco sobre la manga del sweater, los brazos solícitos sosteniendo la ofrenda. Podemos entonces, imaginar que se la pasan bien, que es un momento agradable, digno de recordar; ello gracias al buen tino del fotógrafo. Pues lo cierto es que la captura tuvo lugar en pleno Festival de las Luces (o Yi Peng), que se realiza anualmente en Chiang Mail, al norte de Tailandia. En el mes de noviembre, miles de personas se reunen para hacer remontar estas linternas luminosas hacia la absorbente oscuridad del cielo. No sin antes pedir que se cumplan algunos deseos, agradecer a Buda la buena suerte, augurar buenas cosechas o prepararse para el nuevo ciclo que comienza, más livianos, más prósperos. Hay un poco de música, farolillos que cuelgan de los techos o en las vigas, fuegos artificiales que se recortan sobre las montañas. Se vive un aire de jolgorio, de bienestar general.
Entonces, sí. El mensaje infiltrado se vuelve de lo más evidente, tanto como pueden serlo la oscuridad del lugar, el humo rodeando el ambiente, el ritmo de las canciones populares. Lo simbólico de la figura muestra el lado hostil de la celebración, su particular denuedo por no ser exactamente igual que tantos otros. Un atrevimiento que deja entrever que donde todos piensan lo mismo, nadie piensa demasiado. Planteado bajo un carácter sin mucho escándalo, sin abusos de ningún tipo, sin extremismos, ni mucho menos, violencia alguna. Pero con firmeza, con la resolución propia de los que saben que nadie convence a nadie de nada. A no ser que esté bien convencido primero.
Porque el mundo está mal y lo sabemos. Y todos, sin mentirnos, le guiñamos un poco el ojo a pesimistas clarificadores como el de la foto. Que a fin de cuentas, son los que mueven las aristas del cambio, y que siempre, algo de razón acaban teniendo. Y volviendo a uno de los grandes luminosos pesimistas, bien vale terminar con este texto infame antes de perder la idea que lo generó. Dicen que Saramago dijo alguna vez: Espero morir como he vivido, respetándome a mí mismo como condición para respetar a los demás y sin perder la idea de que el mundo debe ser otro y no esta cosa infame.

El café que se sorbe a sí mismo
A partir de cierta edad, cada hombre es responsable de su rostro.
Juan José Millás
Imaginemos la siguiente situación: un hombre y una mujer deciden conocerse. Para ello, arreglan el encuentro en un café céntrico, una tarde de domingo cualquiera. A la hora convenida, el hombre es el primero en llegar. La mujer se demora un poco, entonces él, pide algo para esperarla. Hay algunas mesas ocupadas y el bullicio constante de ese tipo de lugares. Algo de la brisa del atardecer se cuela al abrirse la puerta. Segundos después la mujer aparece. Es joven y está radiante. Se sienta frente al muchacho y apenas cruzan unas palabras, descubre algo que la paraliza. Dejando una frase por la mitad, sin preocuparse por la consumición o la propina, huye despavorida del lugar. El hombre, perplejo, tarda un poco en reaccionar. ¿Qué revelación la asaltó tan de improvisto? ¿Acaso notó algo oculto, algo aterrador? ¿Alguna manía desagradable, algún tic nervioso insoportable por repetitivo, por singular? Nada de eso. El joven se queda pensando mientras sorbe de la taza. En la espuma clara y abundante, le han impreso la imagen de su propio rostro. En definitiva, mientras intenta dilucidar el asunto, se sorbe a sí mismo. O eso parece, claro.
Historias como la anterior ya son posibles en Japón. Pues como vemos en la foto que da origen a este texto, algunas confiterías niponas ya ofrecen lo último en tendencias cafeteriles. La cosa es así: por una exorbitante suma en metálico, le ofrecen al adormilado cliente un café con, nada más ni nada menos, una réplica de su propio aspecto. Para lograrlo, el mozo le toma una foto junto con el pedido y luego, gracias a una novedosa máquina creada especialmente para tal fin (que tiene algo de instrumento ficcional, algo de atracción de feria): ¡voilá! el café con tu propia imagen está listo para ser tomado. O contemplado, pensará otro.
El resultado es asombroso, no se puede negar. Lo que resta ahora, es descubrir la utilidad de la cuestión. Si es que eso nos resultara necesario en modo alguno. O si es que una sociedad que avanza sobre aspectos como éste, pero se demora en otros mucho más alarmantes, tiene algún tipo de futuro. O si acaso terminará, como el muchacho de la historia del inicio, sorbiéndose a sí misma en la cresta de una espuma oscura, vacilante.

La mierda que nos gusta oler
Escribo porque hay alguna mentira que quiero dejar al descubierto,
algún hecho sobre el que deseo llamar la atención.
George Orwell
Dos vecinos se encuentran en el pasillo del ascensor. Es domingo, es tarde y la tormenta acaba de desatarse. Desde las escaleras se desborda un pequeño río que proviene de la terraza y atraviesa todo el edificio. Uno de ellos, el primero, decide investigar la causa de ese arroyo interno que amenaza con colarse bajo la puerta del departamento que todavía no pagó y quedarse a vivir entre la mesa del comedor y el escritorio al lado de la ventana. El segundo, más apocado, más irresoluto, decide esperar un poco y entrar a su hogar. Cuando el primero vuelve, el vecino cobarde le pregunta que está pasando. El segundo contesta rápido y sin detenerse demasiado, pues vuelve en busca de una linterna y algunas herramientas. Al salir nuevamente con los instrumentos necesarios, se topa una vez más con el vecino que cada vez tiene peor cara: le suda el rostro, se refriega las manos en el pantalón, toquetea el teléfono sin cesar. El primer vecino comienza a subir los escalones, el otro entre temblores y sacudidas, dice:
-Quedáte tranquilo, ahora escribo en el grupo.
La realidad es la madre de todas las ficciones. Eso es tan cierto como las marcas de humedad que quedaron después del episodio de los vecinos inundados. Resulta que, salvo algunos detalles menores, el texto anterior es absolutamente verídico.
Lo cierto es que la situación puede parecernos graciosa, pero vale aclarar que resulta bastante aterrador ver a diario, el dominante flujo de la percepción virtual sobre el desarrollo (a veces acuciante, como en el texto) de la realidad.
Que los tiempos cambian, ninguno de nosotros lo puede dudar. Que las comunicaciones avanzan con suma rapidez y eficiencia, es digno de destacar. Que se proponen nuevos medios y nuevos contextos relacionantes, no hay cómo negarlo.
Atravesados por tanta red social, con un pie en el abismo y otro ya en el aire: ¿No valdrá preguntarse si perdemos algo abusando de ese camino que de social tiene poco, pero sí mucho de red, de cárcel intangible? ¿La patética ficción de la virtualidad no terminará por impedirnos ver el agua que nos llega al cuello, o al vecino de enfrente, al compañero de aula, o al de la oficina? Aplaudiendo como focas, pero con celulares en mano. La perspectiva es, al menos, de una gravedad preocupante.
Dejénme soñar que sentarse un buen rato en silencio a tipear un texto como éste (o como cualquier otro), podría funcionar en la dirección absolutamente contraria a la que propone el vecino cobarde de la ficción.
Que vivan entonces, los que afrentan la realidad sin miramientos y no se dejan tapar por la cloaca de la queja grupal, del cotilleo viralizado y sus deformaciones avasalladoras.
En fin, que miedosos y murmuradores han existido siempre.
Pero que el corazón se quede con los que saben como huele la mierda, e intentan evitarla como sea.
